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Ignacio Echeverría: ¿mereció la pena? (Valar dohaeris)

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Confieso que me conmoví hasta las lágrimas cuando escuché la noticia de Ignacio Echevarría, su monopatín y su muerte en el atentado de Londres. No sé si fue por la belleza de la acción, realizada por un tío normal, un ciudadano cualquiera, que pasaba por ahí con sus amigos… o por la desproporción quijotesca entre su monopatín y los asesinos, entre sus posibilidades de éxito y el valor con que se lanzó al ruedo. Sea por lo que fuera, me llegó al alma.

Después de la emoción, sin embargo, viene la pregunta: ¿por qué? ¿por qué lo hizo? ¿Un calentón sentimental irreflexivo? Supongo que un materialista cientificista me diría que su acción fue causada por la oxitocina, una sustancia que provoca en los humanos (y en otros mamíferos similares) sentimientos de apego, de afecto hacia los semejantes, de empatía. Ese líquido se habría cruzado por su cerebro, produciendo la acción irracional que todos conocemos, que le llevó a perder la vida.

No sé si este materialista estaría teniendo en cuenta esos otros líquidos del cerebro que inspiraban a Ignacio una simpatía muy grande también por su propia vida, o los que le provocaban un miedo increíble ante ese grupo de tíos con cuchillos destazando londinenses. No, su acción no fue resultado de una ecuación química: no había sólo líquidos allí. Hubo un espíritu que juzgó (en apenas segundos, fracciones de segundo quizás) y decidió. Decidió que valía la pena. Decidió que valía la pena jugarse la vida por algo más grande que él mismo. Decidió que había cosas que merecían la pena ser realizadas, “come what may”.

¿Por qué? ¿Por qué molestarse? ¿Por qué no mirar hacia otro lado? “Valar dohaeris”, podríamos susurrar, usando la frase rimbombante de Juego de Tronos: “all men must serve”, todos los hombres deben servir. Y esta frase, que suena en las novelas de George R. R. Martin como una maldición bíblica, es, según Ortega y Gasset, la clave de la realización del hombre. O por lo menos, del hombre excelente, ya que, según él, no es el plebeyo, el “hombre-masa” el que vive en servidumbre, sino el “aristos”, el hombre noble.

Todo hombre necesita trascender, descubrir algo más allá de su ombligo, más grande que él mismo y a lo cual servir. La Humanidad se divide entre los hombres excelentes, que encuentran ese “algo” (un ideal, una causa, unos valores, una persona, una comunidad) y se ponen libremente a su servicio, y los “hombres-masa”, vulgares, que flotan por la vida, sin mirar más allá de sí mismos, sin saber qué hacer con su vida, satisfaciendo sus deseos inmediatos y “tirando” (¡Gollum!).[1]

Y es que, como sentencia Ortega,

La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial (…) La moral de la modernidad ha cultivado una arbitraria sensiblería, en virtud de la cual todo era preferible a morir. ¿Por qué? (…) el valor supremo de la vida – como el valor de la moneda consiste en gastarla – está en perderla a tiempo y con gracia. De otro modo, la vida que no se pone a carta ninguna y meramente se arrastra y prolonga en el vacío de sí misma, ¿qué puede valer? ¿va a ser el ideal la organización del planeta como un inmenso hospital y una gigantesca clínica?

¿De qué vale la vida si no se entrega? Eso parece decirnos también el poeta Pedro Salinas, con una poesía que podríamos poner perfectamente en labios de Ignacio Echeverría:

Error sensible fue

como abril mayo junio y sus estragos

irme fuera de mí. Me lo decían

los mejores maestros de mi infancia:

un ruiseñor que no cantó una sola noche,

una semilla que guardó su fruto,

aquel espejo viejo

de cuerpo entero, de mi casa,

y algunos otros egoísmos variados.

Pero yo, desoyéndoles, di todo lo que podía dar. Salí

 

“Pero… –podríamos decir– ¿cómo que servir algo más grande? ¿Puede haber algo más grande, más importante que mi propia vida? ¿No será que la acción de Ignacio fue, en cierto modo, bonita, pero, en el fondo, estúpida?”

Bueno…sinceramente, creo que, al final, si creemos que merece la pena hacer lo que Ignacio hizo, puede ser sólo por dos motivos que lo justifiquen.  Dos motivos que podrían hacer que entregarse sea razonable, y no sólo una peligrosa necesidad psicológica de la que deberíamos librarnos cuanto antes.

 

Es la disyuntiva entre lo que Chesterton llama “el valor chino”, que consiste en despreciar la vida; y el “valor cristiano”, que consiste en despreciar la muerte.

 

El primero, en la línea “sabiduría pseudo-oriental Kung-Fu-Panda grupo de Tai-chi de los martes por la tarde” sería que el hombre, la persona, el individuo, no es tan tan importante. Eres una parte más de un cosmos más grande que tú, y tienes que vivirlo con paz: eres sólo una mota de polvo flotando en un universo infinito, y tarde o temprano volverás al polvo, mientras que el mundo seguirá girando (“Y pensar que no puedo en mi egoísmo/llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;/que he de marchar yo solo hacia el abismo,/y que la luna brillará lo mismo/y ya no la veré desde mi caja…”).

Tu muerte es un episodio secundario en la marcha del partido. Lo cual nos hace preguntarnos si, en el caso de Ignacio, merecía la pena perder unos cuantos minutos de juego en el campo, los años que le quedaran de vida, sólo por tratar en vano de alargar la vida de sus vecinos de Londres (tan poco importantes como él, en realidad, según esta línea de pensamiento). Se trata de lo que Chesterton llamaba el “valor chino”, que consiste en despreciar la vida; no el valor cristiano, que consiste en despreciar la muerte.

El segundo sería decir que “de poco importante, mis narices: ¡nada de eso!” Cada individuo cuenta, cada persona tiene un valor infinito, tú eres infinitamente valioso, eres insustituible. Pero, aun así, la entrega de Ignacio no es absurda. Su entrega no es vana porque hay Alguien que la recibe y que le recibe. Alguien que hace que tenga sentido que el amor sea más valioso que la vida, alguien que hace posible, que hace real que el amor sea más fuerte que la muerte. Y de eso, por cierto, va la fe en el Padre de mi Señor Jesucristo, Crucificado y Resucitado.

¿Y tú? ¿Qué hubieras hecho? ¿Qué te gustaría haber hecho, en su lugar?

[1]El hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone (…) el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre-masa”. Es el hombre excelente, “y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Por eso no estima la necesidad de servir como una opresión. (…) La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos (…) Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya es hacia lo que se propone como deber y exigencia. De esta manera, la vida noble queda contrapuesta a la vida vulgar o inerte, que, estáticamente, se recluye en sí misma (…) la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva”.

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo; 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

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