Más allá de la lógica del consumo

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Occidente ha sustentado su desarrollo del último siglo en la lógica del consumo. Para ello, la política, la economía y los medios de comunicación se pusieron de acuerdo: si la premisa es fomentar el consumo, debemos vincular consumo y felicidad mediante la rueda de las satisfacciones.

Nos vendieron que la felicidad consiste en satisfacer nuestros deseos y necesidades y, para eso, pusieron en nuestras manos el sistema de consumo. La rueda ha funcionado durante décadas y todavía hoy, en plena crisis sistémica, la única receta posible que nos venden los estudiosos es la de re-activar el consumo.

No es ya una cuestión de felicidad individual, sino de supervivencia global. Pero dudo de que esa solución sea algo más que un parche. No porque sepa mucho de esa abstracción fantasmal que nos mantiene a todos preocupados, sino porque algo sé de los hombres, que somos los que creamos aquel sistema y los supuestos beneficiarios del mismo. Ésta es mi tesis: si la lógica del sistema que inventamos no es la lógica del verdadero desarrollo humano, algo terminará por romperse: o el sistema, o los hombres que lo sustentan.

Si la lógica del sistema no coincide con el verdadero desarrollo humano, algo se romperá: o el sistema o sus hombres.

La lógica del actual sistema presupone -contra toda evidencia- que la felicidad se identifica con la satisfacción de necesidades. No es necesario decir que la satisfacción es un valor. La cuestión es si es el valor supremo. Los seres humanos quedamos satisfechos por nuestros logros, o cuando alcanzamos los resultados esperados, cuando recibimos un salario justo, cuando lo recibido se ajusta a nuestra demanda, etc. Todo eso nos deja satisfechos, pero nada de eso nos hace felices.

Por el contrario, cuando no tenemos lo que queremos y estamos insatisfechos creemos que obtenerlo nos dejará satisfechos… pero… ¿nos hará felices? Cuando satisfacemos una necesidad o un deseo no aparece la felicidad… sólo desaparece la inquietud y, en su lugar, queda un vacío. Si no superamos esa lógica, todo se limita a encontrar o inventar nuevas insatisfacciones que satisfacer. Y la rueda es cada vez más pesada. Y el vacío es cada vez mayor.

La lógica de la felicidad es otra. La felicidad no es hija de la satisfacción, sino del agradecimiento. La felicidad es desbordante porque siempre nos supera. No tiene que ver con nuestras demandas o nuestros logros. No tiene que ver con nuestra estrecha comprensión de la justicia. La felicidad aparece cuando reconocemos lo que no nos dimos a nosotros mismos (empezando por la vida) como un regalo. Al sentirnos agradecidos, buscamos a quién agradecer y cómo agradecer.

Mientras que la rueda de las satisfacciones produce un movimiento que se consume en sí mismo (y que se mantiene en movimiento desde el sentimiento negativo de lo que nos falta), el dinamismo del agradecimiento es constante y volcado hacia otros (y se mantiene en movimiento desde el sentimiento positivo del saberse regalado y querer regalar). La primera es una lógica del ego que fácilmente deviene en egoísmo, aislamiento y soledad. La segunda es una lógica del encuentro, del regalar y ser regalado. Mientras que la lógica de la satisfacción se consume en sí misma, la lógica del agradecimiento siempre genera valor, creatividad, novedad.

Cualquier respuesta a esta crisis sistémica que no sea un simple parche debería reconocer la insuficiencia de la actual lógica y buscar una nueva. Algunos ya lo han propuesto, y lo han llamado la economía del don. Su inspiración fundamental consiste en reconocernos regalados. Su movimiento fundamental es el que funda toda responsabilidad verdadera: querer responder a ese regalo.