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Resolver la realidad de un plumazo

en Asuntos sociales/España por
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La realidad es compleja. Uno pone el ojo en cualquier cosa y a poco que se observe con el rigor y la diligencia que cada asunto merece, no es difícil sorprenderse por lo que cada cual encuentra en el camino, hallazgos de los que se desprende que casi nada con una cierta entidad puede resolverse de un plumazo sin una mínima consideración, un estudio, una meditación; en definitiva, un respeto –y un amor– hacia la cosa.

Esto viene probablemente por la mala costumbre que tenemos de tener pésimas referencias, como una clase político-mediática que no es que no haya sido sometida a los mínimos que se le exigen, por ejemplo, a los médicos, sino que carece del sentido común que sí tienen, por ejemplo, los pastores de mi pueblo, bien conocedores de su tierra y de sus necesidades.

Mi profesor de Derecho Financiero y Tributario, sin ir más lejos, compara su asignatura (entiendo, que como un recurso para que el personal atienda) con un botellón: la necesidad de ocuparse de los ingresos, de los gastos, de unas necesidad que el grupo tiene… ¿Ven a lo que me refiero? En vez de quedarme con un pobre símil, yo prefiero en cualquier caso intentar procurarme unas armas, una hoja de ruta, unas ciertas premisas para buscar la verdad.

El tema de la transexualidad no es menos. La tolerancia absoluta y ciega a cualquier cosa no me vale; el moralismo que a priori niega lo que no es propio y condena lo que se sale de los esquemas, tampoco.

Para mí es una obviedad que el mensaje del autobús es cierto, es elemental, es lo más básico y natural: que los niños tienen pene y que las niñas tienen vulva. Lo que no abraza este mensaje es a todos aquellos niños y niñas (y a sus familias) que viven unos dramas concretos, y que este mensaje, que además –dicen– viene de un entorno ultraderechista (que vete tú a saber qué significa ya eso) y presuntamente cristiano, olvida por completo.

No creo que esto construya un carajo. Pasear un autobús con un eslogan banaliza el asunto, siembra discordia y, como señalaba al principio, pretende dar respuesta simple a una realidad compleja.

¿Que hay que hacer algo?, ¡claro! Pero a mí no me vale ni un bando ni otro. No me vale un bando en absoluto. Si hay que hacerse oír, que sea para paliar la mediocridad imperante, no para sembrar más discordia de la que ya hay de por sí.

Así como no creo que pasear el autobús de Hazte Oír vaya a ayudar nada, tampoco creo que esta conducta se corresponda con el tipo penal de la incitación al odio, sino con una reacción lógica a un discurso de locos. Lo que sí es un delito como la copa de un pino –contra los sentimientos religiosos en este caso– es el asalto a la capilla de Rita Maestre; y por eso no daré crédito a quien rechace una cosa y no la otra, o a aquellos que abucheen a los de Hazte Oír pero rían la gracia al tipo de los carnavales de Canarias, porque entonces demostrarán que lo que prima en ellos es lo ideológico.

Porque de lo que se se trata es de intentar vivir juntos. «El arte o la ciencia de hacer que los hombres estén juntos»; así definía Giuseppe Capograssi la política.

 

Madrileño de sangre manchega, estudiante de Derecho y buscador de oro. Deja el móvil.

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