El misterio de la filosofía y la filosofía del misterio

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La filosofía moderna, en su búsqueda de seguridades, abandonó la categoría de lo misterioso, tachándolo de irracional, emocional, religioso, subjetivo o no científico. Es cierto que debemos depurar el concepto de muchas connotaciones y adherencias que ha sufrido a lo largo de la historia. Sin embargo, es imposible comprender al hombre y su singular situación en el mundo sin atender a la categoría filosófica del misterio. Comprender la noción de misterio exige esfuerzo, pero, al hacerlo, ganamos luz para todo lo demás.

Hace unos días hablábamos del asombro como clave de la formación integral. Pues bien: misterio y asombro son las dos caras de una misma moneda, los dos polos que articulan la experiencia de encuentro entre el hombre que se asombra y la realidad que nos revela su misterio.

Antes de entrar en la necesaria depuración y explicación del concepto, tarea que nos llevará varias entradas, quiero compartir contigo dos ejemplos y citar a tres testigos que nos hablen de la necesidad de vivir desde la categoría del misterio. Primero te comparto algo sobre el misterio y la filosofía, acompañados por Josef Pieper. Después, quiero hablarte del misterio de nuestra propia vida, con palabras de Ortega y Gasset y versos de José Hierro.

El misterio y la filosofía

Josef Pieper nos explica en El misterio y la filosofía la relación entre el filosofar y lo misterioso. Allí nos recuerda que el concepto de filosofía, en cuanto a su contenido, es más negativo que positivo, tal y como recoge la diferencia entre el sabio y el filo-sofo (amigo, amante, buscador del saber). Para los griegos, romanos y medievales sólo la divinidad o Dios es sabio, mientras que el hombre puede ser, a lo sumo, amante del saber. Así lo expresa Pieper en el artículo enlazado:

«todo este mundo maravilloso y terrible, todas estas cuestiones no podrán jamás ser contestadas filosóficamente de forma definitiva, a pesar de plantearse filosóficamente. En la genuina cuestión filosófica se inquiere expresamente el conocimiento de la causa suprema (en cuya esencia consiste, como dice santo Tomás, simplemente la sabiduría); sin embargo, la filosofía seguirá estando a la búsqueda, permanecerá en el camino, mientras el hombre y la propia humanidad estén también en el camino, en “statu viatoris”. Así pues, la pretensión de haber encontrado la “fórmula del mundo” puede calificarse, sin ningún reparo, de no filosófica. Forma parte de la esencia de la filosofía el no poder ofrecer nunca un “sistema cerrado”, “cerrado” en el sentido de que en su seno pueda incluirse adecuadamente la realidad del mundo».

Una filosofía sin sentido del misterio concluye en escepticismo (todo da igual, nada podemos saber) o en fundamentalismo (cuando un sistema de pensamiento se identifica con la Verdad). En palabras de Pieper, una filosofía sin sentido del misterio ya no es filosofía.

La respuesta a la pregunta ¿quién soy yo? exige una respuesta verbal, “teórica”, si queremos llamarla así. Pero exige también una verificación experiencial”

Eso sitúa al filósofo en la particular situación de perseguir un saber sobre lo esencial, sobre los fundamentos últimos de la realidad, que, sin embargo, por principio, nos está vedado. El saber en plenitud que busca la filosofía no nos corresponde. El auténtico filósofo sabe que su conocimiento sobre la naturaleza, sobre las esencias, sobre sí mismo y sobre el futuro es imperfecto. Sin embargo, no puede renunciar a la respuesta posible y suficiente que sobre esas cosas está en su mano alcanzar.

La filosofía es camino de ascesis y plenitud de vida, es una actividad de amantes esperanzados, porque no es intelectualismo, sino renuncia al propio ego, al propio punto de vista, para tratar de alcanzar la comprensión de la realidad en sí misma, lo que exige un abandono de sí y una donación confiada al ser de la realidad… aun sabiendo que esa pretensión es imposible. Esta dramática tensión la resuelve la filosofía medieval (Tomás de Aquino) gracias a la noción de participación.

Así, podemos decir que la realidad es misteriosa para nosotros, pero al comprometernos vitalmente con ella, al querer descubrirla, comprenderla y amarla, participamos y penetramos en su misterio. Esa participación en el misterio de lo real nos permite comprender también algo de nuestro propio misterio y del sentido de nuestra situación en el mundo. De ahí que, pese a todos los esfuerzos, dificultades y sacrificios, los filósofos sostengan que su actividad merece sobradamente la pena.

El misterio y nosotros mismos

Comprender la categoría del misterio y su importancia en nuestras vidas está al alcance de todos, no sólo de filósofos, porque todos tenemos una experiencia inmediata y universal del misterio frente a la pregunta por nosotros mismos: «¿Quién soy yo?». Ante esta cuestión, ninguna respuesta es suficiente. Ninguna, por acertada y luminosa que sea, agota el misterio de nosotros mismos. La respuesta a esa pregunta no cabe en nuestra cabeza, ni en la de nadie. Sin embargo, sí sabemos discernir, a veces con facilidad, qué respuestas a esa pregunta son claramente falsas, y cuáles acertadas.

La pregunta no es irracional, y las respuestas no son caprichosas, sino verdaderas o falsas, pertinentes o impertinentes, con o sin sentido. Son, a un tiempo, objetivas (no dependen sólo de mi capricho o interés) y subjetivas (sí dependen del concurso de mi libertad y de mis capacidades). Escuchamos a Ortega y Gasset reflexionar sobre esta experiencia:

«La vida nos es dada, puesto que no nos la damos a nosotros mismos, sino que nos encontramos con ella de pronto y sin saber cómo. Pero la vida que nos es dada no nos es dada hecha, sino que necesitamos hacérnosla nosotros, cada cual la suya. La vida es quehacer».
ORTEGA Y GASSET, José. “La historia como sistema”, en Obras completas. Revista de Occidente, vol. 6, 13 VI, 32-33.

Por último, las respuestas sólo se iluminan en el camino de la acción. Es decir, la respuesta a la pregunta ¿quién soy yo? exige una respuesta verbal, “teórica”, si queremos llamarla así. Pero exige también una verificación experiencial, un “probar” que no puede ser sólo un juego, sino que ha de ser una apuesta que nos compromete personalmente. ¿Soy médico? ¿Soy hijo? ¿Soy padre? ¿Y qué tipo de médico, hijo o padre? Son preguntas cuya respuesta no se puede probar lógicamente, ni a priori. Son preguntas cuya respuesta se da en acto. En palabras de José Hierro:

«Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente…
[…] Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible, […] Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil […]».
HIERRO, José. “Respuesta”, en Alegría, 1947. [Poema completo]

Pues así, sin palabras… o con palabras insuficientes… y andando por ciudades perdidas, es como nos preguntamos y respondemos al misterio de nuestra propia vida. Y cuando abandonamos la búsqueda de respuestas, o cuando nos agarramos fanáticamente a una respuesta superficial cuyo sentido ya hemos olvidado, entonces matamos el misterio y dejamos de ser nosotros mismos. Sin vivir nuestra vida y nuestra vocación desde el misterio, en el misterio, vivimos como muertos, como ya apuntamos a hablar del asombro.

Los poetas, los artistas y los científicos también comprenden bien la categoría del misterio. Con ellos, y con otros filósofos, hablaremos de nuevo sobre el misterio y el asombro en próximas entradas. Mientras, ¿tienes ejemplos, experiencias, relatos, poemas, canciones… que nos hablen del misterio de la vida? No dejes de compartirlas en los comentarios a esta entrada. ¡Gracias!

Este artículo, publicado originariamente en Dialogical Creativity,  es reproducido con permiso del autor.