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Escher y la sensibilidad radical

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Según la creencia chiíta, la lectura sencilla del Corán contiene un significado esotérico oculto. A su vez cada nueva interpretación encierra un nivel esotérico aún más profundo al que sólo acceden unos adelantados. Lo mismo ocurre con la sensibilidad artística.

Aunque es verdad que desde Cincuenta sombras de Grey hasta el Ulises cualquier expresión puede guardar un brizna de poder artístico, la historia nos ha dado un puñado de genios, de pioneros de la sensibilidad que han sabido desgajar las capas de la cebolla del arte y comenzar una nueva revolución estética.

M.C. Escher es famoso por sus grabados de perspectivas imposibles y conceptos que resisten a toda lógica. Pero este trabajo no es sólo fruto de una imaginación caprichosa, sino producto de una sensibilidad muy particular reforzada por años de desarrollo y contraste de nuevas ideas.

De perfil introvertido, nunca escondió su desinterés por las cuestiones sociales o por el ser humano en general, en contraste con la fascinación que encontró en la naturaleza, las formas vivas y los paisajes. Apartando toda pretensión poética se centró en el estudio y reproducción fiel de estas formas para su recreo personal. De sus viajes por la Italia rural desarrolla el gusto por la distribución de los elementos arquitectónicos, y de las cenefas de la Alhambra la obsesión por los teselados y sobre todo la distribución regular y repetitiva del plano, en la que ve conexión con la composición musical, las formas de la naturaleza y su dimensión fractal y universal.

La popularidad creciente de su trabajo le puso en contacto con biólogos, matemáticos y artistas de toda índole. Incorpora conceptos, se adentra en sus metamorfosis, profundiza en la geometría esférica, la hiperbólica, etc.

Con este intercambio afinó una comprensión íntima de la perspectiva, del espacio y la percepción que le condujo a la fase definitiva de su trabajo; la paradoja geométrica.

Las distorsiones de Escher son tan reales como imposibles, como un buen truco de magia, e intelectualmente apabullantes. Sin embargo no son una forma de evasión sino un homenaje a la propia realidad, estirándola y retorciéndola hasta sus últimas consecuencias.

Desde sus primeros grabados Art Nouveau, pasando por sus estudios de la naturaleza hacia el surrealismo, las metamorfosis y finalmente la paradoja, no es del todo acertado diferenciar su obra en “etapas” estancas según un momento vital como si hablásemos de una fase rosa y otra cubista. En su obra cada innovación suma y aporta a una línea de trabajo clara y fácilmente trazable. Y el hilo conductor siempre fue una obsesiva fascinación por la realidad, a la que se fue añadiendo un finísimo sentido del espacio, la perspectiva y la intuición matemática como trasfondo:

 

Pero la realidad que obsesionaba a Escher no es la de andar por casa. Se aleja del tema humano, de los afectos, las inclinaciones ideológicas o la moral- siendo apartado de las corrientes artísticas de la época por ser “poco lírico”- y apela directamente a la realidad física, a la geometría universal; las líneas naturales, desde las ondas de un estanque al entretejido en las alas de un insecto, el espacio como el cemento que traza en negativo las formas del mundo y la perspectiva que materializa las leyes y las trampas de la percepción.

El interés de Escher se acerca más a los garabatos caprichosos de un alumno distraído que a las aspiraciones de un artista, y proviene de una atracción a lo primario, lo esencial, que funde la sensibilidad artística con la sensibilidad científica. Posiblemente por esto él -que nunca se consideró un artista- sea un autor tan inclasificable.

Una característica de los genios es su capacidad para reparar en aquello que el resto del mundo simplemente da por hecho. Escher desarrolló un inusual sentido para el espacio y la manera en la que este hace interactuar los elementos de la composición. Otros autores, como Kandinsky, sensibilizaron al mundo del poder evocativo de las formas geométricas incluso por encima de las figuras a las que dan forma, y artistas como Rothko se percataron de las posibilidades en la yuxtaposición bruta de los colores; el color por el color vacío de forma o figura.

Todos ellos supieron desintegrar los distintos elementos que articulan una obra pictórica, entenderlos como un hecho en sí mismo y dotarles de un valor artístico propio. Un sexto sentido hacia estas cosas conduce a la compresión profunda del mundo, y esta a la capacidad de trastocarlo, revolucionarlo y llevar el pensamiento al siguiente nivel. Determinadas personas tienen una sensibilidad que va más allá, hacia la esencia misma de las cosas, lo radical .Y gracias a ellas se expanden los límites del arte.

 

Médico del Hospital Príncipe de Asturias, graduado por la UAM. Alma de letras, cafeinómano. Curioso patológico.

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