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Game of Breakingmad: dilemas morales en las series

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El género de las teleseries ha experimentado un desarrollo espectacular en los últimos años, hasta el punto de haberse convertido éstas en productos de consumo masivo cuyos niveles de calidad y coste de producción no desmerecen nada, en muchos casos, a los del celuloide.

Las teleseries nos han traído también conceptos nuevos, como el famoso “cliffhanger”, que denotan la habilidad de sus guionistas, los auténticos artífices de esta revolución audiovisual. Y es que es precisamente en la habilidad de estos contadores de historias donde ha radicado el éxito renovado de estos productos. El guionista cuenta, en efecto, una historia, lo que puede parecer trivial, pero, sobre todo cuando se manejan esos niveles de audiencia, supone ante todo una responsabilidad. Y pronto entra en juego la cuestión de la representación del mundo en su dimensión moral: en el cómo es, de acuerdo con la experiencia del autor, y en el cómo debería ser, de acuerdo con su opinión y sus valores. En este “trade-off” entre moralidad y “Zeitgeist” está la verdadera cuerda de trapecio del guionista, pues cualquier oscilación brusca marca decisivamente la tendencia moral de la historia hacia un lado o hacia otro.

¿Se puede matar por amor?

En algunas historias, como la conocida “Breaking Bad”, esta ambivalencia moral de las situaciones es la clave del argumento y, junto la intriga, el punto de interés de la serie. Las situaciones son ciertamente rebuscadas y la probabilidad de que una persona se vea alguna vez en su vida ante la necesidad de elegir entre opciones tan extremas como las que se dan a menudo en la teleserie es en verdad y afortunadamente muy escasa. Pero en estos escenarios morales radicales e improbables se llevan a cabo decisiones que parecen sugerir la posibilidad de una analogía para casos menos extremos, o al menos la necesidad de romper con un criterio moral generalmente aceptado que, dada en un caso, puede ser extrapolable a otros. En varias situaciones las opciones que se nos plantean son tan radicales que afectan a la vida de las personas. En concreto, la pregunta de fondo que subyace en muchas de ellas es la siguiente: ¿se puede matar por amor?

Para tratar de clarificar el punto de vista de los guionistas de algunas de las teleseries más conocidas sobre la pregunta anterior, es preciso indagar mínimamente en el concepto de amor, y concretamente en tres de los conceptos complementarios que en relación al mismo manejaban los antiguos griegos: eros, philia y agapé.

Juegos de tronos: Eros y violencia

Una de las series convertida en fenómeno social que trata, quizá con menos finura que “Breaking Bad”, este tipo de paradojas es la archiconocida “Juego de Tronos”. A estas alturas, no resultará demasiado “spoiler” desvelar parte del argumento del primer capítulo de la primera temporada. En él, la reina y su amante (su hermano, para más inri) son sorprendidos en plena acción por el pequeño Bran. Ante la eventualidad de que su relación incestuosa sea descubierta, Jaime Lannister empuja al niño torre abajo, con clara intención de acabar con su vida. En otra escena, Catherine Stark se lamenta por sus sufrimientos al haber tenido que criar un hijo bastardo (ya veremos si finamente lo era) y cómo sus celos le hacían desear asesinarle en la cuna.

El concepto del amor que el autor maneja está limitado prácticamente al sentimiento posesivo sobre la persona “amada”.

En estas escenas, y en general en el tono tanto de los libros como de la serie, notamos que el concepto del amor que el autor maneja está limitado prácticamente al sentimiento posesivo sobre la persona “amada”. De ahí que cuente con un esencial componente erótico y en demasiadas ocasiones incluso violento. Ese sentimiento amoroso de carácter pasional que los antiguos griegos denominaron eros está empujado por la necesidad de aquello que nos falta. En sí mismo no es algo negativo, más bien todo lo contrario, pero debe completarse con otros conceptos relacionados con el amor para producir resultados positivos y no quedarse en un mero sentimiento egoísta ni en un simple intento de conseguir aquello que se desea por todos los medios.

Breaking Bad: Metanfetamina filial

En Breaking Bad notamos un ascenso tanto en la elaboración de las relaciones afectivas entre los personajes como en la construcción de las improbables paradojas morales que se nos presentan, que son la esencia misma de la serie. El motor de las acciones de Walter White es el amor a su familia, que está a punto de quedar desamparada. En este caso el amor no hace referencia a la consecución de algo que nos falta, sino al bien de personas que tenemos a nuestro lado. Se ama al otro buscando el bien del otro. Estaríamos por tanto ante un tipo de amor tipo philia, un amor que hace referencia a las personas cercanas, los familiares y los amigos.

Sin embargo, buscando el bien de estos, se incurre en el mal para los demás. En la serie, como es sabido, la elección moral se plantea entre un mal inmediato para un desconocido frente al previsible desamparo de la familia de White. La elección moral se basa en componentes subjetivos: las personas a las que quiero frente a otras de las que no sé nada o a las que incluso considero nocivas para la sociedad. La elección se plantea como el mal de unos o el de otros, pero se trata de un falso caso de mal menor, pues este requiere inmediatez y certeza de los males entre los que se elige e imposibilidad de evitarlos por caminos alternativos.

El problema moral está descompensado a priori por el planteamiento, al igual que sucede en muchas producciones sobre zombies, en las que la existencia de un pequeño grupo de humanos frente a una masa de muertos vivientes que aspiran a comerles el cerebro no es sino una metáfora de la fractura social que nos hace ver a los demás, fuera del grupo menguante de seres queridos, como enemigos. Está visión postmoderna está en perfecta concordancia con la teoría foucaultiana de la vida en sociedad como lucha por el poder.

El elemento que falta

La cuestión de fondo es que estas concepciones posmodernas del amor resultan incompletas si no se tiene en cuenta otro elemento del mismo que los antiguos griegos denominaban agapé, que coincide con el concepto tradicional cristiano de la caridad. Se trata del amor desinteresado, sin esperar ni pedir nada a cambio, por las personas que simplemente están en nuestro camino, sin necesidad de tener ni desear tener ninguna justificación de familiaridad o amistad con ellos, incluso aunque se trate de nuestros enemigos. Es el amor universal, libre de toda atadura del egoísmo. Así lo entendían los paganos griegos y así lo recoge la tradición cristiana, como el amor que Dios nos tiene a nosotros y que nosotros debemos tratar de dar los demás.

La negación de este último componente en el pensamiento posmoderno no es, aunque se pretenda, un mero intento de superación de lo que sus preconizadores llamarían “hipocresía cristiana”, pues este concepto de amor era ya reconocido por los antiguos griegos. En este sentido, la posmodernidad no implicaría una simple e inocua vuelta al paganismo, sino a algo tal vez mucho más antiguo y siniestro, a la negación de la naturalidad del amor como elemento de cohesión entre las personas y las comunidades humanas.

Es obvio, lo ha sido siempre, que no se puede hacer el mal en nombre del amor, salvo que consideremos a éste como un concepto parcial eliminando sus niveles superiores, aquellos no relacionados con el egoísmo y el interés personal. Esta visión parcial, a veces muy parcial, se presenta a menudo en muchos de los productos que podemos ver en las pantallas de cine y en nuestros televisores. Esto nos da una idea de la dureza intelectual de nuestros tiempos, pues en la obsesión por librar a la voluntad de desagradables trabas morales se incurre en el negligente olvido de aspectos fundamentales y positivos de nuestra naturaleza humana.

Licenciado en CC. Económicas por la Universidad de Alicante y estudiante del Máster en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria. Trabaja como economista en la Administración Pública.

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