Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Literatura

Hannah frente al homo faber

en Dialogical Creativity/Literatura/Pensamiento por
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Walter Faber era un ingeniero, un técnico de la Unesco, que un día empezó a darse cuenta de que su vida, sencillamente, funcionaba. Al principio no era consciente de lo que le pasaba. Hubiera sido incapaz de formularlo así, pero, sin duda, algo iba mal, y lo que le ocurrió en el aeropuerto encerraba una metáfora perfecta de su situación. Sigue leyendo

El Father Brown de Chesterton y el Father Brown de la BBC

en Democultura/Literatura/Series por
Tiempo de lectura: 4 minutos

¿De dónde salió el bueno del Father Brown?

Distingamos: el Father Brown de la vida real, el de la inspiración narrativa y el de la misma historia.

Como inspiración, Father Brown está inspirado en un gran amigo sacerdote de G. K. Chesterton, el P. John O’Connor. El P. O’Connor fue muy importante para la conversión del mismo autor. Cuando se conocieron era el párroco en la Iglesia de Santa Ana, en Keighley. La amistad que los unió ha perdurado en las 51 aventuras del famoso detective.

Como personaje, en cambio, Father Brown, fue el párroco de Cobhole (Essex) y ahora trabaja en Londres. Este dato es importante, porque el método que emplea como detective se basa en sus experiencias pastorales. En efecto, en algún momento de su vida tuvo un gran contacto con criminales. La búsqueda de la redención del pecador lo condujo no sólo a conocer la vida del criminal sino a acercarse a su forma de pensar de la forma más intuitiva posible. Lo explica en la recopilación titulada “El Secreto del P. Brown”:

“You see, I had murdered them all myself… I had planned out each of the crimes very carefully. I had thought out exactly how a thing like that could be done, and in what style or state of mind a man could really do it. And when I was quite sure that I felt exactly like the murderer myself, of course I knew who he was.”

“Vea, Yo los he asesinado a todos… Yo he planeado todos y cada uno de los crímenes de una forma muy concienzuda. He pensado cómo podrían hacerse, y en qué estilo o en qué estado mental un hombre podría cometerlos. Y después estaba bastante seguro de saber cómo se sentía el criminal y, por supuesto, sabía quién era.”

A imagen y semejanza de su creador…

Lo cierto es que el Father Brown de la narrativa tenía un gran parecido con su creador, el mismo Chesterton. Los razonamientos del buen sacerdote detective y su frecuente ironía tienen un sabor netamente chestertoniano. Qué decir de la idea teológica que aparece una y otra vez en las historias: la parodia de un sacerdote con vocación de guardián de la razón frente a la tentación del espiritualismo. Un hombre para quien la razón es fundamental para poder creer.

La mejor descripción de todo esto la encuentro en la cita de una carta de Gramsci en prisión:

El P. Brown es un católico que se divierte a costa de los procesos de pensamiento mecánicos de los sacerdotes, y el libro es básicamente una apología de la Iglesia de Roma frente a la Iglesia anglicana. Sherlock Holmes es el detective “Protestante” que descubre el fin de la madeja criminal por observarla desde fuera, apoyándose en la razón, en el método experimental, en la inducción. El P. Brown es el sacerdote católico que a través de refinadas experiencias psicológicas realizadas en la confesión y por la actividad persistente de la casuística moral de los sacerdotes -sin obviar la ciencia ni la experimentación, pero apoyándose principalmente en deducción e introspección- derrota por completo a Sherlock Holmes, lo hace parecer un pequeño chico pretencioso, muestra su estrechez de miras y su mezquindad. Por otra parte, Chesterton es un gran artista mientras que Conan Doyle era un escritor mediocre, aunque fuera nombrado caballero por el mérito literario; así en Chesterton hay una brecha estilística entre el contenido, la trama de la historia detectivesca, y la forma, y por lo tanto se da una sutil ironía con respecto al tema que se trata, lo que hace que estas historias tan deliciosas.

El Father Brown encarnado por Mark Williams es uno más en la larga lista de los actores que han tratado de elevarse a la altura del párroco de Cobhole. Nadie lo ha logrado, ni siquiera el gran Alec Guiness. Pero todo esto da riqueza a la leyenda, no la devalúa. Me explico.

He disfrutado enormemente con el show de la BBC. En Inglaterra tienen una tradición interesantísima de narrativa detectivesca. Eso sale a relucir una y otra vez, año tras año, en forma de novelas, series, películas… El P. Brown es un detective elevado al rango de mito: como Sherlock y como Poirot. Ningún actor nos convence, de la misma manera que Brad Pitt no convence para Aquiles Pelida. Todos los Sherlock han sabido acertar en algo y todos han fracasado en lo fundamental: ninguno de ellos era Sherlock.

Lo mismo ha sucedido con el P. Brown. Aplaudo los esfuerzos (y el éxito) de la serie de la BBC. Descubro en esos esfuerzos un intento de no traicionar el espíritu original y, a la vez, presentar un show atractivo. Mark Williams no es el P. Brown, aunque ha sido de los que más se ha acercado…

Quizá debería la BBC plantearse ofrecer el papel a un sacerdote católico, avezado en confesiones de prisioneros y con una grandísima formación teológica.

O, como yo, esperar a ir al cielo para ver a Chesterton cara a cara y que me siga contando historias.

Este artículo, publicado originariamente en Tu opinión, mis ideas es reproducido con permiso del autor.

Oscar Wilde y la decadencia de la mentira

en Democultura/Literatura por
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Oscar Wilde es una de las figuras literarias más influyentes del siglo XIX. El autor de origen irlandés (de una Irlanda que en aquella época pertenecía al imperio británico) es principalmente conocido como dramaturgo y cuentista, pero muchos creen que el Wilde más brillante, astuto y complejo se esconde en su faceta ensayística.

La Decadencia de la Mentira forma, junto con otros títulos, la biblioteca de ensayos de este importante escritor victoriano. En ella, Wilde se sirve de una fructuosa conversación entre dos amigos, los sagaces Cyril y Vivian, para entonar una apología del esteticismo y del “arte por el arte”. Sigue leyendo

[CRÍTICA] Un legado maldito

en Literatura/Teatro por
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La sensación lectora, en cuanto a número de ventas se refiere, del último trimestre del 2016 fue “Harry Potter  y el Legado Maldito”. La obra de teatro estrenada a mediados del año pasado en Londres fue un auténtico hito en la industria teatral y una nueva oportunidad para poner a J.K. Rowling vinculada de nuevo al mundo del mago del 4 de Privet Drive.

Los que vivimos nuestra adolescencia embebidos con la historia del joven mago en Hogwarts y aledaños, esperábamos esta nueva edición (en España editado por Salamandra) con entusiasmo; porque siempre que se oferta la posibilidad de viajar a nuestra infancia a través de las letras hay una pulsión –mitad ternura mitad histerismo– que hace que nos pasemos el IVA cultural por la zona noble y que acudamos a nuestras librerías con ganas de magia. Sigue leyendo

Cinco grandes libros para las navidades

en Democultura/Literatura por
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Siempre he dicho que recomendar libros en general, es una gran injusticia. Creo que recomendar un libro es, en gran medida, una labor de sastre. Hay que tomar las medidas adecuadas de la persona a la que se lo vas a recomendar: conocer sus gustos en estilo, saber lo que ya ha leído, qué es lo que busca (entretenimiento, formación, enriquecimiento personal, dominio de una época o de un autor, acercarse a los clásicos, etc.).

A continuación presentaré cinco grandes obras sobre la Navidad. Las recomiendo por ser muy navideñas, no sólo en el tema, sino también en el tono, en el ambiente y en el significado simbólico. Véase como una percha de pantalones de diversas tallas en unos grandes almacenes: a falta de sastre, el mismo modelo de pantalón -el mismo corte- en tallas distintas.

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Una Navidad ganada a los nazis

en Literatura/Religión por
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La noche del 24 de diciembre de 1940, en el campo de prisioneros de Tréveries, el filósofo Jean-Paul Sartre se estrenaba como dramaturgo delante de 2000 presos con Barioná, el hijo del trueno.

El ateo beligerante y reconocido como uno de los “padres del existencialismo” elaboró durante 6 semanas el texto con el que Voz de Papel calificó, tal y como reza la portada de su segunda edición, a Sartre como “un ateo que presenta mejor que nadie el Misterio de la Navidad”.

Para dar con esta singularidad, hubo detrás un elaborado trabajo de investigación por parte del Dr. José Ángel Agejas, para recuperar una obra denostada y condenada al ostracismo por los estudiosos de Sartre y cuya edición fue vetada incialmente por el propio Sartre por temor, según John Ireland, a que “si autorizaba su representación, la fuerza de esta obra oscurecería el resto de su producción teatral”. Sigue leyendo

El pecado de Dorian Gray

en Democultura/Literatura por
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Al igual que ocurrió tras la invasión enciclopedista en Europa, la revolución industrial, y con ella el utilitarismo y hasta el atractivo por lo horrendo –aún más que indiferencia respecto a lo bello–, iban a desencadenar una huida radical hacia la experiencia estética, en búsqueda de la felicidad, de la satisfacción de los anhelos más profundos del hombre. Así fue con Oscar Wilde.

Escribe una única novela el dramaturgo inglés (casi un guión teatral en prosa), con frecuencia considerada como el mejor ejemplo de la corriente literaria del esteticismo: “The picture of Dorian Gray“. El relato, muy original, pivota en torno a tres personajes principales: Dorian, Basil Hallward y Henry Wotton –o Harry, la forma medieval–. Basil es pintor, y decide retratar al joven Dorian, de incomparable hermosura. Misteriosamente, el cuadro se convierte en imagen del alma del modelo; tras la seducción que obra en él lord Henry, un perfecto hedonista, la obra irá mutando y perdiendo su pulcritud al ritmo de la destemplanza del muchacho, hasta ilustrar un viejo decrépito. Sigue leyendo

O el hombre o la ley

en Democultura/Literatura por
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Negó una vez Unamuno que fueran personajes quienes tomaban tiempo y lugar en sus novelas; eran personas, vivas, de carne y hueso; seres de entidad semejante a la nuestra –a la suya–, llevadas a escenarios extremos en la pluma innovadora de su autor. De su Creador, y aquí sitúa el vasco el centro de la reflexión que iba a identificarle con Augusto Pérez, el núcleo de su “Niebla“. Sigue leyendo

Un asunto nocturno y confuso

en Democultura/Literatura/Pensamiento por
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Una vieja novela aparecida en Estados Unidos en 1950 y recientemente reeditada en España del escritor judío Isaac Bashevis Singer me ha hecho confirmar una idea posiblemente poco original sobre el tema de la familia en el judaísmo.

La novela en cuestión se titula La familia Moskat y se ocupa de las vicisitudes de los miembros de la misma en la Varsovia de los primeros treinta años del siglo XX. Singer fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1978 y es considerado el escritor contemporáneo más importante en lengua yiddish. Hijo y nieto de rabinos, abandonó su Polonia natal en 1935 y emigró a Estados Unidos, donde desarrolló su carrera como escritor. Sigue leyendo

13 buenas novelas para leer este verano

en Democultura/Literatura por
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Es una verdadera maravilla descubrir la inmensidad de blogs, foros y páginas web en general donde se ofrece un servicio de propuestas de lectura. Herramientas a cuál más sofisticada, ofrecen la posibilidad de votar los libros, escribir tu opinión, crear listados o “estanterías”, etiquetar colecciones personales, plantearse retos de lectura y un largo etcétera. Contra los grandes pesimismos que desconfían de esta generación, algo tengo que decir: se lee mucho y, por lo general –lo veo en las críticas de estos foros–, se lee bien.

Leer bien, sin embargo, no es necesariamente leer lo mejor o leer lo que más nos conviene. Sigue leyendo

¿Dragones o mantequilla? La economía en Juego de Tronos

en Democultura/Literatura/Series por
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George R.R. Martin, el autor de la saga literaria Canción de hielo y fuego, que ha inspirado la popular serie televisiva Juego de Tronos ha manifestado en alguna ocasión que hay aspectos del mundo de fantasía de J.R.R. Tolkien que considera poco realistas.

En particular, se refiere a problemas de naturaleza económica inherentes a la guerra y la gestión de los reinos de la Tierra Media que a su juicio no son resueltos satisfactoriamente, y en concreto se refiere a cuestiones como “¿Cuál es la política fiscal de Aragorn? ¿Mantendrá un ejército permanente?”. En resumen, viene a afirmar que el asunto de la economía en la Tierra Media no está desarrollado de una manera realista. Por el contrario, a primera vista, parece que el mundo de fantasía en el que se desarrollan los libros del señor Martin sí que posee elementos de funcionamiento y gestión de la economía que nos pueden parecer “realistas” a la vista del pensamiento y las ideas económicas modernas. Sigue leyendo

“¡Muerte a Cervantes!”

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La envidia es una forma de querer, o más bien, de mal querer. Es una expresión de idolatría y frustración al mismo tiempo; tristeza del bien ajeno. Quién envidia, primero siempre admira y por esto saca de aquel de quién tiene celo lo mejor de él. Y lo anhela tanto que lo quisiera para sí. De este modo mira Antonio de Segura a Miguel de Cervantes. El tal de Segura, o Sigura (como también aparece referenciado) ha sido “menospreciado” en la historia del ilustre alcalaíno y sin embargo, su inquina nos ayuda a humanizar el mito de nuestro autor más universal. Sigue leyendo

La paciencia de Svetlana Alexiévich

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El último premio Nobel de literatura recayó en la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, autora de libros tan deslumbrantes como originales, a medio camino entre el testimonio y la literatura. Libros como La guerra no tiene rostro de mujer, Voces de Chernóbil o El fin del “homo sovieticus”. Por las venas de Alexiévich, fluye el sentimiento de la gran literatura rusa en la forma de dos notas fundamentales: la amplitud de su perspectiva, que transmite la sensación de que nada de lo humano le resulta ajeno, y su implicación emocional en el paisaje que describe. Sigue leyendo

La leyenda del santo bebedor

en Democultura/Literatura/Religión por
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Lunes de Pascua de 2016

Cuando se editó por primera vez, en 1949, La leyenda del santo bebedor, su autor, Joseph Roth, llevaba ya una década muerto y olvidado. Se fue de este mundo en la habitación de un viejo hospital del distrito XV de París, exiliado, delirante, alcoholizado y en la ruina. En su partida de defunción, dos días después de su muerte, se le define como hombre “sans profession“. Sigue leyendo

Zweig y el misterio de la creación artística

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De todos los misterios del universo, ninguno más profundo que el de la creación”.

Así se dirige a su público Stefan Zweig el 29 de octubre de 1940 en Buenos Aires. En su conferencia el escritor austriaco se propone reflexionar sobre cuál es el fundamento de la creación artística, o más bien qué podemos conocer y qué no de lo que no duda en considerar un milagro: “Cada vez que surge algo que antes no había existido nos vence la sensación de que ha acontecido algo sobrenatural, de que ha estado obrando una fuerza sobrehumana, divina. No es cosa perecedera. Este milagro lo vemos en el arte”. El artista consigue poner en comunión a sus contemporáneos y las generaciones futuras con uno de los mayores interrogantes: el de la creación. “Porque cuando un artista crea, lo creado se vuelve más indestructible e imperecedero que el artista mismo.” Sigue leyendo

Tres grandes motivos para desempolvar los clásicos

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Cuando se dice: “es un clásico del cine”, lo que se insinúa es: “es una película que debes ver”. Cuando se dice: “todo un clásico de la literatura”, se está refiriendo a un libro que se encuentra en casi todas las librerías, puede descargarse gratis en el proyecto Gutenberg y ninguno de los presentes lo ha leído. Ni lo va a leer. A fin de cuentas, casi todos estos clásicos literarios cuentan con una adaptación cinematográfica que, de estar bien realizada, puede convertirse perfectamente en un clásico.

Parece que con el paso del tiempo la literatura clásica se vuelve más y más remota. Entre el hombre del siglo XXI y el caballero de la Mancha o Lanzarote o Aquiles, se abre una brecha cada vez más amplia y más oscura. O, peor aún, hablamos de Aquiles y viene a nuestra mente el rostro de Brad Pitt con el pelo por los hombros y los músculos al aire. Sigue leyendo

El Principito viaja a San Ireneo de Arnois

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La novela de Natalia Sanmartín, El despertar de la Señorita Prim, busca ser un respiro en medio del vértigo de la sociedad del s. XXI. En ella se relata la experiencia de una joven moderna, inteligente y trabajadora; que empieza a trabajar como bibliotecaria de la colección personal de un sujeto extravagante, en un hogar repleto de niños extraños, en un pueblo que parece anclado en un pasado en el que se valoran más las humanidades que el desarrollo técnico. Esta experiencia conducirá a la protagonista a realizar una reestructuración fundamental en sus valores y en sus prejuicios más sólidos sobre Dios, la vida y el ser humano.

En una noticia sin aparente relación con lo anterior: próximamente–el 11 de diciembre, se dice– aparecerá en la gran pantalla española, la producción de Mark Osborne “El Principito” (The Little Prince). Hace poco he tenido la oportunidad de volver a releer la novela de Natalia Sanmartín y de ver esta adaptación de la obra del aventurero francés Antoine de Saint Exupéry. No he podido dejar de asombrarme ante el magnífico retrato que hacen ambas una de una poderosa intuición común: en el corazón de la humanidad más gris hay una chispa de trascendencia. Sigue leyendo

¿La distopía es la nueva épica?

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En una encuesta reciente de cierto blog dedicado a la lectura, se preguntaba a los participantes cuál sería su género preferido para una lectura veraniega. Las opciones eran: una novela policiaca, un romance y una distopía. De buenas a primeras me llamó la atención que en un blog dedicado a la lectura se presentara la palabra “distopía”, no sólo como existente sino además como un género literario comparable, al menos, a la novela policiaca y al romance.

Pero mucho más importante que la posible incongruencia de la encuesta (a la que no hay que dar mayor importancia), resulta la presunción del problema subyacente. La literatura de los últimos años, tras el éxito explosivo del Señor de los Anillos y de la saga de Harry Potter, ha renqueado de un intento a otro por lograr un estilo divulgativo de novela que saciara la sed épica de los lectores de J.R.R. Tolkien, J. K. Rowling, C.S. Lewis o R. Jordan. Primero autores como R.R. Martin, J. Dashner y S. Collins, y, tras su estela, V. Roth, K. Class o L. Lowry (con lectores de todo tipo y edad, seamos sinceros) hicieron una propuesta que pareció dar en el clavo: La nueva épica es la distopía. Sigue leyendo

Gógol y la corrupción política

en Democultura/Literatura por
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Soy un escritor, y el deber de un escritor no es únicamente proporcionar un pasatiempo placentero al intelecto y al gusto; será castigado severamente si de sus obras no se difunde algún tipo de beneficio para el espíritu y si no hay en él alguna lección para la humanidad“. De una carta de Gógol a un amigo.

Nace en 1809 Nikolái Gógol, un diminuto ucraniano de ascendencia polaca, en el seno de un Imperio Ruso a punto de ser invadido por las hordas imperialistas de Napoleón. Surgía un cacho de carne de tres kilos que llegaría a eclipsar al sol con su opaca y mordaz baba; un sol que paría, ayer allí como hoy aquí, una estructura social de sangüijuelas y leones del diablo. Sigue leyendo

La lírica del eterno dominguero

en Democultura/Literatura/Pensamiento por
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¿Cuándo ha de volver
lo que acaba de pasar?
Hoy dista mucho de ayer.
¡Ayer es nunca jamás!

Así se preguntaba un hastiado Machado para sus adentros. ¿Qué será de lo que fue? Mejor dicho: ¿qué queda de ayer, si el pasado pasó dejando vana huella? Y es una pregunta en modo alguno absurda.

Es una evidencia palpable la sed del hombre concreto, sus ansias de felicidad: el hombre quiere gozar, necesita el placer de la completa satisfacción. El hombre quiere poseer el bien que dé muerte a su insaciable e ineludible apetencia.

¿Por qué no decirlo con claridad? El hombre es un eterno dominguero. Hay por ahí pobres desgraciados que se afanan en proclamar que estamos hechos para trabajar (yo suelo responder que estoy naturalmente confeccionado para cobrar la prestación por desempleo), o para hacer el bien. Como si fuéramos volcán fiero que pugna por abrasar la superficie, en continuo surtidor de candor hacia fuera. Yo debo ser marciano si acaso.

¿Qué es hacer el bien? ¿No es en última instancia hacer feliz al de al lado? “Amans amato bonum velit“, decían los clásicos en el lugar de nuestro “hacer el bien”. El amante quiere el bien para el amado porque quiere hacerle feliz, porque sabe que la felicidad del amado es que posea el bien. Y así la suya propia, pues su bien es el del otro. En línea análoga concluye el mismo autor el mismo poema:

Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar:
la monedita del alma
se pierde si no se da.

Pero volvemos a las mismas: el hombre es un eterno dominguero. El que hace el bien no quiere “hacer el bien”, sino que otro lo posea y así poseerlo él; el que trabaja no trabaja por trabajar, sino que se afana en algo que poseer. Se preocupa, se esfuerza, suda por ser feliz mañana.

Ser feliz es tumbarse sobre la hierba espiguita en boca y sombrero en rostro a contemplarse uno mismo: nos llevan engañando una eternidad con falsas proclamas sobre la maldad del amor propio o la pluscuamperfección de salir hacia fuera; abnegación, ascesis, y pantomimas por el estilo. Mortificación llegaron a decir algunos. ¿Renuncia al desorden, o renuncia al deseo? Darse muerte, morir: ése es el significado de la palabra mortificación.

Ser feliz es sentarse a gozar de la posesión del bien; es aquella “Hermosura” de Unamuno:

Nada deseo,
mi voluntad descansa,
me voluntad reclina
de Dios en el regazo su cabeza.
Y duerme y sueña…
Sueña en descanso
toda aquesta visión de alta hermosura.
¡Hermosura! ¡Hermosura!
Descanso de las almas doloridas,
enfermas de querer sin esperanza.

Pero una vez se va… ¿qué ha sido la felicidad…?

Porque se va, ¡vaya si se va! El bien es caduco, acaba. Puede entretener un rato, pero a fin de cuentas termina y el hombre regresa a su apatía. En vez del cristiano descanso dominical llega lo que Viktor Frankl llamara neurosis del domingo. Un escozor grisáceo en el pecho que vela la mirada de todo. Las cosas pierden su color; gana Qohelet con su aterradora sentencia: “vanidad de vanidades; todo es vanidad“.

El hombre es un eterno dominguero sentado sobre el gran teatro del mundo. Mientras posee el bien y su voluntad descansa; mientras sueña en descanso visión de alta hermosura, el sol brilla con espléndida majestad, los pájaros cantan, el arroyo fluye murmurando bendiciones sobre la piedra que acaricia, con un deje de ternura; la brisa sopla fresca rodando sobre la piel, y uno llega a exclamar jubiloso con Celaya:

¡La fiesta! ¿Cómo ignorar que en el mundo todo es fiesta
y que tan sólo los hombres penan cuando piensan?

Pero cuando lo que tuviera se evapora entre sus manos, el hombre se apaga, lo maravilloso se trueca en amargo y el sol se despeña en Occidente, el pájaro enmudece, se acaba el arroyo que deja de pasar y vuelve a la mente aquella copla de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu’es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir.

Todo se queda vacío cuando muere el bien que a uno le satisficiera. ¡Qué claridad en el habla de Gabriel y Galán, que así sentencia tras la muerte de su mujer!

¡La vida en la alquería
se tiñó para siempre de tristeza!
(…) ¡Qué días y qué noches!
¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
por encima del alma que está sola
llorando en las tinieblas!
Las sales de mis lágrimas amargan
el pan que me alimenta;
me cansa el movimiento,
me pesan las faenas,
la casa me entristece
y he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué me importan los bienes
si he perdido mi dulce compañera!

El hombre es un dominguero eterno. Es feliz, o lo parece, y de repente, “un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal” derriba el tesoro rutilante de ayer. Ayer… Aquel ayer de Machado; hoy dista mucho de ese ayer, y ayer es nunca jamás.

Y bien dijo ese pobre desgraciado: hasta se olvida lo que fue. A veces ni la vaga idea permanece; ni el mísero rastro de la existencia, que es el recuerdo, queda para testimoniar la verdad histórica. Él mismo fue profeta y mártir de su predicación, tanto que unos años después de ese día bendito, refiriéndose a aquel Collioure francés en que el poeta andaluz enterrara todo para reunirse con los muertos, así le describía y con justicia Blas de Otero:

Miró hacia atrás y no vio
más que cadáveres sobre
unos campos sin color,
su jardín sin una flor,
y sus bosques sin un roble.
(…) Profeta ni mártir
quiso Antonio ser
y un poco de todo lo fue
sin querer.

Y es que el hombre es dominguero por naturaleza, pero es eterno: quiere gozar, pero quiere gozar ahora, siempre. No vale ayer.

Quiere contemplarse eternamente a sí mismo, aun sin agotarse en sí; uno no se basta o de lo contrario seríamos solos. ¿Qué necesidad habría de lo demás? ¿De los demás?

Uno no se basta: uno necesita mirarse, pero tiene que ver algo más dentro de sí; tiene que contemplarse como poseedor. Tiene que ver un bien dentro de sí, y tiene que verlo ahora; si no, se muere. No vale ayer.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba.
Agustín de Hipona

Se muere si se ve solo. ¡Ah, qué mala es la soledad, qué mala! Envenena al hombre. El hombre vacío, solo en su interior, que ha perdido el bien, ése se muere. Puede huir, pero al final el tiempo vence y encorva la espalda del triste solitario para que se allegue a sí mismo y se mire. Y entonces se da profundo asco, y llora, y se queja: ya no es poseedor, ya no es feliz.

¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La fortuna mis tiempos ha mordido,
las horas mi locura las esconde.

¡Que sin saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue, mañana aún no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto,
soy un fue y un será y un es cansado.

En el hoy, mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Quevedo

El hombre es un dominguero eterno, y si un bien caduca y se acaba no es humano. Es bien para un perro que no quiere, para un caballo que no pretende tener más de lo que tiene. El hombre quiere hoy, y hoy dista mucho de ayer. Si el bien se diluye soga al cuello en manos del tiempo, será bien, pero no bien humano. Será pasado.

¿Y qué es el pasado? ¡Nada!
Nada es tampoco el porvenir que sueñas
y el instante que pasa
transición misteriosa del vacío
¡al vacío otra vez!
Es torrente que corre
de la nada a la nada.
Toda dulce esperanza
no bien la tocas
cual por magia o encanto
en recuerdo se torna,
recuerdo que se aleja
y al fin se pierde,
se pierde para siempre.
Miguel de Unamuno

Al hombre no le basta con ser dominguero: necesita un domingo eterno, continuo, jugueteando en su pecho con el bien respetado que felizmente posee. Uno que no pase, que deje huella de presente y junte en armonía continua pasado y futuro: el hito en la vida del hombre, felicidad en plenitud que asfixie su voluntad, que la sumerja en agua cálida y allí descanse.

Porque sí: estamos hechos para mirarnos y ver maravillas en nosotros, en nuestro sacrosanto ombligo.

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