Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Literatura

Dante, Nembrini y nuestra humanidad deseante

en Literatura/Religión por
Tiempo de lectura: 7 minutos

Franco Nembrini es un pedagogo italiano nacido en Italia en el año 1955. Es profesor de literatura italiana e historia en la enseñanza secundaria y miembro de varios consejos educativos públicos y privados de la Italia actual.

Lo que más me importa decir acerca de este señor que me dejó bastante maravillada, es que ha estado en España hace un par de días en la Universidad San Pablo CEU, para impartir una conferencia sobre su libro “Dante, poeta del deseo” y espero poder expresar con algo de acierto lo que nos transmitió para que no dejéis de leerle. Mejor dicho, para que no dejéis de leer a Dante. A los dos.

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Guy de Maupassant: La angustia y la representación del otro

en Democultura/Literatura por
Tiempo de lectura: 9 minutos

El miedo en la literatura nos ha legado a varios autores que han trascendido su obra para convertirse en iconos culturales, como ha sido el caso de Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft y, más recientemente, Stephen King. Con ello no queremos descartar por supuesto, a Mary Shelley, cuya máxima obra gótica está por cumplir su bicentenario, a Joseph Sheridan Le Fanu, Bram Stoker, Arthur Machen, M.R. James, Robert Bloch o a William Hope Hodgson, por citar algunos escritores.

Sin embargo, más allá de la ficción contenida en los relatos y cuentos de terror, horror o misterio, algo que resulta por demás llamativo es el cúmulo de símbolos y significados inmersos en la narrativa, y que inexorablemente nos remiten a la propia personalidad del autor.

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La belleza de aquello que siempre está alrededor

en Democultura/Literatura por
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La muerte llama al arzobispo es quizás una de las novelas menos conocidas de Willa Cather. Fue publicada en 1927, es un western bastante sui generis: en lugar de gringos contra mexicanos o pieles rojas contra gringos, aquí se narran los asuntos de un obispo y su vicario en Nuevo México, los intentos de llevar la fe cristiana a un territorio principalmente desértico de casi 160.000 kilómetros cuadrados, en una época –la segunda mitad del siglo XIX– en el que el único medio de transporte eran las mulas, o, para los más afortunados, los caballos. Sigue leyendo

Delibes y el fin del mundo

en Democultura/Literatura por
Tiempo de lectura: 8 minutos

Todo tiene un final. Los hombres mueren, aunque nieguen esa palabra; nadie se lleva la riqueza a la tumba, aunque se atesore con avaricia; la injusticia podría acabar si un pueblo se dedicaba a ello; e incluso la magia del progreso se agota cuando la contaminación ya no se puede esconder. Mueren los hombres, pero permanece el Hombre en sus dramas y sus esperanzas. La muerte era, para Miguel Delibes [1920-2010] el desenlace inevitable y no siempre justo de una vida no siempre vivida: “al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”.

Periodista de profesión que, desde su terruño castellano y con personajes humildes, escribió sobre el universo que le rodeaba, siempre de manera pesimista pero siempre reivindicando la justicia social (“mi pesimismo es una manera de estar en la vida” subrayaba), desde un cristianismo sin dogmas y un socialismo sin carnet. Afamado novelista de vocación desde La sombra del ciprés es alargada (premio Nadal en 1947) hasta Los Herejes (premio nacional de Literatura en 1998), conectó su vida y su obra al unísono. Un señor de provincias y orgulloso padre de familia, de hábitos aburridos en la urbe y ensimismado como casi todos con un imposible regreso a lo rural (“soy como un árbol que nace y crece donde lo plantan” escribía en su primera novela). El gran narrador español que dio voz a existencias cotidianas y a injusticias recurrentes, a humildes ciudadanos y a dramas escondidos, ya que “un pueblo sin literatura es un pueblo mudo” repitió una y otra vez Delibes.

Hijo de la Guerra de España, Delibes comenzó fabulando la vida, entre la realidad y la ficción, de los hijos de ese tiempo, sorteando no siempre con éxito la censura de la época. “Si fuera posible hacer un estudio médico de las personas que participamos en aquella terrible guerra – escribía Delibes- resultaría que los mutilados síquicos somos bastantes más que los mutilados físicos que airean sus muñones”. Personajes marcados por las ruinas del pasado, la miseria del presente y la apariencia del futuro; todos somos débiles, todos sufrimos, todos aparentamos, todos somos víctimas de los ideales de progreso de cada época y de cada lugar venía a decir Delibes: “mis personajes no son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineluctablemente en la cuneta a los viejos, a los analfabetos, a los tarados y a los débiles“.

Personas tristes, por educación o por decisión. En su primera y exitosa novela, La sombra del ciprés es alargada (1948), a juicio del propio autor “la novela más triste del mundo”, la vida de Pedro constituye la lucha del protagonista contra el pesimismo aprendido, contras las normas rígidas, contra las murallas de una ciudad de Ávila que no protegían sino que encerraban, y sobre todo contra la sombra de una muerte (de ese Ciprés espectral) que marcaba a una generación y a un país (de un padre, de un amigo, en una guerra) en busca de la esperanza del amor y de la reconciliación. Comenzaba El Camino (1950) hacia el progreso en la España de posguerra, en el mundo moderno; Daniel el Mochuelo, que bien pudo ser él, marchaba a la ciudad dejando atrás la naturaleza de su infancia, las amistades inquebrantables, la cercanía de la enfermedad y de la muerte. Y llegaría hacía el mundo urbano y burgués de Mi idolatrado hijo Sisí (1953), donde el “perfecto ciudadano” Cecilio Rubes mimaba perfectamente a su único hijo tanto hasta convertirlo en un ser a su imagen y semejanza, individualista y egoísta necesariamente moderno (frente a sus vecinos idealistas); pero la muerte de ese hijo en la Guerra lo dejó aún más solo, reivindicando Delibes desde la dedicatoria la fraternidad familiar: “a mis hermanos Adolfo, Concha, José Ramón, Federico, María Luisa, Manuel y Ana María, en la confianza de que ocho hermanos unidos pueden conquistar el mundo”.

Seres solitarios en la gran o en la pequeña ciudad. Ese jubilado que encuentra La hoja roja (1959) en su librillo de fumador, esa hoja que le avisa que se acaba pronto su vida, que tiene las horas contadas; y que comienza a contar con avaricia las hojas que le restan en su “librillo de la vida” (como recuerdos y vivencias), tras perder a su mujer, a su hijo, a sus amigos, frente a una ilusionada criada que sueña con casarse con el mozo novio del pueblo. O esa viuda, Carmen Sotillo, que pasó Cinco horas con Mario (1966), con el cadáver de su marido recién fallecido recordando, a modo de inmortal monólogo, los problemas de convivencia de un matrimonio y de un país, aquello que se era y lo que se aparentaba en la sociedad de ahora y siempre, de lo que España fue y no llegó a ser. Pero un mundo burgués aparente y acomodado, lleno de envidias y rencillas, que en El príncipe destronado (1973) podía cambiar, como ese pequeño Quico que aprende a no ser el príncipe de la casa, como esa gran familia que supera junta los problemas del día a día.

Campesinos aún sometidos a la intemperie, a ese mundo rural idealizado en la imaginación de los niños y cruel, muy cruel, en la vida de los adultos. En Las Ratas (1962), un pequeño pueblo castellano alejado y atrasado es el escenario donde otro pequeño sabio y puro, El Nini, observa las miserias de los mayores y las injusticias de la España campesina. Agro hispano habitado por Los Santos Inocentes (1981), campesinos sin tierra humillados a diario (Paco el Bajo) por terratenientes sin compasión (el señorito Iván), y con niños grandes como Azarías. Donde El Tesoro (1988) encontrado en un monte enfrenta a los jóvenes arqueólogos en busca de la ciencia, a los pobres aldeanos que aspiran a un botín casi mítico, y a la administración codiciosa y prepotente que quiere todo el control. Y solo recordado en busca del Disputado voto del señor Cayo (1978), en un pueblo semiabandonado alejado del bullicio de la nueva España democrática y urbanizada.

Ciudadanos deshumanizados, al servicio de causas ajenas. Primero en la Parábola del naufrago (1969), obra satírica y experimental, simbólica y universal (más allá de la vieja Castilla) con trabajadores cuya vida se limitaba a sumar cantidades infinitas de números sin un sentido aparente y hombres transformados en animales que otros hombres tiroteaban sin piedad. El perito caligráfico Jacinto San José, considerado enfermo por su jefe don Abdón (amo supremo de la ciudad) al preguntarse por la finalidad de su mecánica labor y desterrado en un lugar que será su propia trampa;  o su amigo don Genaro, un funcionario sumiso convertido en perro (literalmente) por la burocracia. Un ser humano, cualquier ser humano que pierde su libertad ante el consumismo o la autocracia:

“Así, poco a poco, Jacinto iba sintiéndose ajeno al mundo circundante, aislado como en un desierto, y se decía: “la Torre de Babel fue nuestra única oportunidad”; se decía Jacinto convencido, y pensaba que una mirada o una mueca comportaban mayores posibilidades expresivas y constituían un vehículo de comunicación más sincero que un torrente de palabras, puesto que las palabras se habían vuelto herméticas, ambiguas o vacías al perder su virginidad”.

Después en la parábola de Las Guerras de nuestros antepasados (1976), donde el recluso Pacífico Pérez recordará su vida durante siete días a preguntas del médico del sanatorio penitenciario, el doctor Burgueño. Una vida de sumisión marcada desde su infancia, como la de su propio país, por la Guerra de sus antepasados: del padre (Civil), del abuelo (Africana) y del bisabuelo (Carlista). La obsesión familiar (y nacional) por participar y emular las glorias pasadas (soldados rasos que creían haber salvado un imperio y abuelos incapaces de superar los traumas del frente) que lleva al protagonista, un joven inocente y pacifista, a ser un guerrero más, a ser tan competitivo (“sangra o te sangrarán” le recordaba su padre), que aunque deseaba la soledad de la prisión se ve obligado a escapar de la misma y cometer otro absurdo crimen final.

Todos estos protagonistas eran parte de algo universal, producto de un tiempo que no podían cambiar; campesinos y burgueses castellanos que representaban la sociedad de su época, en el viejo terruño y en la magnética ciudad. “Son seres humillados y ofendidos -la Desi, el viejo Eloy, el tío Ratero, el Barbas, Pacífico, Sebastián…- que inútilmente esperan, aquí en la Tierra, algo de un Dios eternamente mudo y de un prójimo cada día más remoto. Estas víctimas de un desarrollo tecnológico implacable buscan en vano un hombre donde apoyarse, un corazón amigo, un calor, para constatar a la postre, como el viejo Eloy de “La Hoja Roja”, que “el hombre al meter el calor en un tubo creyó haber resuelto el problema pero, en realidad, no hizo sino crearlo porque era inconcebible un fuego sin humo y de esta manera la comunidad se había roto”.

Y su último protagonista, Cipriano Salcedo, fue El Hereje (1998) arquetípico ante la intolerancia de uno y otro lado del espectro ideológico (desde Valladolid en el siglo XVI), de una España que aún no cerraba las heridas del pasado. Un mundo hispano muy diferente al de los Estados Unidos, a los que dedicó USA y yo (1966), recopilación de las crónicas de su estancia para El Norte de Castilla, y en la cual describía la mentalidad protestante y capitalista en la gran potencia mundial, subrayando la insolidaridad y el miedo a la muerte tan presente en la vida diaria del país (desde la laxa vida familiar al potente ideario de líderes y emprendedores que lo impregnaba todo).

Pero en todas sus obras, frente al progreso inevitable y el ocaso rural resistían personas puras, conectadas mágica y solitariamente a una naturaleza adánica. El Tío ratero que se negaba a abandonar la cueva donde vive, el Nini que criaba a un zorro, Pacífico que sufre cuando se podaban los árboles, Azarías que daba de comer de su mano a su “milana bonita“. Delibes defendió siempre al más débil, incluso al nasciturus al que negaba su derecho natural a nacer los que denunciaba como falsos progresistas (en su artículo Aborto libre y progresismo de 2007).

Y ese mundo de progreso también llegaba, o llegaría a su fin. Delibes, como profeta incomprendido, atisbó Un mundo que agoniza (1979) tan presente a día de hoy: el consumismo masivo, la despoblación del mundo rural, la deshumanización de la técnica, las amenazas al medioambiente. Un legado herido de gravedad, y con un destino que si no podíamos preverlo aún estaba en nuestras manos salvarlo, convenciendo al vecino de que se sacrificara para impedir, por ejemplo, el calentamiento del planeta. El progreso era posible y necesario, decía Delibes, pero siempre cuidando las raíces que permitían el crecimiento del árbol de la vida:

“El hombre, obcecado por una pasión dominadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro. Pero, ¿cuál puede ser, presumiblemente, ese futuro? Negar la posibilidad de mejorar y, por lo tanto, el progreso, sería por mi parte una ligereza; condenarlo, una necedad. Pero sí cabe denunciar la dirección torpe y egoísta que los rectores del mundo han impuesto a ese progreso”.

Por ello nunca habló de la moderna ecología; siempre reivindicó la naturaleza de verdad. Frente a la etiqueta ecológica urbana, que permitía esconder el consumismo y justificar el asilamiento suicida del mundo rural, defendió lo natural y tradicional; terreno a la vez cruel y hermoso, como la vida misma, perfectamente conocida por un cazador respetuoso del medio ambiente pero acusado de simple asesino por los que nunca han vivido en el campo, y al que dedicó Diario de un cazador (1955), La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1966), Con la escopeta al hombro (1970), La caza de España (1972), Alegrías de la Caza (1977) y Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1978).

Y ulteriormente le tocó escribir del fin de su mundo, del eclipse de su arte creativo (que se agotaba) y sobre todo de la muerte de Ángeles (quién le apoyaba); la madre de sus siete hijos, la mujer que pintaba de rojo (su vida) su eterno universo gris (su pesimismo), la esposa a la que dedicó 17 años después de su muerte, a modo de elegía, Señora de rojo sobre fondo gris (1991):

“Hay algún deseo mío de hacerle este homenaje a mi mujer. Siempre he tenido la sensación de que cuando se produce la muerte de un ser cercano quedo en deuda. En este caso, esa sensación era más fuerte, porque mi deuda era grande también. Y al tener su muerte demasiado encima no podía evocarla sin destruirme. Ha pasado el tiempo que yo creo que era necesario no para olvidar, sino para poder recrearlo sin venirme abajo”.

Por qué deberías tener un librero (o varios)

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“Que otros se jacten de las páginas que han escrito;/ a mí me enorgullecen las que he leído”. Jorge Luis Borges comenzaba así su famosísimo poema “Un lector”, que es el penúltimo del poemario “Elogio de la sombra”. Este argentino prodigioso, que tanto amaba la lectura, se quedó ciego y, en una “magnífica ironía” que atribuyó a Dios, ocupó el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Argentina de forma que le fueron dados, a la vez, “los libros y la noche”. Uno puede imaginarlo tocando los volúmenes y esperando una voz amiga que se los leyese.

Una biblioteca puede albergar una suerte de paraíso. Por lo pronto, es una reunión de amigos. Ya lo escribió Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos”. Tras su caída en desgracia y su retiro de la vida pública, Maquiavelo se vestía con sus mejores galas para leer a Tito Livio y evocar las glorias de la República romana. No debería, por tanto, minusvalorarse el cuidado que un lector le debe a su biblioteca. De lo contrario, invertirá tiempo, espacio y dinero en una acumulación de libros que lo sumirá en la tristeza y el desaliento que sufrió Aureliano, el teólogo, porque –de nuevo Borges– “como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin”.

Por supuesto, como advirtió Ricardo de Bury, autor del “Filobiblion”, obispo de Durham y canciller de Inglaterra, “los libros deben comprarse siempre salvo en dos casos: que se trate de «salir al paso de la malicia del vendedor» o que «se espere una ocasión más propicia para comprarlo»”. Fuera de estos supuestos, uno debe hacer bueno el mandato del libro de los Proverbios 23, 23: “compra verdad y no la vendas”. Queda, pues, dicho que los libros, en general, han de adquirirse sin ceder a la tentación de soluciones poco piadosas que no se mencionarán aquí.

Por eso, los bibliófilos sabemos la deuda de gratitud que un lector tiene con su librero. Al contrario de lo que muchos creen, uno bueno no tratará de vender cualquier libro, sino que buscará aquel que su cliente necesita. No exagero con el verbo. La mayor inversión de este profesional no es la venta inmediata o circunstancial, sino la biblioteca que ese buscador de libros está construyendo. Por supuesto, también puede rendir un gran servicio al comprador ocasional que busca algo para regalar o necesita consejo. Ambos pueden confiar más en el parecer de un buen librero que en centenares de opiniones de desconocidos en internet. No digo que éstas no deban atenderse –algunas críticas pueden ser valiosas, fundadas y aun profesionales— pero sí sostengo que un librero puede hacerse imprescindible. Sin él, las novedades podrían pasar desapercibidas, los tesoros seguirían ocultos y el lector perdería descubrimientos notables que exigen horas de fatigar los catálogos editoriales.

Una biblioteca puede ser la tarea de una vida. Felipe II, un rey humanista cuya biblioteca fue admiración del mundo, enviaba emisarios por toda Europa para comprar libros. Atendía personalmente algunas de las adquisiciones. Por ejemplo, en 1543, en Valencia, se pagaron, según sus órdenes, ciento cuarenta y cuatro maravedíes por un Corán. No entraré ahora en el contenido fabuloso de su colección. Baste señalar que hubiese sido imposible concebirla sin los libreros.

Por eso, yo suelo recomendar a los jóvenes que comiencen a trabajar en su biblioteca personal y que frecuenten y cultiven la amistad de los libreros. Stefan Zweig describió, en “Mendel, el de los libros”, el arquetipo de este aliado poderoso de lectores y bibliófilos: “Realmente, se trataba de una enciclopedia, de un catálogo universal sobre dos piernas […] Jakob Mendel, aquel judío de Galitzia, pequeño, comprimido, envuelto en su barba y además jorobado, era un titán de la memoria […] Conocía cada planta, cada estrella del cosmos perpetuamente sacudido y siempre agitado del universo de los libros. Sabía de cada materia más que los expertos. Dominaba las bibliotecas mejor que los bibliotecarios. Conocía de memoria los fondos de la mayoría de las casas comerciales, mejor que sus propietarios […]”. Aún quedan libreros que conservan el espíritu de Jakob Mendel y lo han adaptado a un tiempo nuevo preservando las esencias de un oficio antiquísimo.

Por supuesto, hay libreros de nuevo y libreros de viejo y todos deben ser cultivados. Algunos reciben catálogos de editoriales inimaginables y de ediciones casi clandestinas, pero maravillosas. Otros compran fondos procedentes de herencias y disponen de personas que, como Lucas Corso, pueden hallar lo inencontrable. Tal vez ignoren el paradero de un libro, pero tienen el teléfono de quien lo sabe y eso es lo que importa. Solo un lector conoce la desazón de no encontrar la obra que necesita -no nos engañemos, la necesita– cuando ha descubierto un autor luminoso. No tengo nada contra los buscadores on-line, pero un Mendel es imprescindible si uno quiere crear algo que valga la pena y sólo las cosas que valen la pena deberían interesarnos.

Una biblioteca encierra, también la cartografía de una vida: los libros que nos adentraron en la literatura o la ciencia, los iniciáticos y los malditos, los que nos consolaron en tiempos de desdicha o nos salvaron en medio de las dificultades. Hay páginas y versos que uno atesora para dar razón de lo que hacía mientras esperaba a quien se ama. Hay textos que nos guían cuando no encontramos la salida. Hay citas que esgrimimos no para que los fanáticos piensen como nosotros, sino para no terminar pensando como ellos. Gracias a los libreros, el viaje de nuestra vida, como quiso Cavafis, estará lleno de aventuras y de conocimientos.

Patria, el relato de los resentidos

en Literatura por
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La ciudad y los libros. Estas eran las razones que esgrimía Fernando Aramburu, autor de Patria -uno de los éxitos editoriales de España en los últimos dos años- para haberse salvado de ETA. En una entrevista concedida a La Linterna de Juan Pablo Colmenarejo, el autor donostiarra explicaba lo sencillo que podría haber sido para él haber terminado arrojando un cóctel molotov contra los txakurras en el centro de San Sebastián.

— “Si yo estuve en el mismo lugar, sometido a las mismas condiciones sociales, al mismo adoctrinamiento, cerca de la misma estética. ¿Por qué yo no empuñé armas y ese otro sí? El hecho de haber vivido en una ciudad es una gran diferencia respecto a haberlo hecho en un pueblo pequeño donde todos se conocen y donde el control de los ciudadanos es mucho más sencillo.

(…)

— Afortunadamente me convertí en un lector asiduo con quince o dieciséis años. Mi horizonte vital entonces no era empuñar un arma sino Dickens, o el surrealismo o Don Quijote. Esto me llenó el cerebro de otro tipo de vivencias, de un deseo de viajar, de conocer otras realidades, otros idiomas…”.

Probablemente esta “salvación” del autor queda encarnada en uno de los personajes principales de la novela. Hablamos de Gorka, hijo de Miren y Joxian, el kartujo, el que siempre está leyendo. Conocido en el pueblo por su buen euskera y por ser hermano de Joxe Mari; el etarra preso. Sobre este último sobrevuela el asesinato del Txato, quien otrora fuera amigo íntimo de Joxian y compañero de mus y bici los domingos. Bittori, la mujer del Txato, irá acumulando penas y amarguras durante años en busca del perdón del hijo de la que fuera su mejor amiga, Miren. Ésta, apretada por la ideología abertzale, perdería todo tipo de relación con Bittori en el mismo momento en el que las pintadas empezaron a inundar las fachadas contra el empresario vasco.

Patria ofrece todo un entramado de miserias humanas -con algún resquicio de luz- entre cuatro calles, una iglesia, una ruta de autobús y un monte.  Y esto es lo que hace que la novela, siendo sus personajes ficticios, sea profundamente verosímil,  tenga las ambigüedades propias de lo cotidiano.  Ese respeto hacia la mundanidad, donde tan pronto se entremezclan zulos y manifestaciones con frituras de pescado y paseos por La Concha, permite, siendo una mentira, una forma de aproximarnos a ámbitos de realidad.

La experiencia encerrada en sus capítulos ágiles y cortos, el ensamblado con el que se sucede la asfixia del mal llamado “conflicto vasco”, hace que la obra adquiera los calificativos de “extraordinaria” e “imprescindible”. Los lugares comunes que nos deja Aramburu nos permite encontrar similitudes con el estilo narrativo de Vargas Llosa, Rulfo o García Márquez, por citar tres autores populares. Se trata de un estilo donde el diálogo se entremezcla -sin aterrizaje de situación por el narrador omnisciente- con los pensamientos de los personajes, lo que confiere a la acción del relato un tempo acelerado y vertiginoso en algunos momentos que nos permite vivir con mayor intensidad la crudeza y angustia de los hechos.

Patria es, en definitiva, un conjunto de historias corales contadas por personajes en tercera línea de sucesos. Llamadas en un principio al anonimato y a los sinsabores y alegrías propias de cualquier vida normal a las que, sin embargo, el peso de las circunstancias les obliga a reaccionar, a responder, a enfangarse en un destino contra el que se revelan constantemente.

Escribía el otro día Luis del Val en La Tercera de ABC sobre los resentidos. Un artículo donde descuartizaba aquel tipo que bajo la fachada de una timidez exacerbada, de un simplón atrapado en lo callado, existía un envidioso, irascible, humillado soberbio que supura resentimiento por todos lados.

“El anonimato es un buen lugar para el resentido. En los años de plomo y sangre, en el País Vasco, estoy seguro de que muchos de los que apuntaban idas y venidas, y servían de cómplices a los asesinos, proporcionándoles información de los que luego serían asesinados con un tiro en la nuca o reventarían con la bomba puesta bajo su coche, hubo mucho resentido envuelto, eso sí, en las banderas del nacionalismo, porque el resentido, como cualquier cómplice de actos criminales, necesita una bandera, un ideal, una excusa, que le sirva de apoyo en su causa general contra la sociedad, que le ha causado tantos enojos, tantas frustraciones”. 

Estos actores quedan perfectamente retratados en Patria. Patxi, el gerente de la herriko taberna del pueblo. Don Serapio, el sacerdote halitótico que profiere en casa ajena o en la sacristía desierta, salves por los gudaris; los guerreros que luchan por liberar al pueblo vasco del yugo español. 

La sucesión de atentados, de presiones, del ostracismo al que se ve sometido el señalado por la banda, del silencio mimético ante los charcos de sangre, de la lluvia de manifestaciones y consignas necesariamente repetidas a coro para no levantar sospechas de tener una voz distinta… Todo esto, que también formó y forma parte (aunque desde una perspectiva institucional hoy en día), es patria. La patria chica.

Existen dos perspectivas desde la que afrontar esta novela. O con el escepticismo propio que provoca el reconocimiento tan explícito de políticos, asociaciones y de millares de lectores hacia una narración sobre las entrañas de la sociedad vasca. O con el apetito de saber que estás frente a un gran libro que pone en juego a personajes tan reales y tan palpables como son las víctimas del “conflicto vasco” con los personajes retratados en las familias de Bittori y Miren.

Sea como sea, Patria -es un hecho- tiene todos los elementos para no dejar indiferente a nadie en su lectura.

 

Carta a Benito Pérez Galdós

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Muy señor mío:

Después de muchos años, uno diría que casi toda una vida, he vuelto a leer este verano Fortunata y Jacinta. El recuerdo asombrado que tenía de ella no solo se ha renovado, sino que ha alcanzado un punto de disfrute que me ha impulsado a enviarle esta misiva como forma de humilde agradecimiento.

Señor Galdós, usted que comparece entre los grandes, a cuya diestra se sienta Tolstoi y a cuya siniestra, Shakespeare, y que, entre los grandes, es el más sensible a las efusiones del ánimo, a esos entusiasmos alumbrados por la imaginación, “la loca de la casa”, seguramente se mostrará comprensivo con la efusión y el entusiasmo que animan la escritura de estas líneas. Sigue leyendo

La blanca flor de chimenea de José Jiménez Lozano

en Literatura por
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Poco antes del comienzo del verano tuvo lugar un encuentro literario de mucho lustre en la Universidad Francisco de Vitoria.  Con ocasión de la clausura de curso del Máster de Humanidades, el periodista, poeta y escritor Enrique García-Máiquez entrevistó al también periodista, poeta y escritor José Jiménez Lozano.

Los alumnos allí presentes asistimos a un intercambio estelar de anécdotas y reflexiones. Se habló, entre otras cosas, de Pascal y de Flannery O´Connor, de los peligros del ‘yo’, de la necesidad del despojo interior y del engañoso relumbrón de los premios (Jiménez Lozano, ganador del Premio Cervantes y del Premio Nacional de las Letras Españolas, afirmó su preferencia por “los jardines y los gatos” en detrimento de las “cortes”).

¿Por qué no haber escrito de ello en su momento, al dictado de la actualidad?

¿Quizás porque apenas conozco la obra de estos dos autores? (De Jiménez Lozano sólo puedo decir que me impresionó su humanísimo retrato de la figura del inquisidor en El Sambenito y a la poesía de García-Máiquez, al contrario que a sus columnas del Diario de Cádiz, no me asomo casi nunca). ¿O por la dificultad de hacer justicia a sus ideas y palabras?

Sea como fuere, allí se dijo algo que desde entonces no me abandona. Al ser preguntado por el origen y naturaleza de lo poético, Jiménez Lozano recordó una discusión entre dos hermanas vecinas suyas. Una de ellas, al parecer, era tan pálida y de cabello tan negro, que la otra, a gritos, la llamó “blanca flor de chimenea”. Un insulto precioso; casi un cumplido. Jiménez Lozano se quedó pasmado. Para el escritor castellano esto revela que la poesía, en cierto modo, se encuentra al alcance de todos. En lo cotidiano.

Decía, ya no recuerdo quien, que el cine neorrealista comenzó a desaparecer cuando los guionistas italianos dejaron de ir en transporte público. El verano, por su lentitud, me parece una época muy apropiada para esta clase de inspiración clandestina. Para pegar el oído a la parede, escudriñar entre la multitud o mirar de reojo.

¿Quién sabe? La belleza podría aparecer a la vuelta de la esquina.

El Silmarillion: la teo-antropología de Tolkien

en Democultura/Literatura por
Aragorn es el último de los hombres de númenor descritos en el Silmarillion.
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La historia de la caída de Númenor nos presenta un mundo (Arda) presidido por un Dios creador trascendente y lejano, Ilúvatar, y unos espíritus inferiores que custodian y gobiernan el mundo en su nombre, los Valar. Estos son una mezcla de dioses olímpicos, ángeles y fuerzas de la naturaleza, que protegen Arda al servicio de los hijos de Ilúvatar, que son los elfos y los hombres. Uno de ellos, Morgoth, se rebeló contra la “Música” de Ilúvatar, contra su plan, y buscó engañar y someter a elfos y hombres bajo su poder en vez de servirlos.

(Este artículo examina la antropología teológica contenida en ‘El Silmarillion‘, el libro en el que J.R.R. Tolkien relata el origen e historia de la Tierra Media, en la que tiene lugar la saga de ‘El señor de los anillos’ y ‘El hobbit’.) Sigue leyendo

Literatura, poesía y cine. La verdad en un juego de mentiras

en Cine/Literatura por
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Artículo escrito por Ane Armentia Touza y Laura Martín García.

La verdadera historia del cine es el nombre que recibe el documental realizado en 1995 por los cineastas Peter Jackson y Costa Botes. El director de El señor de los anillos demostró tener una imaginación desbordante antes de adentrarse en la Tierra Media y hacer de un libro casi una religión. La única verdad dentro de este documental se encuentra en el título.

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La locura cristiana de Emmanuel Carrère

en Literatura/Pensamiento por
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Emmanuele Carrère es probablemente uno de los escritores franceses actualmente más en boga. Su productividad editorial es, por lo menos, tan grande como la franqueza con la que se desnuda en sus páginas. Los protagonistas de sus libros –como el asesino psicópata Jean-Claude Romand, el pintoresco activista fascista-bolchevique Édouard Limonov o San Pablo– hacen las veces de trampolín para zambullirse en reflexiones acerca de su propia vida y tormentos. El ego de Carrère termina así por ocupar la escena de todas sus novelas.

Le Royaume (publicado en España por Anagrama bajo el título El Reino) son más de 600 páginas de reflexiones sobre la vida de los primeros cristianos, sobre todo de San Pablo y del evangelista Lucas, fruto de un trabajo de casi 15 años en los que Carrère ha leído todo cuanto ha podido sobre ese fenómeno aburdo y revolucionario que fue el advenimiento de Cristo. Sigue leyendo

Madrid era una fiesta

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Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser más feliz. Si estábamos solos, ningún día podía estropeársenos, y bastaba esquivar toda cita para que cada día se abriera sin límites. Sólo la gente ponía límites a la felicidad, salvo las poquísimas personas que eran tan buenas como la misma primavera”, Ernest Hemingway, París era una fiesta.

No muchos pueden presumir de una biografía tan repleta de aventuras, encantos y desencantos como la de Hemingway, un hombre de acción bendecido por el don de la sensibilidad artística. Fue combatiente en la Primera Guerra Mundial, corresponsal en África y en la Guerra Civil española. Su experiencia le granjeó fama y la típica imagen de tipo pasado de vueltas que no se amilana ante cualquier cosa. Sigue leyendo

El mal y la redención: los Demonios de Dostoyevski

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El ser humano conoce el mal, sabe usarlo, en muchas ocasiones lo justifica como necesario o inevitable, e incluso lo llega a equipar con el bien. Pero sabe también que, tarde o temprano, todo mal conlleva una pena, propia o ajena, por la vía del castigo social o por la dolorosa redención personal, muriendo para renacer.

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski [1821-1881] comprendió esta realidad en su propia vida y en la de los personajes que construyó para identificar los Demonios de su época; desde ese estudio tan profundo y tan citado del alma humana, y en concreto de una pretendida como singular “alma rusa” (por geografía, por historia, por cultura) que su coetáneo Lev Tolstoi intentó cambiar desde el ejemplo (y al que la posterior Unión soviética ensalzó como promotor, mientras censuraba al “reaccionario” Dostoyevski). Sigue leyendo

Pastoral americana: rebelarse contra el vacío

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La pastoral americana es el ideal de quienes, tras la Segunda Guerra Mundial, creían que la vida en los Estados Unidos era un paseo por un prado de hierba, en el que todo es orden, paz y tranquilidad. La pastoral americana es una existencia fundada en la libertad de hacer aquello que uno desea sabiendo que, en el fondo, lo que uno quiere es aquello que todos quieren. Pero la pastoral americana se terminó con una bala en la cabeza de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963. El sueño se transformó en la pesadilla real de la Guerra de Vietnam o, en las Torres Gemelas reducidas a un montón de escombros el 11 de septiembre de 2001.

Hoy en día, la pastoral americana no es más que el pavo de ‘Thanksgiving Day‘, lo único capaz de poner de acuerdo a millones de americanos durante 24 horas, capaz de suspender el malestar y las incomprensiones, cubriéndolas con aquella máscara de serenidad y seguridad que caracterizaba la vida de sus padres. Sigue leyendo

Los Miserables: un imprevisto es la única salvación

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Llegué a Los Miserables de Victor Hugo gracias a Lev Tolstói quien en 1891 publicó una lista con los libros que más lo influenciaron repartidos en cinco etapas vitales. Cada título viene acompañado por una nota: grande, muy grande o enorme. Este último es el adjetivo que acompaña Les Misérables, insertado en la etapa de entre los 35 y los 50 años.

La obra magna de Hugo es enorme en todos los sentidos: casi 2000 páginas escritas con un estilo inmejorable y rellenas de una sabiduría humana que me ha puesto cara a cara con preguntas fundamentales acerca del significado de la realidad, la verdad de la historia, la justicia social, la libertad, el lenguaje y un largo etcétera. Aprovechándose de los acontecimientos de la narración, Hugo pone sobre la mesa su saber enciclopédico y su profundo conocimiento del alma humana.

Los asuntos claves de nuestra existencia personal y social, de nuestra vida histórica y política, del hombre como animal racional, político y dotado de lenguaje, se vislumbran detrás de los rostros de Jean Valjean, el inspector Javert, el pérfido Thénardier o el idealista Marius. La enormidad de Hugo consiste en repartir el prisma humano entre todos sus personajes, para que cada uno de ellos exalte un color haciéndolo más visible. Yo he descubierto destellos de mi vida en cada uno de ellos. Sigue leyendo

La primera impresión: frases que inauguran las grandes obras literarias

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La primera impresión no tiene por qué ser definitiva, pero es muy importante, porque orienta los siguientes pasos; y lo cierto es que hay una primera impresión en casi todos los órdenes de la vida: la primera impresión que recibimos -o que damos- al conocer a otra persona, al empezar un nuevo año, al encontrarnos con un libro e, incluso, al iniciarnos en el mundo de la lectura.

Acerca del buen leer hay demasiados mitos y muchos de ellos son culpables de la desafección por la lectura de demasiadas personas. Cuando repaso con mis alumnos los consejos que dan los grandes lectores, se quedan estupefactos. «Hay que leer poco», es siempre el primero. El segundo consejo rompe otro gran mito: «Hay que saber escoger los libros y en los libros». Es decir, que como debemos leer poco, no sólo conviene evitar muchísimas lecturas, sino que además tampoco es conveniente leer siempre libros enteros.

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Maximiliano Tomas: “El libro ha perdido su lugar de influencia y preeminencia”

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Quedamos en un café, a media cuadra del edificio de la agencia de noticias Télam donde Maximiliano es hoy Prosecretario General de Redacción. Llega hablando por teléfono con alguien de su equipo (“la nota tiene que salir hoy”) pero en cuanto me ve, se despide y me saluda. Cordial. Sencillo.

Nos sentamos y pedimos un café. Tardamos un rato en empezar la entrevista, el entrevistado tenía curiosidad por conocer las razones por las que el entrevistador quería escribir sobre su trabajo. Le conté que cuando vivía en España la nostalgia me llevaba a leer todas las semanas prensa argentina, entre ellas, La Nación-Online. Ahí me sorprendió una columna de crítica literaria, de buena crítica literaria. Y me dije, “si algún día vuelvo a la Argentina, tengo que entrevistar a este crítico”. Y volví. Y ahí estábamos.

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Hannah frente al homo faber

en Dialogical Creativity/Literatura/Pensamiento por
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Walter Faber era un ingeniero, un técnico de la Unesco, que un día empezó a darse cuenta de que su vida, sencillamente, funcionaba. Al principio no era consciente de lo que le pasaba. Hubiera sido incapaz de formularlo así, pero, sin duda, algo iba mal, y lo que le ocurrió en el aeropuerto encerraba una metáfora perfecta de su situación. Sigue leyendo

El Father Brown de Chesterton y el Father Brown de la BBC

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¿De dónde salió el bueno del Father Brown?

Distingamos: el Father Brown de la vida real, el de la inspiración narrativa y el de la misma historia.

Como inspiración, Father Brown está inspirado en un gran amigo sacerdote de G. K. Chesterton, el P. John O’Connor. El P. O’Connor fue muy importante para la conversión del mismo autor. Cuando se conocieron era el párroco en la Iglesia de Santa Ana, en Keighley. La amistad que los unió ha perdurado en las 51 aventuras del famoso detective. Sigue leyendo

Oscar Wilde y la decadencia de la mentira

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Oscar Wilde es una de las figuras literarias más influyentes del siglo XIX. El autor de origen irlandés (de una Irlanda que en aquella época pertenecía al imperio británico) es principalmente conocido como dramaturgo y cuentista, pero muchos creen que el Wilde más brillante, astuto y complejo se esconde en su faceta ensayística.

La Decadencia de la Mentira forma, junto con otros títulos, la biblioteca de ensayos de este importante escritor victoriano. En ella, Wilde se sirve de una fructuosa conversación entre dos amigos, los sagaces Cyril y Vivian, para entonar una apología del esteticismo y del “arte por el arte”. Sigue leyendo

[CRÍTICA] Un legado maldito

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La sensación lectora, en cuanto a número de ventas se refiere, del último trimestre del 2016 fue “Harry Potter  y el Legado Maldito”. La obra de teatro estrenada a mediados del año pasado en Londres fue un auténtico hito en la industria teatral y una nueva oportunidad para poner a J.K. Rowling vinculada de nuevo al mundo del mago del 4 de Privet Drive.

Los que vivimos nuestra adolescencia embebidos con la historia del joven mago en Hogwarts y aledaños, esperábamos esta nueva edición (en España editado por Salamandra) con entusiasmo; porque siempre que se oferta la posibilidad de viajar a nuestra infancia a través de las letras hay una pulsión –mitad ternura mitad histerismo– que hace que nos pasemos el IVA cultural por la zona noble y que acudamos a nuestras librerías con ganas de magia. Sigue leyendo

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