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El Father Brown de Chesterton y el Father Brown de la BBC

en Democultura/Literatura/Series por
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¿De dónde salió el bueno del Father Brown?

Distingamos: el Father Brown de la vida real, el de la inspiración narrativa y el de la misma historia.

Como inspiración, Father Brown está inspirado en un gran amigo sacerdote de G. K. Chesterton, el P. John O’Connor. El P. O’Connor fue muy importante para la conversión del mismo autor. Cuando se conocieron era el párroco en la Iglesia de Santa Ana, en Keighley. La amistad que los unió ha perdurado en las 51 aventuras del famoso detective.

Como personaje, en cambio, Father Brown, fue el párroco de Cobhole (Essex) y ahora trabaja en Londres. Este dato es importante, porque el método que emplea como detective se basa en sus experiencias pastorales. En efecto, en algún momento de su vida tuvo un gran contacto con criminales. La búsqueda de la redención del pecador lo condujo no sólo a conocer la vida del criminal sino a acercarse a su forma de pensar de la forma más intuitiva posible. Lo explica en la recopilación titulada “El Secreto del P. Brown”:

“You see, I had murdered them all myself… I had planned out each of the crimes very carefully. I had thought out exactly how a thing like that could be done, and in what style or state of mind a man could really do it. And when I was quite sure that I felt exactly like the murderer myself, of course I knew who he was.”

“Vea, Yo los he asesinado a todos… Yo he planeado todos y cada uno de los crímenes de una forma muy concienzuda. He pensado cómo podrían hacerse, y en qué estilo o en qué estado mental un hombre podría cometerlos. Y después estaba bastante seguro de saber cómo se sentía el criminal y, por supuesto, sabía quién era.”

A imagen y semejanza de su creador…

Lo cierto es que el Father Brown de la narrativa tenía un gran parecido con su creador, el mismo Chesterton. Los razonamientos del buen sacerdote detective y su frecuente ironía tienen un sabor netamente chestertoniano. Qué decir de la idea teológica que aparece una y otra vez en las historias: la parodia de un sacerdote con vocación de guardián de la razón frente a la tentación del espiritualismo. Un hombre para quien la razón es fundamental para poder creer.

La mejor descripción de todo esto la encuentro en la cita de una carta de Gramsci en prisión:

El P. Brown es un católico que se divierte a costa de los procesos de pensamiento mecánicos de los sacerdotes, y el libro es básicamente una apología de la Iglesia de Roma frente a la Iglesia anglicana. Sherlock Holmes es el detective “Protestante” que descubre el fin de la madeja criminal por observarla desde fuera, apoyándose en la razón, en el método experimental, en la inducción. El P. Brown es el sacerdote católico que a través de refinadas experiencias psicológicas realizadas en la confesión y por la actividad persistente de la casuística moral de los sacerdotes -sin obviar la ciencia ni la experimentación, pero apoyándose principalmente en deducción e introspección- derrota por completo a Sherlock Holmes, lo hace parecer un pequeño chico pretencioso, muestra su estrechez de miras y su mezquindad. Por otra parte, Chesterton es un gran artista mientras que Conan Doyle era un escritor mediocre, aunque fuera nombrado caballero por el mérito literario; así en Chesterton hay una brecha estilística entre el contenido, la trama de la historia detectivesca, y la forma, y por lo tanto se da una sutil ironía con respecto al tema que se trata, lo que hace que estas historias tan deliciosas.

El Father Brown encarnado por Mark Williams es uno más en la larga lista de los actores que han tratado de elevarse a la altura del párroco de Cobhole. Nadie lo ha logrado, ni siquiera el gran Alec Guiness. Pero todo esto da riqueza a la leyenda, no la devalúa. Me explico.

He disfrutado enormemente con el show de la BBC. En Inglaterra tienen una tradición interesantísima de narrativa detectivesca. Eso sale a relucir una y otra vez, año tras año, en forma de novelas, series, películas… El P. Brown es un detective elevado al rango de mito: como Sherlock y como Poirot. Ningún actor nos convence, de la misma manera que Brad Pitt no convence para Aquiles Pelida. Todos los Sherlock han sabido acertar en algo y todos han fracasado en lo fundamental: ninguno de ellos era Sherlock.

Lo mismo ha sucedido con el P. Brown. Aplaudo los esfuerzos (y el éxito) de la serie de la BBC. Descubro en esos esfuerzos un intento de no traicionar el espíritu original y, a la vez, presentar un show atractivo. Mark Williams no es el P. Brown, aunque ha sido de los que más se ha acercado…

Quizá debería la BBC plantearse ofrecer el papel a un sacerdote católico, avezado en confesiones de prisioneros y con una grandísima formación teológica.

O, como yo, esperar a ir al cielo para ver a Chesterton cara a cara y que me siga contando historias.

Este artículo, publicado originariamente en Tu opinión, mis ideas es reproducido con permiso del autor.

Los Underwood de Managua

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A finales del año pasado, Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, se convirtieron en “los Underwood de Managua”.

Este hecho informativo, de reseñable trascendencia debido al juego de tiranteces democráticas que varias naciones latinoamericanas están sufriendo en sus carnes, pasó, sin embargo, de puntillas por la actualidad internacional ya que aquel mismo día Donald Trump se erigía como el 45º Presidente de los Estados Unidos de América.

Quienes están familiarizados con la actualidad internacional y han seguido de cerca las hazañas de Francis y Claire Underwood en la serie “House of Cards” de Netflix, saben que el titular encierra algunos retazos de verdad peligrosamente velados en los acontecimientos que se han ido desarrollando en los últimos años en Nicaragua.

Sin embargo, en este pseudo-análisis comparativo no olvidamos la perspectiva de la serie de ficción, cuya razón de ser es entretener, y la realidad del día a día que afecta y se entromete en la vida de seis millones de nicaragüenses, donde un 75% de los que acudieron a las urnas en el mes de noviembre decidieron que Daniel y Rosario era lo que querían para su país. Sigue leyendo

[CRÍTICA] 3%, distopía de la meritocracia

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“El Proceso garantiza que sólo los mejores disfrutarán de Mar Alto.

Pase lo que pase, tendréis lo que os merecéis”.

Hace exactamente un mes, Netflix estrenó una de las propuestas más estimulantes del panorama seriéfilo actual. En la estela de influyentes sagas distópicas como Los juegos del hambre o El corredor del laberinto, 3% plantea una aventura de trasfondo socio-político dirigida al público juvenil.

¿Qué tiene de diferente? Aparte de tratarse de un fenómeno (cuasi)-inédito en la producción y distribución internacional de series, 3% se atreve a poner en tela de juicio uno de los mayores mantras de la política actual: el mérito. Pero la serie no sólo ofrece una excelente distopía de la meritocracia, también tiene una estética minimalista de lo más evocadora y uno de los villanos más complejos y virtuosos de los últimos tiempos. Sigue leyendo

Master of none: El imperio de la banalidad

en Democultura/Series por
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Master Of None, creada y distribuida por la gigante Netflix, es una serie enfocada para un público preferentemente adulto que trata diversos temas ético-sociales actuales (desde el racismo hasta la amistad) almibarados con un sentido del humor original y una ironía sagaz y bien pulida.

Aunque se trate de una comedia, sus argumentos morales y sociales son tratados de una manera tan cercana que abre las puertas a la realidad con la que todos nos sentimos identificados. Y esta realidad que pretende retratar Master Of None es una en la que el marco ético-social se ve ensombrecido por la malinterpretación y confusión de ciertos valores dogmáticos arcaicos, alimentando así a una bestia temible y hambrienta: una comunidad ignorante, pagana y perdida, un imperio de la banalidad. Sigue leyendo

La versión hardcore de Don Draper se llama Ray Donovan

en Series por
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No sé si un fan de Mad Men se encontrará a gusto con la familia Donovan. Los Donovan de Boston no tienen nada de la elegancia y seducción de los despachos de Steerling Cooper. Lo suyo es la picaresca de los bajos fondos, el trapicheo, el boxeo, la droga y la fidelidad salvaje de la manada.

La serie que tiene a Don Draper como protagonista es, como la llama un buen amigo “un culebrón de lujo”, mientras que la segunda es un policial al revés, un drama criminal pasado por el tamiz del realismo sucio. Ray Donovan es el tercero de una familia de origen irlandés (cómo no, son de Boston) que se dedica a resolver los enredos de la clase alta, ¡qué digo!, de ese colectivo semidivino que integran los ricos y famosos. Un Sr. Lobo de la farándula de Los Ángeles. Sigue leyendo

¿Dragones o mantequilla? La economía en Juego de Tronos

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George R.R. Martin, el autor de la saga literaria Canción de hielo y fuego, que ha inspirado la popular serie televisiva Juego de Tronos ha manifestado en alguna ocasión que hay aspectos del mundo de fantasía de J.R.R. Tolkien que considera poco realistas.

En particular, se refiere a problemas de naturaleza económica inherentes a la guerra y la gestión de los reinos de la Tierra Media que a su juicio no son resueltos satisfactoriamente, y en concreto se refiere a cuestiones como “¿Cuál es la política fiscal de Aragorn? ¿Mantendrá un ejército permanente?”. En resumen, viene a afirmar que el asunto de la economía en la Tierra Media no está desarrollado de una manera realista. Por el contrario, a primera vista, parece que el mundo de fantasía en el que se desarrollan los libros del señor Martin sí que posee elementos de funcionamiento y gestión de la economía que nos pueden parecer “realistas” a la vista del pensamiento y las ideas económicas modernas. Sigue leyendo

El dilema de Ned Stark: Game of Thrones y la moral

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Robert, I beg of you,” Ned pleaded, “hear what you are saying. You are talking of murdering a child.”

El rey, Robert Baratheon, está reunido con su consejo. Les ha llegado noticia de que Daenerys, la última superviviente de la destronada y exiliada dinastía de los Targaryens, se ha casado y está esperando un niño. Sigue leyendo

¿Firefly o Battlestar? Aventura y epopeya más allá del firmamento

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Firefly y Battlestar Galáctica son dos series de TV, ¿o son dos naves espaciales? Firefly (Serenity) es una nave de carga, usada principalmente para el noble arte del contrabando. Galáctica es un crucero militar, una estrella de combate, el último bastión de una civilización acorralada y a punto de extinguirse. Ambas huyen. Ambas surcan el espacio infinito. Ambas explotan lo mejor de su género: la aventura y la epopeya. Sigue leyendo

Daredevil: los demonios de Matt Murdock

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Si en la primera temporada del Daredevil de Netflix asistimos al nacimiento de un héroe, la segunda resulta en una intensificación de los conflictos ya sugeridos en el comienzo: hay algo que no le permite a Matt Murdock sumergirse ebrio de entusiasmo en la bacanal de los héroes del barrio neoyorquino de Hell´s Kitchen. [Este artículo contiene spoilers] En el fondo de la historia, detrás de la trama, presenciamos la colisión de dos mundos espirituales irreconciliables. Una colisión que ya se presentía en el piloto de la Serie, en aquella sugerente escena del Confesionario:

–Matt: No busco perdón por lo que hice, padre, pido perdón por lo que estoy por hacer

–Padre Lantom: No funciona así Sigue leyendo

El Espejo de América

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En su obra ya clásica, El Universo del Western, Astre y Hoarau dedican una decena de páginas a hablar del ocaso del Western. Desde los años 40´comienza a imponerse el afán revisionista. Los indios no son los malos de la película. Custer no fue un campeón sino un sádico. Comienza a ser difícil distinguir entre buenos y malos. En los años setenta EEUU se muestra ya cansada de su mito nacional. Los western crepusculares vienen a desmitificar el gran relato, América se ríe, sin ganas, de sí misma. Como en toda etapa de decadencia, los frutos que se entregan al gran público son un recuerdo vago de las glorias pasadas. El género agoniza. Así acaba el ensayo de estos autores franceses. Corre el año 1975. Sigue leyendo

The Shield: una garantía para paladares exquisitos

en Democultura/Series por
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El género policial es tal vez el género más recurrido en el mundo de la ficción televisiva. Digámoslo sin miedo: las series policiales son una plaga, se reproducen como conejos clonados, repiten esquemas y la mayor de las veces no proponen nada.

Series facilonas, maniqueas y de superficie. Pero también se da el otro extremo, y algunas maravillas como True Detective o The Wire consiguen elevar el género a su mejor versión. Quisiera hablar hoy de una auténtica joya, que acaso ha pasado algo desapercibida para el gran público. The Shield, de Shawn Ryan.

He aquí algunas razones de por qué hay que incluir esta serie entre las mejores de aquello que algunos llaman la 3ª Edad de Oro de la televisión.

Romper el molde, expandir los límites

Dentro del género policial, se suele caer en un abuso: cada capítulo repite un esquema o molde, que consiste en una partida de cuatro cartas: crimen, sospechosos, genio policial y resolución del caso cuyo broche de oro lo da la confesión.

La policía de Farmington sabe bailar al compás de esta melodía, claro que sí. Pero se sale de la pista en el piloto y ya no danza según las reglas en las siete temporadas que dura la canción. Juega con todos los elementos del género, quiere abarcarlo todo: el patrullero de a pie que se enfrenta con los borrachos cotidianos, los robos ínfimos, las quejas de los vecinos. El detective, que resuelve los casos difíciles, auténtico player del género, aquél que combina la observación deductiva y la intuición-olfato-corazonada… Y el plato fuerte de la serie: Vic Mackey y su strike-team, que nos abren la puerta al mundo del crimen organizado, la pandilla y la violencia callejera, pero sobre todo a la racionalidad efectiva del delito, aquella que le da sentido al ser policial, su contrario dialéctico.

Crímenes pasionales, crímenes irracionales (el asesino en serie), pequeños pecados de lo legal, vale. Pero lo que de verdad le da consistencia al ser policial, es el delito pensado y organizado, en su estrato más bajo –la pandilla –o superior –la política –, es decir, el delito sistemático, aquél capaz de producir riqueza y ejercitar el poder al margen de la ley y contra la convivencia.

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El pulso

En The Shield la adrenalina no alcanza su más alta dosis en el tiroteo o en la persecución trepidante, sino en la dinámica inquisidora. Ésta atraviesa toda la serie, desde el final del primer capítulo, con Vic Mackey de un lado, y Aceveda, Claudette o Kavanaugh en la silla de enfrente. Pero también se da fuera de la trama general, repitiendo la fórmula básica de cuatro cartas por capítulo, con una nota diferencial: el peso está concentrado en la confesión.

Toda confesión arrancada constituye una epifanía y supone una concesión al espectador al darle ocasión de ver lo que no se ve, lo impenetrable de la conciencia culpable. A veces se trata de confesiones mínimas, excusas de relleno, pero otras veces somos testigos de la insoportable tensión de una cuerda que no acaba de romperse sino tras un titánico esfuerzo del genio policial, que combina el conocimiento de la psique humana con técnicas sofisticadas de manipulación.

Hay momentos, a lo largo de la serie, que alcanzan la cumbre del género, su apogeo, a la altura del genio literario que puso las bases del interrogatorio policial y la confesión, me refiero a Dostoievski y la paradigmática e insuperable cuerda tensada entre Raskolnikov y Porfiri en Crimen y Castigo.

Así, Dutch y Claudette se enfrentarán a contrarios que los superan en varios niveles, que se salen de los parámetros psicológicos tipo; el espectador será testigo del esfuerzo sobrehumano del detective en una carrera que terminará en el colapso, a veces incluso de ambos, interrogador e interrogado. El acierto de The Shield es, a este respecto, la paciencia sutil: para conseguir el mayor efecto de la fórmula, la restringen a casos contados, poco más que un par de ellos en las siete temporadas. El día a día de la sala de interrogatorios no se sale de los parámetros de la normalidad, de la confesión arrancada sin mucha dificultad.

De ahí que los contados casos de criminales fríos, calculadores e intelectualmente superiores, consigan un efecto tan explosivo. Dan pie a la pregunta por la irracionalidad del mal y su sentido, su inquietante poder; todo ello custodiado por la lógica perfecta de una mente puesta a su servicio.

vic mackeyOtro pulso distinto es el que mantiene Vic Mackey con sus oponentes: se trata de ver quien es capaz del mayor exceso. Cada vez que un matón, capo o jefe criminal le hace frente, Vic Mackey reacciona con una fuerza de empuje igual o superior. El choque es colosal, y el resultado es la supervivencia de la manada. Astucia y violencia al servicio de la demostración de poder. Entramos en el imperio de la bestia astuta.

La contraposición entre el modus operandi de Mackey desbocado en lo legal y los detectives civilizados puede tentarnos con un maniqueísmo fácil. Nada de eso. La manipulación psicológica de Dutch, resulta a veces tan cosificadora y denigrante como las tácticas de Vic para conseguir la supervivencia. Puede parecer que Dutch es el peso moral en la balanza, y esto porque se mantiene en los márgenes de la legalidad. Pero esto es falso.

Precisamente, The Shield propone lo contrario: se trata de cuestionar seriamente la identidad entre lo moral y lo legal. A veces se actúa fuera de lo legal con propósitos morales (moral de tribu, de manada en el caso de Mackey), a veces se utiliza la legalidad para encubrir acciones inmorales (el afán de dominio, de autosatisfacción y auto-justificación dentro de la sala de interrogatorios en el caso de Dutch). The Shield prefiere la ambigüedad, la comunicación indirecta, y deja que sea el espectador quien saque sus conclusiones en cada caso.

La justicia retributiva

Otro de los grandes temas. ¿Por qué  un policía corrupto, violento y sin escrúpulos puede seducir tanto al espectador? Sabemos por qué sus compañeros lo protegen, y la cuadrilla de Farmington lo reclama como un padre… Parte de la estrategia de Mackey es aupar a los suyos, generar en ellos un sentimiento filial. Pero esta estrategia es sincera: Vic es un egoísta, pero su egoísmo es de grupo, lo que lo lleva a desarrollar un celo propio de una madre con sus crías, que le responden con fidelidad ciega.

Esto no quita que, cuando una cría se convierte en una amenaza interna, la madre se ocupe personalmente de apartarla. Pero la razón de esta simpatía no hay que buscarla en las “virtudes” de Mackey. Esa simpatía está dada a mi modo de ver, por dos motivos principales: el precio que estamos dispuestos a pagar por el sentimiento de seguridad y el goce homicida amparado en la justicia retributiva.

Ante las poderosas amenazas de la violencia criminal, nada como tener un Vic Mackey a mano. Ya sea para sacarle información valiosa a un pedófilo hermético como para pararle los pies a un asesino a sueldo psicópata o cerrarle el garito a un extorsionista profesional.

El segundo motivo de esta extraña empatía puede estar en el goce que nos provoca el castigo del injusto. Para esto remito a René Girard y su teoría de la mímesis y la violencia. Sólo señalar que The Shield enseña los límites de la justicia retributiva, el peligro de utilizarla como criterio último, su, en último término, sin-sentido cuando sirve de base absoluta para justificar nuestro comportamiento y en definitiva, nuestra vida.

La justicia retributiva (en su lado negativo implica castigar con toda la dureza al que se “lo merece”) es el principio que el strike-team esgrime para justificarse, el lema que acompaña todos sus excesos y también es el principio inconsciente de la mayor parte de la policía de Farmington, y por qué no, también del espectador: la lógica de los merecimientos.

La insuficiencia de esta lógica –algo magistralmente revelado en la otra serie policial de altura, The Wire –queda señalada en la permanencia inmutable del crimen sistemático, donde no se dan cambios más que accidentales, y el vacío de poder es ocupado automáticamente por un nuevo jugador. Por ello, y porque, en definitiva, la violencia reactiva es un mecanismo que no detiene sino más bien moviliza aún más la cadena infinita de violencia.

Muchos más aciertos podríamos señalar de esta magnífica serie, muchas sub-tramas enriquecedoras –el policía homosexual cristiano, la carrera política, las miserias y fortalezas de grandes personajes secundarios –pero lo dejamos aquí.

Que sirvan estas líneas como excusa para animarse a disfrutar de una experiencia estética y narrativa que no defraudará.

¿Quién es Frank Underwood?

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Cada cachorro crece para convertirse en gato. Se ven tan inofensivos a primera vista, pequeños, callados, lamiendo la leche de su platillo. Pero apenas tienen garras lo suficientemente largas hacen sangrar la mano que les da de comer. Para aquellos escalando a la cima de la cadena alimenticia no puede haber misericordia. Solo hay una regla: cazar o ser cazado. Bienvenidos.

Así, con un plano a cámara en el que el político Frank Underwood se dirige directamente al espectador, termina el primer episodio de la segunda temporada de ‘House of cards’, la serie estadounidense que relata las intrigas de la Casa Blanca y las luchas internas por el poder.

Su actuación como protagonista en la serie le ha valido a Kevin Spacey un Globo de Oro al ‘Mejor actor de drama’, que ha recibido este fin de semana, tras ocho nominaciones a los premios en ediciones anteriores sin ganar ninguno. Además, el próximo mes de febrero está previsto que arranque la tercera temporada de la serie.

Pero vayamos al grano:

¿Quién es Frank Underwood?underwood

El arranque de la serie (primera temporada) nos presenta a un experimentado político, líder de la bancada republicana en el Congreso de los EE.UU. que, después de lograr que su candidato gane las elecciones presidenciales, ve esfumarse la promesa de ser el segundo de abordo, en favor de un líder más manejable.

A partir de aquí –al más puro estilo de una humillada ‘Scarlet O’hara’– hace un juramento a su mujer (otro personaje fascinante, su alter ego) de vengar la ofensa y tomar, no solo aquello que le corresponde, sino la presidencia de Gobierno.

Durante las dos temporadas que lleva la serie, su creador, Beau Willimon, nos lleva de la mano de Underwood, quien con sus esporádicos monólogos a cámara nos invita a ser espectadores de la crudeza de los actos y razonamientos que emplea para mover los hilos del poder a su favor.

En definitiva, es un hombre frío, profundamente consciente de sus propias fuerzas, y todavía más consciente de las fuerzas de los demás; que carece del límite que en otros denominaríamos el factor humano y que él sabe aprovechar con crueldad para lograr sus fines.

De su boca hemos escuchado frases como:

En él vemos la lógica aplastante de quien sabe aprovecharse del “pensamiento débil” que sustenta la ética y la afectividad del hombre moderno –por lo general desprovista de fundamento– y que hace a quienes la ejercen no solo vulnerables sino “carnaza” para quien está dispuesto a saltarse los convencionalismos y aprovechar cualquier debilidad para subyugar al contrincante o eliminar obstáculos.

Así, bajo esta premisa, le hemos visto mancharse las manos de sangre en más de una ocasión (empezando por el primer capítulo) sin producir más horror que al aprovechar cada bajeza y cada virtud de quienes se encuentra para machacarlos, todo ello hilado en una trama inteligente y adictiva.

Es inevitable que surjan algunas preguntas: ¿Es posible la existencia de un hombre como este? ¿Resistiría la antropología una conducta mantenida al margen de todo respeto al más mínimo resquicio de idea de bien, fuera de sí? O, todavía más importante, ¿Resistiría nuestra civilización a alguien con esa “libertad” de espíritu?

Al fin y al cabo, no podemos dejar de recordar que el principio y fundamento de nuestra sociedad es un crucificado, signo de la mansedumbre, y lo más opuesto al superhombre de Nietzsche, un engendro maquiavélico que se nos presenta bajo la piel del respetable y poderoso Frank Underwood.

Una y otra vez, la pregunta es la misma: ¿Quién es el hombre?

Trailer de la 3ª temporada:

Black Mirror: Especial de Navidad

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Iré al grano. Acabo de ver el especial de Navidad de ‘Black Mirror’, esa afamada (afamadísima) serie británica que con tan solo siete capítulos en tres años ha conseguido escandalizar, deslumbrar y levantar pasiones en todo el mundo a partes iguales.

Quizá su éxito se deba solamente al morbo que genera lo rocambolescamente cruel que resultan las distopías presentadas por Charlie Broker en cada uno de los episodios. Personalmente prefiero creer que no, aunque tengo mis dudas. De ser así, las abultadas cifras de audiencia y el reconocimiento social y cultural obtenidos por la serie no vendrían sino a confirmar lo que proponía el terrorista del primer capítulo: que somos una raza despreciable.

La otra hipótesis, la improbable, es que el creador de ‘Black Mirror’ haya conseguido crear lo que en literatura se definiría como un clásico, es decir, una obra que habla de la condición humana, de lo universal.

Pese a los muchos ingenios y artimañas tecnológicas que emplea Broker para presentarnos cada una de las situaciones que plantea en la serie, resulta obvio que, se haya dicho lo que se haya dicho, ‘Black Mirror’ no es una distopía tecnológica, es una distopía a secas.

La diferencia de matices está en que el mal que presenta no proviene de los dispositivos que imagina sino de lo más viejo que existe en este mundo: la corrupción humana. En este caso, dicho mal viene en algunos de los capítulos disfrazado de un puritanismo justiciero que lo hace, si cabe, aún más terrorífico. Es lo que ocurre en ‘White Christmas’, el capítulo estrenado estas Navidades después de casi un año de parón de la serie.

Dicen que cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo. Lo mismo ocurre cuando hacemos una lectura de la serie en clave “el problema es la tecnología”, como ya hicieron los amish en su momento (aunque tengo entendido que todavía existen algunos). La tecnología es poder, tanto la de ayer como la de hoy, y el proceso de empoderamiento del hombre es algo que viene produciéndose, por poner una fecha, desde que el primero de nosotros consiguió encender una hoguera en una cueva.

Por eso, cabe sospechar que para que se produzca el mal hasta los extremos que presenta la serie no es estrictamente necesario que se produzca un salto cualitativo a nivel tecnológico sino que termine de producirse otro proceso que viene desarrollándose de forma paralela (sin que exista relación de causa-efecto) al desarrollo de la tecnología: el abandono de la moral.

Claro está que comprender la moral como diez preceptos en una tabla de piedra no nos solucionará (al menos no del todo) el problema de qué hacer con el poder que hemos alcanzado. Más bien cabría encararla como un modo de tratar la realidad y a los otros teniéndolos en cuenta en su integridad.

Como se imaginarán, dicha tarea es casi nada. Quizá por ello hay tan pocos santos. Para este trabajo ‘Black Mirror’ no da la solución. Es labor de cada uno o, aún mejor, de cada sociedad y cada civilización recorrer el camino que sea necesario para recuperar (o alcanzar) el mejor modo de hacer uso de su poder para la felicidad del hombre, es decir, para el bien de toda la realidad.

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