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Economía

¿Es el Islam una opción más para nuestro ecosistema?

en Economía/Mundo por
Tiempo de lectura: 4 minutos

En los últimos 20 años la sociedad occidental ha tratado de enfrentar la problemática medioambiental a través de la política y la economía con escaso éxito hasta ahora. Este marco abre la puerta a nuevos interrogantes, con respuestas que a muchos de nosotros, a priori, pudiera sorprendernos.

¿Y si existiera una posibilidad de que la religión tuviera una respuesta  más eficaz? El Islam está en ello y considerando su ritmo de crecimiento demográfico, parece ofrecer una alternativa sólida. El 22% de la población mundial profesa el Islam y tiene una tasa de crecimiento del 2.9%, superior a la del resto de la población mundial. Si el cuidado del medio ambiente se continúa institucionalizando y universaliza en el Islam como requisito de la industria Halal, esta puede ser una vía más para fomentar medidas verdaderamente efectivas en el cuidado de nuestro planeta.

Halal es un principio musulmán que significa lícito, permitido y a nivel consumidor se puede extrapolar a: autorizado, recomendable, saludable, ético o no abusivo.  La Sharia, así como en la tradición judeocristiana los 10 mandamientos, deja bastante claro aquello que está prohibido, que no es querido por Allah porque es perjudicial para el hombre. A esto se le llama Haram.  Del mismo modo, existe dentro del  Islam un “limbo” de acciones o momentos en los que se puede dudar si algo es Halal o Haram, en cuyo caso primaría siempre la misericordia de Allah.

El término Halal ha tenido una aplicación histórica en lo cotidiano. En los comportamientos, en la oración, en la vestimenta, en los rituales, en la relación con la mujer y en la alimentación.  De forma paulatina este concepto se ha ido extrapolando a la industria de forma que las estructuras estatales, económicas, políticas, culturales y sociales, vayan encaminadas a hacer del buen musulmán un buen consumidor.

El sector más influenciado por esta aplicación del Halal ha sido el alimentario, en concreto el de la carne, puesto que Allah establece qué animales y cómo han de morir éstos para poder ser consumidos por el hombre.

Halal cada vez se abre a más ámbitos económicos como son el turismo, la banca y las finanzas, los fármacos, la moda y los cosméticos. Se expande en nuevos sectores y también en distintos países, no solo en los de mayoría musulmana, sino también en aquellos que acogen inmigrantes o están interesados en atraer a turistas musulmanes, como es el caso de España.

El Instituto Halal, quien certifica todos los bienes y servicios lícitos para el musulmán en nuestro país, incluye también criterios de sostenibilidad y cuidado del medio ambiente, puesto que el mismo Mahoma ya afirmaba en distintas suras, y en anécdotas de su vida, la importancia del cuidado del entorno, de las plantas, los animales y en especial del agua. Al Bujari, el principal cronista de Mahoma,  transmitió el siguiente dicho del profeta: “Cuando un musulmán siembra o hace crecer un pequeño árbol o planta, y un ser humano, un animal o algo más se alimenta de eso, se registra para él como un acto de benevolencia”.

Alfonso Molleja, director de ETIP Proyectos Industriales, en su ponencia sobre Ecología Halal en Córdoba, afirmó que el Instituto Halal “a la hora de aplicar los requerimientos de una empresa que tiene algún tipo de certificación halal, en el aspecto industrial, se deben incluir mecanismos que favorezcan la reducción de emisiones de CO2, el marcado C.E. y el control de eliminación de residuos”.

Algunos de los requerimientos que el Instituto Halal exige a las empresas que desean recibir la certificación Halal en España son: que en la agricultura, el control de plagas solo se trate con productos naturales, sin químicos que terminen por perjudicar la tierra. Que los animales, no sean alimentados con pienso alterado, solo vegetal. Y que en ninguna etapa de su proceso de producción o comercialización hayan cometido “Haram” (interés, usura, apuestas o especulación abusiva; lo que saca fuera de juego a todo el sistema bancario occidental).

Ensanchando horizontes. Halal, más allá del Islam

Sin embargo, el alcance de la industria Halal  pretende llegar más allá del mundo islámico. Potenciar el “factor indirecto” para aproximarse  a aquellos no-musulmanes que no quieran jugar las reglas del mercado financiero occidental, está dentro de sus principales líneas de actuación. De esta manera un consumidor que no quiera contribuir con prácticas “abusivas”, sea cual sea su profesión de fe, puede encontrar en el mercado Halal la seguridad de que nada de lo que ahí se compre, contribuirá al mercado de la especulación. Un gran ámbito de acción, sin duda, para el lobby anti-financiarización, tan activo en todas partes del mundo después de la última crisis.

Lo que la Industria Halal ofrece es una nueva perspectiva socioeconómica. Donde aunque no todos los consumidores busquen de forma directa el cuidado del medio ambiente, por desear evitar otras prácticas Haram, se podrá aumentar el consumo de Halal, su industria se expandirá y con ello las empresas, musulmanas o no que quieran incidir en los países con esta religión para poder comerciar, querrán  recibir la certificación Halal, que lleva implícitas, como hemos visto, un programa medioambiental  en todas las fases de producción.

En cualquier caso, no debemos dejar cerrada la puerta del escepticismo. La polémica que trae consigo la afirmación del “Islam verde”, “como puerta para salvar nuestro ecosistema”, entra en contraste con los altísimos ritmos de consumo de determinados jeques saudíes, qataríes, kuwaitíes en la explotación de la industrias en las que operan como las fuertes políticas extractivistas y  las millonarias inversiones en armamento de los países del Golfo.

Sea como sea, este fenómeno plantea distintos debates. ¿Podría llegar a ser un arma de doble filo el motivar a la población  a cuidar del medio ambiente con consideraciones religiosas? ¿Qué diferencia puede haber entre buscar el bien del planeta por ser un mandato divino, cuando ésta ha sido un batalla más propia de razones de orden moral, social, político e incluso económico? Quizás nuestra sociedad empieza a caer en la cuenta de la necesidad de un ámbito trascendente, que formule directamente los porqués de su vida, incluidos los que atañen a su alimentación, vestimenta o fondos de inversión.

Y así, de este modo, se abre una puerta a que el hombre pueda encontrar de manera integral su papel en el mundo, a través de posicionar su relación consigo mismo, con la humanidad, con su entorno, con su forma de generar riqueza e incluso, desde la perspectiva coránica, con su creador.

 

La banalidad de nuestro mal (II): Convivir con lo invisible

en Economía/Pensamiento por
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IMPORTADO POR

EL CORTE INGLÉS S.A.

Hermosilla, 112

28009 MADRID-ESPAÑA

Me explico: He hecho el trabajo de quitarme la camisa y rebuscar en ella en busca de algún tipo de información. Además de lo ya señalado, he podido averiguar que está hecha completamente de algodón y que si la lavo a más de 40 grados centígrados probablemente el resto de mi colada se vuelva color de rosa.

(viene de un artículo anterior: ‘La banalidad de nuestro mal‘)

En nuestras dinámicas de compra los productos simplemente están ahí, no hace falta que nos preguntemos ni por qué ni cómo. En una sola estantería de un país moderno podemos elegir entre una veintena de variedades distintas del mismo bien, muchas de las cuales se fabrican a centenares o miles de kilómetros de distancia. Los instrumentos de estudio de mercado permiten al productor danés darse cuenta de que si traslada parte de sus cajas de galletas de mantequilla a la otra esquina del continente obtendrá beneficios de forma más eficiente que si reduce su ámbito de negocio al mercado local.

Hasta ahí, parece que todo es correcto: el mercado es capaz de movilizar la actividad económica allí donde el mercado permite detectar una bolsa de necesidad (una demanda) susceptible de ser cubierta de forma que tanto productor como consumidor obtengan un beneficio.

Ahora bien, este tipo de análisis, que es el que habitualmente se realiza a la hora de valorar la conveniencia o no de una decisión comercial (tanto de compra como de venta, en términos de coste de oportunidad) no da razón de la realidad de la actividad económica. Es únicamente un análisis relacional, un marco cerrado que limita la perspectiva al intercambio entre dos o varias voluntades, dentro del cual no entran –ni deberían entrar, a juicio de algunos– todos aquellos factores que inevitablemente forman parte de la realidad del producto. A estos factores los he llamado “lo invisible”. Sigue leyendo

Cataluña: de la independencia al bono basura

en Cataluña/Economía/Elecciones 27S/España por
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No les desvelaré nada si les digo que España y la UE se encuentran inmersos en una recesión económica grave y profunda, cuyas causas van mucho más allá –al menos en los países denominados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España)– de las recesiones cíclicas que, según los economistas, experimentan las economías de vez en cuando, para después volver a la senda del crecimiento económico.

A diferencia del famoso Crack del 29 (la mayor depresión económica que ha conocido el mundo hasta hoy) o de otros periodos de recesión más o menos largos y profundos, la actual recesión económica mundial (debido a la explosión de una burbuja financiera) ha derivado en algunos países (los PIGS, entre ellos) en una crisis de deuda, producida a su vez por un déficit de competitividad que hace a estos países imposible remontar sus cuentas en el mercado global. Sigue leyendo

El gran defecto del sistema

en Economía/Pensamiento por
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Todo cambio ha surgido de un grito previo; del grito colérico y encabritado, de la indignación profunda, del sacrosanto: “se acabó“. Es furor desbocado, agresiva aversión al mal que ha poseído a todos los hombres de bien que por el bien han batallado, a sablazos sangrientos e incansables; es el motor de la santidad la ira santa, que ha de verse siempre completada por el amor del bien, por el deseo del fin.

No espere el lector encontrar en estas líneas crítica constructiva alguna. No espere el lector soluciones, fórmulas algorítmicas o la vacuna definitiva de nada: ni las tengo ni las huelo. Lo único que poseo en mi alma, negro e inflamable como el alquitrán, es un grito que se resiste a resignarse. Sigue leyendo

Grecia: bajo el techo de Europa

en Economía/Mundo por
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Podría pasarle a cualquier familia: En ocasiones el mayor de los retoños del hogar se desvía, y su corrupción acaba haciéndose tan grande que, para evitar el desequilibrio y la extensión de la podredumbre a los demás hijos, sus padres terminan por echarle de casa, por el bien de todos.

Hay dos prismas desde los que no se debe mirar la cuestión griega: la primera, como si la pertenencia al euro y la legitimidad del proyecto europeo dependiera obligatoriamente de un proceso “irreversible”, sin estar sujeto a condiciones.

Salta la vista que, de ser así, la propia UE perdería toda capacidad de progreso y de corresponsabilidad entre los Estados que forman parte de ella. No sería justo.

La segunda, como si la decisión de mantener o echar al hijo de casa fuera únicamente una cuestión de análisis del equilibrio coste-beneficio,  no solamente desde el punto de vista económico (que ya se da prácticamente por perdido) sino también geoestratégico y político.

La corrupción griega es algo difícil de obviar. No, no ha sido cosa de unos pocos. Es un Estado que ha alcanzado el estatus de “políticamente fallido“. Ya no solamente por falsear sus cuentas macroeconómicas para acceder a la eurozona, sino por sus niveles de evasión fiscal (estimada en un 30% del PIB)  y por la desquiciante dinámica de amiguismos y el jolgorio que han llevado a las situaciones más absurdas en un país en el que ni el gobierno sabe cuántos funcionarios hay (se estima que podrían ser hasta el 20% de la fuerza laboral del país). Por dar solamente algunos datos…

A los datos se oponen dos argumentos: (1) la culpa no es de todos los griegos (probablemente no, aunque es difícil estimarlo) ni del nuevo Gobierno, sino de los anteriores; y (2) serán los “inocentes” quienes más sufran tanto un eventual “enderezamiento” como una eventual salida del euro.

Ahora bien, más allá de estas dos opciones (salir o quedarse), no existe, como pretenden algunos, la de un nuevo rescate sin la garantía de reforma. La podredumbre ha de quedar fuera de casa, con Grecia o sin ella, y la demanda de “ponerse al día” en los usos del hogar que exige Europa no es, ni mucho menos, una demanda antidemocrática, sino todo lo contrario.

No es planteable que los “acreedores” (esa palabra que suena tan mal y que, sin embargo, significa todos nosotros) tengan que asumir obligatoriamente continuar pagando el desorden griego, solamente porque estos han elegido “democráticamente” que ya decidirán ellos cómo y cuándo se ponen a ordenar.

Es inocente pensar que en realidad lo que falta es “voluntad política” por parte de Europa, y que bastaba con inyectar una y otra vez miles de millones de euros de los impuestos de los trabajadores del resto de la UE hasta que, por arte de magia, Grecia deje de estar podrida.

Lo cierto es que las familias griegas dependen a día de hoy para su sustento de un sistema perverso, en tanto que profundamente corrupto y profundamente deficitario, y que ha terminado por hundirse. Más que rescatar el sistema, que sin el dinero de otros países volverá a estar en poco tiempo muerto y enterrado, lo que hay que hacer es arrancar las zarzas y dejar –como mucho– la cizaña junto con el trigo.

Parece que la única solución posible pasa por inyectar un “chute” de dinero en la economía Griega, aún sabiendo que las probabilidades de recuperarlo en los plazos establecidos son escasas, con el objetivo de otorgar a Grecia un margen de maniobra suficiente como para ponerse al día. Lo que no es planteable es meter ese dinero en un país que, especialmente tras la llegada de Tsipras al poder, se niega a reconocer la perversidad que ha llevado al país a la ruina.

Grecia ha solicitado ya un tercer rescate por valor de 50.000 millones de euros, posibilidad que la UE no ha negado en ningún momento pese a que a nadie se le escapa que, sin esa cantidad, la deuda es y será inasumible por mucho tiempo. ¿En qué se diferencia eso, a efectos prácticos, de una quita de la deuda? En que no supone eludir la responsabilidad de responder ante el resto de los europeos y cumplir el compromiso de hacer las cosas bien.

Está claro que habrá que ver qué condiciones está dispuesto a aceptar Grecia y, sobre todo, si tiene credibilidad después de tanto engaño. Solidaridad no es ser tonto, solidaridad es ayudar a quien quiere ser ayudado, en lugar de persistir en el error. Y, si no: puerta. Dios no lo quiera.

La banalidad de nuestro mal (I): Comercio Justo

en Economía/Pensamiento por
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Jerusalén, Israel, 1961

Cuando Hannah Arendt fue enviada a cubrir para el New York Times el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, lo único que no descubrió en el líder nazi fue un despiadado asesino, un enfermo mental o un sádico, pese a haber sido uno de los responsables directos de los campos de concentración en los que fueron quemados, fusilados o forzados a trabajar hasta la extenuación millones de hombres, mujeres y niños.

Adolf Eichmann

“Ninguna relación tuve con la matanza de judíos. Jamás di muerte a un judío, ni a persona alguna, judía o no. Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía. Lo niego rotundamente –defendió el acusado durante el interrogatorio– Sencillamente, no tuve que hacerlo.” (‘Eichmann en Jerusalén‘, 1961. Hannah Arendt)

La descripción que la filósofa judía hizo de la personalidad de aquel hombre, y que le valió los ataques de quienes la acusaron de tratar de exculparle, fue, a falta de una imagen mejor, la de alguien incapaz de hablar sus propias palabras (“llegaba a constituir un caso moderado de afasia“) que solventaba su problema adoptando las expresiones y esquemas mentales propios del sistema en el que trataba de progresar, la Alemania nazi.

Los jueces tenían razón cuando por último manifestaron al acusado que todo lo que había dicho eran «palabras huecas», pero se equivocaban al creer que la vacuidad estaba amañada, y que el acusado encubría otros pensamientos que, aun cuando horribles, no eran vacuos (…) Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar

Hannah Arendt

Arendt consideraba cómico (además de grotesco y terrible) observar al burócrata nazi disertar durante un interrogatorio policial con visible indignación por el hecho de que, pese a haber cumplido tan bien lo que se esperaba de él, no había logrado progresar más en su carrera.

No figuraban en absoluto en el peso de su conciencia los cinco millones de vidas que contribuyó decisivamente a destruir. De él subraya: “Si tenía algo sobre su conciencia, no eran asesinatos, sino, como resultó, el haber abofeteado, en una ocasión, al doctor Josef Löwenherz, jefe de la comunidad judía de Viena, que después se convirtió en uno de sus judíos favoritos“.

***

España, 9 de mayo de 2015

Todas estas cifras no nos traspasan la piel, hablamos de millones como de una manera muy fácillamentó el pasado martes, 6 de mayo, la presidenta de la Coordinadora Estatal de Comercio Justo (CECJ), Mercedes García de Vinuesa– quisiera que lo viésemos de una manera diferente, porque se nos olvida. A veces nos insensibilizamos para seguir el día a día“.

Hoy, sábado, se celebra el Día Mundial del Comercio Justo (al fin y al cabo cada día es el día de algo, con tal de que a alguien se le ocurra proclamarlo) y este año va dirigido a denunciar los abusos de buena parte (la mayoría) del sector textil en los países en los que obtiene su materia prima y en los que realiza producción. Más allá de la efeméride, que muy probablemente pasará desapercibida, es una ocasión tan buena como cualquier otra para recordar una parte de la realidad que a menudo obviamos voluntariamente. Aquí van algunos datos, a ver quién es el guapo que dice lo contrario:

Habrá quien dirá, como se escucha habitualmente, que no se puede reclamar sueldos occidentales para países en desarrollo, sino que estos han de ser proporcionales, y que solamente con crear empleo en estos países ya se está contribuyendo al desarrollo de las familias y economías locales.

Habrá que preguntarle a estos qué clase de desarrollo es el que se está promoviendo en todos aquellos casos en que el salario de los trabajadores por una jornada de 12 horas no es suficiente para sobrevivir con unas mínimas condiciones de dignidad. También Eichman se decía a sí mismo que su plan hubiera sido ayudar a los judíos a construir la patria judía, y que en realidad los estaba reuniendo a todos en Madagascar.

Hannah Arendt nos descubrió cómo, mediante la “banalidad del mal”, personas buenas o, como poco, mediocres, podían ser instrumentos fundamentales de una maquinaria destinada a consumar a diario los peores horrores. Basta con que el entorno en el que vivimos sea lo suficientemente armonioso y atractivo como para reprimir (voluntaria o inconscientemente) cualquier tentación de mirar detrás de la cortina.

¿Qué se puede hacer?

A día de hoy, las alternativas de consumo éticas son prácticamente invisibles o están poco desarrolladas en la mayoría de los casos. Generalmente no se ajustan a las dinámicas de consumo reales, pese a que poco a poco vemos como algunas compañías empiezan a incorporar en sus productos materias primas procedentes de cultivos ecológicos o se esfuerzan por obtener garantías que certifiquen que proceden de trabajo en condiciones dignas. Pero son pocos los avances en este sentido.

A ello se suma el escandaloso silencio informativo al que a menudo se someten (nos sometemos) los medios de comunicación en lo referente a los escándalos de este tipo, por la implicación de grandes compañías, buena parte de ellas españolas, que tienen en su mano la coacción económica.

Sin embargo, sí existen algunas alternativas, más o menos accesibles y, comparativamente, más o menos asequibles según el bolsillo. En España, el número de tiendas no son más de un centenar, aunque algunos productos ecológicos o de comercio justo ya se ofrecen en parte de las grandes superficies de distribución.

Más que una revolución, el camino pasa probablemente por ir incorporando a nuestro día a día dinámicas de consumo responsable, para que el precio de lo que compramos, no lo paguen otros con sus vidas. No se trata de hacer como en el famoso ‘spot’ y convertirse en guerrillero o ermitaño para no mancharse las manos, pero es necesario estar lo suficiente atentos y tener la realidad lo suficientemente presente, como para estar prestos a “seguir a la rana verde” siempre que se cruce en el camino.

 

Este artículo continúa en: ‘La banalidad de nuestro mal (II): Convivir con lo invisible‘ (octubre de 2015)

Una fábula

en Asuntos sociales/Economía/España por
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Foto: Dayna Bateman (Flickr)

Imagínense un pueblo cualquiera, al que le sobreviene una terrible epidemia. Póngase en situación y visualicen el aspecto lamentable de un centenar o dos de agonizantes, apiñados en una suerte de hospital de campaña a la espera de socorro.

Está claro que hay que hacer algo, actuar rápido y de forma eficaz, pero contamos únicamente con una ambulancia vieja y algo desvencijada por el desuso. A todas luces, lo inteligente sería encontrar a quien sepa conducirla y dar prioridad a quienes presenten casos de mayor gravedad.

Con un poco de suerte y colaboración, conseguiremos llevarlos a todos al hospital (suponiendo que no lo hayan cerrado por los recortes) antes de que se consume la tragedia.

Ocurre, sin embargo, que lo inteligente, por un lado, no suele presentarse con la facilidad y claridad que uno quisiera y, por otro, no siempre coincide con el parecer de la mayoría:

Se ofrecen en primer lugar quienes no atinan/atinaron a distinguir la quinta de la marcha atrás, de modo que una y otra vez calan el vehículo contribuyendo a agravar la emergencia, pues al final no llegan a Urgencias ni unos ni otros.

Luego, están los que, más o menos, parecen manejarse (no sin serias complicaciones) en el arte de la conducción. Sin embargo, no coinciden en la elección de dar prioridad a quienes agonizan. Opinan que hay que ceder los primeros viajes a quienes tienen mayor probabilidad de salvarse, quienes menos adolecen de la enfermedad que, quien más quien menos, venimos sufriendo todos desde hace una temporadita.

Obviamente, parece que han aceptado (quiero pensar que no deseado) que la tragedia va a ocurrir en cualquier caso, y que lo más que se puede hacer es tratar de garantizarse el favor de los más sanos y, en la medida de lo posible, reducir el impacto de la mortalidad.

Por último, están quienes opinan (no sin cierta razón) que todo el mundo tiene derecho a acudir al hospital al mismo tiempo y cuanto antes. Estos son quienes, según parece, van ganando en simpatía por parte de todos, tanto de los casos más graves como de los menos.

Sin embargo, dada la limitada disponibilidad de vehículos, su solución parece ser repartirlos. Así, a uno le tocará un carburador, a otros los rodamientos y el de más allá recibirá el pedal de freno o una pieza del tubo de escape…

Esto es una democracia, la responsabilidad es de cada uno. Quien tenga oídos para oír que oiga.

Feliz año electoral.

Pactar con el diablo

en Economía por
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Me preocupa sinceramente la imagen global de medio Occidente “comprado” o profundamente endeudado con la superpotencia china. Perdonen si me pongo apocalíptico.

La visita de Rajoy logró acuerdos de inversión por valor de más de 3.100 millones de euros para España. FOTO: EFE

Lo cierto es que la semana pasada, cuando nuestro presidente, Mariano Rajoy, visitó el país asiático para captar inversión extranjera, eché de menos al menos una pizca de reacción social semejante a la que se produjo cuando el pasado mes de noviembre (2013) España se disponía a jugar un partido amistoso de fútbol con Guinea Ecuatorial.

Recuerdo que , por aquellas fechas, las redes sociales se incendiaron y varios grupos parlamentarios mostraron su oposición a que la nuestra, la selección deportiva de un país democrático y garante de los Derechos Humanos, hiciera tal concesión a un territorio que, como bien saben, carga con el yugo de la familia Obiang desde hace décadas. Sigue leyendo

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