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Turquía o la democracia suicida

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Al igual que los griegos, que en su democracia clásica condenaron a Sócrates a ingerir la cicuta para matarlo, la democracia representativa padece de instintos suicidas intermitentes. Un nuevo bollo, este con aspecto de donner, ha venido a engordar el descrédito hacia los valores demócratas tras el referéndum acontecido hace escasas semanas en Turquía. Una vez más, la democracia disparándose en el pie.

Erdogan está empeñado en convertir a Turquía en su feudo particular y se aleja a pasos agigantados de cualquier posibilidad de entrar en la Unión Europea, algo que al mandatario tampoco preocupa demasiado. El referéndum fue aprobado por la población turca por una diferencia de votos entre el Sí y el No escasísima, y la oposición y algunos actores de la sociedad internacional tienen sospechas fundadas de fraude electoral.

Esta reforma constitucional supone, de facto, la eliminación definitiva de la separación de poderes, condición sine qua non para asegurar la calidad de una democracia. Si no, vean lo que sucede en España. Como menciona el director de El Mundo, Pedro García Cuartango, el sistema de control y balances es fundamental para que cualquier sistema democrático no se pervierta.

Erdogan, que por cierto militó en un partido islamista que fue ilegalizado por extremista en los 90, parece decidido a deshacer toda la obra de ese hombre avanzado para su tiempo que fue Kemal Atatürk, quien reconstruyó una Turquía democrática y moderna desde las cenizas del imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial. Atatürk trajo la democracia, el derecho de voto para las mujeres e incluso el laicismo.

Erdogan es alérgico a la democracia. Se planteó prohibir Facebook y Youtube en su país, y Transparency International ha denunciado las presiones constantes que reciben los periodistas turcos por parte de las instituciones públicas. La nueva reforma supone también el alargamiento del Estado de Emergencia en el que se encuentra Turquía desde el intento de golpe de estado en julio del año pasado, con el consiguiente despido de más de 100.000 funcionarios y el encarcelamiento de miles de personas que no comulgan con las ideas del líder del AKP.

¿Cómo puede la gente votar así?.

Además, el jefe del Ejecutivo turco cuenta de ahora en adelante con la capacidad de aprobar decretos ley determinantes con escasas y ambiguas limitaciones. Es más, ni siquiera está obligado a contestar las preguntas de los diputados del Parlamento. Y una vez más regresa a nuestra mente una pregunta recurrente: “¿Cómo puede la gente votar así?”.

Una vez más, la democracia defrauda. Dios sabe qué razones ha tenido el pueblo turco para vender su alma al diablo. La economía está hecha un desastre, la tasa de paro (del 10% según los últimos datos) es la más alta de los últimos siete años, la gestión del golpe de estado fue, cuanto menos, turbia, así como su forma de tratar el conflicto kurdo y la guerra civil de Siria… Sin olvidar que el Estado Islámico sigue lucrándose con la venta de petróleo que atraviesa constantemente las fronteras turcas.

Desde el año pasado, el número de escépticos ha crecido exponencialmente, sobre todo tras el ‘Brexit’ y la elección de Trump como presidente de EEUU. Además, el pasado fin de semana los franceses nos dieron un pequeño susto al quedar Marine Le Pen segunda en el ranking de votos.

Y es que a muchos les han entrado ganas de volver al sufragio censitario. ‘Está bien, nos gobiernan unos corruptos de escaso virtuosismo, pero es que los gobernados son todos unos paletos’, suele ser el pensamiento habitual. Regresa al subconsciente colectivo el descrédito de Platón por la democracia, esa que había condenado a muerte a la mente más brillante del momento, su maestro Sócrates.

El debate sobre la democracia como sistema idóneo del Gobierno puede estar justificado a tenor de los últimos acontecimientos globales. Plantearse la forma de Gobierno más justa o qué puede aportar mayores beneficios, enriquece a la sociedad.

Reconozco que por momentos me he sentido muy escéptico, pero uno lee a Fernando Savater y se le pasa. Como bien señaló en un artículo para El País, la democracia no es el mejor Gobierno, ni el mejor diseñado para traer el bienestar económico y social a un país, pero ese no es su objetivo. La democracia es la “libertad de gobernar y gobernarse”, dice, el único sistema que nos permite ser sujetos políticos: “La democracia no promete una sociedad políticamente mejor, sino una sociedad política. Los otros sistemas renuncian a ello y organizan órdenes jerárquicos, ganaderías humanas cuyas reses pueden estar bien alimentadas, ser prósperas y retozar alegremente juntas, no tener demasiadas quejas, quizá hasta ser plácidamente felices. Pero les falta la libertad de gobernar y gobernarse, sin la que no se es sujeto político”.

Democracia es elegir como delegado de la clase al más gamberro, para hacer la mofa y ‘ver qué pasa’, pero también es la capacidad de pensar, debatir, elegir y el único sistema que empodera al ciudadano (o al alumno) con su consentimiento. De los errores se aprende y confío en que la sociedad turca aprenderá de ese gran error que es Erdogan, como en Venezuela lo han aprendido de Maduro. La democracia es en cierta manera como el libre albedrío, al final la gente puede elegir su propia destrucción o tomar decisiones que aboquen al fracaso. Democracia con un uso responsable de su libertad para salvarse o convertirse en un sistema suicida.

 

Actualmente escribo para el diario El Mundo sobre temas de cine y sociedad. Soy ejecutivo junior en una agencia de comunicación y también colaboro en Radio Internacional. Lector empedernido y lleno de inquietudes. Aprendiz de Humphrey Bogart y de Han Solo. Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Comercio Internacional y en Periodismo. He vivido en Nueva York, donde trabajé en el Consulado de España. Mi pasión por las palabras y la escritura tuvo como resultado la publicación de mi primera novela a los 22 años.

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