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Becerros de Oro: la pregunta por el hombre

en Antropología filosófica/Cultura política/Pensamiento por
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Teilhard de Chardin advertía que el peligro mayor que puede soportar la Humanidad «no es una catástrofe que venga de fuera, no es ni el hambre, ni la peste, es más bien aquella enfermedad espiritual, la más terrible porque es el más humano de los azotes, que es la pérdida del gusto de vivir».

El filósofo francés viene a decir que muchas de las grandes amenazas del presente tienen su origen en la forma en que nos enfrentamos a los dilemas que, desde el inicio de los tiempos, han plantado cara a nuestra curiosidad. Por ello, el valor que se le concede a la vida humana tiene mucho que ver con la manera de responder a las mismas preguntas que ya se hacían en la Antigua Grecia: ¿De dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿tiene sentido nuestra existencia?

La respuesta a tales cuestiones dio un giro tras la Revolución Francesa. Entonces, cercenando sus raíces y aniquilando su espíritu, Europa desterró todo sentir simbólico para abogar por la liberté, la égalité, y la fraternité. Se prescindió de lo críptico, lo trascendente y lo jerárquico y el hombre moderno construyó una realidad ajena a su pasado y alejada de todo cuanto había considerado natural. La misma religión que hasta entonces había canalizado la moral de los europeos fue sustituida por un laicismo ansioso por abrazar el racionalismo más absoluto. De este modo, la mentalidad popular degeneró poco a poco en teorías cada vez más relativistas, erigiendo al individuo en dios de sí mismo.

Algunos autores como Fernando Sánchez Dragó se han atrevido a afirmar que sin la revolución de 1789 jamás se habría producido la bolchevique de 1917. No en vano pocas veces el valor de la vida del hombre alcanzó cotas tan bajas como el que se le otorgó durante la Unión Soviética. Y su repercusión fue tal que sentó las bases ideológicas de eso que hoy llamamos marxismo cultural.

En primer lugar, los revolucionarios bolcheviques jamás renunciaron a la violencia para conseguir sus objetivos. Decían imitar a los jacobinos con la  salvedad de que estos reconocían en ella un medio, mientras que en la Unión Soviética acabó por transformarse en un instrumento de gobierno utilizado incluso de manera preventiva. Lenin decía: «¿Cómo vas a hacer una revolución sin ejecuciones?»

Isaac Steinberg, político revolucionario, era aún más incendiario: «El terror es […] un plan legalizado del régimen con miras a lograr la intimidación masiva, la coacción masiva, el exterminio masivo. El terror es un registro calculado de castigos, represalias y amenazas mediante los cuales el gobierno intimida, seduce e impone el cumplimiento de su imperiosa voluntad».

Bastante sugerentes son también las declaraciones de Zinóiev, amigo de Lenin, que condensan a la perfección el modo en que los soviéticos entendían la trascendencia del hombre: «Debemos llevar con nosotros a 90 millones de los 100 millones de habitantes de la Rusia Soviética. En cuanto al resto, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados».

No es difícil advertir que alegatos tan contundentes sólo pueden ser fruto de una filosofía mucho más compleja, más profunda y que hunde sus raíces en la forma en que los teóricos respondieron a las preguntas antes citadas. Ante el interrogante de la muerte, Marx responde: «La muerte parece ser una dura victoria del género sobre el individuo y contradecir la unidad de ambos; pero el individuo determinado es sólo un ser genérico determinado y, en cuanto tal, mortal».

En otras palabras, Marx pretende decir que nada importa la muerte del individuo porque progresa el género humano. Mejor lo resume el filósofo comunista B. Bosnjak cuando tras preguntarse para qué ha nacido el hombre, responde: «para nada.»

Llegamos al centro de la cuestión. Para los comunistas, el hombre no deja de ser un mero engranaje dentro de la maquinaria del Estado; una insignificante gota de agua en la laguna Estigia, indiferente entre la vida y la muerte. Su valor como individuo es inexistente, pues su misión es la de estar y no la de ser. La vida humana carece de importancia en tanto en cuanto no contribuye al colectivo. Estas ideas se plasman a la perfección en la teoría
napoleónica que Dostoievski pone en boca de Raskólnikov

El hombre “extraordinario” tiene derecho (entiéndase que no se trata de un derecho oficial), tiene derecho a decidir según su conciencia si debe salvar ciertos obstáculos, únicamente en el caso exclusivo de que la ejecución de su idea (a veces puede resultar salvadora para toda la humanidad) lo exija […]. A mi parecer, si los descubrimientos de Kepler y de Newton, a consecuencia de determinadas circunstancias, cualesquiera que fuesen, no hubieran podido convertirse en patrimonio de la humanidad sin el sacrificio de un hombre, de diez, de cien o más hombres, que hubiesen sido obstáculo para la comunicación del descubrimiento a los demás, Newton habría tenido derecho a “eliminar” a esas diez o cien personas; habría estado incluso obligado a hacerlo.

Pero afirmar que fuera de su entorno social la vida perdía su valor ante la muerte precisaba de unas bases científicas. Lysenko, director de la Academia de Ciencias Agrícolas, había negado la genética y, acercándose al  lamarckismo, entendía que cuanto mejor fuese el entorno, tanto mejor sería el individuo. Valiéndose de tan equivocados argumentos se persiguió a cientos de científicos y se redujo la naturaleza humana al resultado de una mera construcción social.

El hombre pasó a ser esa pieza cuya única máxima era el servicio a la comunidad. De esta forma pudieron justificar el enorme recorte de derechos y libertades individuales: si la vida humana era insignificante, ¿qué importaba deshacerse de esos tantos que obstaculizaban la revolución?

Volviendo a Marx, podemos preguntarnos qué les respondería a aquellos que, ahondando en la cuestión, le preguntasen por la vida y la muerte desde una perspectiva más profunda: ¿Quién lo ha engendrado todo, en un principio? La respuesta de Marx es sencilla:

«Prescinde de tu abstracción y así prescindirás de tu pregunta […] No pienses, no me preguntes, pues en cuanto piensas y preguntas pierde todo sentido tu abstracción del ser de la Naturaleza y del hombre».

Él mismo había comparado a la religión con una droga alienadora —el opio— en una inteligente jugada: el vacío que dejó Dios en los países soviéticos pudo ser fácilmente suplido por la característica figura del líder supremo.

A partir de entonces, el individuo debía delegar toda responsabilidad y capacidad de actuación en el nuevo mesías, un caudillo que dictaminaba órdenes irrefutables y actuaba como sumo valedor de los intereses del pueblo. Y si no se lo creen, fijen la mirada en Pyongyang.

La influencia de estas ideas en nuestros tiempos está presente en grandes debates tales como el del aborto y la eutanasia, la bioética o la economía que, en ocasiones, supedita la vida humana a sus intereses creyéndose la razón suprema. Por todo ello, volvamos atrás. Sin titubear. Porque hacer de la transgresión de la ‘ley natural’ la norma y no la excepción no conduce sino al más absoluto caos. Como en un cuadro de aspecto bosquiano. Y es que ese nuevo ambiente cósmico —haciendo mía la frase de Dávila— en que la inteligencia técnica se impone a todo lo demás se revela, inevitablemente, como un yermo paisaje triste y vacío donde el hombre pierde toda razón de
vivir.

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