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En el diván con Nietzsche

en Filosofía/Pensamiento por
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El Anticristo (Der Antichrist, Fluch auf das Christenthum) de Nietzsche comienza así:

“Mirémonos a la cara, nosotros somos hiperbóreos,- sabemos cuán aparte vivimos” Sea esta frase el clavo más largo que clava el martillo. Digo más largo, por su profundidad y la extensión ideológico-creadora que supuso para el Tercer Reich. La hermana de Nietzsche hizo su labor censora y mediática consecuente a su declarado antisemitismo y al de su, entonces, difunto marido. Y es que cuando el filósofo alemán habla de hiperbóreos, nos traslada a esa región mitológica inaccesible de la antigua Tracia (hyper-boreas “más allá del norte”) que utiliza como imagen de la superación de la época en la que se encuentra (modernidad-laberinto).

Para Nietzsche, los hiperbóreos son los que piensan como él, los que se alejan del pensamiento único, del nihilismo de la cristiandad (que no cree en la realidad y se eleva al más allá).

Todo ello redunda en una necesidad práctica: la transvaloración de todos los valores.

Nietzsche considera que el cristianismo es la décadence, la negación por excelencia de todo saber, de todo conocimiento. Con su estilo agresivo propone la idea de una moral de los débiles que ha surgido desde la cristiandad en contra de la moral de los señores (aristocracia). Ésta última se compone de los instintos de conservación de la vida fuerte, la virilidad de la propia vida (vitalismo) que debe ser un autodespliegue de potencialidades del ser: manifestación de una voluntad de poder. Frente a este estado natural surge la moral cristiana que se regodea en una supuesta virtud que poseen los valores pasivos como la compasión. La cuestión es no pensar, y sumergirse en ideales ascéticos (castidad, disciplina, penitencia, etc.) en oposición a una libertad de expresión (incapacidad profunda para autoafirmarse) y de ahí al nihilismo que ensombrece el mundo.

El filósofo alemán ve necesario ese ejercicio antes mencionado y que sobrevuela todo el tiempo este primer Anticristo. La nueva “transvaloración de los valores” (Con la muerte de Dios y la llegada del “superhombre” o “sobrehumano” habrá de producirse una nueva transvaloración de todos los valores que devuelva el primitivo significado a los términos “bueno” y “malo”, más allá de la valoración moral y del sentido que ésta les atribuye) debe ser una vuelta al estado natural de cosas, de cuya máxima expresión, por suerte, ya tuvimos constancia: El Renacimiento. Nietzsche se lamenta de este exilio cruel de la Hyperborea-renacentista para vivir sometido a los ideales decadentes de la Iglesia. El sacrifico y la compasión, son para él los ejemplos de este singular odio contra la vida misma: son sus armas más mortíferas, entre otras muchas, y acusa al evangelio promulgado por San Pablo y al reformador Lutero como los grandes artífices de la consecución de la gran maldición nihilista del mundo.

De la revelación en Pablo (Nuevo Testamento) y su engaño sobre la resurrección de Cristo, que parece evidente ser más un deseo que una realidad, según Nietzsche, se instaura una especie de chatura dogmática que avanza en el tiempo hasta que surge esa revolución aristocrática que es el Renacimiento. Pero, es precisamente ahí donde aparece la figura de Lutero, que cuando la transvaloración de todos los valores estaba dándose en todo su esplendor, un “alemán resentido” como él, trata de elevar lo sagrado por encima de cualquier cosa, incluso de la realidad científica que estaba dando sus mejores frutos silvestres.

Pero leer El Anticristo sin mirar de soslayo la vida de Nietzsche también podría ser un poco temerario. A su vez, podría serlo también, el jugar a hermeneutas, psicoanalistas y/o a psicologismos trasnochados sobre el mito del autor. Para tratar de quedarnos en un término medio, simplemente apuntaré algunos detalles, que por parecerme significativos puedan ser esclarecedores o ayudar a pensar su obra desde otras perspectivas.

Nietzsche, quien ya estaba por aquella época entrando y saliendo del psiquiátrico, quiso hacer de su debilidad física no aceptada, un alegato contra aquello que tanto odiaba. Seamos críticos, cuando habla del convencimiento en el que se sitúa ese nihilismo que lo niega todo: la moral de los débiles cristianos, y habla de esa necesaria superación que sería invertir, en cierto modo, sus ideales decadentes en favor de la voluntad de poder, lo hace desde una confesión: el odio a sus compatriotas alemanes (desde Lutero hasta el “idiota” de Kant)

Preguntémonos: ¿Se puede hacer filosofía desde el odio? ¿Es una cuestión puramente estilística (el martillo) o detrás de ella se esconde una vida de no-aceptación de sí mismo? Foucault y Wittgenstein tuvieron sus más y sus menos a la hora de aceptar su homosexualidad como es lógico dado el contexto histórico que les tocó vivir a cada uno de ellos. Sin embargo, Nietzsche no aceptó su escasa fortaleza: criado entre mujeres (la religión para él es símbolo femenino, así como la debilidad); la figura paterna clerical a quien nunca perdonó su muerte prematura y que le dejara en manos de las mujeres de la casa; el pietismo de la época que equiparo a la propia religión; la decepción con su amigo Wagner que se dejó llevar por el cristianismo en su obra Parsifal y su discusión sobre la obra Triumphlied de Brahms, en la que Nietzsche veía una expresión genuina de su filosofía en valores puestos en solfa como la guerra, la justicia y la victoria; el rechazo de su amada Lou Salomé, la única mujer que amó. Hay en la figura de Nietzsche muchos elementos de juicio que podrían subrepticiamente manifestarse en su obra como algo más que una filosofía bien construida, de argumentos sólidos, más allá de su polémica controversia: y es que un autor lo que finalmente deja es su estilo.

Por el odio hacia los alemanes vive y muere, pero también tiene en la literatura rusa del siglo XIX sus estimados adalides. La influencia de Dostoievski en su concepción de la fascinante y terrible comunidad cristiana primitiva (compara a Jesucristo con “El Idiota”) y la de Tolstoi, que equiparaba al cristiano primitivo con el anarquismo, fueron claramente determinantes en la asunción del Anticristo. Así como esa ira hacia Renan, quien colocaba a Cristo como una especie de figura heroica y que el filósofo alemán catalogará como “bufón en cuestiones psicológicas”

Pero, concluyamos haciéndonos una pregunta: ¿Quién es el verdadero Anticristo?.

No puede ser otro que el propio Nietzsche como anti-filósofo, quien se considera un hombre auténtico, de valores elevados, que está permanentemente superándose a sí mismo: el superhombre o, mejor dicho, “sobrehumano”. El anticristo es el hiperbóreo, que son los menos, su Zaratustra, el hombre que prefiere vivir en medio del hielo que, entre virtudes modernas, el que no tiene miedo de sus instintos. Rechaza también el budismo, precisamente porque defenestra el deseo y esto es clave en la figura de Nietzsche, ya que repudiaba todo intento de castrar los instintos dionisiacos del hombre. No en vano, su muerte está envuelta en controversias sobre una posible sífilis contraída en sus incesantes incursiones en prostíbulos.

Nadie como Nietzsche para hacer “saltar por los aires” cualquier posible encuentro entre las dos partes.

Es el “sobrehumano”, el mismo Nietzsche, el que se debe encargar de dar un paso más en contra del cristianismo, de ahí que su solución final trate de devolver la moneda jugando a los mandamientos, al dogma. Siete son los artículos y no parece un número escogido al azar o una mera coincidencia, sino más bien, un sarcasmo apoteósico, en la que sitúa por obra y gracia del Anticristo su guerra a muerte contra el cristianismo. Aquí, la figura del sacerdote coge otra dimensión. Es él quien se lleva el castigo por todo el daño acometido. Nadie como Nietzsche para hacer “saltar por los aires” cualquier posible encuentro entre las dos partes. Su odio queda lejos de perdonar, el “sobrehumano” no perdona, eso lo hacen los débiles. Así pues, todos los “santurrones” deberán de pagar por extender su maldición.

Pero, la religión tiene varios aspectos que no desgrana bien Nietzsche. Una cosa es la función del estamento eclesiástico, en las que ha habido grandes personalidades que se han dedicado a adquirir poder y a someter a otros sus voluntades, cosa que, por otro lado, no ha ocurrido siempre y en todos los lugares (es evidente que también hubo sacerdotes buenos y cuyas intenciones quedaron fuera de los círculos de poder) y otro aspecto sería reconocer que la religión cristiana no surge de la nada, no está sola, y existe también una historia de las religiones monoteístas, que comienza, precisamente, con Zaratustra, (un nombre que utiliza Nietzsche en su obra “Así habló Zaratustra”) más allá de que el relato histórico cristiano pudiera ser falso o no. Y esto es fundamental, así como analizar etimológicamente la idea implícita que encierra la palabra “religión”. Religare: “atar fuertemente”. Unión, vinculo, fe, ligazón de todas las voluntades. Es el mismo fondo de pensamiento que tiende a unificar, conservando lo genuino e incorruptible. Y del que salen ideales inalcanzables a los que tienden las voluntades colectivas: la igualdad y la democracia. Algo que detestaba Nietzsche, cuya visión aristocrática y militar provenía de esa falta de virilidad que veía en sí mismo. Ya que dicha unión o religación eran para él -en una versión excesiva de pietismo-, el sometimiento y el nihilismo del cristianismo.

Licenciado y Máster en Filosofía. Aventurero nato y amante de los clásicos. Ideológicamente neutro.

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