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Filosofía

Breve semblanza de Charles Péguy

en Democultura/Filosofía/Pensamiento/Religión por
Tiempo de lectura: 4 minutos

No me considero un experto en Charles Péguy. Dudo mucho de que pueda existir un experto en Charles Péguy. Es un autor al que conocí hace años, casi por la puerta de atrás, por su obra de teatro: Jeanne d’Arc. En mi supina ignorancia, leí la obrita en una traducción casera al inglés y no supe encontrar en ella el interés que sí me produjo la novela homónima por entregas de Mark Twain.

Hace poco, otra vez por la puerta de atrás, me acerqué de nuevo al pensador francés. Esta vez de la mano de la Gloria de Von Balthasar. Sea por la razón que fuere el impacto que me ha producido este segundo encuentro ha sido más profundo y, Dios quiera, más duradero. Sigue leyendo

“El yo es una ilusión”: Sam Harris y su budismo materialista

en Filosofía/Pensamiento por
Tiempo de lectura: 9 minutos

En este vídeo, el buen Sam Harris nos propone que el “yo” es una ilusión, y nos invita a trascenderla, en una exhortación conmovedora que une su riguroso materialismo con algunas ideas de sabor claramente budista.

(Habíamos hecho ya notar, en dos artículos anteriores (1 y 2), el gap explicativo del materialismo neurocientífico, que a partir de la observación de cierta actividad cerebral, pretende ser la causa única y suficiente de la aparición de un “yo”, de una subjetividad, de una vida interior que, por su misma naturaleza, no es “observable” directamente por una persona distinta de la que la experimenta y, por tanto, queda fuera del alcance de las ciencias naturales. Éstas pueden establecer correlaciones entre nuestras vivencias subjetivas y su base material-neuronal, pero afirmar que esta base material es toda la realidad o su única causa es una tesis filosófica, no científica, y en todo caso no demostrada).

Y en este vídeo, Sam Harris tiene la honestidad intelectual y el buen sentido de reconocer este hecho: las ciencias no pueden explicarlo todo –nos dice- la descripción neurocientífica es sólo una cara de la moneda, que no puede sustituir la experiencia subjetiva (lo que se siente al ser un “yo” no puede ser sustituido por una página llena de complicadas fórmulas matemáticas). Sin embargo, y aquí es donde se saca el conejo de la manga, nos dice a continuación que el “yo”, de todos modos, es una ilusión.

¿Qué quiere decir con esto? Cuando hablamos de una ilusión, nos referimos a una persona que, por ejemplo, caminando por el desierto ve algo –recibe un estímulo externo­- y cree, erróneamente (su mente interpreta) que lo que está viendo es agua; o, por poner el ejemplo de Descartes, a un tío que ve un palo metido en el agua y cree que está roto, para descubrir a continuación que se trataba sólo de un efecto óptico. Notemos que cuando Harris nos dice que el “yo” es una ilusión parece decir algo totalmente distinto: no nos dice que estás tú,  persona “A” que percibe una realidad “B” y juzga erróneamente que ésta es “C”. No, ¡nos está diciendo que tú no estás! ¿En qué sentido, entonces, podemos hablar de ilusión? ¿A quién le parece agua el espejismo entonces? Y, si toda nuestra experiencia interior es una “ilusión”, ¿existirá otra realidad- en este caso, la “Ciencia”- de la que nos podamos fiar más? Si ésta fuera su propuesta, Sam Harris se estaría cargando el sujeto que es condición de posibilidad de toda experiencia subjetiva…

Naturalmente, esta interpretación parece demasiado absurda para ser tomada en consideración. Me parece, por tanto, que cuando nuestro amigo materialista nos dice que el “yo” es una ilusión, nos puede estar queriendo decir dos cosas, a saber:

  1. Que tú, como ser humano, formas parte del universo, no eres algo totalmente distinto del universo.
  2. Que, si bien experimentas una vida interior, que no puede ser reducida totalmente por las Ciencias, “lo importante” no es eso,  lo importante no sucede allí: aunque creas que tu vida funciona por las decisiones que tomas en base a tus pensamientos, en realidad tus acciones están determinadas por procesos meramente materiales, determinados por leyes puramente físicas, que suceden debajo del nivel del pensamiento consciente. Tus decisiones serían sólo los intermitentes del coche: indican lo que harás, pero la dirección la decide realmente el volante (que sería el cerebro y sus procesos físico-químicos).

Respecto a la “1”, personalmente no tengo ningún problema. No creo ser un fantasma que conduce un cuerpo, y me reconozco con gusto como parte del Universo, hecho básicamente de los mismos “ladrillos” –llámense elementos químicos, átomos o quarks- que la ameba y la piedra de río. Sin embargo, una teoría que aspire a explicarme la totalidad de la realidad debería ser capaz de explicarme no sólo la unidad, sino también la diferencia: no sólo por qué soy parte del universo, sino porque me siento como una unidad diferenciada: por qué me experimento como un “yo”, por qué siento que mi dolor de muelas y mis pensamientos son míos, en un modo que no siento los del pato que sobrevuela el Amazonas (¿hay patos en el Amazonas?). Decirme que esa conciencia es una ilusión es gratuito: es, simplemente, negar el problema para no tener que explicarlo.

Analicemos, por tanto, “2”, que parecería prometer una solución, aunque fuera parcial, al problema. Nos dice que la conciencia es un truco de magia: nos dejamos fascinar por la varita del mago y su sombrero, y no nos damos cuenta de dónde sale realmente el conejo. Pensamos que nuestros complicados razonamientos morales guían nuestras decisiones, pero nuestras acciones son en realidad causadas por meros procesos bioquímicos, tan  irremediables como la ley de la gravedad y la manzana de Newton.

Ahora bien, este esquema tan sencillito y prometedor hace aguas si intentas aplicarlo a la totalidad de los fenómenos humanos: ¿cómo causa un huracán en Minnesota un titular de periódico en París? ¿Cómo causa el visionado de una película el derrame de unas lágrimas en los ojos de una niña? Si lo reflexionas, te darás cuenta de que ninguna ley física será capaz de relacionar –por principio, y no sólo de hecho- estas parejas de fenómenos. Siempre  podrás decir que una determinada combinación de luz y de colores, incidiendo en la retina de la niña, desencadenó el proceso biológico que culminó en el llanto, pero estarás inevitablemente regando fuera de tiesto. Porque estarás perdiendo de vista que esa combinación de colores son una imagen, y estarás perdiendo de vista lo que significa para la niña esa imagen.

Este hecho nos puede dar una sugerencia poderosa y otro misterio: el poder causal de la información. El poder causal del significado, que como tal es independiente del soporte material en que se realiza. Si se muere tu madre y te lo dicen, da igual que la noticia te llegue por mail o por teléfono. El resultado emocional es el mismo, y no depende de ninguna ley física; depende de la información en sí, del contenido mental que te sugiere.

¿Qué es esa información? No puede ser objeto de una descripción operativa, y por ello las ciencias cuentan con ella, pero no la pueden definir. Es uno de esos conceptos que sólo es accesible a la reflexión filosófica. Y para entenderla, nos puede ayudar un poco el iniciarnos en la propuesta aristotélico-tomista del hilemorfismo. Esta corriente filosófica propone que todas las realidades materiales objeto de nuestra experiencia están compuestas de dos dimensiones fundamentales: materia y forma, o dimensión material[1] y dimensión formal. Cuando hablamos de dimensión formal, nos referimos al hecho de que todas las “cosas” tienen una serie de características estables, una serie de propiedades de su ser y de su obrar, que permiten que las conozcamos, les pongamos nombres, las clasifiquemos en especies y podamos realizar previsiones[2]. Gracias a que existe esta dimensión formal, puedo saber lo que previsiblemente me ocurrirá si me lavo la cara con salfumán, y puedo guardarme muy bien de hacerlo. Gracias a que existe esta dimensión formal, puedo llamar “husky siberiano” a dos perros distintos, y “oro” a dos piezas distintas de metal, porque encuentro en ellos una misma estructura formal y una serie de características análogas. Gracias a que existe esta dimensión formal, puedo afirmar que tu perro sigue siendo el mismo que compraste, aunque hayan cambiado ya todas las células de su cuerpo. Gracias a esta dimensión formal, en fin, existe la Ciencia y la tecnología, que parten de esa fe en que, como decía Galileo, “el universo está escrito en caracteres matemáticos”, y que conociendo y “jugando” con esa dimensión formal puedo obtener previsiones fiables sobre el futuro comportamiento de las “cosas”. La Ciencia supone, acertadamente, que toda la materia está “cargada de información”, “inFormación” que dirige y se encarna en esa misteriosa estofa del universo que subyace a todas sus determinaciones y cambios posibles. Esta dimensión formal, por tanto, no es demostrable por la Ciencia, sino que es su presupuesto necesario.

Y esta dimensión formal, ya patente en la materia inanimada, se vuelve escandalosamente evidente en el caso de los seres vivientes. En ellos una mirada estrictamente científica no podrá encontrar en ninguna parte nada llamado “vida” y, sin embargo, descubrimos en ellos algo más que una aglomeración causal de materiales varios. Existe un proyecto que da forma y dirige la materia, un proyecto que constituye órganos especializados, que estimula al organismo a defenderse de agresores y de enfermedades, que guía al viviente hacia un objetivo (supervivencia de la especie y del individuo). Sin esta perspectiva, el origen y permanencia de la vida sólo puede ser considerado como milagroso, como lo calificaba el premio Nobel y descubridor del ADN Francis Crick (que no estaba precisamente cargado, por cierto, de “prejuicios religiosos”).

Y cuando hablamos no sólo de vida, sino de vida animal, aparece un fenómeno aún más curioso: la subjetividad hace su entrada en el universo. Los animales no sólo reaccionan a estímulos (como la planta ante la luz) sino que conocen y sienten. No sólo hay una forma/información que guía su obrar hacia un objetivo, sino que aparece un “esbozo de “yo”, aparece un punto de vista subjetivo capaz de asimilar información y actuar en consecuencia.

Si se analiza lo dicho hasta ahora (dimensión formal en los seres inanimados, en los seres vivientes y en los animales), se verá que existe una jerarquía lógica entre los distintos seres, según el modo en que la dimensión formal adquiere más y más protagonismo. Las cosas tienen una serie de características formales, que determinan también su obrar. En los vivientes esta “forma” deja de ser, por así decir, un dato estático, para convertirse en un proyecto dinámico que unifica el organismo, y en los animales aparece una subjetividad incipiente que se relaciona con la información: conoce.

La diferencia humana no se debe un cambio cuantitativo, como muchos parecen pensar: un animal con más neuronas, capaz de resolver problemas más rápido. No, el hombre no es un súper-mono, un bicho más dotado para recoger plátanos con rapidez que sus primos los chimpancés. Nos encontramos ante un cambio cualitativo: el hombre conoce la información en cuanto información. Es capaz de separar el significado (la “forma”) del soporte material en que la encuentra. Por eso el hombre es capaz de lenguaje, mientras que sus primos peludos sólo son capaces de transmitir a gritos sus estados emotivos y una serie instintiva y codificada de datos concretos. Por eso el hombre es capaz de tecnología, porque tiene un mundo interior en el que puede analizar la información, aislándose de la situación concreta, y de elaborar teorías aplicables a la realidad en contextos materialmente distintos.

Así pues, el hombre supone un ser en el que la dimensión formal domina la materia, “excede” por encima de ella, se autonomiza de ella: se relaciona con ella de un modo mucho más libre que la del resto de los seres. Esta capacidad del hombre es la que ha llevado a muchos filósofos a afirmar el carácter espiritual del hombre. Espíritu no quiere decir “fantasma-que-conduce-el-cuerpo”. Quiere decir un ser cuyo principio formal, por estar unido a la materia pero, en cierto modo, libre de ella, es capaz de “volver sobre sí mismo”, de autoconciencia, de un modo que sería imposible para un ser meramente material (el ojo no se ve a sí mismo).

Se me dirá que esto no es una respuesta científica. Responderé que me parece una respuesta más seria que llamar “ilusión” a lo que mi método no es capaz de explicar. Éste es sin duda uno de los campos en que la explicación meramente científica (encuentro una cosa “X” que me explica otra cosa “Z”) encuentra sus límites. Si se quiere indagar las raíces de la realidad, se requiere una reflexión propiamente metafísica. La Metafísica elabora modelos hipotéticos, no verificables de modo experimental, es cierto, pero sí criticables racionalmente, y encuentra su fuerza en la racionalidad misma de sus argumentos (y en la confianza, claro está, de que el Universo, la Realidad…son, en última instancia, racionales).

Esta perspectiva filosófica, por otra parte, encuentra un poderoso aliento en el hecho de que la misma investigación científica esté sugiriendo que el modelo reduccionista (que busca explicar el todo a través de las partes; la realidad por los ladrillos de los que está hecha) es claramente insuficiente, y que es necesario sustituirlo por un paradigma de la complejidad, holístico, en el que el todo es cualitativamente superior a la suma de sus partes[3], y en el que a las explicaciones bottom-up hay que unir las explicaciones top-down (en que una totalidad se auto-organiza). Pensemos en cómo las ecuaciones no lineales la suma de dos soluciones no sea generalmente una solución, o en la creciente conciencia, en campo científico, de que la Biología no es reducible a la Física, y que es más bien aquella la que le dicta leyes a ésta.

Para acabar, una provocación: hemos hablado largo y tendido sobre la dimensión formal. Ahora bien, ¿cuál fue el Big Bang de la información? ¿Es realmente concebible que el Universo esté escrito en caracteres matemáticos, esté cargado de información que resulta comprensible a la inteligencia humana…y que este Universo no sea, a su vez, obra de una Inteligencia?

[1] Cuando hablamos de dimensión material no nos referimos a la materia que estudian las ciencias, como distinta de la energía, por ejemplo, sino de la “estofa fundamental” que subyace a todas esas transformaciones y que adopta todos esos rostros. En nuestra experiencia todas las realidades que encontramos se encuentran ya por definición necesariamente revestidas de “forma”, compuestas por esa dualidad fundamental: la “materia prima” de Aristóteles es, por tanto, un concepto límite, pero necesario para explicar la realidad. Del mismo modo, como espero que quede claro por la explicación, cuando hablamos de “forma” no nos referimos al aspecto exterior o la configuración física de los distintos seres, sino del principio fundamental por lo que algo es lo que es: la raíz metafísica de su identidad y de su obrar.

[2] Naturalmente, un materialista podría atribuir estas propiedades a los elementos inferiores de los que está compuesto un ser, pero, entonces, ¿quién me explica las propiedades de los elementos inferiores? Podemos iniciar una cadena al infinito, pero al final siempre nos veremos obligados a explicar por qué, por ejemplo, la materia se puede transformar en energía, y viceversa, pero sin embargo no son lo mismo: hay una base común (dimensión material) pero una diferencia (dimensión formal).

[3] La importancia de una perspectiva de este tipo para el problema de la mente, resulta evidente, si pensamos que el problema de la mente es que presenta precisamente una propiedad, la de la subjetividad, de la que carecen los componentes físicos del cerebro considerados por sí mismos.

La realidad siempre baila sola (II)

en Filosofía/Pensamiento por
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En la primera parte de este artículo hablábamos de una cierta forma de pensar que, movida por una suerte de ethos burocrático, aplana y monopoliza el conocimiento posible, reduciéndolo a la cárcel de cristal de ciertas maneras de hablar de la realidad que hemos equiparado acríticamente con esta sin reparar en la limitación de dichos lenguajes.  Justo lo contrario de este estilo intelectual parapetado tras su falsa seguridad y su pobre imaginación es de lo que se ocupa el físico Christophe Galfard, brillante discípulo de Stephen Hawking, en un impagable libro de divulgación científica titulado El universo en tu mano.

El talento literario de este científico francés permite formarse una idea cabal del estado en que se encuentra la física teórica en la actualidad, en concreto, el punto absolutamente enloquecido y maravilloso al que han llegado los físicos teóricos más audaces en sus explicaciones del origen del universo. Siendo un completo lego en la materia, el libro me ha deslumbrado y me ha hecho reflexionar sobre los asuntos que estoy ventilando en este artículo. Sigue leyendo

La realidad siempre baila sola (I)

en Filosofía/Pensamiento por
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Parece, a tenor de las sorpresas de los últimos meses (Brexit, Colombia, Trump), que poco o nada sabemos de las sociedades en que vivimos. Hablamos y hablamos de nosotros mismos hasta la náusea, no dejamos de mirarnos el ombligo, perseguimos al hombre de la calle para que nos dé su opinión…incluso de la lluvia que cae o deja de caer. Hemos acercado tanto el foco que nuestra imagen se ha distorsionado y ya no vemos sino sombras gesticulantes que se mueven en todas las direcciones. Apariencias de realidad que acechamos con periodística persistencia siempre con la cámara encendida, el micrófono abierto y las redes sociales dispuestas a prolongar el ruido y la furia sin tedio ni descanso. Insaciable e infatigable es nuestra búsqueda de…qué.

Somos rehenes de unos lenguajes, de unas maneras de hablar de la realidad que hemos equiparado acríticamente con esta sin reparar en la limitación de dichos lenguajes. El periodismo, la psicología, la pedagogía y la sociología, por poner solo unos pocos ejemplos, nos han encerrado en una cárcel de cristal que impide hacerse cargo de la opacidad irreversible de las cosas y las personas, del misterio que las envuelve. Estas perspectivas intelectuales han colonizado una parte importante de la esfera pública hasta el punto de consolidarse como discursos de especialistas y analistas. Sigue leyendo

¿Qué es ideología?

en Cultura política/Filosofía/Pensamiento por
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Hace solamente unos años, era un lugar común entre algunos tertulianos de los medios de comunicación y comentaristas varios decir que la desafección política en España se debía a que los partidos políticos “ya no tienen ideología”.

Hoy, los esfuerzos por reanimar al socialismo después del estado en el que quedó tras la legislatura de Zapatero van precisamente en esa dirección: presentar a un partido con “las tintas cargadas” y capaz de aportar algo al debate público en lugar de ir simplemente a remolque de las originalidades varias de la calle. Sigue leyendo

Y quizá por eso «amor» suena a «noche»

en Filosofía/Pensamiento por
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Hará un par de semanas abrí mi portal de Facebook y apareció lo siguiente en mi sección de noticias. Un dramático Pessoa augurando pesimismos sobre el amor y etcétera.

La revista lanza en la publicación una interpelación final en la que no quiero detenerme demasiado. Solo dejo esta perspectiva a modo de aforismo, con la gratuidad del opinante irresponsable que ni reflexiona ni argumenta siquiera, y basta: que el amor es tan egoísta como altruista; si se ama se hacen propios los bienes y los males del amado, y así le identificamos con nosotros. Se unen sendas venturas cuando dos se quieren. Eso de negarse uno mismo para afirmar al otro en soledad es, si no imposible, una monstruosidad. Monstruos los espiritualistas que llegaren a destruir el amor propio —para lo cual se hace necesario anhelar no la muerte sino nunca haber existido—. Sigue leyendo

Es usted un filósofo

en Filosofía/Pensamiento por
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¿Quiere usted empezar a filosofar? O, da igual, ¿no quiere? No tiene escapatoria. Es necesario que lo sepa: es usted un filósofo, lo quiera o no.

Incluso el más ignorante de los hombres de esta tierra está imbuido en su forma de pensar por nociones heredadas que, en cierta manera, son ya de por sí “filosóficas” y que suponen una forma particular de ver el mundo. Especialmente en el caso de quienes han nacido y crecido en el seno de una sociedad occidental, todos tienen en su acervo filosófico un buen número de principios y axiomas intelectuales heredados (a menudo mal heredados) de gigantes del pensamiento moderno tales como Descartes, Kant, Hume y, muy particularmente, Nietzsche. Sigue leyendo

Las lágrimas de Roy Batty

en Cine/Democultura/Filosofía por
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Hace un mes Rafael Pou escribió un artículo excelente sobre el transhumanismo. Hablaba de los replicantes de Blade Runner, de Siri, de cierto episodio de Black Mirror. Fue una reflexión que me dejó algo perplejo: por un lado, el análisis es magnífico; por otro, se trata de una perspectiva tan obvia que no me parece relevante.

¡Ojo! El tema es válido. El artículo también. Pero diseccionar ese aspecto del conjunto de la película, incluso de manera circunstancial, me parece una injusticia hacia una de las películas más meritorias de Ridley Scott. Que, tristemente, no es decir gran cosa. Sigue leyendo

No hay caramelos para los ateos

en Filosofía/Pensamiento por
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“Esperad… El sabor… Y ya se escapa…”;

“Manzana llena, pera y plátano, grosella… Todo esto habla en la boca de la vida y de la muerte“.

Rainer Maria Rilke, Sonetos a Orfeo.

Comienzo este artículo paladeando un caramelo de naranja, una de mis frutas preferidas. Adoro el sabor ácido de los cítricos y esa indescriptible reacción en la lengua. No puedo entender por qué en el tarro que sobró de la repartición de Halloween sobreviven numantinamente tantos de los míos. ¡Oh, otros!, siempre seréis una incógnita. Sigue leyendo

Yo, robot (o por qué Siri nunca será tu amigo)

en Asuntos sociales/Ciencia/Filosofía por
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En un añito, según parece, tendremos en nuestras pantallas Blade Runner 2049, la secuela de la peli de culto de Ridley Scott.  La primera era una adaptación de la novela “Do Androids Dream of Electric Sheep?”, y nos lanzaba una pregunta: ¿sería posible fabricar androides “más humanos que los humanos”, como los replicantes de Tyrrell? Dicho en otras palabras: ¿llegará Siri algún dia a ser el mejor amigo del hombre? Sigue leyendo

Buscando a Kierkegaard

en Diario compartido/Filosofía por
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¿Quién fue Søren Kierkegaard?

Al igual que ocurre con Sócrates, esta es una pregunta difícil sino imposible de responder. Es tal la riqueza de su legado que filósofos tan distantes entre sí como Jacques Derrida o Cornelio Fabro han visto en Kierkegaard un interlocutor imprescindible. Hermano Kierkegaard, le llamaba Unamuno a principios del siglo pasado mientras que las dos figuras decisivas de la filosofía del siglo XX, Heidegger y Wittgenstein, reconocen su influencia, como también los dos grandes de la teología cristiana, protestante y católica, Barth y Balthasar. Kierkegaard está más que presente en Ordet, tal vez la mejor película del genial Dreyer, así como en el cine de Bergman y, por acercarnos a nuestros días, nos lo encontramos también en las películas de Terrence Malick, los guiones de Charlie Kaufman o las series de David Milch. Sigue leyendo

¿Dónde quedó la religión? Un análisis histórico-filosófico

en Filosofía/Pensamiento por
Ícaro Henry Matisse
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Por José Luis Sánchez Nogales
Catedrático de Filosofía de la Religión
Universidad de Granada

Dentro de la historia de la cultura se han dado diversos momentos de enfoque crítico religiosa desde la filosofía, la teología y otras ciencias. Ya en la filosofía griega se dio un primer enfoque filosófico crítico. Fue una primera filosofía preferentemente crítica de la religión surgida a raíz de la crisis del escepticismo (Demócrito) y del materialismo sofístico (Protágoras y Critias). El paso se da con la sofística -muy parecido al que luego se dará en la ilustración- y sus resultados caminan en dos direcciones: Sigue leyendo

La filosofía no sirve para nada

en Filosofía/Pensamiento por
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En el debate sobre la desaparición de la filosofía de los institutos españoles vuelve a resonar la famosa cuestión: ¿para qué sirve la filosofía? Una pregunta que se nos hace continuamente a los que hemos decidido dedicar nuestras vidas al estudio, divulgación y enseñanza de la misma. La alegre respuesta con que se intenta sorprender al que pregunta es: “la filosofía no sirve para nada”. Una sonrisa superior, párpados caídos, mueca de ironía… y a otra cosa, mariposa. Sigue leyendo

Oda a la gran desconocida

en Filosofía/Pensamiento por
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El otro día me topé de nuevo con Pedro Antonio de Alarcón, uno de mis novelistas preferidos. Ahí estaba, en mi mesilla de noche, interpelándome desde el lomo blanco que lo envolvía; “novelas completas”, se podía leer aún. Lo abrí y escogí una de las que todavía me quedaban por leer: El Capitán Veneno. Y entre hojas desenfadas, aun cómicas –que vivamente recomiendo–, me encontré con esta perla: Sigue leyendo

La santa venganza os hará libres [CONTRARRÉPLICA]

en Filosofía/Pensamiento por
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Hace unos días apareció publicada en esta misma revista una asombrosa réplica a mi artículo “La venganza os hará libres“, de nuestro anónimo y genial colaborador Ignatius Reilly. Sin desperdiciar la ocasión de manifestar mi admiración al autor y felicitándole por su publicación, escribo esta tercera entrada profundizando en la cuestión en tres direcciones concretas, que considero necesarias para una correcta comprensión de la venganza. Y nauseando y vomitando –como él hiciera– sobre su pijama rosado que un día oliera a miel y jazmín. Sigue leyendo

La venganza os hará… vengativos [RÉPLICA]

en Filosofía/Pensamiento por
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En el mundo de Harry Potter y también en el mundo de la fenomenología de la religión, es conocida la distinción que hace Levinas entre lo sagrado y lo santo. En la categoría de lo sagrado, cabe la obra entera del genial Rudolph Otto Des Heilige, que malamente se ha traducido en España por “Lo santo”. Pero hay en lo santo (qadosh) una eminente distancia respecto del hombre que no podemos adscribir a lo sagrado, por muy tremendo y fascinante que resulte.

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Dime qué deseas y te diré quién eres

en Filosofía/Pensamiento por
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En uno de sus Discursos cristianos, el filósofo –para muchos, padre del existencialismo– Søren Kierkegaard examina con sutileza y con la precisión de un cirujano el deseo humano. “La pureza de corazón es desear una sola cosa”. El filósofo describe allí cómo las diversas formas del deseo esconden las más de las veces una contradicción interior, sintomáticas de aquella desesperación más común a los mortales: aquella en la que el desesperado no sabe que lo está. Enredados en múltiples deseos vagamos sin rumbo por la vida, sin conocer la causa de nuestro dolor. Sigue leyendo

La venganza os hará libres

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Patrick Jane ha sufrido la muerte de su esposa y de la hija común. Un golpe en lo más profundo de la entraña, que revuelve la vida del protagonista de la serie “El mentalista”, y le sustrae su centro de gravedad, el motivo único del mundo, el lugar íntimo de comprensión de todo cuanto a su mirada se abría. Y a manifiesto agravio, como en el teatro del patrio Calderón, manifiesta venganza: Jane transmuta valores; para librarse de la más incisiva de las injurias resuelve vengar los despiadados asesinatos y jura furor eterno al antagonista, John “el Rojo”. Sigue leyendo

¿Somos solo átomos? El pastel de cumpleaños y tu alma inmortal

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Probablemente no lo sepas, pero cada vez que soplas las velas del pastel de tu cumpleaños estás demostrando que tienes un alma inmortal. Que eres espíritu.

Esto puede sonar un poco chocante: hemos sido educados en una mentalidad materialista que nos enseña que lo más razonable es pensar que todo acaba en la tumba. Sin embargo, si lo pensamos con calma, veremos que el materialismo coherente no te dice que no vivirás después de la muerte. El materialismo coherente te dice que nunca has estado vivo. Sigue leyendo

Un niño bajo la sábana

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A finales del año 1897, el Premio Nobel de Medicina y Fisiología Santiago Ramón y Cajal, considerado cabeza de la denominada Generación de sabios, da el discurso de ingreso a la Real Academia de Ciencias exactas, Física y Naturales que ha sido recogido en el volumen intitulado Los tónicos de la voluntad, y que según las librerías ha sido una de las obras más difundidas del pensador navarro. Discurso de referencia para cualquiera que se precie de investigador científico, historiador de la Ciencia o simplemente hombre cabal y de frente orientada. Sigue leyendo

¿Qué es el mundo para el sabio?

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“También sobre el alma nieva.
La nieve del alma tiene
copos de besos y escenas
que se hundieron en la sombra
o en la luz de quien las piensa”

Federico García Lorca, “Canción otoñal“.

Quiero dedicar esta entrada al vaivén del mar sobre la playa, náufraga en el continente. A los tallos femeninos de las flores vírgenes y a los viriles troncos de la alameda, desnudos de fulgor. A las nubes que visten el cielo; al sol, a la luna y a las estrellas. A todo lo que existe y somos incapaces de ver.

A Sócrates, el único, que todo lo hubo visto antes de legarnos con sinceridad la perla mayor de la vasta Historia: “sólo sé que no sé nada“. Sigue leyendo

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