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La filosofía no sirve para nada

en Filosofía/Pensamiento por
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En el debate sobre la desaparición de la filosofía de los institutos españoles vuelve a resonar la famosa cuestión: ¿para qué sirve la filosofía? Una pregunta que se nos hace continuamente a los que hemos decidido dedicar nuestras vidas al estudio, divulgación y enseñanza de la misma. La alegre respuesta con que se intenta sorprender al que pregunta es: “la filosofía no sirve para nada”. Una sonrisa superior, párpados caídos, mueca de ironía… y a otra cosa, mariposa.

Los que no han dedicado sus vidas al estudio, divulgación y enseñanza de la filosofía, y que, además de todo, han tenido que soportar largas horas de tediosa desinformación sobre Aristóteles, Platón y Kant en sus versiones más Pop y chatarreras, piensan para sus adentros: “si no sirve para nada, ¿para qué he dedicado dos horas a la semana durante los dos años de bachillerato a estudiar filosofía?”

Quienes hemos tenido el inmenso don –inmerecido y más valioso que el diamante más raro– de tener un buen profesor de filosofía, que nos abriera la puerta de los misterios más insondables, que nos acercara a los principios del ser, del bien, de la verdad y de la belleza, hemos sido muchas veces culpables de no saber transmitir ese don. Se aprecia con claridad cuando uno aterriza de manera fortuita en fondos de incultura escolar como “el rincón del vago”.

Cuando se dice que la filosofía “no sirve para nada”, lo que se debería entender –lo que se debería decir– es que la filosofía es un fin en sí misma. Es una ciencia que no es útil o instrumental para producir nada. Nos referimos, por supuesto, a la filosofía como camino hacia los principios fundamentales que dan sentido al mundo y a los hombres: la verdad, el bien, la belleza. La filosofía no se inventa máquinas para fabricar electrodomésticos, ni se ocupa de sintetizar medicinas para curar enfermedades, ni se dedica a dirimir situaciones legales, ni calcula el ángulo necesario de inclinación para poner un satélite en órbita…

La filosofía busca ofrecer al hombre un “por qué” y un “para qué” de fondo que dé sentido a todo eso. Un fundamento moral (bien), dogmático (verdad) y estético (belleza), que hagan al hombre reflexionar sobre si la máquina que está usando en su fábrica no podría remplazarse por mano de obra para producir empleo, aunque las ganancias sean menores; sobre si el fin del fármaco que estás sintetizando es realmente medicinal o todo lo contrario (como una píldora abortiva); sobre si existe un fundamento universal, que atañe a todos los hombres, para fundar las leyes y la dignidad de las personas; sobre las posibilidades estéticas de ese satélite–la belleza de contemplar la creación, los cielos y las estrellas– que elevan al hombre y lo acercan a Dios…

 

La filosofía busca ofrecer un por qué y un para qué de fondo que dé sentido a todo.

 

Por eso distingo: la filosofía –bien entendida, bien estudiada– sirve, y mucho. Los medievales lo tenían muy claro. Para empezar, la filosofía es ancilla theologiae (sierva de la teología). Nos acerca a Dios, debe acercar a Dios, debe –cuando menos– presentar en el espíritu de los hombres la pregunta por el sentido de la vida, de la muerte y de un posible Creador.

Además, la filosofía es la ciencia de las causas últimas: y ahí entra en contacto con las ciencias. La filosofía no se entromete a calcular las masas y la aceleración de los astros. Y los físicos no deberían entrometerse a especular si hubo una creación a partir de la nada o si el mundo –la materia, son eternos–. No, al menos, en calidad de físicos.

Esa cuestión es estrictamente filosófica. Por eso tiene sentido que filosofía y ciencia se den la mano: la filosofía debe aceptar los datos aportados por la ciencia y la física debe aceptar la explicación causal que surja del debate filosófico sobre esos datos. El científico puede constatar que existen evidencias más que suficientes para hablar de una teoría de la evolución biológica. Pero ningún científico puede tomar una teoría y deducir una conclusión metafísica o teológica. Simplemente porque tal conclusión supera el ámbito de competencia del método propio de su ciencia.

 

Proporciona los fundamentos y principios de la ética, es la aliada más íntima del arte y hermana inseparable de la historia. La filosofía nos hace mejores.

 

Por otra parte, la filosofía proporciona los fundamentos y principios de la ética, de la economía (en su sentido original: ética de la familia) y de la política. Es la filosofía la única capaz de dar una explicación suficiente de los principios rectores de prudencia, justicia conmutativa y justicia distributiva. O debería serlo. A la luz de la filosofía –de su largo y sufrido íter histórico– cobran sentido la doble vara de medir que aplicamos al político como individuo y al político como personaje público. A la luz de la filosofía se comprende que, así como la tiranía nunca se justifica, y como la oligarquía difícilmente puede ser justa, tampoco la democracia es un valor absoluto: la verdad no es tal porque lo opine una mayoría. Y menos cuando tal mayoría es meramente representada en un parlamento.

La filosofía debería ser la aliada más íntima de las artes: pictórica, escultórica, arquitectónica, literaria, cinematográfica… La filosofía aporta los temas de fondo –que tocan con más insistencia y profundidad el corazón del hombre– y las artes los representan, los “figuran”: les dan una forma exterior, palpable, visual. El arte alienado de los valores de bondad, verdad y belleza, sumergido en subjetivismos ignorantes y superficiales, se vuelve aberrante, anti-natural y anti-artístico.

Por supuesto, filosofía e historia son hermanas inseparables. Cualquier intento de divorcio en este sentido resulta catastrófico para la cultura: la historia no se puede comprender –no tiene la mitad de su valor– si no incluye en su reflexión los hitos filosóficos que han iluminado (y en ocasiones, ensombrecido) los siglos y las épocas de la humanidad. Del mismo modo una filosofía que no atienda al periplo histórico de la humanidad, a los hechos que en muchas ocasiones han influido directamente en su desarrollo, no es más que charlatanería hueca e ideas sin aterrizar. No puede entenderse a Platón sin Sócrates. No puede entenderse a Kierkegaard sin Hegel. No puede entenderse a Descartes sin Duns Escoto.

En fin, la filosofía, como la misma verdad, el amor, las humanidades, la literatura, las bellas artes… nos hace mejores personas, mejores seres humanos. La filosofía pretende hacer al hombre feliz o que, cuando menos, nos haga reflexionar sobre la felicidad. Tristemente todo esto tiene poco o casi nada que ver con lo que se estudia en muchas de las facultades de filosofía en Europa.

Concluyo con la imagen que ilustra el título: la filosofía como la abuela de la casa. No me refiero a esas abuelas que se ven hoy en día haciendo yoga en los parques o tomándose mojitos en sitios de moda, con la cara llena de Botox y vestidas como veinteañeras. Me refiero a la figura matriarcal de la abuela, símbolo de sabiduría familiar, que conoce la historia de cada uno de sus hijos y nietos, que aconseja, que cuenta historias, que enseña, que reza por el trabajo de sus yernos y nueras, que acoge a todos en su casa en Nochebuena… ¿Para qué sirve esa abuela? ¿Qué produce? ¿Qué aporta a la economía del estado?

Para nada, nada y nada. Pero su valor real es infinito. No “sirve”, ¡Pero vaya que si Sirve! Sirve y mucho.

Licenciado en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma y doctorando de la misma ciencia en el mismo instituto. Me considero, ante todo, un gran lector. Inclinado por naturaleza hacia las humanidades clásicas y la literatura inglesa, y por vocación a la metafísica y a la lógica. Católico tras las huellas de Newman, Chesterton y Benedicto XVI. Filósofo tras las huellas de Santo Tomás de Aquino y de Aristóteles. Y gran aficionado al mundo de Tolkien.

  • Noemí

    Mi enhorabuena al autor. Estoy de acuerdo en todo con lo que se dice en este artículo. Supongo que soy una de esas personas afortunadas que tuvieron un buen profesor de filosofía en el instituto. Como consecuencia, me encanta la filosofía.

    Me gustaría añadir que, a nivel puramente práctico y científico, la filosofía estimula una parte del cerebro que no se estimula con otras asignaturas. Aunque sea sólo por eso, debería seguir en el plan de estudios.

    • Francisco Javier Rubio Hípola

      Muchas gracias por tu comentario, Noemí. Algo había leído sobre el tema de la distribución en los estímulos del cerebro… Otra razón más que añadir a la lista.

  • Xavier Sandoval

    ¡Excelente articulo! Soy músico pero con el tiempo me he sumergido en la Filosofía. Porque encuentro muchas similitudes entre la música y la filosofía, así como otras actividades. Por ejemplo el deporte, la gastronomía. La verdad es que la filosofía está en todas partes, no es ajena a ninguna actividad. Y en la música he encontrado que al igual que la filosofía son profesiones “inofensivas” pero que en realidad son reaccionarias, rebeldes, trasgresoras. Y eso en un mundo actual es muy, muy, pero muy peligroso. Por ello, se trata de acallarlas porque “abren los ojos”.

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