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La viralidad actúa como estrategia de control sobre las masas.

La viralidad como fenómeno de masas

en Filosofía/Pensamiento por
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Fernando Pessoa consideraba que todo el conocimiento se basaba en una herramienta teórica de nuestra mente racional: la analogía (Del primer Fausto, 1908-1933). Una analogía es una forma de argumentación inductiva (se parte de lo particular para trasladar lo general) en la que se comparan y se relacionan estrechamente conceptos con características similares. Ésta es la herramienta psicológica que produce más conocimiento falaz, nos hace creer, por ejemplo, que dada la repetición de un caso podemos extrapolar su consecución en todo caso.

En la psicología popular, a pie de calle, se hace de la manera más capciosa posible: no se implementan reglas bien definidas como en el método científico. Esta forma de interpretar la realidad está sujeta siempre a la tendencia que tenemos a la comparación, dado que estamos sometidos como humanos a pensar en base a la experiencia por contraste que tenemos de las cosas.

Hay que tener presente que la multitud no tiene criterio, induce por contraste, y se embelesa por la novedad.

Así pues, nuestro razonamiento analógico, inductivo, nos hace vulnerables a la propaganda y el marketing que realiza una “fuerza inductiva”. Por lo tanto, la problemática del argumento analógico reside en que podamos inferir algo no perceptible, partiendo de lo mundano y perceptible en la experiencia, y sin utilizar correctamente reglas formales de un sistema lógico.

Lo que es seguro es que apenas especulamos, sino que inferimos. Especular supondría pensar y dudar sobre ello. Inferir es concluir mediante el razonamiento en sus diversas formas.

La estrategia principal del marketing viral es el astroturfing, que se basa en presentar una mentira con revestimiento de verdad. El engaño se fundamenta en hacer creer que hay una base social espontánea detrás de una idea, marca, producto, partido político, etc. para conseguir arrastrar a la masa real hacia el objetivo. Los intoxicadores del virus (asesores, consultores, catalizadores, cierta clase de periodistas, influencers, celebreties, etc.) suelen estar al servicio de grandes empresas/marcas o partidos políticos.

“Viral” viene de virus, aquí también hay una analogía entre la sociedad y un sistema biológico. El organismo se ve afectado por algo externo que trata de apoderarse de él; cuando se trata de un movimiento social, el virus es más fácil que se propague, ya que entran en juego factores dinámicos sin contrapeso. Un sistema bilógico tiene sus defensas, un grupo social no. Precisamente, por esa forma de inducir la realidad sin reglas formales que presenté al principio.

Cuando se infiere falazmente es más fácil ser dirigido, sólo hace falta dar una referencia creando una falsa expectativa, el sentido o significado que lo auspicia queda relegado a un segundo plano.

Las personas que piensan con cierta autonomía han sido educadas para ello, además de poseer un carácter conformado en una etapa temprana y condicionado genéticamente. Ahí está su contrapeso. Pero hay una gran mayoría, la que, al fin y al cabo, marca la diferencia, que no ha tenido esa llave con la que aprender a discernir correctamente y poder ser autónomo a la hora de elegir lo que verdaderamente quiere. Por eso, esa deriva a la que nos somete la multitud está diseñada por los intoxicadores, creadores de opinión que marcan la nueva tendencia a seguir.

Nos pondremos a correr, escribir, a ser animalistas, fotógrafos, surfistas o viajeros; nos dejaremos barba, nos tatuaremos o llevaremos leggins, odiaremos el azúcar, nos compraremos un palo de selfie, estudiaremos criminología, neurociencia, psicología, ciencias políticas, leeremos tal best-seller, veremos tal película, o votaremos a un determinado partido político, si los intoxicadores quieren. No hay nada que escape a su empuje por dirigir a la multitud hacia el objetivo.

Una clase de librepensadores, con un carácter a prueba de balas, puede suponer un grupo marginal, nunca una resistencia. No se puede vencer el dominio del virus en la sociedad. Ya que ésta no es un cuerpo humano. Como ya dijimos. Todo cuerpo humano tiene defensas, si no está en condiciones terminales. Pero en la sociedad, las defensas hay que crearlas. Hay que tener presente que la multitud no tiene criterio, induce por contraste, y se embelesa por la novedad.

Todo cuerpo humano sano tiene sus defensas; las sociedades no, hay que crearlas.

Decidir qué libro leer, qué camiseta quieres vestir, qué quieres estudiar, etc. es un acto de valentía y de voluntad de poder contra todo lo que te somete para que no seas autónomo. El miedo es otro de sus señuelos.

Los intoxicadores lo utilizan a menudo en los noticieros. También el recurso expresivo del eufemismo. Atenuar la verdad incómoda y enfatizar la mentira con revestimiento de verdad; ser políticamente correctos y mantener la política del terror. Y es que todos vivimos en una sociedad del espectáculo. Todo es un juego. Un reality-show. Nada ni nadie es lo que parece.

Por eso, debemos ser conscientes de esto y asumirlo. Asumir no es entenderlo, sino interiorizarlo trabajando en nosotros, aceptarlo de tal manera que no nos puedan arrollar. La confusión y el miedo dejarán de apoderarse de nosotros. Seremos más firmes y autónomos. Esto se hace desobedeciendo y cultivando nuestro jardín, como decía Thoureau. Para eso, debemos de hacer algo de naturaleza radical, revolucionario. No en la sociedad, a macroescala, como decía Marx y persiguió el Che, sino en nosotros mismos. Debemos ser mejor individualmente para cambiar las cosas porque si no generaremos nuevos enfrentamientos productivamente negativos.

Partiremos de la comprensión de la siguiente enseñanza: La vida no merece ser vivida sin autoexamen, como decía Sócrates. Marcar una distancia, apagar el televisor, “desobedecer” y no alimentarse de lo establecido, no beber del abrevadero que todos beben. El “examen de sí”, como decía Foucault, debe ser un ejercicio constante, y tras un tiempo (Thoureau estuvo en su cabaña sólo dos años) la siembra dará sus frutos.

Lee buenos libros, documéntate, revisa tus ideas, tus prejuicios, sírvete de las mentes más brillantes de la humanidad, comunícate con ellas haciendo las valoraciones que surjan a cada momento, detente, haz una pausa, ten presente que el tiempo de Chronos no es el que trae consigo la verdad. Deambula, pasea sin rumbo, contempla, olvídate del mundo, vagabundea, sal a la calle sin dinero, siéntate en un banco que nunca te has sentado, escucha el cantar de los pájaros, y escucha el silencio.

Pronto, porque nunca es tarde, tras un trabajo arduo en tu persona, comenzará a nacer en ti un aplomo (pequeña transformación en el carácter), un sentido a la hora de hacer las cosas (librepensamiento)… por fin, tendrás un criterio para poder discernir cabalmente, elegir, y ser esa isla entre la multitud enferma del virus.

Este artículo fue publicado originalmente en Revista Philos y es reproducido aquí por iniciativa de su autor.

Licenciado y Máster en Filosofía. Aventurero nato y amante de los clásicos. Ideológicamente neutro.

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