¡Maldito el día en que el hombre perdió su sombrero!

en Antropología filosófica/Pensamiento por
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Unos cuarenta mil años antes de someterse al gran Leviatán y conformar sus primeras civilizaciones, el hombre ya decoraba las paredes de sus cuevas. La andadura política es, en la aventura de la humanidad,  mucho más reciente que la estética. Mientras que lo político nace como una obligación contractual que somete al estado de naturaleza, lo estético brota del espíritu humano respondiendo a un insondable genio sensible. El hombre, lejos de centrar sus esfuerzos en la mera supervivencia, observa, reflexiona y crea. Y lo hace atendiendo a principios que van más allá de criterios utilitaristas.

Sin embargo, las pinturas rupestres que inundan hoy los libros de historia del arte no parecen haber sido engendradas para contemplar su belleza sino para perseguir un determinado fin. Todo apunta a que los primitivos concebían estas representaciones, según Gombrich, «no como algo agradable de contemplar sino como objetos de poderoso empleo». Nuestros ancestros no distinguían entre el retrato y la persona retratada, creyendo que constituían un ente único y que, al actuar sobre uno, el efecto recaería también sobre el otro. De esta forma, dibujar una escena de caza aseguraría el éxito en la batida siguiente. Pese a ello, el artista primitivo gozaba de cierta independencia y cabría preguntarse por qué utilizó unos colores y formas y no otros o, lo que es lo mismo, qué relevancia tenía la estética dentro de la magia.

La perspectiva que esto nos ofrece no deja de ser fascinante. Las primeras representaciones que hoy llamamos artísticas surgen de una necesidad espiritual. La de someter y controlar esas fuerzas sobrenaturales antes indómitas. Magia y religión, en contra de lo que creía Hegel, parecen haber coexistido siempre. Y su aparición marca un hito en la historia. La conciencia de lo bello y lo superior es lo que, a mi juicio, marca la diferencia entre el hombre y el simio. No así la capacidad de organizar la cosa política; las hormigas, las termitas y las abejas lo hacen, a veces con mejor fortuna. Una termita, sin embargo, jamás compondrá una sonata ni percibirá en la perfección de su estructura la mano invisible de un creador.

Sobre esta inclinación natural del hombre por la estética reflexionaron a fondo los griegos, para quienes la armonía, el orden y la jerarquía constituían principios fundamentales. Los estoicos distinguían la belleza sensorial de la moral o espiritual. Para Platón, la belleza va también más allá de lo que satisface a los sentidos. Abarca el campo de lo cognoscitivo, incluyendo la virtud, el bien y la verdad. La sabiduría, dice, es lo más hermoso que una persona puede contemplar.

Inmersos en una feroz crisis estética, todo esto parece sonar raro. Los delirios de actualidad parecen pervertir cada vez más la esencia del ser, convirtiéndonos de nuevo en simios. Todo es relativo: ya no existen el bien y el mal, nada es bonito o feo. Optamos por lo inclusivo, por la igualación desde abajo, haciendo que lo excelso conviva con lo mundano. Idolatrando al pusilánime y desdeñando al valeroso. Equiparando la virtud a la vileza y lo refinado a lo vulgar. Ese consenso tácito entre la forma y el fondo, antaño sagrado, se deshace en un caldo putrefacto de ordinariez y chabacanería.

Lejos quedan ya esos tiempos en que, para morir sobre la cubierta astillada de un crucero en Cuba, los españoles vestíamos los uniformes de gala. Donde bajo las tripas de un Panzer se sudaba en mangas de camisa o se peinaba uno antes de perder la cabeza. Ya no quedan gaviotas como Juan Salvador. ¡Maldito el día en que el hombre perdió su sombrero!