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El peor de los materialismos odia la materia

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La encíclica del Papa Francisco Laudato sii despertó suspicacias en buena parte del rebaño de los católicos, que consideró que, con la que está cayendo, era poco menos que una frivolidad dedicarse a pensar en la biodiversidad y en los arbolitos.

¿No son asuntos más urgentes el desmoronamiento de las comunidades de fieles, la pérdida de la liturgia y la doctrina, la secularización de las sociedades y la institucionalización y exaltación de conductas que la moral cristiana considera desviadas como el aborto o la homosexualidad?

Hay detrás de esta crítica una cierta miopía que proviene de haber caído en el peor de los materialismos contemporáneos –paradójicamente el más platónico–  que consiste en haber reducido la dimensión de la materialidad y la corporalidad a meros instrumentos, despojados de todo valor más allá de los usos que la razón puede explotar de ellos.

Según esta corriente, fuertemente asentada en el ultracapitalismo que va calando en cada uno de los ámbitos de nuestra sociedad, las cosas –desde la educación y la erradicación de las humanidades hasta la misma protección del planeta–, los objetos, ámbitos, actividades, espacios y saberes propios del hombre tendrían valor únicamente en la medida en que el dominio técnico sobre ellos fuera capaz de extraer valor (interés, capital, poder al fin y al cabo), igual que la letra sobre el papel no tiene valor más allá de su utilidad para plasmar un sentido que le es completamente ajeno.

Síntomas de esto son, por ejemplo, el giro de 180 grados que ha tenido que dar la mayor parte de las disciplinas del saber humano al verse ahogadas por la infrafinanciación a la investigación: la filosofía se ha convertido en autoayuda, las facultades de física forman profesionales de los algoritmos comerciales y las humanidades y la literatura sirven para formar personas con “toque humano” y “creatividad”, cualidades codiciadas en las grandes empresas para sus gestores de equipos humanos. ¡Hasta la NASA tiene que justificar que vale la pena conquistar los planetas arguyendo que sirve para ensayar tecnologías que algún día llegarán al mercado!

También es síntoma de ello que, entre las personas de mi generación, se haya producido la práctica desaparición de los ‘hobbies’ y la tónica general sea el desinterés vital, el tedio endémico, hacia prácticamente todo (somos una panda de amorfos); igual que lo son el nulo contacto con la naturaleza o la escasa demanda de una oferta cultural y de ocio que vaya más allá de los efectos especiales y la emotividad desbordante. Ni siquiera el cine o la literatura tienen ya (o pretenden tener) en muchos casos algo que decirnos: su función es entretener.

Nos hemos impuesto como sociedad un tipo de relación con el mundo que gusta de ponerse la etiqueta de materialista, como si con ello diera por finalizados el “oscurantismo” y la “irracionalidad” de las viejas creencias. En lugar de eso, lo que hemos hecho es cerrar la puerta a la posibilidad de un encuentro con la realidad que sea capaz de interpelarnos y hemos ensalzado idolátricamente una materia enajenada, abstraída a la fuerza de sí misma, para colocarnos a nosotros mismos en su lugar.

 

Hemos hecho un ídolo de una materia enajenada, abstraída a la fuerza de sí misma para colocarnos en su lugar.

 

Esto no es nuevo, en cierta medida lo vieron ya poetas como Hölderlin en el Romanticismo Alemán del siglo XVII con su distinción entre lo aórgico y el cerrojo que impone casarse únicamente con el dominio orgánico de la realidad; lo que, siglos más tarde, verían los filósofos de la Escuela de Frankfurt (provenientes del marxismo hegeliano) que fundaron la Teoría Crítica o lo que, en cierta manera, Nietzsche y Foucault intuirían al definir el saber como un dispositivo de poder (saber que queda ya muy lejos de la pregunta por la verdad del ser).

También Mounier (padre del Personalismo) advertiría sobre esto en las primeras décadas del siglo XX al poner de relieve cómo “el mundo se hace cada vez más difícil de comprender y más fácil de manejar”.

Se sabe cómo [Descartes] ha separado la materia del espíritu, cómo ha barrido de ella todos los ecos que la unían al hombre (…) ¿Una materia que ya no tiene nada que decir al espíritu si no es para pedirle sacudidas cada vez más violentas para mantener despierta una agitación que pretende conocer mejor que la inteligencia? (…) El dinero ha devorado toda la materia, ha conseguido instalar en el corazón del hombre el viejo sueño divino de la bestia, la posesión salvaje, irresistible, e impune de una materia esclava e indefiniblemente extensible bajo el deseo”. (Emmanuel Mounier)

Y dirán ustedes: ¿qué pinta la encíclica del Papa Francisco en todo esto?

Hay en la carta pontificia un intento –que ya comenzaron sus antecesores– de restituir la creación a su dignidad original y de corregir el rumbo de una mala comprensión del mandato bíblico: dominad la Tierra.

El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y «tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado». Laudato sii (5)

¿Y qué relevancia tiene esto? Pues tiene la relevancia, como no podía ser de otra manera, de abandonar la concepción del mundo según la cual el hombre encontrará el sentido de su vida en su propio interés, en su concepción de sí mismo y en el entretenimiento, para lanzarse de nuevo a buscar el significado de su vida y del mundo en el mundo, único espacio en el que puede comparecer lo sagrado.

Dicen que la religiosidad de los europeos se apaga cada vez más –o, al menos, que su inclinación natural a lo sagrado se difumina cada vez más en multiplicidad de ídolos– y posiblemente sea cierto.

La razón, probablemente, no sea tanto que Dios haya dejado de hablar al hombre sino que el hombre ha dejado de escuchar, no ya a Dios, sino a todo lo que no sea él mismo. El hombre se ha encerrado en unas ciudades donde ya no se ven la luna o las estrellas y en las que cualquier resquicio de autenticidad o maravilla es suplantado inmediatamente por una nueva industria capaz de producirlo en masa hasta el tedio.

Es necesario, como decía Mounier, “que la materia reconozca su lugar y su alma” (su dignidad al margen del interés) y que recuperemos “el sentido carnal del mundo y el compañerismo con las cosas” para que pueda darse, en primer lugar, el asombro ante las cosas del mundo que hace surgir la poesía. Si las escuchamos con atención y honradez, quizá alcancemos a apreciar en ellas “una voz que prolonga la del Verbo” y que cuenta “la historia de una realidad que nuestros oídos no pueden entender directamente”.

A veces, al mirarte [Luna]
tan silenciosa en el desierto llano
que en su confín se une con el cielo,
o bien con mi rebaño
seguirme en mi camino; cuando miro
fulgurar en el cielo las estrellas,
pensativo me digo:
“¿Para qué tantas luces?
¿Qué hace el aire sin fin, esa profunda
serenidad? ¿Qué significa esta
inmensa soledad? ¿Qué soy yo mismo?”
Conmigo así razono; de ese espacio
soberbio e ilimitado,
y de esa familia innumerable,
después de tanto obrar, del movimiento
de las celestes y terrenas cosas,
girando sin reposo
para volver allá donde nacieron,
la utilidad, el fruto
adivinar no sé. Mas, ciertamente,
¡oh doncella inmortal!, tú sí lo sabes.

(Giacomo Leopardi. Canto nocturno de un pastor errante de Asia)

FOTO: Bryce Bradford (Flickr)

(@IgnacioPou) Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista, actualmente trabajando en Europa Press y estudiando Ciencias Políticas y Máster en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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