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El corazón del periodista

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Ser periodista se está convirtiendo cada vez más y más en que lo “utilicen” a uno. A quienes nos dedicamos a este bello oficio –“el más hermoso del mundo“, se decía antes– nos faltan manos para enarbolar más banderas. Habría que alzar una por cada colectivo, corriente, ONG, movimiento, asociación o lobby que ve en nosotros la oportunidad para adelantar unos pasitos en la carrera por colarse en la agenda mediática y por hacerlo antes que el equipo contrario.

Esto nos coloca a los profesionales de la comunicación en una situación comprometida. Les pondré un ejemplo:

Buena parte de estas líneas las escribo en un autobús, camino de unas jornadas para periodistas. Me han invitado varios colectivos a pasar el día con ellos para que pueda ver en primera persona lo que están denunciando y para que, cuando hable sobre ello, lo haga con conocimiento de causa. Desde luego que es una oportunidad. Nada tiene que ver hablar de oídas –haciendo uso de cansinas notas de prensa– que ser testigo directo de aquello que se relata.

No obstante, no puedo evitar tener mis reservas: nadie organiza un evento así si no tiene la seguridad de poder “convertirte a su causa”. Medio ambiente, justicia social, economía local frente a grandes multinacionales, corrupción política… El número de tópicos de los que servirse en este caso es suculento. Si no le diera más vueltas, tendría en bandeja lo que viene a ser “un temazo”, un historión con el que encender al lector ávido de indignación purificadora.

¿Cuál es mi papel aquí? ¿Mi deber como periodista consiste simplemente en hacer de altavoz a otros? ¿Cómo colocarme ante lo que me presenten, con qué confianza o escepticismo? Y, entre estas cuestiones, la siguiente: ¿Cuántos de los periodistas que viajan conmigo se harán alguna de estas preguntas?

Las dos tentaciones del corazón

Para la ética especial del periodista existen dos peligros concretos que se derivan de un mal cuidado del propio corazón o incluso de un descuido o desconocimiento del mismo (de eso hablaremos en el siguiente epígrafe).

La primera de las tentaciones –quizás la más evidente de estas dos tendencias– consiste en volverse impermeable a la realidad. Es decir, el no dejarse conmover por aquello que ocurre delante y el permanecer fiel al propio discurso, al propio esquema de realidad, sin la apertura necesaria para enriquecerlo con otros datos.

Ejemplos de ello los encontrarán a porrillo: el periodista marxista verá en el filántropo una caridad insultante (tanto más insultante cuanto que se realiza con dinero “robado” al obrero); el periodista liberal verá en el revolucionario a un vago mimado; el periodista católico verá en el homosexual a un vicioso subversivo que amenaza con destruir el orden natural; y el nacionalista verá en cualquiera que se le ponga delante un obstáculo para la ‘parusía’ hegeliana en su comunidad de justos.

La consecuencia más grave de ello es la reducción de la realidad al ámbito –del todo insuficiente– de las ideas. La violación de la realidad que supone este pensar va mucho más allá de la simplificación de la realidad compleja. Mucho peor que eso: significa la conversión del otro en una mera idea, la deshumanización, que es el paso imprescindible para considerarle indigno de diálogo y, eventualmente, negarle su “personalidad” a cualquier nivel (es decir, declararlo enemigo).

 

Las tentaciones del periodista son dos: reducir la realidad al ámbito insuficiente de las ideas o convertirse en esclavo de sus afectos, en un corazón en perpetua resonancia.

 

La segunda tentación –no menos peligrosa aunque generalmente confundida con una gran virtud– es convertir el corazón en una máquina en perpetua resonancia, haciéndolo –y haciéndose– incapaz del silencio y de la distancia necesaria para ordenar los datos de la realidad y ofrecer así una síntesis razonable de la misma.

Si la primera de las tentaciones exigía, al menos, tener un discurso articulado (y puede que incluso mínimamente razonable) sobre la realidad, esta segunda deriva convierte al periodista en mero altavoz de sus propios estímulos afectivos, sean estos ordenados o no.

Al anular su individualidad y la racionalización de sus afectos, esta segunda tendencia le convierte en carne de cañón para todo aquel que sea capaz de vender un relato afectivo capaz de alimentar su afán de causas con las que seguir “resonando”.

Ejemplos no faltan tampoco, incluso los hay con más abundancia: cuestiones como, por ejemplo, la de los vientres de alquiler que han sido capaces de generar gran revuelo últimamente rara vez son tratadas con rigor, y la defensa de cualquiera de las posturas se reduce a la simpatía –“probrecita pareja que ‘tiene derecho’ a tener hijos”– o a la indignación –“ya están los heteropatriarcapitalistas inventando una nueva forma de explotar a la mujer”–.

En el fondo, detrás de cada artículo que leen sobre este y otros muchos temas en la mayoría de medios hay un ‘lobby’ u organización dorándole la píldora al periodista. No hace falta ni pagarle; es ofrecerle un paño de lágrimas y se lanza con entusiasmo a utilizarlo, para mantener el corazón “resonando” en perpetua catarsis. Igual que cuando ayudas a una abuelita a cruzar la calle, o ves una película superlacrimógena, ¡qué sensación!

Es preciso señalar que ambas tendencias se dan a menudo de forma simultánea, de modo que las propias simpatías y antipatías y la inercia del propio recorrido vital le ponen a uno a menudo en situación de resonar con una tremenda facilidad cuando suenan unas determinadas notas y, en cambio, permanecer impasible (o directamente belicoso) cuando suenan sus opuestas.

Entre estos dos extremos se encuentra una posición tremendamente trabajosa que es a la que denominamos el cuidado del corazón. Aunque existen una serie de técnicas o procedimientos que han sido tradicionalmente asociados al “buen periodismo”, como son la doble confirmación de fuentes, la consulta a las partes implicadas, etc., estas no suplen el trabajo personal del periodista de mantener la tensión cordial (es decir, del corazón) hacia aquello que se le presenta.

¿Por qué las técnicas son insuficientes? Porque incluso cumpliendo con todos y cada uno de aquellos rituales puede el periodista, que es por lo general un tipo inteligente pero con tendencia al cinismo, rendirse ante su agotadora responsabilidad hacia la verdad y contarse una mentira a sí mismo, para poder cerrar un capítulo.

El cuidado del corazón

Ahora bien, todas estas disquisiciones caerían en saco roto si no se aborda algo mucho más urgente y mucho más grave, algo que va más allá de lo que hemos denominado “ética especial” del periodista, y que alcanza al conjunto de la humanidad postmoderna. Si estamos hablando de ética y de cuidado del corazón, es preciso advertir de que el terreno donde se juega la ética está paulatinamente desapareciendo, y de que solo mediante una restauración de dicho terreno podrá jugarse la partida de las decisiones morales.

No es en absoluto extraño que el periodismo, que es una profesión con una fuerte dosis romanticismo, peque en estos tiempos de una cierta tendencia hacia la irreflexión. El vaciamiento de lo humano –es decir: del contenido de lo que significa ser humano, como la pérdida de su finalidad y, con ello, de la piedra angular de su ética–,  ha producido una cierta extrañeza del hombre hacia sí. Una extrañeza cuya primera consecuencia es la dificultad para tomar una cierta distancia respecto de sí mismo para explicarse y cuestionarse bajo la luz de un criterio.

 

El vaciamiento de lo que significa ser humano ha producido una extrañeza del hombre hacia sí, que le impide explicarse y juzgarse según un criterio.

 

Quiero dejar claro este punto, así que lo diré de otro modo: cuando el criterio de quiénes somos y para qué vivimos somos nosotros mismos –¿lo somos realmente?– y no algo externo –una ley, un destino, el amor por una persona o por una causa, etc.–, pierde en buena medida el sentido cualquier esfuerzo por cultivar una interioridad. Sin esta interioridad –que es en cierta manera una relación con uno mismo– no existe un espacio en el que ejercer la capacidad de elaborar un discurso y un juicio coherente sobre nuestro proceder.

¿Qué importancia tiene esto? Pues que es precisamente, la capacidad del hombre de racionalizar su propia historia lo que le convierte en un ser libre, capaz de valorar sus opciones a la luz de una finalidad o sentido bajo el cual se vuelve dueño de sí mismo y de su destino: sea para abrazarlo, rechazarlo o para tratar de modificarlo.

Por ello, esa extrañeza del hombre respecto de sí mismo, esa incapacidad para reflexionar acerca de su propio modo de ex-istir (que significa literalmente estar fuera, en el mundo) tiene una repercusión particular en el caso de aquellos que se dedican precisamente a escribir el relato de lo público,  de la historia y las opciones que compartimos como comunidad humana.

El periodista, aquel que con su trabajo de recogida de datos de la realidad y síntesis del mundo ofrece una visión que ha de servir a los demás como material para elaborar su propio juicio, es por lo tanto un individuo con un deber particularmente acuciante en lo que se refiere al cuidado del corazón. Si el periodista sucumbe a alguna de las dos tentaciones de las que hemos hablado, estará sirviendo los ingredientes para que sus conciudadanos emitan veredictos y tomen decisiones políticas que habrán de ser, por fuerza, insuficientes, infantiles e injustas.

(@IgnacioPou)
Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista, actualmente trabajando en Europa Press y estudiando Ciencias Políticas y Máster en Filosofía.

Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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