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Radicales queman la bandera de España en Plaza Cataluña

De trapos, fotografías y la madre que os parió

en Cataluña/Cultura política/España por
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Leía esta mañana los tuits de una actriz de teatro a la que venero, cuyo nombre no revelo por las voces que aquí siguen: que no era ella de ‘banderitas’, decía, afeando que a la repulsiva revuelta contra todo en Cataluña le siguiera el ondeo de rojigualdas en tropel. Y lo de repulsiva lo digo yo, que parece que en el mundo feliz de su cabeza la cosa era también idílica, rosada y celeste.

En Vozpópuli también leí una alusión, como de pasada, a los “paños de las banderas” que nos separan. Es un lugar común éste, el del famoso argumento del “trapo”: si uno es visto envuelto en una bandera de España, o rindiéndole un mínimo homenaje, ya sale de entre la multitud algún iluminado de alta condición y esbelta figura, adalid del buen sentido y de la razón más pura y rutilante, a caballo sobre el rocín de la digna verdad, a colocarse frente a él, ladear la cabeza en gesto condescendiente, y en una mueca tierna, esbozar con retintín: “pero si sólo es un cacho de tela”, “pero si es un trapo”.

A mí me hace gracia. Cuando lo escucho me acuerdo del Ministerio de Educación y del Estado autonómico.

Yo soy de esos románticos que besan las prendas de su amada cuando su olor les recuerda a ella. Se me olvida que las cosas son materia. La última fue una bufanda que se dejó, la muy friolera, en este mes de octubre que de tan cálido se ha llevado hasta las ganas de llorar. Desprendía su perfume y no pude evitar la tentación; besé un puñetero trapo.

Todavía no me ha ocurrido abrazar a mi novia en el metro y que el maquinista deje el tren en la entrevía para allegarse a mí y recordarme que es un cacho de carne.

Más cerca estará el día en que los hombres dejen de entender, quizá por su obcecación por lo inmediato —o por ceporrez incorregible—, el sentido de una fotografía, o de la misma palabra. ¿Se imaginarán los trapenses que una palabra es un conjunto de letras, que una fotografía vale el peso del papel?

Una de las maravillas del ser humano, y de lo que en gran medida ha dependido su progreso y desarrollo, es su capacidad de trascender. Desde los efectos ha sido capaz de acariciar causas, y en ocasiones, sólo en ocasiones, de los signos ha inferido significados. Incluso de la reunión de palabras han organizado lemas dotándoles de una entidad totalmente nueva, y ajena a su mismo sentido, como plus ultra que suena a España mucho más que a «más allá», o e pluribus unum a Estados Unidos.

“De muchos, uno”; qué cosa tan preciosa para un lema nacional. Si fuera estadounidense me lo habría tatuado en el pecho, en pequeñito que luego se queda y no es nadería.

De muchos, uno. Una sola existencia que aglutina y unifica a tantos dispares con vínculos de fraternidad. Decía Tomás de Aquino que la semejanza es causa del amor, y el amor causa la semejanza.

Este lema latino se cumple primeramente en la realidad familiar. Tanto que de la unión íntima de dos han salido multitudes, y todos se han sentido reunidos en rededor del amor primigenio de los padres.

Si alguno conservara un escudo familiar, y lo besare, ¿se le reprenderá por besar el emblema de su amor, de su misma vida?

De un castillo y un león, de cuatro palos de gules sobre un fondo dorado, cuatro cadenas doradas y una granada se ha forjado el nuestro.

Siempre he acabado con un sabor amargo después de besar la rojigualda. Y es que queda un algo en la comisura de los labios que se apodera de lo íntimo de mí. Y no me refiero a tintes de derecha ni a la madre que los pariera. Desde que Machado perpetúa la “pseudocultura franquista y Serrat es fascista, yo me puedo dar con un canto en los dientes si aún conservo alguno.

No, no me refiero a eso, aunque reconozco que he tirado un polo a la basura porque era demasiado viejo para regalarlo y llevaba una buena rojigualda a la espalda, para evitar que alguien salga de la multitud a preguntarme qué es lo que veo en el PP o por qué no me interesan los pobres —asombrosa asociación—. Me refiero a que en toda bandera siempre queda un algo de Estado que yo no puedo besar; un algo de instituciones y constituciones que me pueden gustar o quizá aborrezca, pero que jamás podría honrar de tal manera. El Estado nos ha dado la bandera a los españoles.

Y aunque me gusta recordar que en nuestra era democrática hay menos Estado y más nación, por fortuna, y que la bandera es más del pueblo que de la polis, alguna vez se me ha atragantado la corona. Cuando beso la bandera, no quiero besar monarquías parlamentarias, como no besare repúblicas en su caso, y como yo la mayoría de españoles que en tales momentos se acuerdan de su madre, de su vecino, de su hermano catalán, extremeño, navarro, andaluz, vasco, gallego y todos los que quedáis, que no es cuestión de agotarme yo las yemas de los dedos en el teclado y vosotros la vista en aburridas enumeraciones.

E pluribus unum“; yo lo recuerdo muchas veces cuando contemplo nuestra bandera, ese trapo, ese cacho de tela que rezuma buenos olores a ti y a mí, y me emociono cuando mis hermanos escuchan nuestro himno conmigo, y nos fundimos en uno con calidez, en amor y semejanza. Como hacemos con las palabras —como haces, paciente lector, con estas letras que observas, sin quedarte en ellas, para abordar el reino del concepto—, trasciendo al homenajear la bandera; me inflamo en amor a ti, a los catalanes independentistas que me parten el alma; me lleno de amor a la madre que nos parió, que no en vano la llamamos patria.

¡Pepa! (por el ignoto nombre de aquella actriz), yo sí soy de ‘banderitas’ —de aquéllas que nos unen, que pueden colgarse del mismo mástil que la española—. Yo soy mucho de tú y yo, con el permiso o el perdón de mi prometida.

Nada, escribía para que recuerdes esto la próxima vez que fueres a recordarme que estoy besando un trapo que nos divide. Y luego me das un abrazo.

(@ChemaMedRiv)
(Chema en Facebook)
Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula).
Mi abuela dice que escribo muy bien. Me cubro cuando llueve porque si no me mojo, y siempre pienso sentado. Hace años compré esta cartera sin monedero y me asombra que aún lo lamento. Hoy visto un jersey oscuro cuyo color no importa (es siempre la misma historia).

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