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La rana, el ratón y la charca Popular

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«Un ratón de tierra se hizo amigo de una rana, para desgracia suya. La rana, obedeciendo a desviadas intenciones de burla, ató la pata del ratón a su propia pata. Marcharon entonces primero por tierra para comer trigo, luego se acercaron a la orilla del pantano. La rana, dando un salto arrastró hasta el fondo al ratón, mientras que retozaba en el agua lanzando sus conocidos gritos. El desdichado ratón, hinchado de agua, se ahogó, quedando a flote atado a la pata de la rana. Los vio un milano que por ahí volaba y apresó al ratón con sus garras, arrastrando con él a la rana encadenada, quien también sirvió de cena al milano».

Esta historieta del fabulista clásico Esopo, profeta de los sofistas de bareto, parece pertinente con la actualidad que enfanga -por alusiones, por compartir siglas o por estar íntimamente implicados en “la trama”– a toda la estructura del Partido Popular.

El ingreso en prisión de Ignacio González, valido durante más de una década de Esperanza Aguirre, pone a la exministra, exalcaldesa y expresidenta de la Comunidad de Madrid, contra las cuerdas en el que seguramente sea el último cargo político que vaya a ostentar; el cual tiene una fecha de caducidad muy próxima. Hablamos de quien otrora sonaba para sustituir a Mariano Rajoy al frente del partido. Quién sabe si las urnas y esa pizca de templanza, fortuna y un puntito de hastío que hay que tener para trazar una carrera hacia la presidencia la podrían haber llevado hasta la Moncloa.

Como decían los tertulianos de las mañanas de Alfredo Menéndez hace un par de días, a nadie (y menos a los del #TramaBus) va interesar lo que Aguirre tenga que contar en el pleno del ayuntamiento de Madrid. Todo va a versar de ahora en adelante sobre lo mismo. Y lo mismo es: Ignacio González, Canal Isabel II y su responsabilidad, señora Aguirre, en todo este tejemaneje que supura fango por todas partes.

El fin de la era: se acabó hacer de la impuntualidad un sayo

Asistimos por tanto al fin de “la era” en muchos aspectos. Entre ellos, estamos frente al ocaso de un método comunicativo que era made in Mariano. La multipresencia de los distintos portavoces del PP en los medios de comunicación durante la última semana nos indica que el marianismo, sinónimo de que pase lo que pase, sea en la circunstancia que sea, hay que llegar tarde por sistema a las reacciones mediáticas y políticas, ha muerto.

Escuchamos a Maillo en RNE a la mañana siguiente de conocer la detención de González.

A Cifuentes dando soporte en el epicentro del huracán a la cúpula nacional, reiterando (como hiciera Aguirre en su momento ¡ojo!) que quien ha tirado de la manta ha sido ella.

Casado hablando de “creer y confiar”, tal vez por no volver a incurrir en maltratos barberianos, a lo que queda de imagen pública de Aguirre.

Hasta el mismo Mariano Rajoy, perturbado de su pachorra de pazo primaveral, se ha tenido que ver obligado a pronunciarse, de forma un tanto velada, acatando y reiterando “la normalidad” de su declaración como testigo en la financiación ilegal de su partido.

Hechas todas las penas de telediario y habiendo quedado la “presunción de inocencia” guillotinada por los hechos que marca el juez Eloy Velasco, nos quedan tres cosas medianamente claras.

La primera, y ahí coinciden la mayoría de colegas y de analistas políticos, es que es posible que Aguirre no tuviera ni idea de lo que ocurría. Pero como en la fábula, las burlas de la rana ahogaron al ratón y el milano se comió a los dos.

La segunda es que, por los signos de los tiempos judiciales, cabe esperar que de las investigaciones abiertas contra el Partido Popular, siga emanando corrupción con entusiasmo y tal vez, nuevas líneas que lleven a nuevos líos hasta la fecha desconocidos.

Y la última, después de más de 50 casos salpicando las siglas del PP, es más que probable que en la condición de gobierno en minoria, sus portavoces no lleguen tarde a las reacciones propias de la injusticia de la corrupción, tratada hasta la fecha con mutismo calibrado. Decía Chesterton en su ensayito “All Things Considered” que «para que los hombres se opongan a la injusticia se necesita algo más que el que consideren la injusticia desagradable. Deben considerarla absurda, y sobre todo, deben considerarla alarmante. Deben preservar la violencia del asombro virgen».

Quizás, a fin de cuentas, la justicia e impunidad palpable contra las manos largas, no señalen que vamos por un camino político cada vez más limpio.

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