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¿Por qué nos “pierde” la política?

en Cultura política/España por
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Este fin de semana he asistido al “estreno” de un nuevo partido político en España.

Quizás por lo prematuro del proyecto y por respeto a aquellos que han consagrado y consagrarán una cantidad ingente de horas repletas de sinsabores y algún que otro chupito de alegría, me abstengo de mencionar nombres propios. Mantengo a fuego la política de enumerar fallas y aciertos intuidos al mismo tiempo que intento salvaguardar la identidad del reo.

Sea como fuere, después de haber formado parte de algunas mesas de discusión sobres los temas troncales que afectan a este nuevo movimiento político, me sigo quedando con la pregunta del titular. Por qué, en un momento de desafección política (totem lingüístico de moda hace un año) tan palpable como el que vivimos hoy, donde los políticos y las instituciones por norma general no pasan del 4 en las valoraciones del CIS, existe una sospecha explícita de los que mueven gobiernos en las urnas de que quien se dedica a la política lo hace por intereses meramente personales o por ver si algo de lo tuyo termina siendo suyo. ¿Por qué en esta sucesión de catastróficas desdichas, de reduccionismo general, sigue habiendo gente que considera lo político como opción primera para el cambio en la sociedad?

Después de las conversaciones mantenidas con todos los espectros demográficos con los que me topé el sábado, podría enumerar un ristra injusta de razones: una suerte de delirio de mesianismo político e inmadurez por enriquecer con más cartucho y más lenguas viperinas el enfrentamiento dialéctico, por resolver cuestiones y anhelos profundamente personales no resueltos y volcados de forma peligrosa en lo político.

Y de igual manera, puedo enumerar razones muy loables encarnadas por gente de bien que busca la honradez y humildad como virtudes a lograr en la política, restituir valores no tradicionales sino inherentes al desarrollo de la condición humana como es ubicar el hecho religioso, el encuentro, la necesidad de construir comunidad en el debate público, contagiar de un sentido de misión a los inquietos o de poner de nuevo a las personas (no a los ciudadanos, votantes, piezas de despiece fiscal) de forma explícita en el centro de la vida pública.

La conclusión que saco, aún a riesgo de precipitar el proceso natural de cocción de esta experiencia, es que todo es por los niños y los jóvenes.

Por los niños y jóvenes a los que el día de mañana, tal y como recogía de forma “pedagógica” Antonio Hernández Gil, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación en La Tercera de ABC, tocará derrotar al minotauro de los nacionalismos histéricos, del hiel de los combates autobuseros, de los embustes y parcialidades mediáticas que dejan la verdad en la cuneta mientras tienes la suerte de rematar la cuaresma y la Semana Santa con un “Seven Eleven” de fútbol en estado puro.

Es por ellos que recogerán la herencia de lo bueno y de lo malo que hagamos hoy y lo interpretarán a la luz del recorrido que cada uno de ellos haya tenido; ajustando y responsabilizando de sus actos, en mayor o menor medida (dependerá de la mirada de asombro que sean capaces de arrojar a la realidad) a ellos mismos o a la abstracción de los otros.

— Joder. Qué mal está el país. Hay que echar a palos a todos estos corruptos.

— Joder. Qué mal estoy yo. A ver si hago bien la factura el próximo trimestre y no meto la gasolina del viaje a la playa.

Será desde “la educación, el diálogo, la solidaridad y el respeto al derecho”, hiladas, como señala Hernández Gil, “desde Creta hasta, por lo menos, ayer mismo”, donde se librará el desarrollo personal y social de todos los que nos sentimos comprometidos a definir desde nuestras pequeñas atalayas una idea de país.

Y es por ellos, o eso concluyo yo, por los que merece la pena ojeras y discusiones sustentadas en lo etéreo y frágil de cualquier comienzo. Porque merece la pena perder el tiempo por un anhelo político (meto también el periodismo) que alguna vez, en la historia de lo presente, vemos que tiene una reacción e impacto sobre la vida de las personas, configurando una mirada nueva que anima a salir al encuentro y a decir que, en definitiva, las cosas no están tan mal. Las calles siguen puestas, los chiquillos van a la escuela sin miedo, las gripes te las curan y Plaza España, un domingo por la tarde, está repleta de gente que le gusta tomar el sol.

Nos pierde la política como el fútbol, las faldas en primavera o los pantalones de pitillo en la pista de baile. Porque es tan humano, tan capaz de lo mejor y de lo peor, como deseable. Y hay que generar esa mirada -que refleja a la perfección James Stewart en “Caballero sin espada”-  que nos haga verdaderamente competentes en nuestras decisiones y compromisos viajando, palpando miserias, reconociendo las justicias y aciertos de todos los signos políticos de una democracia estable y teniendo la sana insatisfacción -que no infelicidad- por querer construir más y mejor.

Nadie sabe donde terminará este partido que como meta política a medio plazo se ha puesto incurrir en las elecciones europeas de 2019. Lo que sí sabemos es que no es una estupidez, aunque el CIS diga lo contrario, el meterse en política hoy. O en periodismo. Lo que sea por allanar el camino a los que el día de mañana determinarán a dónde hemos de ir bajo un mismo nombre.

 

 

 

(@SpinosaMartinez) Narrador omnisciente de novelas negras y aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Codirector de Democresía.

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