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El bueno, la fea y el malo

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El tiempo ya no acompaña. El frío se agarra a los huesos, la noche amenaza con lluvia y hay humedad en el ambiente. Se acerca la medianoche y el ‘Triki Pub’ está a rebosar de cincuentones (viejóvenes los llaman hoy día). La terraza la componen cuatro mesas, 13 clientes y dos perros con más ganas de irse a casa que otra cosa.

En una de las mesas no cabe una copa más. Rodean este altar de botellines y vasos vacíos una madre y un padre. Ella es delgada y frágil, tiene la mirada y la gestualidad de una femme fatale, como Jane Greer en Retorno al pasado (1947). Él es un auténtico bigardo, un gigante de ojos saltones y pelo arremolinado que parece recién salido de la jungla. Los dos están borrachos, mientras su hija de tres años hace y deshace por los alrededores del pub.

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En otra mesa se encuentra Manuel,un señor que ya ha traspasado los 60 y que viste una elegante camisa. Le acompaña su mujer, quien también ronda esa edad y muestra una mirada tranquila a través de unas gafas de montura negra. Ambos disfrutan de sendos gin-tonics puestos con cuidado sobre una mesa sin ruido.

– ¡Oigan! La niña está cogiendo cosas del suelo y metiéndoselas en la boca -replica Manuel a Jane Greer y el gigante.

– ¿Ah sí? -responde impasible la ‘femme fatale’.

– Sí, tengan más cuidado, por favor.

El gigante se levanta, agarra a la niña y, como si fuera un saco de patatas, la deposita en brazos de su madre. La conversación que mantiene con ella es delirante y los estragos del alcohol hacen necesaria la traducción simultánea para entender lo que dicen. Al poco tiempo se junta a ellos en la mesa Jaime, el bufón del barrio, el juerguista por excelencia. Es un hombre de 50 años vestido siempre con americana, sea la época del año que sea. Su piel tiene un bronceado que tampoco desaparece nunca. Se sienta en la mesa del gigante y Jane Greer con su inseparable botellín de Mahou en la mano (hace falta un cirujano para extirpar esta unión).

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La niña vuelve a desaparecer de la mesa. El gigante, el bufón y Jane Greer se divierten.

– Oye, dile al camarero que esto que me ha puesto es una mierda -dice Jane al gigante.

Justo en ese momento aparece por allí Javier, el dueño del local.

– ¡Eh! Dice que esto esta malísimo, que le pongas otra cosa -espeta el gigante a Javier.

– No, no, esto es una invitación mía. Es una caña a la que invita la casa -responde rápido el camarero.

– Puessss invítame a mí a un vino -dice el gigante arrastrando las palabras.

Mientras tanto, la niña no dejaba de coger cosas del suelo, de ensuciarse la cara y de otras maravillas semejantes mientras los padres disfrutaban de su borrachera en la medianoche de otoño. Manuel se había levantado para pagar, pero al volver a ver a la niña completamente desatendida y a sus padres enfrascados en su pedo irresponsable, alzó la voz con ira:

– ¡¿Queréis prestar atención a vuestra hija?! La niña está cogiendo mierda del suelo y pasándosela por la cara y nadie le dice nada.

– ¿Insinúas que no hacemos caso a nuestra hija? -responde Jane.

– Eso mismo. No se puede dejar que una niña de tres años esté sola, metiéndose mierda en la boca y en la cara. Yo soy padre, ¿saben? Tres tengo. Y sé de lo que hablo. Tienen que prestar más atención a su hija.

– ¡Lo siento! ¿Vale? ¡Ya te he dicho que lo siento! -voceó el gigante.

Manuel entró a pagar.

– ¿Y este? ¿Quién se cree que es para decirme si soy buena o mala madre? Eso no se hace -dice la madre al gigante.

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Este, mientras tanto, golpeaba la silla con los puños. Sus manazas de herrero no dejaban de balancearse amenazadoras. Jane Greer entró a hablar con Manuel y a intentar explicarle que es buena madre, a pesar de lo que su borrachera pudiera aparentar. El gigante seguía golpeando la silla, cada vez con más fuerza. Su mirada perdida hacía presuponer lo peor.

Y el momento llegó. El gigante se levantó, dio un ligero traspié y se dirigió al interior del bar mientras masticaba la palabra ‘cabronazo’. La mujer de Manuel se temía lo que lo que podía pasar y se levantó rápidamente. Un golpe seco y sonoro emergió del pub. Un puñetazo de aquella bestia. Barullo. Ruido de mesas moverse. Voces. La mujer se quedó petrificada y en cinco segundos que parecieron interminables salió Manuel del bar. Estaba ileso.

– ¡La próxima vez llamodirectamente al 091! ¡Payasos! Menos mal que me he apartado porque si no ese animal me rompe la mandíbula. ¡Es una vergüenza que estéis de borrachera mientras vuestra hija se unta la cara de mierda! ¡Asquerosos!

Y Manuel y su mujer se alejaron calle arriba del local.

Esta escena fue presenciada por quien escribe, con algunas modificaciones en los nombres del local y los personajes, para ocultar su identidad. Ocurrió el viernes 12 de octubre, día de la Hispanidad. Sentí un profundo asco por una sociedad huérfana de valores que permanece impasible al triste espectáculo de dos padres cerca del coma etílico mientras su niña de tres años deambula sin ningún tipo de protección y cuidado.

Afortunadamente, hubo un bueno en esta historia, Manuel, que se atrevió a decir en voz alta lo que muchos pensábamos. Ahora bien, Manuel tuvo suerte. Si el puñetazo de aquel trol le alcanza, quizá estaríamos ante un disgusto de importantes proporciones. ¿Y todo para qué? ¿Para que dos sinvergüenzas sigan igual? ¿Merece la pena arriesgarse así ante estas situaciones? Quizá no, pero alguien lo tiene que hacer de vez en cuando para poner a las cosas y a las personas en su sitio. Gracias Manuel.

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Actualmente escribo para el diario El Mundo sobre temas de cine y sociedad. Soy ejecutivo junior en una agencia de comunicación y también colaboro en Radio Internacional. Lector empedernido y lleno de inquietudes. Aprendiz de Humphrey Bogart y de Han Solo. Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Comercio Internacional y en Periodismo. He vivido en Nueva York, donde trabajé en el Consulado de España. Mi pasión por las palabras y la escritura tuvo como resultado la publicación de mi primera novela a los 22 años.

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