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El debate sobre el aborto: lo que la ciencia dice (y lo que no)

En Asuntos sociales/Bioética/Ciencia y tecnología por
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La cuestión que abordo año tras año en mis clases al comenzar el curso, ya sea en la asignatura de antropología fundamental o en la de bioética, es la cuestión epistemológica. Sobre la epistemología podemos decir grosso modo que es la disciplina encargada de delimitar el campo de estudio de una determinada disciplina: señala el objeto de estudio, el enfoque desde el cual se estudia y el método adecuado para abordarlo.

La epistemología nos ayuda a ordenar, a tener claro cuál es el alcance y el método propio de cada disciplina; nos ayuda así a desarrollar un pensamiento riguroso y a saber a qué ciencia debemos hacerle qué tipo de preguntas. Además, se encarga de esclarecer las relaciones entre las diversas disciplinas, que se entreveran sin mezclarse ni confundirse, ayudándonos así a buscar respuestas con amplitud y profundidad evitando reduccionismos o extrapolaciones injustificadas.

Aceptar y asumir que hay cosas que se escapan a nuestro ámbito de conocimiento requiere de gran humildad intelectual pues debemos reconocer que la naturaleza del objeto es la que marca el método que debo emplear para conocerlo y no al revés. Debemos reconocer por tanto que la verdad se encuentra propiamente en las cosas que estudiamos y que si queremos develar dicha verdad es el modo de conocer el que debe adaptarse a la naturaleza del objeto conocido para descubrir así aquello que la realidad tenga que contarnos.

Admiro la honestidad intelectual y la humildad de aquellas personas que llegando a los límites de su ámbito de conocimiento dejan las preguntas fronteras de sus disciplinas al estudio de otras disciplinas, aquellos que sin exceder su método de conocimiento no fuerzan la realidad a la estrechez de miras disciplinar. Sin embargo, esa humildad se torna soberbia cuando por una falta de comprensión de la aproximación al objeto de estudio empleada por otras disciplinas se lanzan esas preguntas al cielo de la subjetividad, como si la cuestión de la verdadera episteme, del auténtico conocimiento, fuera terreno exclusivo de su disciplina.

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A mi juicio este rechazo, asentado en el “se piensa” de la cultura occidental con respecto al saber filosófico, es motivado más por cuestiones afectivo/volitivas que por razones de índole intelectual. Abandonar la zona de confort y renunciar a ciertas seguridades sobre las que hemos construido nuestra vida no es una tarea sencilla.

La filosofía ilumina una cara de la verdad que implica a la persona entera, que toca la vida, verdad que, si es asumida e integrada, si pretendemos ser coherentes con la verdad descubierta, cambia nuestra visión sobre el mundo y la manera de relacionarnos con él. A veces la razón nublada por los sentimientos nos impide acoger verdades que se presentan ante nosotros como ciertas pero que afectivamente nos causan un rechazo, quizá porque iluminan algo de nosotros que no nos gusta o ponen delante de nosotros una tarea que no estamos dispuestos a asumir. Es más fácil dejar todo esto en el terreno de la subjetividad y es precisamente en este ámbito en el que nace el concepto de posverdad que alcanza hoy en día también el terreno de las verdades empíricas.

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La bioética, es de suyo una disciplina en la que concurren ciencias diversas que podemos dividir en tres grandes ramas: biología, filosofía y derecho. Se torna especialmente importante por tanto la cuestión epistemológica de la que acabamos de hablar a la hora de acometer el estudio del vivo en relación con las acciones humanas. Del mismo modo, como seres vivos y como seres libres que actúan sobre los seres vivos, la bioética tiene implicaciones personales que marcan nuestro modo de actuar y de relacionarnos con el mundo. De ahí la importancia de la reflexión anterior a la hora de aproximarnos a la cuestión que aquí nos ocupa, que es una de las cuestiones bioéticas más presentes en la sociedad de nuestro tiempo: la naturaleza del embrión humano.

La naturaleza del embrión humano

En este artículo solo pretendo exponer algunas conclusiones biológicas de manera breve y sencilla y apuntar, en la medida de lo posible, aquellas cuestiones que quedan abiertas a la reflexión filosófica. Debido al enfoque epistemológico del artículo y la brevedad y la sencillez con las que pretendo abordar las cuestiones biológicas, quizá algún lector eche en falta algo más de precisión en el uso de algunos términos o en el detalle empleado a la hora de explicar algunos procesos, sin embargo, creo que cualquier persona docta en la materia que aquí se aborda convendrá conmigo en las líneas generales aquí presentadas.

Desde el punto de vista biológico podemos afirmar, sin lugar a equivocarnos, que el embrión humano es un ser vivo que pertenece a la especie Homo Sapiens, es decir un ser vivo de la especie humana. El embrión es el culmen del proceso de fecundación y surge de la unión de un espermatozoide y un óvulo. Dicho embrión tiene una disposición cromosómica que es única desde el punto de vista genético y que se da gracias a un proceso de recombinación (no es una mera adición) de los cromosomas provenientes del gameto materno y paterno.

En este sentido podemos decir que el embrión no es, bajo ningún concepto una célula de la madre, aunque se encuentre alojada en su interior, pues su carga genética es distinta de la de su progenitora y que por lo tanto es una realidad distinta de la madre. También podemos decir que dicha realidad vive, pues realiza todas aquellas funciones básicas que son propias de los seres vivos: se nutre, crece, tiene una organización determinada que se va desarrollando de manera gradual y que está inscrita de algún modo en su información genética.

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El embrión necesita mantener un equilibrio con el entorno que influye de algún modo en su desarrollo y para ello el interior del útero materno presenta un ambiente propicio para desarrollarse correctamente. Sin embargo, el medio en el que se desarrolla el embrión no juega un papel pasivo en su desarrollo pues existe una estrecha y continua comunicación entre el embrión y la madre que es fundamental para su pleno y correcto desarrollo desde el mismo momento de la concepción.

Dicho embrión tampoco presenta ninguna ambigüedad respecto a la especie a la que pertenece desde ningún punto de vista pues la especie de sus progenitores, la naturaleza de los gametos de los que procede (diferentes en especies diversas), su morfología, sus etapas de desarrollo y su carga cromosómica lo delatan como humano. Es más, tampoco presenta ningún tipo de ambigüedad en lo que respecta a su sexo biológico pues, más allá de posibles anomalías en los cromosomas sexuales, el sexo viene marcado por la carga cromosómica del espermatozoide que determinará si el sexo del embrión es masculino o femenino.

El embrión no es en ningún momento un amasijo amorfo de células individuales ajenas e inconexas pues desde el primer momento observamos un proceso gradual perfectamente coordinado y dirigido (los estudios en embriogénesis de la Doctora y profesora de Cambridge Magdalena Zernicka-Goetz han iluminado mucho a este respecto). Si dicho proceso no es interrumpido, a la octava semana de gestación el embrión humano adquiere la conformación característica de los organismos de la especie a la que pertenece y que no es otra cosa que una etapa más de su desarrollo. A partir de ese momento y hasta el momento de su nacimiento el embrión humano, denominado feto en esta etapa, crece, coge peso y acaba de madurar algunos de sus órganos.

El embrión va cumpliendo diferentes fases en su desarrollo y en ninguna de ellas pierde esas características de la que hablábamos previamente: es un ser vivo y pertenece a la especie humana desde el mismo momento de su concepción, en el que el óvulo y el espermatozoide conforman esta nueva realidad, hasta el día de su fallecimiento.

¿Entonces si todo esto está claro por qué existe todavía una discusión en torno a la naturaleza del embrión humano? En este sentido el debate en el fondo se sitúa en el mismo lugar en el que estaba cuando en el Parlamento Británico William Wilberforce lideró una campaña en contra de la esclavitud o cuando Francisco de Vitoria defendió el estatuto de personas de aquellos seres humanos que poblaban el continente americano. Desde el punto de vista biológico solo podemos describir los procesos biológicos que acontecen, no podemos hablar de la vida como un valor y tampoco podemos referirnos al embrión usando términos como el de persona o el de dignidad humana, pues esa atribución es una tarea que corresponde a la filosofía dirimir.

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Preguntas para la Filosofía y el Derecho

¿Es la vida un valor que hay que proteger y conservar? ¿La de todos los seres vivos, la de los humanos o solamente la de aquellos que son considerados personas? ¿Acaso existen seres humanos que no puedan ser considerados personas? Si es así, ¿qué es lo que le hace a la persona ser lo que es? ¿Son los actos que es capaz de realizar? ¿Es su consideración social, es decir, el reconocimiento que otros hacen de su condición de persona? ¿Es acaso la capacidad de sentir dolor o el sufrimiento lo que hace que la vida de alguien sea valiosa? ¿Es acaso su carácter de individuo y cómo afecta la gemelación a esta consideración? ¿Es la filiación divina y entonces la dignidad personal un acto de fe? ¿Es su naturaleza racional y si es así hay en algún momento en el que en el ser humano esa naturaleza no esté presente? ¿Hay algún valor que se encuentre por encima del valor de la vida de las personas?

Ante todas estas preguntas la biología solo puede guardar un solemne silencio y arrojar algo de luz en lo que respecta a los puntos de partida de la reflexión, pero no puede responder pues estas preguntas se sitúan más allá de lo que su propio método de conocimiento puede alcanzar.

En este punto solo nos queda confiar en el saber filosófico, una filosofía que no niegue los hechos biológicos, sino que parta de ellos para realizar la reflexión y que se articule con la propia vida. La realidad es tozuda, habrá que cuidarse por tanto de negarla para justificar una serie de medidas en virtud del interés social o para mitigar el sufrimiento o acallar la voz de conciencias atormentadas, pues en las dictaduras de la mayoría y del sentimentalismo solo podemos encontrarnos con más injusticias y sufrimientos.

Solamente la verdad sana, redime, restituye e ilumina el camino por recorrer.

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Biotecnólogo y doctor en Humanidades. Profesor de antropología y bioética en la Universidad Francisco de Vitoria.

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