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Andrea Barone o el “like” que le costó la vida

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Andrea Barone quería existir. En lo alto del centro comercial Sarca de Sesto San Giovanni buscaba la enésima fotografía que colgar en Instagram diciendo al mundo entero que su vida valía la pena. Es difícil saber qué pensaba o sentía realmente, pero hay deseos y emociones que te llevan a bajar la guardia, a pensar que la realidad se someterá a tu voluntad de poder, a tu necesidad de existir.

Es la arrogante presunción de omnipotencia propia de la adolescencia, esa que en cierta época lleva a los hijos a sentirse mejores que sus padres, la que permite a los jóvenes ser geniales, locos, lanzados, esa que hace decir a un chico de 15 años que las reglas —hasta las de la física— y los límites —hasta los de la mortalidad— ya son agua pasada, quedan superados ante una nueva generación que va más allá porque ya no es esclava de los miedos de sus padres. Una generación mejor que la anterior, que trata de buscar una justificación para su propia existencia mostrando su valor, su capacidad de bromear con el alcohol, las drogas, el sexo y la muerte. En un juego en el que siempre van a ganar, siempre y en todas partes. Más allá de lo posible.

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Por desgracia, Andrea no tuvo en cuenta el conducto del aire acondicionado. Tal vez no lo había visto, tal vez no le pareció tan significativo como para tomarlo en consideración. Bastó un instante, un pie mal puesto, para que su equilibrio vacilara y una vida se viniera abajo desde más de cuarenta metros de altura. Y se acabó. Los sociólogos lo llaman “fomo”, equivalente a las siglas de “fair of missing out”, miedo a quedar fuera del círculo de los importantes, miedo a caer en el olvido. Hace unos días, el Papa se refirió a este fenómeno en su entrevista al diario Il Sole 24 Ore como desocupación, “quedar lejos del movimiento con que el hombre se apropia de su propio lugar, de su propio pedazo de realidad”. Es la plaga y el drama de nuestro tiempo, la distancia entre el sentimiento que tenemos de nosotros mismos, nuestra autoconciencia, y nuestro deseo de existir, de que la vida valga la pena.

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Todos los adultos palidecen al oír estas cosas y se criminaliza a las redes sociales. No se dan cuenta de que nada hay más terrible que la duda de si la vida merece la pena, que no hay nada más oprimente que la sospecha de no estar a la altura, de ser un intento fallido de una noche de finales del verano, en una época de meteoros y de vacíos demasiado grandes como para poder soportarse.

Además, este síndrome de los “like” lo han desatado ellos precisamente, los mayores, llenándoles de atención, inundándoles de “likes” desde su más tierna edad, sin dejarles nunca en silencio, en ese momento tan educativo en que no sabes si lo que has hecho es justo o tiene un sentido. La cuestión es que con la adolescencia esos instantes se juntan de golpe y uno ya no entiende nada, solo quieres que alguien vuelva a darte “likes”. Esto es lo que buscaba Andrea. Juzgarlo ahora es fácil, escandalizarse no cuesta nada, demonizar a los jóvenes y a Instagram hasta queda bien, pero parece que nadie está dispuesto a confrontarse con esa necesidad de bien, con esa búsqueda de vida.

Hoy los pobres son aislados, los errantes rechazados, las puertas de lo humano se cierran, y estos chicos se quedan ahí, solos, descartados por quienes esperan que cambien y se comporten como todos los demás. La cuestión es que el corazón urge, no puede esperar. Y en el fondo todos los adultos saben que, si no se miden con Andrea y sus amigos, tampoco se miden, de hecho, consigo mismos.

Andrea Barone quería existir. No podía esperar. Y a falta de un rostro buscó un techo, un rascacielos, un centro comercial. No sabemos de quién es la culpa, pero en estos tiempos de gran ausencia bastaría muy poco, bastaría con volver a estar presentes. Delante de todos. Pero sobre todo de los muchos Andrea que estos días vuelven a retomar las clases.

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Este artículo fue publicado originalmente en Páginas Digital y es reproducido aquí con su permiso.

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