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Padres e hijos: educar desde el exilio digital

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Tiempo de lectura: 5 minutos

La veo y me atribulo al sentirme devorado por augurios entre cómicos y esperpénticos. Veo a mi hija con el móvil y los cascos puestos sentada junto a mí en el mullido sofá del salón y, por el rabillo del ojo, desde la esquina vergonzante del alma paterna, escruto la pantalla y creo adivinar un pulular de jóvenes que cantan, ríen, bailan en un frenesí digital y hedonista.

A veces, me mira y se sonríe y yo me quedo tranquilo porque esa sonrisa es la confirmación de que el solipsismo tecnológico no la ha devorado como a mí mis cómicos y esperpénticos augurios.

Ella me toma el pelo por mi carácter de analfabeto digital. Y yo a ella por el mismo motivo, aunque no sé, es una niña, si capta mi mala leche de profesor atormentado al poner el énfasis, no como ella, en el adjetivo, sino en el sustantivo. Pues no se siente muy inclinada a la lectura, que digamos, y juzga como cosa de locos que a mí me guste una música tan diferente de esos vídeos que ve en su móvil.

Mi hija es hija de su tiempo y yo soy un padre un tanto mustio y enajenado de mis contemporáneos. A mí me gusta Galdós y mi hija odia los garbanzos, pero, para ella, estoy seguro, Galdós sería un garbancero y el Madrid de sus novelas, la epopeya de una derrota que ha perdido hasta la gracia de lo efímero. Me cogió por banda el otro día que andaba preparando un examen oral relacionado con “algo de la historia”, esa fue su hegeliana expresión, se tumbó en su cama y, sin quitarse los cascos, pero apagando el móvil, hizo un resumen de los distintos momentos atravesados por nuestro castigado país desde el final del siglo XIX hasta la Transición. Tuve la sensación asfixiante al escucharla de haber caído en manos de una hechicera que nombraba hechos y fechas al buen tuntún y equiparaba al monarca caído con la República victoriosa, al primer dictador del XX con Suárez y a Franco con el juvenil despertar de nuestra democracia. Hechicería digital digna de un vídeo revisionista en YouTube, que es a lo que mi hija le gustaría dedicarse en el futuro y ser una youtuber con cientos de miles de seguidores.

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Ahora entiendo por qué la profesora que la examinó, una señora a punto de jubilarse que no soporta a las autoridades educativas, ni el control pedagógico al que la tienen sometida, se entusiasmó tanto con ella que le llamó delante de toda la clase “la Pío Moa de la historiografía infantil e infantilizada”.

Creo que, en las palabras de la profesora, cabe detectar una forma exasperada de ironía un tanto petulante y pretenciosa. Pero mi hija vino encantada con lo de Pío Moa y el encomio que la profesora hizo de su peculiar arte para la narración de hechos históricos. “¿Has visto, papá? -me confesó con su ánimo inasequible al desaliento-. Me sé la historia. Esto está chupado. ¿Repasamos mates o puedo coger el móvil?”.

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Vuelvo al sofá y contemplo a mi hija con los cascos puestos, el móvil a toda pastilla y el espíritu atribulado por el revisionismo histórico de las huestes infantiles. Indudablemente, a diferencia de todas las generaciones de padres anteriores a la nuestra, la nuestra asiste al hecho novedoso de que son los hijos quienes encarnan la realidad y los padres viven exiliados de ella. Me refiero a padres a la vieja usanza, no a los que visten como sus hijos, se divierten con los mismos aparatos que ellos y se mueven por los aeropuertos con la misma desenvoltura que yo por las estaciones de metro. Estoy hablando del Padre como arquetipo humano, y no de los progenitores posmodernos que nunca leerán a Galdós y, en caso de leerlo, seguro que piensan que suena como una canción de Lola Flores o una película de Paco Martínez Soria.

El Padre, hoy, no representa la realidad frente al hijo, no es el guardián que lo alecciona ante la Puerta de la Ley y le llena la cabeza con consejos para que sepa qué hacer cuando atraviese la línea de sombra. Ahora son los hijos quienes revelan al Padre qué hay al otro lado de la línea de sombra y que las Puertas de la Realidad ya no necesitan de guardianes y neófitos, de maestros y discípulos, sino, tan solo, de un dispositivo que permita estar conectado.

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Después de la sesión de historia con mi hija, se me ocurrió preguntarle angustiado por lo que había entrevisto por el rabillo del ojo sin que ella se percatase. Desde el otro lado del sofá, giró el móvil hacia mí y me enseñó el vídeo musical que estaba viendo. No sé por qué, el Padre que llevo dentro me impulsó a ponerme de pie, acercarme a mi hija, que me observaba con rechifla mal disimulada desde abajo, y pronunciar un discurso contra la glorificación de la imagen y en favor de que lo importante se halla en el interior de las personas. La verdad es que gripé con el vídeo y colapsé por el miedo a que mi hija estuviese sucumbiendo allí mismo, junto a mí, en la cotidianeidad hogareña del sofá, al culto al cuerpo y lo banal. “Al menos, es tragona”, pensé, mientras me calmaba fijándome en sus rollizos mofletes y la aleccionaba sobre la Ley del Alma y sus misterios.

Ella, que había tenido el decoro -es una niña bien educada pese a todo- de quitarse los cascos, estalló finalmente tras escuchar mi jeremiada en una risa estruendosa, desatada y…..cariñosa. Mi hija no entendió nada, pero me entendió a mí. Lo cual me lleva a rematar este cuento sapiencial con la siguiente moraleja:

Cuando los hijos encarnan la realidad y los padres viven exiliados de ella, solo un afecto irónico o una ironía afectuosa entre los primeros y los segundos pueden mantener en pie, aunque sea como teatro, en la forma de una tragicómica representación, los roles antiguos de la educación moral y el conocimiento del mundo.

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La risa comprensiva de mi hija después de mi atemorizado y teatral discursito, que terminó en un divertido abrazo, quiero pensar que confirma cómo la naturaleza humana es lo suficientemente astuta a la hora de sortear, en beneficio propio, las trampas tendidas por el progreso. Que es otra manera de decir que, para nuestros perdularios y ahistóricos vástagos, más hijos de su época que de nuestras entrañas, el Padre y la Puerta de la Ley siempre estarán ahí, aunque hoy en día lo estén en la afectuosa ironía que une al padre exiliado de la realidad con la hija piadosa que le conduce por ella orientándole para que no se tropiece con la linterna del móvil.

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Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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