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San Francisco de Asís: el santo que hoy llamarían héroe

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Si existe un fenómeno extraño de catalogar en el mundo de hoy es el de los santos.

Los hagiógrafos, aquellos estudiosos de la vida y obra de los santos, adolecen males similares a los escritores de libros de viajes; encuentran poco consuelo en los números de las librerías, pagan las facturas con alguna clase suelta en la universidad y alimentan sus ganas de seguir publicando gracias a la ANECA y a los círculos concéntricos de conferenciantes y conferencias.

Este paradigma ocasiona una de las paradojas de la vida moderna: si las biografías de los grandes líderes políticos e intelectuales de la historia cuentan con series documentales en Netflix y se llevan año sí año no distintos premios cinematográficos por las adaptaciones de sus vidas, no ocurre lo mismo con los santos. Y eso que por mucho tiempo fueron modelo de heroicidad terrena, cuyas vivencias superaron, en no pocas ocasiones, cualquier producto de la imaginación de Hollywood.

Es el caso de la historia de San Fracisco de Asís

A comienzos del siglo XX, G.K. Chesterton quedó prendado de este “juglar de Dios”, como le inmortalizaría Rossellini en su oración fílmica. Si el libro de Chesterton consiguió prendar a miles de curiosos pertinentes, la película del frailecillo llegaría a conmover hasta tal punto a Truffaut que la tuvo a bien considerar como “la película más hermosa de todos los tiempos”

Francisco, antes de ser San, fue el batallador lisiado antes de la batalla. El comerciante truncado por el hurto a su padre, el cuál llevaría a juicio a su propio hijo por unas telas que serían el comienzo del peregrinar de Francisco por la vida.

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Un santo que vivió apasionadamente su existencia, quizás hasta con falta de prudencia:

“Un hombre no se revuelca en la nieve por una corriente tendencial que hace que todas las cosas cumplan la ley de su ser. No se priva de comer en nombre de algo, externo a nosotros, que conduzca a la rectitud. Hace cosas así, o así de bonitas, a instancias de un impulso muy diferente. Hace esas cosas cuando está enamorado. Lo primero que hay que retener de San Francisco va ligado a lo primero que aparece en su historia: que al decirse desde el principio trovador, y al decirse después trovador de un romance más nuevo y más noble, no estaba empleando una mera metáfora, sino entendiéndose mucho mejor de cómo le entienden los eruditos. Fue un enamorado”.

Se arrojó a la vida sin frenos y su relación con Cristo fue de un amante cautivador, que, en traducción moderna, sería la de un héroe anónimo. Abrazar a un leproso en un camino, viendo en él a su Señor, es signo inequívoco de que algo quemaba a San Francisco por dentro, que le impulsaba a la insensatez por el amor y que, para los ojos del mundo, no se podía entrever otra cosa que el delirio de un alucinado. Me imagino aquel pobre hombre, desvalido y desahuciado por su tiempo, ver caminar semidesnudo a alguien más pobre que él, practicando la miseria por solemnidad, abrazándole con la sonrisa de un “lunático”. Supongo que tal desconcierto solo es equiparable a la confusión y perplejidad que deja la infinitud en lo pequeño.

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Esta locura, que a los ojos del mundo quema, es la transpiración de los actos más humanos (y divinos) de los santos. Por los que, en realidad, se ganan estar un par de palmos por encima de los altares.

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“Fue un enamorado de Dios y fue real y verdaderamente un enamorado de los hombres, que posiblemente sea una vocación mística mucho más rara. Un enamorado de los hombres viene a ser casi lo contrario que un filántropo; de hecho, la pedantería del vocablo griego lleva en sí algo de sátira. Se podría decir que un filántropo ama a los antropoides. Pero, así como San Francisco no amó a la humanidad sino a los hombres, así tampoco amó al cristianismo sino a Cristo. Diga el que así lo crea que fue un lunático, que amaba a una persona imaginaria; pero a una persona imaginaria, no una idea imaginaria. Y para el lector moderno la clave del ascetismo y de todos lo demás se encuentra en las historias de enamorados cuando más bien parecían lunáticos”.

Dijo Chesterton que “realmente habría que ser santo para escribir la vida de un santo”. Bendita paradoja la que puede que termine por considerar como beato al beodo de FleetStreet, al hombre que se aproximó como nunca nadie antes al poeta de colores, al fray que uso de librillo la vida y firmó con sus propios huesos.

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Personaje enclenque, perteneciente al lustrado con grasa de pato sector de la hostelería, trato de avivar, a la luz de un mal estudiado Chesterton, las paradojas que salpican las alegrías y penas de lo cotidiano. Cuando me pongo serio escribo como Ricardo Morales Jiménez.

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