Un lugar llamado familia (antropología demográfica)

En Asuntos sociales por
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“El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia”. Gilbert Keith Chesterton

Regiones donde mueren más personas de las que nacen, donde miles de pueblos pequeños desaparecen o están en riesgo, donde las personas mayores son el rostro mayoritario de parques y jardines; podría ser el escenario tras una guerra, tras una catástrofe natural. Sociedades donde la palabra hermano es cada vez menos conocida y usada, donde ser padre o madre se excluye crecientemente del itinerario vital, y donde ser abuelo es, estadísticamente, una posibilidad cada vez más remota; podría ser el escenario de una novela distópica, de una película de ciencia ficción. Lugares donde la mutación antropológica de la demografía contemporánea tiene lugar, como realidad, positiva o negativa según su valoración ideológica, de numerosos países de Occidente u occidentalizados.

Uno de esos lugares, por sorpresa, es Finlandia, nación modélica, por su generoso y progresista Estado del bienestar (Welfare State). En ella, pese a sus tradicionales medidas de apoyo y al elevado nivel de renta per cápita, se ha entrado también en el llamado “invierno demográfico”. Su tasa de natalidad cayó en 2016 a 1.57 niños por mujer en edad fértil (la más baja en 150 años), mientras sus proyecciones hablaban de una reducción aún mayor en un par de décadas, y de un envejecimiento demográfico en niveles nunca vistos. Y era por sorpresa, ya que el caso nórdico era el modelo a seguir: los hijos se tenían por políticas públicas y por estricta conciliación, nos decían.

La fórmula cuantitativa que explicaba la interrelación entre mayor apoyo prestacional y calidad de vida con el crecimiento demográfico había fallado en este caso, en este país paradigmático; además, la posible interpretación de tal hecho sobre las consecuencias de esta o aquella crisis tampoco sirve, ya que la tendencia decreciente se manifiesta especialmente desde 2013-2014.

El individualismo propio del hegemónico sistema globalizado de producción (flexible) y consumo (compulsivo), hermanaba en algo al próspero universo nórdico y al cálido sur mediterráneo. Ese mismo año, España volvía a perder población por cuarto año consecutivo, solo atemperada al año siguiente por un parcial repunte de la emigración (4.089 personas más) y por segundo año se registraba de nuevo un crecimiento vegetativo negativo.

Como recogía el Instituto nacional de Estadística (INE), la población nacional descendió en 99.439 personas, hasta 46.5 millones de habitantes, a 1 de junio de 2016. Tendencia visibilizada desde 2012 (acumulando desde ese año más 700.000 personas menos en el censo), pero iniciada años antes y solo minimizada por el intenso flujo migratorio provocado por la década previa de acelerada expansión económica (la llamada “burbuja inmobiliaria”), pasando de 923.879 extranjeros censados en el año 2000 a 5.751.487 en el 2011.

La libertad de elegir sin límites es sagrada, pero también la de defender solidaridades sociales que limitan la pobreza o la desigualdad.

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Los datos, dicen, no mienten. Cuantitativamente la Familia ha cambiado y cambia de manera radical en nuestro entorno. Cada vez nacen menos niños, con una tasa de Natalidad (número de nacimientos por cada mil habitantes en un año) que caía desde 2014 hasta el 9,20%, y un índice de Fecundidad (número medio de hijos por mujer) que descendía hasta 1,32 (ambos indicadores muy por debajo de los niveles de reemplazo generacional); por ello, las proyecciones del mismo INE era poco halagüeñas: en 2036 España perdería 1 millón de habitantes (el 5,6 % de su población) y en 2066 más de 5 millones. Cada vez somos más mayores, como refleja la progresiva inversión de la pirámide poblacional, gracias al constante envejecimiento demográfico (el 37% de la población será mayor de 64 años en 2052), y a un crecimiento vegetativo que desde 2015 comenzó ya a ser fue negativo (con 19.268 personas menos, entre 206.656 nacimientos y 225.924 fallecimientos).

Hogares vacíos

Cada vez viviremos más y mejor, pero más solos, ya que según proyecciones del mismo INE (2016-2031) sobre el número y tamaño de los hogares en España, en quince años más del 60% de los mismos estarán conformados por una o dos personas como máximo (superando la cifra del 55% actual), bajando hasta menos del 20% el número de hogares con cuatro o más miembros; y que se comprueba en la acelerada despoblación del mundo rural hispano, que  ponía en peligro la existencia de más de la mitad de municipios de la geografía nacional (básicamente los pequeños pueblos de la llamada “España interior”), con sus consecuencias de parálisis de desarrollo regional y de peligro para la sostenibilidad medioambiental, o como ni más ni menos que el 13,9% de los británicos vivía totalmente solo en 2017, llegando el 50% de los ancianos del país, siendo considerado por el gobierno como un alarmante y creciente problema social (incluso de salud pública)

Las palabras, cuando se comprende el concepto que expresan o deberían expresar, tampoco mienten. Cualitativamente, la Familia desaparece de manera rápida del proyecto individual y del imaginario colectivo.

El individualismo hiperconsumista triunfante no necesita a la Familia, con su solidaridad intergeneracional y su capacidad de ahorro, con sus normas de socialización y su medios de apoyo informal; todo ello debe ser competencia de la oferta y demanda, suministrado por hombres y mujeres como productores flexibles, y ofertado a hombres y mujeres como consumidores compulsivos. Los estilos de vida globalizados no necesitan ni parejas estables ni hogares estables, y por tanto ni estabilidad en los derechos laborales que nos protejan ni en el entorno que nos rodea; así, por acción u omisión, nuestro Estado del Bienestar, conquista histórica de una generación, debe transitar hacia una Sociedad del bienestar, conquista mercantil exitosa, evolucionando desde un sistema fundado en la redistribución solidaria, donde lo familiar puede ser el fundamento humano y material, a un sistema basado en la capitalización personal de los éxitos y los fracasos, donde lo familiar puede ser estorbo para cumplir los sueños publicitados día y noche por los medios de comunicación de masas.

Se puede y se debe elegir el camino individual a recorrer, reivindicar uno u otro tipo de convivencia, apostar por su radical transformación familiar o su total superación; pero también es legítimo y necesario poder defender el fundamento político-social vital de una institución que consideramos esencial.

Porque si algo define en cantidad y calidad, a la Familia, para bien o para mal. es que en ella hay que dar, tarde o temprano, explicaciones; de lo qué hacemos y queremos hacer, dónde estamos y hacia dónde vamos, en qué gastamos el dinero y en qué es necesario usarlo. La primera y más genuina convivencia.

Por ello, esta transformación, con sus consecuencias cualitativas y cuantitativas, es bien recibida, en primer lugar, por los supuestos acérrimos defensores de la libertad individual, al ser considerada como ha sido un freno arcaico para la genuina búsqueda individual de la felicidad material, como los límites impuestos por la sostenibilidad medioambiental en riesgo o los derechos laborales en crisis. Podemos elegir, pero también podemos disentir.

Y, en segundo lugar, por los antinatalistas supuestos herederos de Malthus; somos muchos se dice, demasiados para convivir juntos y para que aguanten los recursos de la madre tierra; pero como señalaba Chesterton “la respuesta a cualquiera que hable de “exceso de población” es preguntarle si él mismo es parte de ese exceso de población, o si no lo es, cómo sabe que no lo es”.

El último  Informe sobre Pobreza y Prosperidad Compartida, publicado en octubre de 2016 por el Banco Mundial, mostraba que el número de personas en el mundo viviendo en extrema pobreza había disminuido en 1.100 millones en las últimas tres décadas y media, período en el que la población mundial había crecido casi 2.000 millones. Quizás la pregunta cómoda es si somos muchos, pero quizás la incómoda es como se sigue repartiendo la riqueza.

Se reduce su tamaño (de lo extenso a lo nuclear), se desvincula de la nupcialidad (con tasas espectacularmente decrecientes) y deja de ser prioritaria en la agenda social; parece no interesar ni a las instituciones públicas ni a los partidos políticos (como se refleja en la escasa atención a las políticas familiares en los programas electorales de 2015 y 2016). España ocupa la  última posición de la Unión Europea en ayudas y protección a la familia, como señala el Instituto de Política Familiar (IPF) en su estudio “Evolución de la Familia en España 2016”. Así, el gasto nacional apenas supera el 1,3 por ciento del Producto Interior Bruto (por debajo del 2,2 por ciento del PIB de media en la UE-28), mientras la ayuda directa por hijo a cargo no supera los 24 euros al mes (frente a los 91 de la UE-28); y paradójicamente, el 90% por ciento de las familias españolas no puede acceder a esta prestación ante los límites de ingresos impuestos.

Consecuencias sobre la estructura social

Y sobre todo, su progresiva erosión condiciona al mismo Estado del bienestar: sin muchos niños a los que educar, sin el reemplazo generacional necesario que asegure las pensiones redistributivas, sin ese imprescindible apoyo a lo público en el suministro sostenible de servicios sociales, sin ese urgente apoyo fraternal ante la soledad y la pobreza, sin ese imperfecto ejemplo de convivencia en las duras y las maduras.

A corto plazo, se detecta la reducción de servicios públicos y privados de alto valor añadido, en las áreas de educación, sanidad y servicios sociales (eliminación de plazas docentes en infantil y primaria o cierre de guarderías, por ejemplo), y la intensificación de la despoblación de áreas rurales (paradigmáticas en zonas del interior, especialmente de Aragón, Asturias o Galicia); a medio plazo se comprueba la reducción de los núcleos familiares como medio de socialización primaria, asistencia fraternal y colchón de urgencia ante situaciones de desamparo, y problemas de financiación y uso eficiente de prestaciones y equipamientos colectivos, y a largo plazo se demuestra la inevitable insostenibilidad financiera del sistema público de pensiones (basado en el principio de reparto o corresponsabilidad generacional); así, en abril de 2016 creció hasta 8.524.591 el número de pensionistas, situándose la tasa de dependencia o relación afilados-jubilados en un ínfimo 2,26.

No es la economía, estúpidos

Es la economía, estúpido. Este lema marcó a toda una serie de expertos y gurús. Solo teniendo un trabajo estable, una pareja estable y una vivienda estable, se podía pensar en tener hijos… suponemos que estables. Lo jurídico y lo social, lo  cultural y lo valórico no tenían capacidad explicativa en un sociedad de oportunidades infinitas (olvidando las lecciones de Marvin Harris en Canibales y Reyes, 1986).

Pero los crecientes “inviernos demográficos”, al norte y el sur del paralelo del progreso, parecen demostrar, empíricamente, que no se puede ligar, de manera exclusiva, la variable población con cuestiones socioeconómicas o prestaciones estatales; Finlandia, aunque parezca mentira, parece demostrar que Max Weber tenía razón. Las personas con más recursos no son necesariamente los que más hijos tienen, ni las sociedades más ricas tienen mayor población que las más pobres; allá del determinismo de Malthus, lo demográfico puede verse determinado, junto a ciertos niveles de mejora sanitaria y alimenticia, por principios socioculturales referidos a la visión colectiva sobre la vida y el matrimonio de un país y de un tiempo (como apuntaban David Kertzer y Tom Fricke en Anthropological Demography, 1997) en donde participan de manera importante como autores y editores, los antropólogos.

Las comunidades que sitúan como valor nacional fundamental a la Familia, bien factor de progreso bien de supervivencia, ofrecen cifras sostenidas de estabilidad demográfica (eso sí, sometidas al imperativo de una naturaleza imprevisible en sus fenómenos o previsible en la mano del hombre), tanto en contextos de bienestar como de crisis. Los migrantes que sostienen en toda Europa tasas limitadamente positivas de natalidad e impiden la despoblación rápida de muchas regiones, provienen de las regiones más humildes, más subdesarrolladas y con mayor crecimiento demográfico: el mundo árabe-musulmán y el emergente continente africano (como recoge Pew Center).

Antropología Demográfica

La Antropología Demográfica, como enfoque que integra el estudio físico-biológico y el sociocultural, permite la comprensión de las estrategias  seguidas  por  las  poblaciones  humanas  para  adaptarse  a  diferentes  medios ambientes, en su supervivencia inmediata y en su expansión material o territorial, y que están reflejadas en las tendencias demográficas mostradas a lo largo del tiempo; y en todos los testimonios que recoge, desde el pasado recordado hasta el presente inmediato, la Familia en sus diferentes configuraciones supone el eje esencial.

Es la Historia, magistra vitae. Las experiencias del pasado que no queremos imitar, las posibilidades del presente que creamos desde nuestros valores, o los sueños futuros que nos hacen elegir y decidir. España lo resume en su itinerario reciente, quizás alumno aventajado individualismo consumista como ideal de progreso en el siglo XXI, como ejemplo paradigmático: la progresiva destrucción de la unidad familiar española como referente vital, jurídica y simbólicamente, presenta evidentes consecuencias demográficas.

Así, este “invierno” viene determinado, empíricamente, por el acelerado desprestigio de “lo familiar” (como otras instituciones y referentes colectivos) en las postreras generaciones de la democracia española, que se traduce en el acuciado descenso de la nupcialidad (caída de la tasa casi a la mitad entre 1981 y 2012, situándose en el 3.36%), en el incremento de las rupturas matrimoniales (aumentó hasta 105.893 en 2014), en el imparable ascenso de los hogares unipersonales (el 25% en 2015), el descenso sistemático del tamaño de los hogares españoles (bajando hasta el 2,51, solo superando la cifra de 3 las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla), en el aumento de la violencia intrafamiliar (tanto doméstica como filioparental, doblando esta última las denuncias en un lustro) y en las evidentes dificultades de conciliación de la vida laboral y familiar.

El hogar convertido en leyenda

La Familia, decían, es lo primero. Pero para poderes públicos y empresas privadas lo familiar” desaparece del horizonte político-social como prioridad o como inversión. Generaciones futuras que, mayoritariamente, no conocerán la palabra hermano (al no tenerlo); que no serán padres (o progenitores, según en lenguaje posmoderno) al no desear tener hijos; y que recordarán al final de sus días que ellos sí tuvieron abuelos. Cambios sociales, mutaciones en las ideas, transformaciones en las formas de vida donde la Familia no ocupa un lugar y que impactan en la elección o en la posibilidad de contribuir a la demografía patria. Una institución ampliamente valorada por la ciudadanía en las sucesivas encuestas del Centro de Investigaciones sociológicas (CIS), pero más como referente sentimental que como horizonte vital real, más como leyenda hogareña que como opción práctica para los llamados millennials.

La célula básica a proteger y promocionar por políticas de acuerdo, sin complejos ideológicos, con recursos amplios y desde valores compartidos. Durante la grave crisis socioeconómica [2007-2013] demostró ser, de nuevo, el principal sostén en la conciliación laboral y la asistencia social, como refugio obligado ante el despido y el desahucio, cuando el Mercado se contrajo (o explotó) y el Estado se recortó (o ajustó). No hay Familia perfecta, pero es imperfectamente necesaria.

Un lugar donde está la clave de todo progreso sostenible. Todo ser humano tiene derecho a vivir y convivir como quiera y como pueda, pero todo investigador también tiene el derecho de reivindicar este lugar del olvido político-institucional y del desprecio sociocultural, como factor esencial para la supervivencia del Welfare state, mediante:

  1. Un nuevo estatuto jurídico-político que proteja sus realidades
  2. Un organismo estatal especializado sobre Familia (Ministerio o Secretaria de Estado a nivel central, y consejerías autonómicas específicas)
  3. Apoyo social y económico directo a la maternidad (campañas de sensibilización, redes de apoyo a las mujeres embarazadas, aumento de la prestación por hijo a cargo)
  4. Medidas de conciliación real de la vida familiar y laboral (aumento de los permisos de paternidad/maternidad, generalizando la flexibilidad y racionalización de horarios, e impulsando la reducción de jornada y el teletrabajo)
  5. Pero sobre todo, una nueva Política social que sitúe a la Familia como bien esencial a defender y difundir en las redes educativas, en los medios de comunicación y en las formas de producción y consumo.

Hijos y hogar, son la única verdad” enseñaba el sabio refranero castellano. No es una industria que crea productos de usar ni tirar, ni una oficina que consume horas en serie; es el lugar perfecto para que los niños y los mayores aprendan a ser imperfectos. Antropología demográfica desde la Familia.

Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional.