Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Borja Negrete

Actualmente escribo para el diario El Mundo sobre temas de cine y sociedad. Soy ejecutivo junior en una agencia de comunicación y también colaboro en Radio Internacional. Lector empedernido y lleno de inquietudes. Aprendiz de Humphrey Bogart y de Han Solo. Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Comercio Internacional y en Periodismo. He vivido en Nueva York, donde trabajé en el Consulado de España. Mi pasión por las palabras y la escritura tuvo como resultado la publicación de mi primera novela a los 22 años.

Borja Negrete has 22 articles published.

El bueno, la fea y el malo

En Asuntos sociales por
Tiempo de lectura: 4 minutos

El tiempo ya no acompaña. El frío se agarra a los huesos, la noche amenaza con lluvia y hay humedad en el ambiente. Se acerca la medianoche y el ‘Triki Pub’ está a rebosar de cincuentones (viejóvenes los llaman hoy día). La terraza la componen cuatro mesas, 13 clientes y dos perros con más ganas de irse a casa que otra cosa.

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Irlanda: prisión, amor, héroe y carta a una madre

En Mundo por
Tiempo de lectura: 4 minutos

La palabra marketing no tiene traducción directa al castellano, y no me extraña. Si bien es cierto que los estadounidenses tienen la merecida fama de hacer la mejor comunicación y el mejor marketing actual, los ingleses hacen un marketing histórico que ningún otro país puede emular. Mucho menos España, país cainita que reniega hasta de sus propias hazañas.

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En defensa del turisteo

En Asuntos sociales por
Tiempo de lectura: 2 minutos

Admitámoslo. La bohemia no tiene cabida hoy día en el mundo occidental y globalizado en que nos hallamos. Emular a Max Estrella o a los aventureros españoles que recorrían el mundo acompañados de una maleta y un poco de buena suerte se antoja imposible. Como mucho, seremos burgueses gozando de los privilegios exclusivos del nuevo milenio disfrazados de letraheridos o de cínicos del cine negro. Y nada de esto es malo.

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En Asuntos sociales por
Tiempo de lectura: 3 minutos

Verano es sinónimo de pueblo. Es el momento del año en que nos permitimos ese retiro casi espiritual que conlleva abandonar la urbe, el ajetreo, las prisas, los codazos en el metro y recalar en esa morada inamovible que es el pueblo. Un lugar por el que el tiempo no pasa, aunque ahora falten menganito o fulanito y hayan cambiado la tienda típica por un Día.

En el pueblo dejas de ser el periodista, el alto ejecutivo o el genio del marketing y vuelves a ser Pepe, Bartolo, ‘el del BMW’ o ‘el de la Ignacia’. Te reciben con los brazos abiertos, como si en vez de venir de la moderna Madrid acabara de atracar tu barco en el puerto de Palos tras años de expedición con Elcano y Magallanes. En este surrealista paraje, el Ayuntamiento lo mismo utiliza la megafonía municipal para avisar de que “se ha encontrado una dentadura en el bar de la titi” que para armonizar las mañanas con jotas o música folclórica en época festiva.


El pueblo nos devuelve la humanidad que nos resta el vaivén diario, la pausa y la cercanía en el trato. Es imposible andar más de 20 metros sin saludar a alguien conocido y comentar el tiempo, lo poco que faltan para las fiestas o lo alto que estás, aunque lleves un lustro en que lo único que te crece es la barriga.

Cuando eras niño, tener pueblo significaba ser un auténtico terrateniente y te daba alas para mirar por encima del hombro a la plebe que se iba a pasar el verano mordiendo asfalto en una ciudad fantasma. De niño, la villa despierta tu imaginación a la máxima categoría. Juegas con tus amigos hasta la hora que quieras, disfrutas del río, te manchas los pantalones y pasas menos por casa que un sentenciado a cadena perpetua.

Cuando creces, tus ojos se fijan en otras cosas; “qué guapa está la hija de la Mercedes”; “qué libre me siento” y “qué bien se ven las estrellas”. El pueblo es el lugar donde damos nuestros primeros pasos en la juventud. Es el escenario de la primera borrachera, el primer beso o la primera ‘galleta’ de tu padre. Los de pueblo siempre son más espabilados y nos conducen a los de ciudad por unas sendas desconocidas.

Galisteo – Extremadura

Mi pueblo es particularmente mágico. Rodeado de una muralla mozárabe y coronado por una antigua torre palacio (llamada comúnmente ‘picota’), la villa de Galisteo emerge como un oasis en medio del secarral extremeño. A sus pies pasa el río Jerte, que deja un rastro de verdor y vida a su paso.

En Galisteo hay una tradición no escrita. Si quieres ‘tema’ con alguien, le preguntas cortésmente si quiere “dar una vuelta por el mirador”. Conozco el caso de un pobre urbanita, inexperto en el ars amandi que preconizara Ovidio, al que le fue hecha dicha proposición hace años. El pobre hombre inexperto, dio una vuelta completa al mirador hablando de los temas más nimios y sin entrar en acción, lo que terminó por agotar la paciencia de la paisana que le mandó a hacer puñetas. El pueblo te da muchas lecciones.
Se puede volver adictivo hasta el punto de que cuando toca volver a tu ciudad, te sientes como un perro desdichado y deambulas como alma en pena en la metrópolis en constante añoranza y recreación del pasado. Al hacerse uno adulto, quizá el pueblo pierda ese cariz mágico que lo envuelve en la juventud, pero no deja de ser un ecosistema único donde cada rincón te devuelve la mejor de las historias.

El pueblo también puede ser un antídoto contra el día a día, un baño de realidad. Lo dejó bien claro el periodista Pedro Simón en la columna ‘Irse al Pueblo’ que escribió hace años para El Mundo: “Cuando andas como una lechuga, cuando te encuentras como perdido, cuando te ves caminando muy deprisa en tu día libre, cuando todo te suena impostado… siempre te queda volver al pueblo para que se te quite la tontería”.

El último día en el pueblo siempre cuesta dormir y no es por las cañas de más o las comilonas de días anteriores. Es porque sabes que una parte de ti se queda allí, y aunque seguirás siendo “el nieto de tía Puri” cuando vuelvas serás un poco más mayor y dejarás atrás otra etapa en esas calles. Aun así, cada rincón seguirá emanando recuerdos que nos trasladarán a lo que un día fuimos y que nos hace ser hoy quien somos.

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Trincheras ideológicas: la prisión de los intelectuales españoles

En Historia por

Tiempo de lectura: 5 minutosLa Guerra Civil trajo consigo podredumbre, muerte, fatiga, una brecha social que se mantiene hoy en día y el éxodo de algunas de las mentes más ilustradas y certeras que ha visto la Historia de España. Una de ellas fue la de Gregorio Marañón, ilustre médico liberal y único español que ha formado parte de cuatro reales academias: Real Academia Española, de la Historia, de las Bellas Artes y de las Ciencias.

Marañón se exilió en Francia y a pesar de la decepción que le invadía por el truncado experimento de la República y del hartazgo por el espíritu cainita español, nunca dejó de añorar su país. De hecho, ese sentimiento de morriña llevó al intelectual a escribir obras como Luis Vives. Un español fuera de España (1942) o Elogio y nostalgia de Toledo (1941), donde rememora los tiempos felices que pasó en la finca toledana de El Cigarral. Sigue leyendo

Abuelos

En Asuntos sociales por

Tiempo de lectura: 3 minutosUna escena se repite constantemente con mis abuelos. Salimos a la calle tras haberlos despedido, enfilamos rumbo al coche, y al girarme allí están, en el cuarto piso, dos figuras sonrientes diciendo adiós con las manos. Es una imagen cotidiana, como calzarse las zapatillas nada más salir de la cama, o apagar la luz antes de acostarse. Pero, en el fondo, no tiene nada de irrelevante o mecánico, al contrario que estos otros episodios. Sigue leyendo

Humphrey Bogart, la mirada melancólica

En Cine por

Tiempo de lectura: 5 minutosBogie era un cínico. O más bien, llevaba una coraza de cínico. Intentaba mostrar que tenía tan poca fe en el mundo como la que tenía de sí mismo. Pero bajo ese disfraz de tipo duro, mirada férrea, cigarrillo inseparable y noches de copas, se encontraba un melancólico. Alguien que empatizaba y se preocupaba de sus amigos, su familia, su país y la gente en general.

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Hackers contra la universidad zombie

En Asuntos sociales/Educación por

Tiempo de lectura: 3 minutosEstos días me viene a la cabeza con cierta frecuencia los años en que fui un estudiante universitario, sin más preocupación que aprender de lo que me gusta y conocer chicas guapas. Quizá sea por pura nostalgia, por echar de menos las cañas después de un lunes de clase, las conversaciones profundas hasta altas horas de la madrugada o el despertar de la curiosidad intelectual. Aunque tal vez sea simplemente por el tsunami informativo que ha provocado el TFM fake de Cristina Cifuentes.

La universidad española ha vivido unos últimos años de desprestigio y el número de facultades patrias que se cuelan en los rankings de las mejores es escasísimo. Por si fuera poco, la imagen de la universidad se ha visto salpicada por los tintes del chanchullo, la corrupción y la falta de excelencia con los casos de ‘masters regalados’ que comienzan a aflorar. Sigue leyendo

Kiko Matamoros: “Vivimos en una disparatada y pueblerina feria de la corrección”

En Asuntos sociales/Entrevistas por

Tiempo de lectura: 8 minutosEn una escena de La ley de la calle de Francis Ford Coppola, uno de los personajes dice, refiriéndose al ‘chico de la moto’ que ha vuelto a la ciudad tras un tiempo de retiro, que “parece un rey en el exilio”. Nos encontramos con Kiko Matamoros delante de un bar de Pozuelo. Se mantiene erguido y con la mirada como apuntando a un horizonte remoto que no existe, mientras da profundas caladas a un cigarro. Es como un rey en el exilio, alguien que ha encontrado la tranquilidad fuera de sus dominios. Sigue leyendo

El camino de ida

En Literatura por

Tiempo de lectura: 3 minutosHay una época en la vida de todos donde lo más relevante es no ser el último que eligen en el campo de recreo, degustar tus cereales favoritos en la merienda o que tu madre te dé un abrazo. Bueno, eso último nunca deja de ser relevante. Esa época de vestir desconjuntado, barro en los zapatos y mocos debajo del pupitre se llama infancia. Sigue leyendo

Miénteme mucho

En Asuntos sociales por

Tiempo de lectura: 3 minutosHay veces en que no te basta con un cubata, ni con dos ni con tres. Son esas ocasiones en que todo lo percibes vedado para ti, en que cada paso que das parece tener menos sentido que el anterior y a cada palmo que avanzas, tu alrededor se derrite como una mantequilla al sol. Te has convertido en una gelatina nihilista que exhala suspiros sin cesar. Sigue leyendo

Por qué soy muy de Murakami

En Democultura/Literatura por

Tiempo de lectura: 3 minutos 

Nueva York, barrio de Harlem. Gotas de lluvia martillean el cristal. La habitación es cálida, pero hace frío fuera. Es de noche y solo la luz mortecina de unas pocas farolas ilumina la calle. Sobre la mesilla de noche, una novela: Tokio Blues, de Haruki Murakami.

Quizá se tratase del libro adecuado en el momento justo, pero su historia me cautivó, atrapó mis sentidos. Me convertí en prisionero de Japón durante los días que estuve degustando cada pasaje, cada plato de nigiri o coca cola que ingiere el protagonista. Estuve enamorado de las mismas mujeres y apesadumbrado por los mismos fantasmas que Toru Watanabe. Yo también hice el amor con Naoko y sentí nostalgia por un tiempo que nunca había existido.

Portada del libro “Tokio Blues”.

Sí, señores. Soy murakamiano hasta la médula y ya es hora de que alguien lo diga. Parece que la etiqueta de “eterno candidato al premio Nobel” ha borrado la estela de un escritor al que admiro por su forma y contenido. Hacía tiempo que un escritor no me había atrapado de la manera en que lo hizo ese ex barman de Kioto en aquella noche de neón en la gran manzana.

La literatura es algo muy personal, nunca buscaría convencer a alguien que ya probó la píldora del nipón de que debe probarla de nuevo, pero sí busco subrayar y dar brillo a una figura bastante denostada últimamente. Quizá por esa manía hipster de aborrecer cuanto se vuelve mainstream o best seller, como pasa con Murakami en nuestro país.

La escritura del autor de Tokio Blues tiene un tremendo poder sensorial, consigue que sientas la comida y la bebida en el paladar, que escuches los ritmos de los Beatles en tus tímpanos y que te acuestes con alguien sin mover un solo dedo. Su capacidad de volcar sobre el papel un sinfín de sensaciones conduce al lector a través de un vaivén en el que, finalmente, la historia es lo de menos.

Tokio Blues es su novela más redonda, de las que he leído. Luego vino Baila, baila, baila, una novela donde durante páginas y páginas no sucede absolutamente nada. Pero él tiene esa magia. No te interesa lo que le pueda suceder al protagonista que se aloja en el Hotel Delfín, te apasiona su mundo interior, sus sueños, rémoras y cotidianeidad.

La nostalgia juega un rol fundamental en sus libros, es casi como otro personaje, algo que quienes solemos torcer la mirada hacia el pasado encontramos especialmente suculento. Como sucede en Los años de peregrinación del chico sin color, donde Tazaki vive obsesionado con la ruptura de su pandilla de amigos cuando era adolescente.

Las recopilaciones de relatos Hombres sin mujeres y Detrás del terremoto son claros ejemplos de que Murakami es capaz de otorgar una atmósfera onírica a la historia sin necesidad de muchas páginas. Y es que, precisamente, uno de los baluartes de este autor es que cada libro suyo es una experiencia, un viaje del que uno regresa cambiado y reflexivo.

Sin excesivo barroquismo, el japonés es capaz de elegir la palabra adecuada para que con cada capítulo, leer se parezca a esa experiencia psicotrópica que solía ser la lectura en la niñez y la adolescencia. Sigue la máxima que defendiera Francisco Umbral en Mortal y rosa:

El arte descriptivo, minucioso, es pueril y pesado. El arte expresivo, expresionista, aísla rasgos y gana, no solo en economía, sino en eficacia, porque arte es reducir las cosas a uno solo de sus rasgos, enriquecer el universo empobreciéndole, quitarle precisión para otorgarle sugerencia”.

Y así lo creo yo. Murakami es un maestro de la sugerencia, capaz de emocionarte e incluso traer recuerdos a tu memoria mediante el relato de introvertidos personajes amantes del jazz que viven su historia en primera persona, como cada uno de nosotros. Tokio Blues comienza con un hombre que recuerda su pasado mientras escucha Norwiegian Wood de los Beatles en un avión. Baila, baila, baila con el protagonista tumbado en la cama al lado de una chica, mientras llueve en la calle y fuma un cigarro. ¿Os suena? Somos lo que leemos.

Dignidad en bandeja de plata

En Asuntos sociales por

Tiempo de lectura: 3 minutosJudit Comabasosa parece frágil como el último pétalo a punto de desprenderse de la copa de un árbol en otoño.  Parece que tirita pero permanece recia. Cuenta sin atisbo de duda o nervio cómo pasó siete meses de su vida en un hospital residencial 24 horas para personas con anorexia en Barcelona. Siete meses sin más contacto con el exterior que unas cuantas visitas de familiares y amigos. Mientras tanto, dentro del centro, el combate con uno mismo sigue su curso. Sigue leyendo

Pancho Sánchez y la utopía catalana

En Cataluña/España por

Tiempo de lectura: 3 minutosAntonio Santos explica en su magnífico libro ‘Tierras de ningún lugar’ que las utopías, aun siendo necesarias para que sigamos avanzando, son contradictorias y desatienden e ignoran la complejidad de los humanos. Es más, son totalitarias. Quien acuña la palabra ‘utopía’ por primera vez fue santo Tomás Moro con la publicación en 1516 de la obra del mismo nombre. En este libro, el pensador retrata el que sería un sistema de organización ideal.

Sin embargo, esta sociedad idílica donde todos conviviríamos felices y sin malestar es en realidad un auténtico Estado totalitario donde no se permite la disidencia y la población está sometida a múltiples obligaciones y prohibiciones: no se permite la propiedad privada, no es posible viajar, dentro ni fuera de la isla, sin recibir un salvoconducto especial, la infidelidad está penada con la muerte, se regula la hora a la que deben acostarse y despertar los ciudadanos, etc. Sigue leyendo

Cataluña y España: regreso al tú y el yo

En Cataluña/España por

Tiempo de lectura: 3 minutosHay ocasiones en que la verdad llama a la puerta. Abrimos airados y replicamos: “¡Largo de aquí! Estoy buscando la verdad”. Esta reflexión aparece en ‘El zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta’ de Robert Pirsing. Un libro extremadamente popular en los 70.

La verdad lleva años llamando a la puerta del Gobierno central, pero este ha preferido darle con el picaporte en las narices. Esa verdad es un nacionalismo catalán que año tras año ha crecido de manera rampante. ¿A cambio de qué? De unos votos para esto, de un apoyo para aquello. Sigue leyendo

Madrid era una fiesta

En Democultura/Literatura por

Tiempo de lectura: 3 minutos

Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser más feliz. Si estábamos solos, ningún día podía estropeársenos, y bastaba esquivar toda cita para que cada día se abriera sin límites. Sólo la gente ponía límites a la felicidad, salvo las poquísimas personas que eran tan buenas como la misma primavera”, Ernest Hemingway, París era una fiesta.

No muchos pueden presumir de una biografía tan repleta de aventuras, encantos y desencantos como la de Hemingway, un hombre de acción bendecido por el don de la sensibilidad artística. Fue combatiente en la Primera Guerra Mundial, corresponsal en África y en la Guerra Civil española. Su experiencia le granjeó fama y la típica imagen de tipo pasado de vueltas que no se amilana ante cualquier cosa. Sigue leyendo

La elección del camino propio

En Pensamiento por

Tiempo de lectura: 3 minutosTenía 9 años cuando el vuelo 11 de American Airlines y el vuelo 175 de United Airlines se estrellaron contra las torres gemelas en Nueva York. Estaba a punto de volver a clase, cuando me encontré a mi madre pegada al televisor. En el colegio, los profesores estaban conmocionados. Yo no entendía muy bien lo que había sucedido, pero no dejaba de preguntarme qué lleva a alguien a hacer tanto mal a los demás.

Quizá fuese mi primer conocimiento de que, en el mundo, existe un mal muy profundo, irracional, impávido ante el sufrimiento ajeno. Tiempo después, ya con 22 años, viajé a la gran manzana para hacer prácticas en el consulado español. Cuando me acerqué al memorial del 11s, no pude evitar imaginarme las vidas de aquellos inocentes que desaparecieron para siempre. Personas con sueños, inquietudes, pareja, hijos, problemas… Vida. Sigue leyendo

Saber decir adiós, la despedida de Cuartango

En Periodismo por

Tiempo de lectura: 2 minutosAbandonar la niñez y entrar en la adolescencia es decir adiós a la inocencia, a las sonrisas infundadas y al mundo imaginario donde nos refugiábamos, dónde éramos héroes y el final siempre era feliz. Por si fuera poco, perdemos el sentido, eso que antes no nos hacía falta, y las ausencias se hacen patentes: ausencia de amor, ausencia de cariño, ausencia de ti, seas lo que seas.

Empezar a trabajar y dejar la universidad, es decir adiós a la libertad (a gran parte de ella), a las fiestas los lunes y a los amigos de fuera. Seguir viviendo es seguir perdiendo cosas y ganando otras. Desaparecen personas, pero permanecen los recuerdos. El pasado no deja de ser ese oasis donde varamos de cuando en cuando, para respirar una nostalgia en ocasiones sanadora y en ocasiones angustiosa. Sigue leyendo

Elogio al fracaso

En Cultura política/Pensamiento por

Tiempo de lectura: 4 minutos

No te engañes. Tú también has fracasado, y volverás a hacerlo. No maquilles tu derrota con una fotografía de Instagram. Te negaron aquel beso, ese trabajo, aquella victoria e incluso aquella sonrisa que tanto necesitabas. Pero, ¿sabes qué? No importa. Se terminó huir del fracaso.

Carlos Fernández, mítico ex community manager de @policía, me dijo en una ocasión que “nadie es tan guapo como en su Facebook, ni tan feo como en su carnet de identidad”. Es una metáfora fabulosa para reflejar que la realidad no es blanca o negra. El éxito y el fracaso confluyen, y se necesitan el uno al otro. Sigue leyendo

Turquía o la democracia suicida

En Internacional/Mundo por

Tiempo de lectura: 4 minutosAl igual que los griegos, que en su democracia clásica condenaron a Sócrates a ingerir la cicuta para matarlo, la democracia representativa padece de instintos suicidas intermitentes. Un nuevo bollo, este con aspecto de donner, ha venido a engordar el descrédito hacia los valores demócratas tras el referéndum acontecido hace escasas semanas en Turquía. Una vez más, la democracia disparándose en el pie.

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