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Joe P. Morgan

Joe P. Morgan has 6 articles published.

Mar en las gradas: la era de Shackelton y nuestro fútbol

En Asuntos sociales/Cuero por
Tiempo de lectura: 6 minutos

«Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Anuncio publicado en el Times, año 1907 con motivo de la partida del Endurance.

Hoy ya pocos conocen la historia del Endurance, menos aún han oído hablar de la de su capitán, Ernest Shackleton.

Viajero y explorador, de esta suerte de hombres que había antes, formados en el arte de mil quehaceres, era la tercera incursión en la que se adentraba en territorio antártico. El objetivo de Shackleton era alcanzar el polo Sur tras haber recorrido la mitad de la Antártida y había jurado no descansar hasta llegar al otro extremo. Sigue leyendo

El arte de coleccionar postales

En Asuntos sociales por
Tiempo de lectura: 8 minutos

Lo prometido es deuda. Me estoy acordando mucho de ti y de tu familia.  La ciudad está tan espectacular como siempre… Ojalá paseemos juntos por aquí. Si no, me conformo con que nuestra amistad dure toda la vida.

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Me gusta coleccionar postales. Es una de esas cosas que me recuerdan a ir a casa de mi abuela de pequeño en las tardes de domingo. Como las tardes de toros, las películas en blanco y negro, los cromos de Panini o los trajes de Cary Grant. Recuerdos de una infancia feliz.

Decía Chesterton que todos los recuerdos de la infancia son maravillosos, porque en ellos se ve una luz viva, un deseo de vivir y una impresión de los sentidos que va más allá de lo cotidiano por lo que se está por descubrir. Ese deseo vivo es lo que hace que todo sea visto por los ojos de un niño como algo nuevo con independencia de que realmente lo sea.

La primera postal que tuve me la enviaron mis padres desde Roma. Tuve un romance un par de años con la filatelia que no llegó a florecer. Los sellos son muy bonitos pero el llegar a formar una buena colección requiere tiempo y dinero. Factores que llevan a que un niño no esté en disposición de cultivar tan elevado pasatiempo, al no ver mucho cambio a corto plazo en sus ahorros, normalmente conformados por chicles, trozos de alambre y cristalinas, canicas, cromos de fútbol especiales y otros tesoros de igual o dudosa reputación.

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Le tengo especial cariño a esta postal que me enviaron mis padres desde Roma en la que sale un guardia suizo ante la tumba de San Pedro. Ese fin de semana nos quedábamos con mi abuela, y mis padres me escribían en la postal que le habían dicho al guardia que yo tenía un uniforme del Real Madrid. Todo esto lo leí después claro, pero no deja de ser curioso lo que estaba pasando mientras. Lo cierto es que el uniforme tenía un par de meses y aún no había podido estrenarlo en la capital. Lo llevaba puesto en ese instante, aprovechando la ausencia de mis padres.  Tras toda la mañana debatiéndome, finalmente había conseguido armarme de valor y, enfundado en la elástica de siemens mobile, dirigí mis pasos hacia la misa dominical. Era un hecho de rebeldía sin precedente y constituía una alteración del orden en mi casa. El uniforme del Madrid era únicamente para jugar al fútbol. Nada más. Para mí, que nunca había tenido camiseta de equipo alguno, suponía un placer demasiado grande como para dejar pasar la oportunidad de poder lucir la indumentaria de mi equipo de futbol y no pude resistirme. Llevé la camiseta de O´Fenómeno todo el fin de semana.  Por supuesto me cayó bronca, pero mereció la pena la travesura.

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Hay postales especiales que tienen una especie de bonustrack. Principalmente son de amigos que se han molestado en garabatear algo al dorso que se salga de lo cotidiano. Muy pocas cosas están a la altura del placer indescriptible que supone recibir la imagen de algún sitio muy lejano y diez o quince líneas recogidas por algún amigo que cuenta que lo está pasando muy bien, que se acuerda de ti y que el próximo viaje lo haréis juntos.

Las normas básicas a la hora de escribir una postal son:

1. Elegir una imagen bonita y original. Qué se salga de lo cotidiano. Qué también se salga de lo ordinario. Las postales son como los detalles, inesperados y de buen gusto.

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2. Comprar el sello y asegurarnos de que el precio de los portes es suficiente y que no nos han vendido uno de menor coste -o de otro país- y que no llegará la postal. Si la postal no llega, habremos fracasado en nuestra misión. Un recurso de emergencia puede ser enviarlas al llegar al sitio de origen con el sello del país, pero indudablemente perderán carácter. No, no es lo mismo.

Una costumbre al alza en estos tiempos oscuros que corren para los amantes de las postales es el comprarlas y darlas en mano sin firmar ni nada.  Es como dar un regalo sin envolver, rompiendo el sagrado ritual. ¿Para qué sirve la postal entonces? No esperas el momento en el que llegara la postal de tu amigo al buzón, no podrás leerla en la intimidad de tu cuarto o subiendo las escaleras de casa. En esos momentos incómodos en los que te dan las postales en mano suelo farfullar algo dando a entender que las leeré después y las meto rápido entre algún libro o las echo al bolsillo sin mucho miramiento. Resulta muy violento leer una postal delante de la persona que la acaba de escribir.

Hay amigos que prometen el oro y el moro y no te envían nada, o chicas que después de mirarte a los ojos, te mienten descaradamente y te dicen que por supuesto que se acordarán de ti, que todo va bien,  y te escribirán aunque lo cierto es que no lo hacen.

Hay una venganza aun peor que mentir y no llegar a escribir una postal: Escribirla y no enviarla. Suelen terminar perdiéndose por los cajones o lugares recónditos de la casa, arrugada en la maleta, en la habitación del hotel… Con el tiempo da pereza enviarlas y así terminan enterradas, sabiendo que no nos pertenecen, condenadas a vagar sin destino. Hagamos un momento de silencio por esas postales que nunca vieron la luz, que nunca llegó a poseer su legítimo dueño,  ajenas a esperar un momento que nunca llegó. Supongo que cuando muera podré ir un día a visitar el cielo de las postales y leer todas aquellas postales que nunca me llegaron a enviar o se perdieron por el camino.

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3. La tercera norma y más importante es el lugar donde escribir las postales. Habrá que buscar un sitio que nos estimule, un remanso de paz, un sitio donde nos encontremos a gusto. El bullicio de una calle ajetreada un día laborable, una terraza o una plaza, el abrigo de una taberna o el silencio de nuestra habitación. Lo siguiente será por qué escribimos y para quien, qué significado tiene el viaje que estamos haciendo, qué relación tenemos con la persona a la que escribimos y qué le queremos transmitir. Resulta de vital importancia poner la fecha. Conviene saber en qué año fue escrita para poder ordenarla después dentro de los álbumes. Es recomendable firmar a fin de saber quién la envía. Hasta una persona como yo hace un especial esfuerzo por que se entienda su letra, al menos en las líneas destinadas a la dirección postal. Un mínimo de decencia por nuestros amigos que esperan nuestras postales. Nos necesitan.

Desde pequeño, tomé la costumbre de enviar postales a mi familia durante los viajes. Costumbre que no sé por qué mantengo. En el fondo supongo que me hace ilusión saber que están en casa y que al menos tienen un recuerdo mío, que saben que los tengo presentes. Son postales que por regla general suelen terminar en un cajón o pasan unos días en la nevera para volver después a ocupar cualquier cajón de la casa. No les culpo. Lo cierto es que tengo una letra pésima, los que me conocen lo atestiguan y todo intento de descifrar cualquiera de mis caracteres es vano. Como decía un compañero del colegio, mi letra solamente la entendemos Dios y yo. Y media hora después solamente Él.  Era algo que ya intuía de pequeño. No era normal que mientras mis primos y hermanas bajaran a la playa temprano yo tuviera que hacer tres o cuatro planas de los cuadernillos Rubio. El recuerdo es vago pero permanece. Algunas noches sueño con una especie de fantasía en la que me encuentro por fin con mi archienemigo el Sr. Rubio y le espeto algo así como ” Me llamo Iñigo Montoya, mataste mis veranos. Prepárate a morir”. Tengo el férreo convencimiento de que la editorial de cuadernillos sobrevivió tantos años gracias a las inversiones que hacían mis padres.

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Cuando uno recibe una postal ocurren tres cosas:

1. Una sensación de agradecimiento a la persona que la envía. Se alaba su buen gusto eligiendo la postal, y se disfruta viendo la fotografía e imaginando las aventuras por las que discurre, se observa el trazo de su letra y se razona sobre lo que dice y expresa.

2. Un deseo de que ese amigo que la envía lo esté pasando bien y ganas de acompañarle en su viaje, de emprender nuevas aventuras. Por espacio de esos cinco minutos que se tarda en leer la postal, conectas con la persona que la envía, como en la película de Frecuency, y eres participe de sus andanzas.

3. Acontece un breve repaso de los mejores momentos de esa relación de amistad y un renovado efecto de mantenerla y un deseo de acrecentarla cuando el amigo en cuestión vuelva de su viaje.

Fotografías hay demasiadas, fotografías de buena calidad, pocas. La tendencia actual es a sobreexponernos a whatsapps de imágenes movidas, de mala calidad hechas sin detenimiento ni delicadeza. Un aquí te pillo, aquí te mato. Una postal invita a la reflexión, a la pausa. A la contemplación. A detenerse durante unos instantes a leer lo que otra persona ha querido recoger tras esa imagen que conecta a los dos durante su vivencia en tierra extranjera. Es una estampa, una ventana a compartir aventuras.

Constituyen una costumbre en desuso que comienza a diluirse como los hielos en un vaso de whisky. Es uno de los últimos vestigios que quedan de la civilización en Europa, como el uso de las corbatas, los cómics de Tíntín o fumar en pipa.

No escribamos postales para quedar bien ni por cumplir con una obligación, impuesta como si fuera un juramento. Escribamos postales porque tenemos algo que expresar, algo que sentir. Porque como cuando eramos niños, nos recuerdan que todavía quedan muchos momentos por vivir y que como en la infancia, la vida es maravillosa.

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Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y es reproducido aquí con su permiso.

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Te explicamos por qué Madrid es un desastre urbanístico

En Pensamiento por
Tiempo de lectura: 8 minutos

Conclusiones en clave urbanística para entender algo de lo que está ocurriendo actualmente en la capital (continuación del articulo Megalópolis, la quimera de la ciudad mundial).

Madrid se ha incorporado decididamente -si bien aún en escala menor- a la ola que manifiestan las grandes aglomeraciones de nuestro mundo global. Aunque parezca irónico, la realidad es que nos encontramos ante una paradoja nuclear: el mundo se ha empequeñecido de tal manera que el hecho categorial al que nos abocamos es precisamente el de la desaparición de la ciudad. Al final, el hombre -ya mero individuo, eso sí sui iuris en su autodeterminación socializada- exiliado en un espacio cada vez más reducido y del que desea huir, de transportes cada vez más veloces que le permitan obtener destinos a su vez vez más lejanos. Estamos ya más cercanos a la ciudad mundial, donde lo colosal arrumba al hombre en favor de los medios: básicamente vía y transporte. Intransitable por sus dimensiones y existencialmente incomunicable. Si toda ciudad es ante todo comunidad, negado lo último, necesariamente se niega lo primero. Simple constatación: al presente el ciudadano desconoce la ciudad en la que sobrevive, sobrellevando su propio exilio interior.

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La quimera de la ciudad mundial o por qué nuestra ciudad es un asco

En Pensamiento por
Tiempo de lectura: 7 minutos

“Dos amores fundaron, dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la ciudad del hombre, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”. San Agustín

Una ciudad consiste en cierto número de ciudadanos ordenados en un régimen o gobierno. Por razón de necesitar el auxilio de sus semejantes, el hombre es un animal político y es en convivencia, por eso la comunidad que constituyen se fundamenta por el fin mismo del hombre, y a cada uno le corresponde tomar parte en el bienestar de la ciudad, siendo este el fin principal.Se puede decir por tanto que los ciudadanos participan de la ciudad solo en la medida en que participen del fin para el que la han constituido.

La ciudadanía no puede, por tanto, reducirse a un mero acuerdo para la ayuda mutua o para el intercambio. Si así fuera, todos los que celebrasen contratos serían ciudadanos de una misma urbe y, resulta evidente, en este tipo de relaciones uno no se preocupa de como son los otros, ni de si son injustos o cometen maldades. Sólo de que cumplan las condiciones que han firmado en sus contratos.

De cómo el contrato transformó nuestra urbe

Hasta el siglo XVIII la mayor parte de las ciudades no rebasaban los cien mil habitantes. Un hombre podía fácilmente abarcarlas y tenía la posibilidad de ir a cualquiera de sus límites andando, tal vez en menos quince minutos. Su estructura era sencilla, con un ámbito principal siempre de naturaleza pública y varios secundarios, si se trataba de ciudades mayores. La administración contaba a lo largo de la ciudad con pequeñas unidades administrativas locales formando ramas subordinadas de la central.

Ya en 1930, en cambio, más de trescientas ciudades poseían agencias dedicadas a la planificación a gran escala. En cuestión de poco más de un siglo, se había perdido la referencia humana en la construcción de la urbe. El administrador local que antes se ocupaba de gobernar algunas miles de personas, multiplicaba ahora su influencia, como jugando a ser un dios que rige los destinos de cientos de miles de personas, acaso millones.

No obstante, el hombre (el ciudadano) que antes conocía su hogar, que había recorrido sus límites, se encuentra con que no puede ya abarcar el conjunto de las ciudades que construye ni siquiera con la mirada. Su ecosistema, su demarcación, consiste ahora en una serie de aglomeraciones urbanas en constante estado de cambio y fuera de control.

Comentaba Toynbee, culminado el segundo fenómeno bélico mundial, que la mayoría de los soldados norteamericanos eran muchachos de campo que jamás habían visto una ciudad de unas dimensiones como Londres. Solo veinte años después, el suministro de alimentos de todo Estados Unidos era producido por un cinco por ciento de la población. Para los años sesenta, prácticamente todas las grandes ciudades de América habían sufrido ya las deformaciones de las grandes avenidas y autopistas, atravesando lo que antes eran calles y dividiendo así el espacio habitable para la población.

Pincha o haz click en la imagen para socorrernos.Entre el número creciente de dificultades que el cambio de la vida rural tradicional ha supuesto el salto a la actual carrera hacia la megalópolis, las de los transportes destacan notablemente, sin haber llegado a una solución por el momento. Tanto es así que, en 1980, el ciudadano neoyorquino que se trasladaba en automóvil consumía tres veces más tiempo en avanzar veinte manzanas que su padre medio siglo atrás con un coche de caballos.

De cómo la ciudad dejó de ser un lugar para vivir

La ciudad que lo es verdaderamente y no sólo de nombre, debe preocuparse de la virtud. Al convertirla en alianza se pervierte su significado, diferenciándose de otras alianzas en la proximidad territorial. La ley deja de ser ley para convertirse en un convenio aplicable al uso y las circunstancias y, en definitiva, no es capaz de hacer a los ciudadanos buenos y justos. La ciudad, así concebida, no es ya una comunidad de lugar cuyo fin sea evitar la injusticia mutua y facilitar el intercambio.

Estas cosas son fruto de la existencia de la ciudad pero no constituyen la esencia de la ciudad. La ciudad entendida como comunidad de casas y de familias con el fin de vivir bien, en amistad, de conseguir una vida perfecta y suficiente.

La ciudad concebida según el contrato propone soluciones que, al tiempo de aportarse, quedan obsoletas. El mayor volumen de tránsito se da en el centro de la ciudad, donde son más estrechas las calles. Permitimos a nuestras ciudades que vayan creciendo en todos los sentidos alrededor de sus centros por lo que estos van quedando estrangulados y terminarán por colapsarse. Tratamos la continua transformación de las ciudades de manera estática, sin darnos cuenta de que son dinámicas. Se habla de cinturones verdes como el de Londres, que naturalmente, llegado el momento se sobrepasan. No sirven los proyectos de renovación urbanística con los que intentamos aliviar la situación actual de nuestras ciudades.

La mano de obra urbana –y desde luego y necesariamente la que se corresponde con el sector servicios– es ajena a la urbe. Reside en aglomeraciones suburbanas que unen entre sí antiguas ciudades separadas, constituyendo así la megalópolis. Al divorciar sus hogares de sus empleos, han convertido a la urbe en un lugar de perpetuo movimiento humano que no necesita ya ser un hogar. La densidad de población disminuye de un modo constante en las áreas metropolitanas, adquiriendo las zonas marginales cada vez mayor amplitud.

Encontramos así que las áreas residenciales responden a sistemas de orden superior, las zonas industriales, los centros comerciales… Todos crecen más en superficie que en altura. Mientras que en las antiguas ciudades amuralladas la densidad demográfica era de ciento cincuenta a doscientas personas en Grecia, en Roma u otras poblaciones medievales y de Oriente, las de las zonas metropolitanas actuales no superan las cien; cincuenta y siete en Tokio; cuarenta y dos en Nueva York y diecisiete personas por hectárea en Londres, cifras de hace treinta años.

¿Qué elementos debe reunir la ciudad?

La ciudad que tenga por objetivo estar organizada de la mejor forma posible necesitará los recursos adecuados. El primero de ellos es la población. Tendrá que considerar cuantos ciudadanos debe haber y de qué tipo, y lo mismo con el territorio, que extensión y cualidades debe tener. Una ciudad no se mide por su número de ciudadanos sino por su potencia y las funciones que puede llevar a cabo mejor. Es muy difícil gobernar bien una ciudad demasiado populosa.

Decía Aristóteles que, así como la belleza se realiza siempre según número y magnitud, la ciudad que une a su tamaño el límite de población oportuno, será la más hermosa. En la naturaleza, las plantas o lo animales tienen una cierta magnitud, y ninguno conservará su propia capacidad si es demasiado pequeño o demasiado grande. Así, también hay una medida de la magnitud de las ciudades.

La consecuencia de la mejora de los sistemas y vías de comunicación ha sido alejar más (en espacio y en tiempo) a las personas de su centro de trabajo. En ciudades grandes, no es raro perder entre tres y cuatro horas diarias exclusivamente en desplazamientos. Ha sido la eficacia de las comunicaciones lo que ha motivado su abuso, ya que cada avance ha provocado una aglomeración inmediata.

Así, el efecto del desarrollo no ha sido la descentralización de la industria, sino su concentración. La planificación en gran escala puede introducir lo nuevo, en efecto, pero sólo a expensas de la destrucción de los valores urbanos antiguos. Tanto es así que los centros de las ciudades actuales están quedando sofocados y perecerán, como perecerá en consecuencia el paisaje natural. La escala de la ciudad está aumentando ya hasta límites inabarcables y depende casi por completo de sus medios mecánicos de transporte y comunicación.

Mientras, la sociedad actual no nos da indicios de poder organizarse mejor en semejante ciudad. El hombre es ya incapaz de imponer un gobierno metropolitano en muchas ciudades del globo. A menudo, se exagera la importancia de la administración local, que es no obstante un organismo que no tiene nada que ver ni en su sentido ni en sus funciones con lo que era el gobierno de las ciudades antiguas.

Muchos fenómenos sociales actuales, como la conducta de los jóvenes, muestran que no hemos sabido organizarnos como ciudad y, si la tendencia continúa, no podemos confiar en que la sociedad vaya a ser mejor mañana.

El hombre se recluirá en el interior de los edificios, convirtiéndose en un salvaje, a lo que contribuye la cultura tecnológica, forjando cárceles confortables, inmensos laberintos sin horizontes, hechos de cemento, hierro y cristal. La dejadez del espacio público y la fealdad de las edificaciones y del casco urbano -imagen visible de la pérdida de la referencia de comunidad, que escapa al horizonte de todo contrato entre particulares- hacen de las calles un espacio silvestre, en el que hasta la relación con nuestros monumentos, con nuestra identidad, queda entorpecida por los vehículos y el trajín de la urbe moderna. El asfalto se ha adueñado de las ciudades y llegará el momento en que, finalmente, nadie se preocupará por lo que pueda suceder fuera de los edificios, cuando el hombre, la persona desplazada de la ciudad, viva en el exilio.

 

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y es reproducido aquí con modificaciones con su autorización.

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¿Qué belleza salvará el mundo?

En Pensamiento por
Tiempo de lectura: 5 minutos

Búsquela en el silencio, búsquela en la calma, búsquela en medio de la noche y búsquela también en la aurora. Deténgase a cerrar las puertas mientras la busca, y no se sorprenda si descubre que ella no vive en los museos ni se esconde en los palacios. no se sorprenda si descubre finalmente que la belleza no es solo un qué, sino también un quién. (El despertar de la señorita Prim. Natalia Sanmartín)

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Mi querido Orugario

En Literatura/Religión por
Tiempo de lectura: 4 minutos

-De parte de tu cariñoso tío, Escrutopo.

Escrito de manera ingeniosa, muy del estilo al que Lewis nos tiene acostumbrados (The four lovesThe lion, the witch and the wardrobeSurprised by Joy), va sumergiéndonos en treinta y una cartas en las que el diablo Escrutopo alecciona a su joven e inexperto sobrino- el diablo Orugario- en los modos más eficaces de conseguir la perdición de las almas para el cielo, ganándolas para el infierno.

Clive Staples Lewis escribió las Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape Letters) ya convertido a la fe cristiana, y como tal es una alegoría de nuestra vida humana: realidad del bien y del mal, y cómo operan las tentaciones en el hombre. Sigue leyendo

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