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Encuentra tu tribu (porque solo crecemos en comunidad)

En Dialogical Creativity por
Tiempo de lectura: 3 minutos

«Encuentra tu tribu» es un consejo que ha popularizado Ken Robinson en el ámbito educativo (Cf. El Elemento), pero es también un mantra típico para el desarrollo de equipos creativos. Parece un descubrimiento actual, importado del continente africano («Hace falta toda una tribu para educar a un solo niño») y, sin embargo, es una idea clásica en Occidente, sólo eclipsada por el individualismo de los últimos siglos. ¿Por qué necesitamos encontrar nuestra tribu? ¿Para qué la queremos? ¿Es realmente importante para nosotros tener una tribu?

Recuerdo la sorpresa que causó en mis alumnos de Bellas Artes (una de esas profesiones lastradas por un individualismo exacerbado) leer el primer consejo que ofrece el pintor Alex Katz en su aportación a las Cartas a un joven artista: «Pintar es una actividad social y se realiza en comunidad. Encuentra tu comunidad».

Algunos de mis alumnos no estaban seguros de entender al pintor y otros discreparon abiertamente de su afirmación. Les pedí que repasaran la vida de sus artistas y pensadores favoritos. Recordaron, por ejemplo, que El Greco debió encontrar Toledo para llegar a ser él mismo. Que Séneca encontró en Lucilio a quien le inspirara una escritura «para los hombres del futuro». Incluso, que Sócrates tuvo en los atenienses, tanto en sus discípulos como en sus verdugos, quienes le hicieron inmortal. El Greco, Séneca, Sócrates (y cada uno de nosotros), fueron los que fueron porque lo fueron cuándo y dónde lo fueron. Parece un juego de palabras, pero en ese preciso sentido es en el que hay que entender la profunda expresión de José Ortega y Gasset «Yo soy yo y mi circunstancia».

Hay otra forma para comprender hasta qué punto la comunidad es necesaria para nuestro desarrollo personal. La vía interior. Cuando nos examinamos honestamente y buscamos qué nos debemos sólo y exclusivamente a nosotros, lo normal es que descubramos nuestra indigencia. Nada nos lo debemos por entero a nosotros mismos. Ni la existencia. Ni ser más o menos listos o guapos o ingeniosos. Tampoco nos debemos sólo a nosotros el desarrollo de esas capacidades naturales. No aprendimos a hablar, pensar o sentir por nuestra cuenta, sin influencia ajena. Incluso lo que llamamos legítimamente “mi personal y única vocación”, no es nunca un descubrimiento solitario, sino, siempre, fruto de un encuentro.

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Vaciados de lo que logramos gracias a otros, apenas nos queda el yo que elige. Y aún eso es discutible. Sería un yo desnudo y adelgazado, menesteroso, cuya misma conciencia ha sido ya pre-formada por la comunidad que le vio nacer y le educó, y cuyas elecciones (y el éxito de las mismas) están condicionadas por quienes lo rodean, y sólo pueden realizarse si ese yo se apoya en innumerables otros.

En una comunidad nacemos, en una comunidad aprendemos a discernir lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo conveniente y lo perjudicial. En una comunidad aprendemos el idioma desde el que pensamos, y en una comunidad aprendemos a pensar por nosotros mismos. Desde niños, confiamos en la comunidad que nos acoge. Sabemos que en ella podemos experimentar y equivocarnos, pues en ella seremos refutados, corregidos, enseñados y salvados de nosotros mismos. Sabemos que en ella podemos también arriesgarnos a acertar, y aquello que intuíamos como valioso pero frágil, por ser muy nuestro, se ve confirmado, elevado, sostenido y extendido en esa comunidad.

No se trata de un afán localista, pues sólo desde un lugar concreto se puede aspirar realmente a ser universal.

Como niños, una comunidad nos fue dada. Heredamos una comunidad y el mundo que ella conforma. Como adultos, tenemos la oportunidad de actualizar nuestra comunidad y, también, de elegir la que va a ser la nuestra. Fundar una familia… fundar o integrarse en una comunidad de artistas… una universidad… una empresa… una iglesia… nuestra tribu. No con afán localista, sino al contrario, pues sólo desde un lugar concreto se puede ser realmente universal.

Recuerdo un curso de verano en el que un alumno, impresionado por la sabiduría del ponente, le preguntó: «¿Qué libro me recomendaría?». El ponente respondió: «Muchos, pero la pregunta fundamental no es qué leer, sino con quién vas a leer». El ponente le hizo ver al alumno que hay una sabiduría anterior a los libros, sin la cual ningún libro te desvela su secreto. Esa sabiduría está en las personas de las que nos rodeamos. Ellas nos mejoran o empeoran. Nos descubren tesoros y miserias en nosotros que no conocíamos. Por eso el primer consejo creativo del pintor Alex Katz, y una de las claves educativas fundamentales para Ken Robinson, es «encuentra TU comunidad». «Encuentra TU tribu». Aquella en la que cada persona, por el sólo hecho de insertarse en ella, empieza a ser capaz de crear en ella misma.

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