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El astigmatismo de Chesterton

Dice Wikipedia sobre el astigmatismo: “Cuando el trastorno es importante (en este caso lo es), el síntoma principal consiste en la disminución de la agudeza visual tanto para visión próxima como lejana, la visión es borrosa y los objetos distorsionados. Puede existir dolor de cabeza y sensación de mareo, pues el ojo intenta compensar el defecto mediante la acomodación, en el consiguiente esfuerzo muscular”. Yo, enclenque perteneciente al lustrado con grasa de pato sector de la hostelería, trato de avivar, a la luz de un mal estudiado Chesterton, las paradojas que salpican las alegrías y penas de lo cotidiano.

Los cojones del anticristo y otros butrones a la historia popular

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Uno de los dulces que nos podemos encontrar en Santillana del Mar son “los cojones del anticristo”.

Atestados están los puestos y locales con estas pastas del Valle de Liébana. Desde el parking edificado para turistas madrileños hasta la Plaza Mayor de este hermoso, aunque siempre saturado, municipio cántabro.

Hace unos cuantos veranos, con un buen amigo democresiano, tuvimos a bien darnos un paseo por sus calles.

Hacía mal tiempo. Nublado y frío.

– ¿Sabes cuál es el dulce típico de aquí?

– No ¿cuál?

– Mira en ese escaparate.

Cubierta la primera risa incrédula, perfecto contraste con la apatía y hastío del tendero que hacía su agosto en agosto, decidí preguntarle por otro producto exótico de aquella tierra de gentiles y adoradores del demonio.

– Disculpe. ¿Tienen el falo del druida?

– ¿Cómo?

– El falo del druida.

Mi amigo, prevenido desde que nos conocimos de mis chuflas y chanzas, se giró hacia los quesucos de cabrales para evitar más cabreo y hastío en el tendero al enseñarle los dientes sin disimulo.  

– Pues no me suena. Eso será de otro pueblo.

Con algo de carcajada colgando en el costado, salimos los dos del establecimiento, sorteando a varios padres de familia, que con bufonadas cavernícolas a sus cónyuges cargaban al carrito del bebé mandiles de cocina con una silueta escultural y de tostado artificial; pura chabacanería serigrafiada en la parte delantera. Pasaban por su tarjeta de crédito licores de crema de orujo muy corrientes cuyo principal activo era estar envasado en un tarro que ponía al descubierto la exuberancia femenina. Y así toda clase de vulgaridades hechas dulce. Todo choni y todo cutre en esta villa medieval, para que nos entendamos.  

Traigo a colación esta anécdota porque leyendo la fascinante historia de las Hurdes y Batuecas, escenario sin igual de ciclos míticos en la geografía española, me he topado con la siguiente reflexión de Benito Jerónimo Feijoo. Dicho rescate fragmentario se lo debemos a Daniel Pablo Maroto, historiador carmelita, que en su obra “Batuecas”, hace un repaso monumental al antes y durante del Monasterio de San José, lugar extraordinario, todavía hoy, para el retiro y la oración.

La cosa es que el monje benedictino, ilustrado del XVIII, en su obra “Teatro crítico universal. Discursos varios en todo género de materias para desengaños de errores comunes”, dice así.

“El autor – escribe – que, para cualquier hecho histórico, cita la tradición constante de la ciudad, provincia o reino donde acaeció el suceso, juzga haber dado una prueba irrefragable a que nadie puede replicar. Varias veces – sigue razonando el crítico – he mostrado cuán débil es este fundamento, si está destituido de otros arrimos, para establecer sobre él la verdad de la historia. Porque – ahora viene todo el jugo del texto – las tradiciones populares no han menester más origen que la ficción de un embustero o la alucinación de un mentecato. La mayor parte de los hombres admite sin examen todo lo que oye. Así en todo pueblo o territorio hallará de contado un gran número de crédulos cualquiera patraña”.

Claro. Uno leé esto y tiene la sensación de estar en una catequesis resacosa del Padre Hugh Collins (La hija de Ryan), o del Rev. Capt. Samuel Johnson Clayton (Centauros del Desierto). Contundencia hecha vísceras.

Los cojones del  anticristo, el orgasmo de monja, los gusanos del celibato y los dientes del orangután son pastas que empañan la historia de un pueblo y sepultan su tradición, su verdadera tradición, que en casi todos los casos, se encuentra impregnada por las gentes que se apiñaban en torno a su Iglesia, su muralla, sus plazas y sus muelles.

Cuando el pueblo, ávido de reconocimiento para no caer en el sopor de los años, en el olvido de las generaciones que ahora solo ven los paisajes por Instagram, decide estas tácticas marketinianas al estilo de la batamanta o el extensor, incurre en la defecación sistemática en el mortuorio de todos los pescadores, mercaderes, bachilleres, clérigos, religiosas, chiquillos y hombres y mujeres de bien que laboraron su vida para que el ayuntamiento se ganase la dignidad de “ilustrísimo”.

Porque ahora, toda esa verdadera memoria histórica (no le pongamos paños ideológicos al término, por favor) acaba de ser mancillada por una turba innumerable venida de la capital y aledaños, que se enfunda el norte a modo de postureo pseudoburgués, y que tan solo recuerda el sitio por el chuletón que se ha jamado y por ser la tierra donde venden unas galletas de chocolate llamadas “los cojones del chivo o del diablo o qué se yo”.  

Quizás la Concejalía de Turismo de este y otros tantos municipios de España que pretenden esconder o permiten que se esconda la riqueza de su historia por la vía zafia de sus comerciantes, quizás, digo, debieran darse un garbeo por el despacho del concejal/a de cultura y hacerle un par de preguntas sobre la imbecilidad humana y sus consecuencias.

No quiero concluir sin rescatar la otra parte del texto del Feijoo, que seguro que será de mucho provecho mientras nos limpiamos las deliciosas migajas del escándalo hecho caries.

“Éstos hacen luego cuerpo para persuadir a otros, que ni son tan fáciles como ellos ni tan reflexivos, que puedan pasar por discretos. De este modo va poco a poco ganando tierra el embuste, no sólo en el país donde nació, mas también en los vecinos y, entretanto, se va oscureciendo la memoria y perdiendo de vista los testimonios o instrumentos que pudieran servir al desengaño. Llegando a verse en estos términos, van cayendo los más cautos, y a corto plazo se halla la mentira colocada en grado de fama constante, tradición fija, voz pública, etc”.

¡Ojo avizor a la próxima bolsa de recuerdos!

 

Las pastas que apelan a la genitalidad del diablo

Contra Querido Antonio y el humor irreverente

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Pocas cosas hay peores que un mal prólogo. Solo se me ocurre, por extensión, la obra a prologar.

Hay una  pedantería, una retórica, un embaucamiento cutrón de baratija del mercado de Volantis  en las primeras páginas de algunos escritos contemporáneos que me supera. Adjetivaciones imposibles, palabras muy sabrosas y afinadas en la nada defendiendo el arrojo de determinado autor para enfrentar con estrepitoso fracaso este o aquel tema.

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El terraplanismo hoy

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O una noche con la locura

Hace muchas cenas tuve la ocasión de estar con un tipo que Chesterton tildaría de “pagano”.

No sólo por las exóticas creencias a propósito de la divinidad de Jesús, que entra dentro de lo ponderable y esperable de cualquier conversación de hoy. Más bien era de esos tipos que en algún momento había dejado de creer en el todo y había empezado a creer en la nada. O como diría el artífice de “El regreso de Don Quijote” o “El Padre Brown“, “cuando se deja de creer en Dios; se empieza a creer en cualquier cosa”. Sigue leyendo

Lo que el buen periodismo le debe a Tintín

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En el almacén de la casa de mis padres, encima de una cinta de La Tienda en Casa que a mediados de los noventa prometía unos glúteos perfectos, hay una caja repleta de Tintín. En formato VHS. Con las carátulas de cartón amarillentas; mordidas por las virutas del tiempo.

Cuando padre, con la furia propia de los estrépitos de la vida que nos llevó a varias mudanzas consecutivas durante la apestosa “crisis”, cuando quería hacer limpia general del pasado, tuve que  quitar del grupo de restos que iban rumbo a la basura la colección completa de las aventuras del periodista belga. Sigue leyendo

El desagüe energético o la batalla de lo absurdo

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Tengo un amigo que tiene una batalla personal. Probablemente tenga muchas, como todos nosotros. Pero hay una especialmente acuciante, especialmente perseverante e irritante en mi timeline.

En su caso se trata del acoso y derribo sistemático que acomete contra una red de mensajería móvil que utilizamos todos a todas horas.

Tweets, gifs, latigazos verbales… Todo lo que esté a la mano para atacar la última adquisición de Zuckerberg. No habrá día de esta era tecnológica que no se suba a su atalaya para tirar piedras contra esta red social. No conocerá la tierra el descanso de este Job, que va a proferir todos los improperios inimaginables contra el doble tick azul y sus emoticonos anticuados e inanimados.

Este comportamiento, que en ningún caso habría cogido forma de texto si no hubiera sido por mi ociosidad de comienzo de semana, me ha llevado a una reflexión mayor.

¿Cuáles son las batallas personales que cada uno de nosotros tenemos? ¿Las sabemos identificar? ¿Qué cantidad de tiempo ingente y desproporcionado se nos va en ello? ¿Cuánta energía -energía de la buena, ojo- se nos escapa en blasfemar contra aquel o aquello que nos mina cada día por sus incompetencias (sean del orden que sean)?

Todas estas preguntas (salvo las dos últimas), propias de algún seguidor constreñido de Eckhart Tolle o Paulo Coelho, son pertinentes si nos llevan a identificar a ese canalla, a esa puerta mal cerrada, a esa taza putrefacta con posos de Cola Cao que hace y recoge vida “fungi” detrás del microondas y que le da ese toque de quelque chose a la cocina.

Recordaba en este espacio hace un par de años a un amigo que ante una jugarreta de un mecánico (como ponerle todo el sistema eléctrico del coche sin avisar al que iba a pagar la factura) pensó muy seriamente si coger barra de metal y escaparate o mandarle una carta de prosa delicada y correcciones victorianas. Era filósofo. Y católico. Debió hacer lo primero. Pero terminó haciendo lo segundo.

El caso es que yo tengo un enemigo mortal en lo abstracto. Un ente oscuro, como el manchurrón de chapapote flotante de Lost, que cada mañana, cuando enfilo el hall de mi edificio, me castiga sin piedad.

Se trata, sencillamente, de una puerta abierta. De la puerta que da al garaje, previo paso por el cuarto de basuras. Mi bloque de edificios tiene dos restaurantes en los locales de abajo. Con ellos compartimos cuarto de basuras. La imaginación de cada uno y la literatura francesa y rusa que hayan sido capaces de leer, les dará una idea de las pestilencias que brotan de dichos cubos hasta que son vaciados. Es una peste cansada, como un turno doble de trabajo y sin agua potable cerca. Como una fumada de pipa vieja sin refrigerio. Como un cordero de lechal seco, un flan con nata y un whisky con cenizas de cigarrillo de postre. Todo eso, mezclado por las entrañas de una comadreja enferma del colon.

Después de 243 portazos intensos a las 9 de la mañana de forma sistemática, con la firme convicción de que ese castigo sonoro llegaría a mi verdugo y le haría rectificar su propuesta formal de dejar siempre la puerta del hall, la que colinda con el cuarto de basuras abierta, decidí pasar a la acción.

Enfilé como un verdadero caballero el camino hasta la caseta de administración y allí supliqué algún tipo de mensaje escrito que soliviantase la conciencia del sujeto que siempre deja la puerta abierta.

El mensaje llegó. Pero no hubo ningún tipo de efecto. La puerta al averno nos sigue dando a todos las bienvenida en el bloque 9C.

Tantas veces he soñado con pillar infraganti al infractor, tantas veces he soñado con preguntarle el porqué de su determinación en compartir ese olor medieval, que muchas veces he tenido que frenar a destiempo porque me comía el coche de delante.

También he especulado con escribirle un texto, como ya hiciera a los cuervos de la mazmorra de Vodafone.

Sea como sea, y como tampoco yo soy mucho más valiente que mi amigo el filósofo, aquí va mi misiva. Le dedico unas líneas a mi antagonista invisible con el dudoso fin de que algún día, mientras sube las escaleras y deja la puerta abierta, se tropiece con este escupitajo online.

Estimado vecino/a: 

Durante los últimos meses has tomado una decisión extraordinaria, fuera de lo común, que me ha desconcertado desde todo punto de vista. Pese a las advertencias que ofrece el mensaje en folio A4 y tipografía Calibri, para dejar la puerta del cuarto de basuras cerrada, tú, indolente montaraz de perseverancia febril, desoyes con entusiasmo cualquier tipo de indicación y decides que el pecado es compartido. Que ese olor, tan sutil como un saco de ratas muertas, no debe caer en el ostracismo de lo subterráneo y deber pulular por el hall de nuestra residencia como si de aire vital se tratase.

No conozco tu rostro. No sé de qué pie cojeas. No creo que te vaya a pillar jamás acometiendo tus fechorías. Pero puede que algún día, tu olfato se despierte a la naturaleza del mundo, al orden correcto de las cosas. De lo bueno y de lo malo. De lo agradable y repudiable. Y ese día, de la forma que sea, estaré yo cerca para dejarte los excrementos de mi conejo, mi cerda y mi hija. Todos juntos y apiñados en una tela finísima. Todo con el único objetivo de garantizar tu conversión. De anunciarte el mal que durante tantos días te has emperrado en compartir. De recuperar, en definitiva y por siempre, tu olfato y educación para el bien de la especie humana.

Afectadísimamente, el tipo molesto del 3º5.   

En fin. Identifiquemos nuestras batallas, las más absurdas y peliagudas y dediquémosle unas líneas en lo público o en lo secreto para descargar nuestra ira. Que luego esos desagües energéticos nos lo subimos a casa, al coche o al trabajo y nos juega una mala pasada una puerta mal abierta.

 

Amistades II: la necesidad de construir una comunidad

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De pequeño marzo era un mes malo.

Demasiado frío para correr en el patio, demasiado embarrada la tierra como para llevar el vaquero al suelo y hurgar con un palo en los poros de la roca. Siempre, el joven homo sapiens sapiens, en búsqueda activa de arcilla con la que pringarse las manos.

Las peonzas no rodaban, los gogos se manchaban y arañaban, los tazos se perdían en los charcos y las Magic, los cromos de la Liga y los Pokemon de cartón perdían color y la textura propia de sobre nuevo recién abierto. Obviamente, este problema era cosa ajena a los que tenían el mazo plastificado. Benditas madres. Sigue leyendo

Un mamífero excelente

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De las diatribas que nos podemos encontrar en los escritos de Chesterton, seguramente, una de las más delirantemente divertidas, se encuentra en “La paradoja de Mr.Pond”.

En ella, el propio Mr. Pond, con elocuencia victoriana y algo de mirada alucinada —como todos los genios que se asombran del vuelo de un diente de león— argumentaba con un jurista de tres al cuarto un intrincado caso policial.

Mientras iba aumentando la temperatura de la conversación, Mr. Pond más plácidamente se explayaba en sus argumentaciones y más se maravillaba de la estupidez de su contrincante. Sigue leyendo

Por el sugus que te partió la boca

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El amor es el primer reclamo del hombre, por encima incluso de la felicidad;  por encima incluso del sufrimiento.

Dicha certeza se sostiene en la cotidianidad de la vida: en la contemplación de nuestros propios y ajenos. En la observancia militante de los gestos, pinceladas, de quienes día tras día componen nuestro cuadro de rostros.

Despertar con ternura frente a un ovillo fraterno; cuya faz está vetada por el pelo,  donde se intuye una boca de cuyo interior Tolkien habría podido sacar diez señores más oscuros que el propio Nigromante, es amor. O se le parece. Sigue leyendo

A los malditos doctorandos

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Escupitajo sin remordimiento alguno a los que se atreven a especializarse en una materia de las periferias del conocimiento humano y se empeñan en hacernos partícipes de ello 

Recientemente, un buen amigo de la universidad acaba de presentar su tesis doctoral.

Le recibimos con vítores comedidos y elogios reservados el grupúsculo de comadrejas intelectuales con los que el futuro doctor se junta de vez en cuando. Manos blandas. Palmadas sin el cariño esperado. Por dentro nos regurgitaba la pregunta.

¿Cuánto tardará en caer enfermo? Sigue leyendo

Amistades I: retrospectiva de un pequeño/gran fracaso personal

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Hace ya un buen puñado de meses tuve un encuentro al que todavía hoy, con pipa en mano y jarra de agua encima de la mesa, sigo dando vueltas.

Se trata de una quedada que hacía más de ocho años que no se producía.

Cinco amigos, con cuatro dientes de leche todavía intactos, jugaban en el barrizal que por césped tenían en la urbanización, metiendo goles imposibles en porterías infinitas, bañándose en piscinas traviesas. Sigue leyendo

Arrabaleros, toscanos y ruidos celestiales en el AZ60

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Antes volar era una cosa importante. El giro perfecto para las elucubraciones de un niño. Era el punto que necesitaba su locura, su divina inmadurez, para dotar de plausibilidad a una horda  de aviadores  nazis, de reporteros héroes heridos de bala que encandilaban a mujeres sofisticadas de vestidos rojos y sin ningún atractivo sexual reseñable.

El componente avión, que por norma general solo aparecía en la vida de un niño de clase media en el viaje familiar de verano, implicaba, necesariamente, preparar la historia con mucha antelación,  pues lo mejor de la aventura, salpicado de eternas caminatas y carreras de museo, era el vuelo de ida. Sigue leyendo

“Aniquiladlas. A todas”

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A lo largo de estos dos últimos años me he visto en multitud de habitaciones, celdas, locutorios, sacristías, salas de espera de colegios, restaurantes, bares de mala muerte, discotecas, bancos sucios, bancos limpios, sillas de plástico en pasillos fríos, suelos de piedra caliente y en una huerta… Tres mudanzas, con otras dos más anotadas en la agenda para antes del turrón, atesoran lo curva que puede llegar a ser la vida de un periodista que tenga por apellido en LinkedIn “Freelance” o en twitter algo así como “aventurero empedernido”.

En cualquier caso, con la certeza de la vida –de “esta vida”–, en casi todas ellas –firmar un absoluto sería admitir que vivimos en el mismo infierno– la musca comun ha estado presente. Sin más propósito que ofrecer a los espectadores un baile caótico, un duelo a muerte con la gravedad para ver quién gana en centímetros al hastío. Revoloteando con la misma torpeza con la que se recoge un borracho la madrugada de un martes de abril, al sonar de la persiana metálica del bar donde se ha dejado las ganas de empezar de nuevo; entre charcos de luces y reflejos fluorescentes del chaleco de un basurero con casco de bici en la cabeza. Sigue leyendo

¡Si te vieran los bosques!

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Desde muy pequeño tengo la idea de que los árboles de los bosques, a la mínima que se levanta un poco de viento y entran en contacto sus ramas, se intercambian los secretos de los hombres. Y  he aquí la principal razón -no el agua o el sol como la biología dicta- por lo que sus jugosas raíces se retuercen por la tierra. Por lo que sus troncos y bifurcaciones despuntan la gravedad, quedando expuestos a un vendaval de anhelos, absurdos y disparates. Sigue leyendo

“¡Marcos! Ven a echar aceitunas a los nazis muertos”

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Dieciséis horas después de la matanza de París, después de la rebelión de los hashtag, un amigo de toda la vida y yo nos encontrábamos en el Monasterio de Yuste.

Era una gran mañana para un paseo despreocupado. Nada en el ambiente; ni los naranjos, ni los turistas, ni los eucaliptos, ni el busto de Carlos V, parecían saber cosa alguna del maniqueísmo que entonces bullía en tertulias y telediarios.

 “¿Cómo es esto posible? ¿A qué clase de Dios macabro se le ocurre un día tan sublime después de Bataclan?”.

Después de pensar esta ocurrencia, supuse que algo parecido escribirían los más valientes de Twitter y Facebook si vieran la foto de un hombre contento pasear tras las huellas del Rey Emperador.

“¿Cómo se le ocurre andar por ahí en lugar de estar en casa; velando ruidos y furias con la Marsellesa a todo trapo?”. Sigue leyendo

Érase una vez…

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Érase una vez un país extraordinario.

Repleto de rostros, rasgos, lenguas e intereses.

Con montañas, ríos, valles, desiertos, rincones de azahar y sendas con escorpiones a ambos lados.

Durante mucho tiempo, pues este país fue nación antes que cualquiera, ilusionistas y magos de capas largas y gastadas fueron haciendo y deshaciendo sus embrujos y pociones, sin tener muy en cuenta —pues jamás faltaron té con churros a los brujos— a los que a las faldas de los castillos y abadías se peleaban por cuatro migas de pan negro. Sigue leyendo

A los cuervos de esta mazmorra

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17 de septiembre de 2015. 20:40.

Desafortunado Vodafone.

Me presento; soy el número de incidencia I 6045 6448.

Digo de partida que la medalla del género masculino se debe a que la historia atribuye a este sexo los principales generadores de mal de la humanidad.

Mientras suena una perversión de ‘Don´t worry, be happy’ del maestro Bobby McFerrin trato, apresuradamente, de poner en orden los puntos de mi reclamación, que acabará seguramente en la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Artefactos Muggles, en algún sótano de la memoria de J.K. Rowling.

En primer lugar he de decir que estas palabras jamás habrían tenido hueco si no fuera por la belleza de la amistad. Por la valentía de un amigo, que ante los abusos del pseudo-gremio feudal del automóvil (se lanzaron a su cuenta corriente como auténticas alimañas cuando él quería simplemente una revisión rutinaria), decidió dar una voltereta amorosa para acallar el instinto primitivo de destrozar cráneos.

En su afanosa búsqueda de la verdad, de la luz que le arreglaron sin su consentimiento para mostrar las sombras esperpénticas de sus cuerpos, estaba ante dos posibles escenarios. Apuntarse al cuarteto de ‘La naranja mecánica‘ y dejar el taller hecho unos zorros o escribir una carta electrónica. Sigue leyendo

Antes muerto que sin libros, ay que sin libros, ay que sin libros

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Algún guasón que lleve el espíritu contento quizás ha entonado sonidos de ultratumba al leer el titular de este nuevo despropósito. Un ritmo con deje sevillano y de verbena que todos, con más o menos dientes, bailamos en pleno boom de lo efímero. Apostaría en monedas fuera de curso, maravedís me valen, a que un porcentaje ridículo de quien esté leyendo este artículo sabe algo a día de hoy de María Isabel, la chiquilla que puso a España a presumir de vanidades.

Del mismo modo que esto es así y en una oda a los saltos mortales de las relaciones ideológicas que suelo marcarme, estoy convencido que un porcentaje todavía más diminuto de los que no sabemos viajar sin cuatro o cinco libros somos capaces de superar las 20 páginas de uno solo de ellos (salvo que haya vuelos de por medio).

El libro, como objeto físico, pesado, de puntas traviesas y de una escasez práctica destacada (salvo que se use de almohada en siestas o torceduras de planes extremos); ocupa para este género de bichos extravagantes un papel elemental a la hora de hacer el equipaje. Chesterton, cuya oronda figura a la hora de desplazarse tendría que marear bastante a su señora, estoy convencido que metería en la maleta una pipa vieja, una vela de un velero que hiciera la veces de capa, un ternero vivo y quizás varias botellas de lo que sea. Y libros. Sobre paganismo o sobre hierbas medicinales. Pero libros. Y dudo, y eso me hace inflar costillas, que terminase alguno de ellos si había una taberna cerca con la que humanizarse. Sigue leyendo

La bajada del burro y el barril de ron que no llega

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-Hola, buenas tardes.

-Qué tal buenas tardes, amigo. ¿Desea tomar algo?

-No, no. Gracias. Soy el técnico. Vengo a ver el lavavajillas.

-Ah, vale. Espera que te acompaño.

Avanzaron por un par de pasillos enclenques de pladur hasta llegar a la parte del office. Cada centímetro de espacio estaba ocupado con muebles viejos repletos de platos, copas,  servilletas y manteles. Pegado a la cocina, un viejo y enorme lavavajillas industrial gemía y  convulsionaba con terrible entusiasmo, amenazando con lanzar a cualquier lado sus tripas de porcelana y cristal. Sigue leyendo

La alegría de no necesitar libros

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El otro día, no con cierto rubor, le regalé a un amigo de mi infancia ‘El Principito’. Fue mi pareja quien, al encontrarse en La Casa del Libro de Gran Vía, me hizo (a la postre nos hizo) el favor de ir y comprarlo.

Mientras pensaba en qué podía regalarle, recordé la extraña auto-propuesta que me había marcado respecto a los cumpleaños de los amigos más cercanos: “Año nuevo, libro viejo“. En un alarde que algunos camaradas pensarían que era otra jugada más hacia lo extravagante, me desmarqué del resto de compañeros del grupo que habían puesto 10 euros cada uno para una camiseta del ManU. Yo solo aporté 5. Sigue leyendo

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