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La angustia de vivir

Cuñados

En La angustia de vivir por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por fin ha llegado el frío. Su manera de entrar en escena ha sido devastadora, como un fuerte tortazo. Tras unos meses bastante acalorados, en todos los sentidos, nuestra querida España afronta un reto que este año se plantea más peliagudo que nunca: los cuñados.

Saben perfectamente de qué estoy hablando (y los que no, plantéenselo). Algunos fundamentalistas de la impostura encuentran en estas noches su razón de ser, el motor de su existencia. Son fáciles de reconocer, llevan el traje apretado, beben sin parar antes de la cena y siempre le esperan a uno en un rincón. Esto se debe a que ellos son más eficaces en las distancias cortas, alejados del bullicio propio de la conversación excesivamente compartida. El cuñadismo comienza a impartir su lección magistral en el refugio sagrado de la intimidad.

Expertos todólogos, doctorados en rumorología, los cuñados ilustrados (o ilustres cuñados, como se prefiera) son al mismo tiempo entrenadores del Real Madrid, Presidentes del Gobierno y Magistrados del Supremo, entre otros cargos de honor. Se nota en la gravedad de sus palabras, incluso en los gestos de su rostro (cada vez más apesadumbrado ante el vértigo que da el dominio absoluto del conocimiento humano).

Suelen mostrar una actitud amable, siempre ofrecen una copa o algún aperitivo navideño. De esta manera llega el momento en el que un valiente se atreve a aceptar la copa, y escucha su clásico ¿qué tal, a pesar de todo? El valiente, que simplemente estaba allí por el whisky, siempre se queda pensando en ese a pesar de todo. La curiosidad le puede, ha escudriñado rápidamente entre sus recuerdos más recientes y no encuentra nada demasiado deprimente para ser la causa de ese ya famoso a pesar de todo. Sin dudarlo un momento más, responde mientras se enciende un tímido cigarro (está alerta, puede que el cuñado también sea un monsergas anti tabaco): ¿por qué a pesar de todo? De repente, en toda la casa suena un chasquido muy característico a sus pies, es el cepo cerrándose.

Sin saber bien las razones, descubre que, a medida que pasan las horas, la gente que ha decidido pasar la noche de una manera normal evitan su rincón íntimo de conversación.

El cuñado le explica que hombre, con la que está cayendo en España, es complicado sacar una sonrisa (son expertos en hacer de la situación nacional su estado de ánimo, su bandera ante la indiferencia generalizada del españolito que va a trabajar para volver a casa y soñar con sacar a alguna chica guapa a bailar). Pero nuestro amigo el valiente no se frena, quiere saber qué parte exactamente de la que está cayendo es la que aflige al cuñado. Error de principiante, no supo que a los todólogos les atormenta eso, todo. Un gesto, una calada tonta y un sorbo al whisky se convierten en los tres primeros clavos de su ataúd. Sin saber bien las razones, descubre que, a medida que pasan las horas, la gente que ha decidido pasar la noche de una manera normal evitan su rincón íntimo de conversación. El cuñado se ha hecho con él, y ya tiene a su víctima perfecta para analizar (siempre desde un punto de vista objetivo, equilibrado y sesudo) los problemas de política nacional e internacional, conflictos bélicos, fichajes de invierno para el Madrid y la situación financiera de Venezuela. Incluso en una cena dicen que un cuñado llegó a salvar al mundo del cambio climático, pero no sé si será real. Ya saben, con los cuñados nunca se es consciente del punto final de la historia y el principio de la leyenda. Eso es precisamente lo que les convierte en unos personajes prácticamente míticos de la mesa española.

Sin embargo, para acrecentar el sufrimiento de los que queremos llevar una existencia razonable, la rumorología y la todología se extienden cada vez más. De esta manera, los cuñados se han multiplicado y han llegado a abarcar todas nuestras capas sociales. Están perfectamente integrados, incluso cuentan con una cuota de pantalla (que es como realmente hoy se mide la trascendencia del personal cuñado) nada desdeñable.  

El otro día encendí la televisión para ver las noticias, otra experiencia vital de altura estos días, por cierto. Justo se emitía una pieza de las reacciones a la decisión del Tribunal Supremo de mantener en prisión preventiva (casi nadie recuerda ya esta segunda palabreja) a algunos de los románticos más famosos de la actualidad española. Una de las que más me llamó la atención fue la de Miquel Iceta. Salía colocándose las gafas y decía muy serio a la cámara que era una mala noticia. Lo mejoró después: No es el resultado que yo hubiera deseado. Pero esperen, que hay más: Me alegro por los que salen, pero creo que se debería haber extendido al resto.

Pocos días después, el Supremo retiró la Orden Europea de Detención contra los nostálgicos de los mejillones. Yo estaba impaciente, no podía esperar a que llegara el momento de llegar a casa y encender la televisión. Una vez llegó el momento me preparé, me senté como es debido, puse las noticias y ahí estaba de nuevo. Apareció con sus gafas (en ese momento juraría que eran de un rojo incluso más chillón) y transmitió su análisis sobre la decisión del Alto Tribunal: Es una buena noticia. De repente, se oyó un chasquido a mis pies. Son días duros para la gente normal, ya ni si quiera esperan a Nochebuena.

 

Repaso ideológico en el aula

En Cataluña/España/La angustia de vivir por
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Decía Cicerón que instruirse es el verdadero alimento del alma, instruirse siempre. Los niños van a clase estos días en medio de huelgas, padres gritando al televisor y cargas policiales. Repentinamente, el colegio se ha convertido en un santuario, un remanso de paz en el que encontrar conocimiento, amistad y tranquilidad entre tanto revuelo. El otro día escuché a un niño en el bus decirle a su madre: “Mamá, ¿por qué ahora siempre estás hablando de política?”. El chaval lo comentaba tranquilamente, como una mera observación mientras barajaba sus cromos de fútbol.

Los maestros son una de las figuras más relevantes de nuestra sociedad. Al fin y al cabo, se les deja a cargo de parte (sí, simplemente de parte) de la educación de los hijos. En ellos, los estudiantes han de encontrar a una persona capaz de inspirar, crear, fascinar, cultivar y demás infinitivos, cursis, pero muy reales. Los chavales no piden más, van allí a encontrar algo de conocimiento, reírse, comentar sobre el partido de liga del pasado fin de semana, quizás echarle una miradita a alguna chica y largarse. Sin embargo, los niños en Cataluña se encuentran con algo muy distinto (chicos, chicas, mayores y pequeños). Sigue leyendo

La vida es para el verano

En La angustia de vivir por
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Acabo de terminar de leer un libro. Fue hace un par de noches. El libro me ha gustado. Ha sido más que un buen compañero, mucho más de lo que fue Alfredo para Elisa De Santis. No sé en qué campaña publicitaria he escuchado que los libros son para el verano. Mi eterna pose de intelectual me impide suscribir al cien por cien un eslogan, pero he de decir que hay algo de real en ello. La verdad es que los libros son para cualquier momento. Pero en verano se tienen más momentos. Ay, el verano. El mensaje hace una clara referencia al título de la obra de Fernando Fernán-Gómez: Las bicicletas son para el verano. Con eso también estoy de acuerdo, pero no se puede entrar en todo.
Volvamos a esa noche. Pasé la última página. La siguiente estaba en blanco. Y la siguiente.  Las pasé con decisión. No sé muy bien la razón pero soy un verdadero escéptico con el final de las obras de ficción (bueno, con cualquier cosa). Siempre doy una oportunidad más. Igual hay otro capítulo corto esperándome, en todos los sentidos. Creo firmemente que es uno de los traumas propios de una generación que ha crecido con escenas después de los créditos de las películas de animación.
He de decir que me tomo esta clase de momentos muy en serio. El mundo para de girar. Respiré profundamente y me quedé un rato mirando por la ventana. Puede que en tu pueblo de veraneo no, pero en Madrid esta clase de cosas le dan a uno un cierto aire de nostálgico. Terminar un libro que te ha gustado es comparable a los grandes momentos de una vida posmoderna tipo: el final de temporada de tu serie favorita, la primera copa que te tomas, un cigarrillo a escondidas, el beso de una chica en una noche de verano o la primera vez que ves el césped del Bernabéu. Conforma una suerte de síndrome de Stendhal para un millennial como yo, los patos de mi Central Park particular.
Únicamente las noches de Julio y Agosto brindan la oportunidad de apreciar estos incorruptibles suspiros del tiempo y permiten hacer una irracional (aunque no por ello menos veraz) radiografía de la coyuntura. Porque en verano siempre se está al borde del precipicio. Y eso lo cambia todo. Como decía Cuartango en El club de los corazones solitarios: “Esa conciencia de la fugacidad hace más precioso cada instante, porque en él se condensa toda la eternidad”.  Ay, el verano. La vida es para el verano. 

Coronas, bailes y pantalones de pitillo

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El verano ha llegado, una vez más.  Algunos se habrán dado cuenta gracias a  los termómetros de las paradas de autobús, o los encierros de San Fermín, quién sabe.  Otros vemos en la llegada de Wimbledon el síntoma inequívoco de la entrada de la temporada estival. La llegada del baile, las vistas, el champán y las fresas. También es época para fumar en exceso y enamorarse, pero bueno en eso ya  entraremos en otro momento.

Este año, el torneo de tenis más prestigioso y antiguo del mundo ha coincidido con la visita del Rey Felipe VI a Londres. Fue recibido por la Reina Isabel II, el duque de Edimburgo y la monarquía británica al completo. El Rey tuvo la oportunidad de dar un discurso en el Parlamento, visitó la tumba de Leonor de Castilla en Westminster y mantuvo un encuentro con empresarios, entre otras muchas cosas. La Guardia de Gales les recibió en Buckingham. Allí se quedaron a pasar unos días, acompañados de distintas personalidades, de pompa y cenas exclusivas. Sigue leyendo

Un café (o la búsqueda incansable de lo extraordinario)

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El otro día me encontré casualmente bajando el paseo del General Martínez Campos y me entraron unas ganas terribles de tomar un café. He de señalar que mi concepto de el otro día resulta siempre bastante vago, qué le voy a hacer. Recordé que por allí había siempre una cafetería clásica: barra de madera muy alargada, taburetes oscuros y camareros con corbata y chaleco.

Tras una pequeña duda, el sitio no parece el mismo, decidí entrar. Bajé los escalones y observé agradecido que tenían la televisión puesta. No sé muy bien la razón, pero el hecho de que haya un televisor cantando noticias mientras tomo café siempre me ha dado cierta confianza. Hoy en día parece una cuestión demodé. Yo lo veo como una de esas cosas que (desgraciadamente) caminan con lentitud sobre la línea que distingue lo nostálgico de lo puramente rancio. Sigue leyendo

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