El día en que mi abuelo conoció a Sophia Loren

En Cine/La angustia de vivir por
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Era festivo. En Madrid caía la tarde con el brillo especial que regalan esos días en los que el invierno no acaba de morir y la primavera no acaba de nacer. Por lo capital todo iba un poco como siempre: la mitad de la gente indignada por algo, la otra mitad tomando copas en las terrazas y el Madrid accediendo a finales de Europa. Yo paseaba con mis brazos ocupados. A un lado tenía enroscada a mi rubia favorita. Al otro, sostenía mi ejemplar recién comprado de Insert Coin, el último libro de José Luis Garci. Como ven, una escena muy a lo Holden Caulfield, aunque aquí nadie pensaba en los patos del Retiro (que yo supiese).

Me encendí un cigarrillo que saqué medio doblado del fondo del bolsillo interior de mi chaqueta. Al aspirar la primera calada se me revolvió el estómago. Lo cierto es que estábamos bastante resacosos de unos cuantos días comiéndonos el mundo. Miré a esos ojos azul oscuro que dominan completamente mis días, me perdí en ellos. Fue en ese momento cuando pensé: puede que la vida sea esto. Sonreí. Me sonrió.

Al llegar a casa llamé a mis abuelos. Quería decirle a mi abuela lo contento que estaba con nuestro viaje espiritual a Kiev en unas semanas. Ella compartió mi alegría, por la noticia y por el modo de producirse. Si hay algo que nos gusta a los madrileños es escuchar los ladridos de provincias desde lejos. Mientras comentábamos, mi memoria se vio atacada por un recuerdo no muy lejano, una anécdota de mi abuelo que me había contado algunos meses antes. Pedí que se pusiera para poder aclararlo, juntar las piezas que las trampas de la nostalgia desperdigaban por mi cabeza dolorida.

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Mi abuelo, Camilo Porta, me refrescó la memoria entre risas. Pintor de profesión, romántico de espíritu, de él aprendí que lo mejor que uno puede hacer ante una gran historia es sentarse y escuchar. En definitiva, analizar los silencios y estudiar los relatos ajenos. Quizá por eso terminé estudiando Periodismo, pero ahora mismo no estamos en esa canción.

En los años sesenta, España podía considerarse uno de los jardines traseros de Hollywood. Multitud de súper producciones se hacían dentro de nuestras fronteras, la mayor parte de ellas producidas por Samuel Broston. Catalogada como la película con mayor decorado por el Libro Guinness de los Récords, La caída del Imperio Romano tuvo a bien contar con mi abuelo para pintar los murales y diseñar los mosaicos. El largometraje dirigido por Anthony Mann contó con un nombre que nunca dejó a nadie indiferente: Sophia Loren.

Sofía Loren y Stephen Boyd en La caída del Imperio Romano (1964)

A mí Sophia siempre me había parecido una actriz genial, un verdadero mito. Pero en el momento en que escuché esta historia por primera vez para mí era ya una obsesión. Me había quedado prendado de su mirada en Matrimonio a la italiana. Aunque si soy sincero, nunca terminé de entender cómo estaba tan enamorada del tal Domenico Soriano (por mucho que fuera Marcello Mastroianni). Como dice Garci, yo nunca he sido muy de cuentos, aunque sí que he sido muy de películas. Por ello, momentos como ese en el que Filumena se niega a salir de su habitación del prostíbulo para ir a un refugio en medio de un bombardeo me dan la vida.

Según cuenta él, después de terminar los murales se acercaron algunos pintores a ver el rodaje. Ese día había una escena de cama. Mi abuelo, sin poder contener la emoción dijo: no puede ser, es la auténtica Sophia Loren. Los demás rieron a carcajadas antes de informarle de que para ese tipo de escenas siempre se usaban dobles. Mi abuelo se fue a casa disgustado. Sin embargo, pocos días después, en la zona de camerinos, observó cómo la gran diva italiana de todos los tiempos salía de su cuarto. Se cruzaron, se miraron y cada uno siguió su camino.

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Entre risas, mi abuelo no dejaba de repetirme al teléfono que esta anécdota no podía venderla como conocer a Sophia Loren, aunque resaltó que había sido toda una experiencia. Ante mi fascinación con la historieta, él concluyó: de todas formas, en esa época yo ya conocía a tu abuela. Y con eso me bastaba y me sobraba.

Colgué el teléfono. Me fumé otro cigarrillo y pensé: definitivamente, la vida es esto.

Graduado en Derecho y Periodismo. Amante indómito. La literatura, la escritura, el cine y la música guían mis pasos. Colaboro en Radio Internacional y también he publicado una novela titulada Tormenta de verano. Actualmente busco la gran belleza en el fondo de los vasos y ceniceros.