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Por qué no soy especial

En Columnas/No sabría decirte por
Tiempo de lectura: 6 minutos

“Hacerse mayor” es, además de una expresión horrible, un conjunto de factores y circunstancias que logran –o pretenden- hacer que tu brújula vital se estabilice. O al menos así lo veo yo. Paradójicamente y para que eso suceda, por el camino tienes que desaprender muchas cosas. Desaprendes tanto como aprendes, en un vals incesante de conocimientos y lecciones vitales que esperas que en algún momento te ofrezca un descanso para poder reposar y repasar. Aunque eso raramente sucede, y tú tienes que ir encadenando compases mientras esperas que absolutamente nada se te olvide.

Una de las últimas cosas que he tenido que desaprender ha sido de las más duras y catárticas hasta la fecha. Algo que determinaba mi existencia, sin ser yo Homero ni nada de eso. He tenido que decir adiós a eso de pensar que soy alguien especialGenuina, genial, one in a million. Sí, eso que tus padres te decían, tus profesores te decían, y hasta el taquillazo de turno te decía. A través del amor de tus padres, de las frases de ánimo de tus tutores en el colegio y del guion cogido con pinzas de esa película que has visto más veces de las que admitirías públicamente, la mente ha ido grabando a fuego lento la idea de que uno es alguien especial que está destinado a grandes cosas. Plenamente convencido de tu derecho a vivir una vida extraordinaria, aguardas impaciente a que llegue el momento, el pistoletazo de salida a la aventura de tu vida…

Maldita sea, si hasta las tazas de Mr. Wonderful te recuerdan todos los días, en medio de tus madrugones ojerosos y de working class, que “Todos somos únicos y especiales. ¡Tu vida puede ser algo extraordinario!”. Y esta aparentemente inocente y motivadora afirmación ha marcado la mía desde que empecé a poder tomar mis propias decisiones. Cada trabajo precario que aceptaba se llevaba mejor con la promesa de que algún día no muy lejano yo haría algo que me catapultaría a la posteridad, a la grandeza, o que al menos me permitiría vivir desahogadamente el resto de mi vida. No más tuppers, no más oficinas, no más “Aquí, de lunes.

Escribir un bestseller, inventar algo, triunfar como actriz, viajar en el tiempo, cambiar el mundo, vivir de lo que me apasiona, formar parte de algún tipo de élite o realeza

Ese tipo de cosas que lees fascinada sobre la vida de otros. ¿Por qué ellos y yo no? ¿Por qué hay gente que tiene vidas tan fascinantes y yo estoy aquí, escuchando por octava vez a mi compañera de trabajo hablar sobre algo que no me importa lo más mínimo? ¿cuál sería la explicación psicológica para anhelar algo así? ¿Envidia? ¿Dinero? No me considero tan horrible -¡espero!- yo diría que sería la sensación de saber que estás haciendo algo extraordinario con tu vida, y el resto del mundo está siendo testigo, por lo que esa felicidad, al ser compartida, es todavía mayor.

Como Antonio Salieri (F Murray Abraham) en Amadeus (Milos Forman, 1984), la mediocridad es para mí un concepto maldito. Siempre he observado con una mezcla de aburrimiento, compasión y horror a todas esas personas que disfrutaban y se regocijaban de una vida para mi gusto gris y sin aspiraciones grandilocuentes ni historias que pudieran adaptarse en un biopic. Y así, mi vida transcurría amargada, anhelante, bloqueada y a la espera. Curiosamente, sé que no soy la única con estos pensamientos. Cada día más, nuestra sociedad va cimentando la –conviene informar: dañina- idea de que todos podemos ser famosos, una especie de secuela 2.0 de esos 15 minutos de fama que todos tendríamos que ya predijo Warhol y que Woody Allen tan bien reflejó en “To Rome with Love”, con un desquiciado Leopoldo Pisanello (Roberto Beningni), al que la fama le llegó de forma fatua y que perdió un par de suspiros después, habiendo conquistado por el camino una alta dosis de patetismo en los platós de la socialité; con los pantalones bajados en mitad de la calle hablando de cómo unta él las tostadas.

Es obvio que no es lo mismo ser famoso que pasar a la historia o vivir una vida extraordinaria, pero todo tenía para mí el mismo fondo: saber que mi vida estaba siendo aprovechada en su máximo potencial. Aunque posiblemente este problema lleva entre nosotros mucho más tiempo, por ejemplo Louis XIV, en el s. XVII, se comparaba constantemente con los clásicos de Grecia y Roma. Y si tiramos más del hilo, quizás todo se reduzca a la universal pregunta: ¿cuál es el sentido de la vida?

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Para mí nunca ha habido nada de emocionante en tener una vida corriente de esas de trabajo detestable, hipoteca esclavista, casa a las afueras e hijos agotadores. Y yo estaba destinada a algo grande. Porque leer y estudiar tanto a personajes históricos tiene sus consecuencias, una puede acabar soltando una frase como Samwell Tarly (John Bradley-West) en una de las últimas temporadas de Juego de Tronos: “Estoy cansado de leer acerca de los logros de hombres mejores.” Aunque una buena pregunta al respecto sería: “¿Y qué estás haciendo para lograr todo eso?” En mi caso, probablemente muy poco, y quejarme mucho. Para colmo, había empezado a dudar de uno de mis salvoconductos hacia la posteridad. Lo que siempre había considerado mi vocación ya no lo parecía tanto. ¿Y ahora qué? ¿a qué talento iba a agarrarme para huir de la mediocridad?

Buscando respuestas, intento analizarme a mí misma. ¿Por qué me está pasando esto? ¿por qué yo no puedo conformarme con la reconfortante cotidianidad de mi vida y los demás sí? ¿Es esto el síntoma de algo más grande? ¿Leo demasiados libros y veo demasiadas películas? El domingo, sin poder dormir, mantuve una de esas charlas salvavidas y reveladoras con mi novio. Él siempre me aporta algo en lo que yo no he reparado, y aquella noche no fue excepción. Sin caer en el odioso tópico “la belleza de lo cotidiano”, igual se me había pasado por alto que la vida, en sí misma, ya es algo extraordinario. Que nuestro hacer diario es una aventura, aunque no incluya necesariamente elementos cinematográficos. Cada vida es extraordinaria de manera única, aunque no todas tengan (¡o quieran!) un altavoz para darse a conocer. Como Adam Driver en Paterson (Jim Jarmush, 2016), ese conductor de autobús/poeta que vive una existencia relajada y sin aspiraciones a darse a conocer. “La poética de la vida ordinaria”, como reza una de sus críticas en El Confidencial. Eso me gusta más.

Quizás la mayor grandeza es vivir tu propia vida sin compararte y no por ello menospreciar las delicias que día a día se te ofrecen.

Me di cuenta de ello al día siguiente, cuando, de repente y sin esperarlo, me embargó una felicidad enorme al abrir la puerta de casa y darme cuenta del hogar que estaba construyendo con mi pareja. O cuando acompañé al colegio a mi sobrina. O cuando mis compañeros de trabajo contaron conmigo, la nueva, la recién llegada, esa chica tímida, para pedir una pizza. Así, sin más, llegó mi revelación de lo extraordinaria que cada día era mi vida. De lo involucrada que quería estar junto a los demás. Empiezo a estar segura de que de ahí surgirían las historias más inesperadas e extraordinarias. No soy nadie especial, pero al mismo tiempo, puedo serlo para todo aquel a quien deje formar parte de mi vida. También caí en la cuenta de otra cosa que siempre paso por alto: tengo toda la vida por delante. De nuevo, esta fiebre entusiasta millennial nos empuja que tenemos que lograrlo TODO en un periodo muy corto de nuestras vidas, como si a los 30 ya tuviéramos que tenerlo todo solucionado.

He empezado a bucear un poco más dentro de mí misma y a desaprender muchas de las cosas que creía sobre mí. Aún no he despejado la ecuación, y a día de hoy no tengo todavía trazado el mapa hacia las estrellas. Pero tengo muy claro que solo podré recorrer el camino hacia cualquier cosa que aspire –aspiraciones y cotidianidad no son excluyentes, otra lección aprendida- si estoy rodeada de ese amor que yo también tengo que dar incondicionalmente. Porque muchas veces eso se nos olvida. Y esfuerzo, mucho esfuerzo. Me queda mucho por descubrir, y pienso saborear todas las intrigas, delicias, miserias y maravillas de mi anónima y corriente vida, pues sería injusto ignorar las aventuras cotidianas –nunca sabes a donde te pueden llevar- solo por estar esperando algo todavía más grande.

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Nacida en Octubre del 90 y graduada en Artes Plásticas y Diseño con especialización en Moda, escribe cuando no encuentra sentido a lo que le rodea. Formándose para ser viajera del tiempo. Apasionada del cine, los libros y las patatas bravas.

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