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¿Es necesario ponerse “ciego” para ser un artista?

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Existe cierto mantra occidental, cierta idea preconcebida cuyo origen es difícilmente localizable, que asocia a los artistas y las cogorzas de manual como un binomio indisoluble.

Dramaturgos, compositores, actores o escritores. La figura del creador que traza su carrera profesional acompañado de estos o aquellos licores ha cogido un pedigrí irrenunciable para la industria cultural. Si no, vean los documentales de Netflix o asómense a la FNAC cuando abrace a la parca su ídolo musical.

A efectos marketinianos, da igual si se redime o no el artista en cuestión, lo importante es que haya sufrido. Y mucho, a ser posible. Si es cierta la máxima de que el dolor, como la muerte, es el peaje por el que ha de pasar, de una forma u otra, todo hombre a lo largo de su vida; especulo que “la industria” explota esta flaqueza del genio creativo y la abaja para que podamos empatizar con sus miserias. Porque al final, quién no ha echado por la borda su dignidad alguna vez, pringándose los zapatos y dejando los pantalones perdidos. Ya sea en la Semana Grande de Tomelloso o en las palmeras de Beverly Hills.

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Dostoyevski y el vodka, Johnny Deep y el bourbon, Chavela Vargas y el tequila o Hemmingway y el vino. En el caso del nobel estadounidense, la lectura de “París era una fiesta” no es un sino un repaso de aquella época en la que el beber con entusiasmo conformaba la piedra angular dentro de la dieta del artista. No hay comida u ociosidad que nos relate durante sus años en la capital francesa en la que no haya un botijo de mesa, un caldo excelente, un güisqui, una champaña o algún cóctel adecuado para las vanidades de entonces.

Entre lo biográfico y la ficción, se van sucediendo las borracheras terroríficas del matrimonio Fitzgerald, que sepultó la literatura de Scott y acabó con Zelda en el manicomio. O la vacuidad de Pascin, que acabó con mal aliento colgado de una viga. O el extravagante poeta Ernest Walsh, al que se le calentaba la boca hasta el ridículo cuando se pasaba con las copichuelas, tal y como reconocen en un simpático fragmento Joyce y Hemingway. Por lo leído, el beodo les había prometido el mismo premio literario -de la misma revista- en el mismo año. Pasa con las melopeas, que uno ya no se acuerda de lo que promete o de lo que deja a deber. Por cerrar la historia: ninguno de los dos llegaría a percibir dicho galardón.

No es de extrañar entonces que con todo este anecdotario Gertrude Stein le colgara el sambenito de “generación pérdida” a aquellos creadores que habían vuelto más o menos tocados del ala tras la Primera Guerra Mundial y que se habían comprometido con la causa de dejarse la vida en el culo de una botella.

De la serie “A hombros de gigantes”, publicada en la página de Facebook de Democresía

Hace tiempo me llegó una leyenda sobre Joseph Roth que viene muy a molde. Dicen que el genio austriaco llevaba siempre a sus orgías etílicas un dinerillo que era “absolutamente intocable”. Los que hayan leído una de sus obras más célebres, “La leyenda del santo bebedor”, verán aquí un paralelismo fantástico, que no idéntico, con Andreas Kartak, el protagonista del relato. Por lo visto, nada más entrar a su bar de cabecera, ponía en sobre aviso a todos los parroquianos para que intervinieran con mano dura si osaba hacer uso de dicha fortuna para pagar una consumición de más. Esto se debía a que tales fondos tenían que ir destinados para el sepulturero. Para alguien católico y profundamente comprometido con su vicio, el paso a la otra vida no es una cuestión menor. 

Por otro lado, Antón Chéjov, en su relato “El talento“, se valió de la ficción para hablar de sus propias preocupaciones y pecadillos. En estas líneas cuenta cómo tres pintores, con la ebriedad que provocan “los sueños de gloria” aderezados, van quemando la vida y las esperanzas, dejando un rescoldo de autosatisfacción que como diría D´Aurevilly, “cuando la vanidad está satisfecha y lo demuestra se convierte en fatuidad”.

“El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.

Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se venden a millares. Se halla en un rico salón, rodeado de bellas admiradoras… El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que confesar que el pintor no ha leído ninguna obra litera”.

En el panorama nacional también hemos tenido a nuestros ilustres eruditos malpasados con la bebida. Menéndez Pelayo aumentó su biblioteca al mismo tiempo que la cirrosis le iba rebanando años. Con el mismo entusiasmo iba atesorando reconocimientos y méritos que le llevaron, con veintidós años, a la cátedra de Historia Literaria por la Universidad Central de Madrid como a los bulines y fiestas copetudas donde festejar que estaba vivo. Alejandro Sawa, el genio sepultado por el “polvo moderno” de la hemeroteca, tal y como recoge “Vidas Cipotudas”, acabaría desahuciado y humillado por sus compañeros de generación. Pagó caro su carácter indómito y se bebió por anticipado sus ahorros y proezas periodísticas y literarias durante la Belle Époque -otra vez París- donde se arrimó a Verlaine, Víctor Hugo, Dumas y Rubén Darío bajo el calor de todo tipo de vapores. Del rey de los bohemios nos queda poco más que alguna foto finisecular y el esperpéntico personaje de Max Estrella con el que Valle-Inclán quiso rendirle inmortal tributo.

Lo dicho. Nos han colado por mucho tiempo la figura del atormentando por sus vicios y quizás, en la era de los artistas sin duende, de los “escritores que no escriben, de los directores que no ruedan”, resulta pertinente superar la bohemia, compadecer a quienes consumieron su talento sin llegar a ponerlo del todo en práctica y aupar a los talantes tranquilos, poco amigos de las extravagancias y el pábulo, de horario de oficina para sacar párrafos y trazos adelante sin expresiones etílicas de por medio. Al menos no como condición indispensable de su genio y producción creativa.

Quizás sea buen momento para reivindicar la actitud del artesano en el artista.

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(@RMoralesJimenez) Narrador omnisciente de novelas negras y aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Codirector de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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