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Cine

El día en que mi abuelo conoció a Sophia Loren

En Cine/La angustia de vivir por
Tiempo de lectura: 3 minutos

Era festivo. En Madrid caía la tarde con el brillo especial que regalan esos días en los que el invierno no acaba de morir y la primavera no acaba de nacer. Por lo capital todo iba un poco como siempre: la mitad de la gente indignada por algo, la otra mitad tomando copas en las terrazas y el Madrid accediendo a finales de Europa. Yo paseaba con mis brazos ocupados. A un lado tenía enroscada a mi rubia favorita. Al otro, sostenía mi ejemplar recién comprado de Insert Coin, el último libro de José Luis Garci. Como ven, una escena muy a lo Holden Caulfield, aunque aquí nadie pensaba en los patos del Retiro (que yo supiese).

Me encendí un cigarrillo que saqué medio doblado del fondo del bolsillo interior de mi chaqueta. Al aspirar la primera calada se me revolvió el estómago. Lo cierto es que estábamos bastante resacosos de unos cuantos días comiéndonos el mundo. Miré a esos ojos azul oscuro que dominan completamente mis días, me perdí en ellos. Fue en ese momento cuando pensé: puede que la vida sea esto. Sonreí. Me sonrió. Sigue leyendo

Javier Aller: el marciano inmortal

En Cine por
Tiempo de lectura: 2 minutos

Javier Aller se fue hace unos días. Regresó al planeta surrealista que pertenece. El primer avistamiento de su persona en nuestro planeta fue en el año 1998 con El milagro de P. Tinto donde debutó en el cine interpretando un fastidioso marciano adicto a la gaseosa.

Aller desde entonces nunca dejaría de interpretar en sus películas la misma actitud vital bizarra y sencillamente genuina. Sigue leyendo

El escritor que no quiso ser el “Rey del Bacon”

En Cine/Democultura por
Tiempo de lectura: 2 minutos

“Simplemente no quiero escribir relatos como todos los demás. El héroe de guerra no siempre tiene un desfile. A veces, se vuela la cabeza. Quiero crear una nueva forma de escribir. Una forma moderna sobre la sociedad moderna en la que el dolor de nuestra existencia se expone honestamente para ser visto”.

Probablemente “Rebelde entre el centeno” sea una película para escritores y sucedáneos. De la misma manera que “Los archivos del Pentágono” fue una película para periodistas y etc. Esto se debe a que todos los artefactos cinematográficos que ocurren en los 103 minutos de película están pensados para seducir y curar de espanto al que quiera consagrarse a juntar letras, como lo hizo en su momento J.D. Salinger.

Merece la pena ir a verla. Es ágil, sencilla y funcional ya que nos acerca a la vida del huraño más famoso del siglo XX sin tropiezos reseñables. Quizás, por poner la nota oscura, sobra algún que otro minuto en las escenas que ubican al escritor en la II Guerra Mundial.

La película comienza con un Salinger veinteañero interpretado por Nicholas Hoult (“Mad Max” y “Skins”).  Consagrado a quemar la vida entre vanidades y fracasos universitarios, su madre, al ver el talento natural de su hijo para la escritura, “fuerza” a su padre para que le pague una estancia en Columbia.

La rebeldía contra el padre, que quiere convertirle en el próximo “Rey del Beacon” con el negocio familiar, junto a una imperiosa necesidad de no estar enfadado con la vida, serán los detonantes para que Salinger se atreva a decir en voz alta “quiero ser escritor”.

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En el curso de escritura creativa conocerá a Whit Burnett, interpretado por el ahora defenestrado Kevin Spacey, con el que entablará una relación de maestro discípulo que funciona bien a lo largo de la película y que es, seguramente, lo más reseñable del último trabajo de Danny Strong, su director y guionista.

Hay cierta arrogancia intrageneracional, algo de humanidad y mucho criterio literario que da gusto ver.

Desde entonces hasta llegar a la creación e impresión de “El guardián entre el centeno”, el metraje recoge todo un rosario de penurias que ocupan al escritor y que conformaran su personalidad y su quehacer literario.

La endogamia del mundo editorial, el postureo intelectualoide de los años cuarenta, el fracaso en el amor y los locos de Salinger, aquellos que con sus gorras de cazador se apostaban frente a su casa para preguntarle por qué le habían encerrado en una novela, aderezan “Rebelde entre el centeno” que ya está disponible en los cines españoles.

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El puente sobre el río Kwai: esperanza en el trabajo

En Cine/Democultura por
Tiempo de lectura: 6 minutos

“Trabajemos, pues, sin argumentar, que es el único medio de que la vida sea tolerable”.   Cándido, Voltaire.

La filmografía del legendario David Lean, tal y como señalábamos en un artículo anterior acerca de su Doctor Zhivago, está marcada por la lucha contra el Destino. Sus héroes siempre se debaten entre el determinismo y una posible vía de escape. Si en la adaptación de la novela de Pasternak la respuesta se hallaba en una permanente búsqueda de la belleza, El puente sobre el río Kwai propone el trabajo como camino a la libertad.

La película que consagró al director británico en el olimpo cinematográfico -no en vano obtuvo siete premios Oscar- constituye un auténtico tratado sobre uno de los grandes pilares de la civilización moderna: el trabajo como medio de emancipación.

De este modo, la estructura del guión se basa en un recorrido por las fases psicológicas y espirituales que atraviesa el hombre en su relación con el trabajo. Sigue leyendo

Doctor Zhivago: esperanza en la belleza

En Cine/Democultura por
Tiempo de lectura: 12 minutos

El sentimiento trágico es una constante que atraviesa toda la filmografía de David Lean. En sus obras más representativas el personaje protagonista siempre pugna por escapar a su Destino sirviéndose de distintas herramientas. El Puente sobre el río Kwai, por ejemplo,trata de superar la condición de prisionero a través del trabajo, de tal forma que el puente mismo se convierte en un monumento a la lucha por la dignidad moral. El trabajo como medio para alcanzar la libertad interior. En Lawrence de Arabia, concebida como una tragedia en la que su protagonista se debate entre su condición de simple mortal y la tentación de creerse un héroe insuflado de una chispa divina, la intrepidez y el ingenio aspiran a la superación de las contigencias humanas y a la consecución de una libertad absoluta. En Doctor Zhivago, por último,la Belleza se erige como puerto-refugio frente a las fatalidades de la existencia.

En los tres casos el héroe leaniano jamás logra huir del determinismo que lo acecha, pero en la adaptación de la novela de Pasternak se percibe una nota de esperanza que no encontramos en las otras dos. Y esta esperanza se asienta en el elemento central de toda la película: la búsqueda permanente de la Belleza.

El guión de Robert Bolt y la dirección de David Lean están diseñados conforme a esta búsqueda. Para apreciarlo, abordaremos la particular construcción del personaje de Zhivago como figura del poeta por excelencia. Después veremos cómo el esqueleto narrativo contribuye a poner de relieve la temática de belleza y esperanza. En tercer lugar nos centraremos en el modo en que David Lean decide focalizar el punto de vista del relato en la persona de Zhivago y las consecuencias que esto tiene en la narrativa del filme. Por último, terminaremos con un análisis de los recursos audiovisuales empleados por Lean para dotar a su poética de una emotividad y una sensorialidad muy marcadas.

La construcción de Doctor Zhivago, ante todo, remite a una particular forma de contemplar y de abordar el mundo que es la propia del protagonista de la película: la mirada poética.

La actriz Julie Christie en su rol de Lara Antipova en Doctor Zhivago (1965)

Robert Bolt, retratando al poeta

La definición del carácter y  de los rasgos psicológicos de los personajes de una película comienza en la mera escritura del guión. El guionista se sirve de acciones, gestos y posturas de vida para presentarnos a su personaje. En el caso que nos ocupa, Robert Bolt emplea estos elementos para retratar a Zhivago como la figura del poeta por excelencia. Es decir, como perteneciente a una tipología humana que se carecteriza por una especial sensibilidad hacia lo bello y por una actitud eminentemente contemplativa ante la vida.

La primera secuencia que anticipa el carácter poético de Zhivago es la tempestad nocturna que tiene lugar la noche en que el pequeño Yuri es adoptado por sus tíos (su madre acaba de morir y el paradero de su padre se desconoce). Lo habitual en un niño sería asustarse por el gemido de los vientos y por el azote de los truenos. Sin embargo, Yuri se levanta de la cama y se acerca a la ventana para observar mejor el espectáculo de la naturaleza. Este gesto siembra la tendencia a buscar una armonía y un sentido en lo real que más tarde desarrollará el personaje.

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Cuando es mayor y se encuentra terminando los estudios de medicina, su profesor le propone dedicarse a la investigación mientras Zhivago prefiere ser médico de cabecera. “¿Qué piensa hacer el año que viene, Zhivago?”, le pregunta el profesor. “Quiero ser médico de cabecera”. “Piense en dedicarse a la investigación; es interesante, fascinante y bello”. “Médico de cabecera”, replica Zhivago. “La vida, quiere saber cómo es la vida… Bueno, terminará usted por descubrir que las criaturas hermosas hacen cosas feas a la gente”, sentencia el profesor.

El trato con los pacientes es lo que más le gusta; el contacto con lo humano constituye para él la parte más atractiva de la ciencia medicinal. La especialización médica de Zhivago es otro detalle que da cuenta de su mirada poética.

Resulta llamativo que el momento más revelador del prisma con que Zhivago observa el mundo llegue en una de las escenas de mayor sufrimiento e incertidumbre existencial para los personajes. El médico-poeta se encuentra encerrado en un tren de deportación junto a su familia y a otros compatriotas en dirección a Siberia. Las condiciones de vida del vagón rozan lo infrahumano y las continuas paradas a causa de los bombardeos del frente cercano hacen temer lo peor. Sin embargo, cuando su hijo le pregunta a Zhivago por el ruido de las explosiones, éste se limita a contestar: “la cascada”. “No, el otro ruido”, y entonces Zhivago escucha el estallido de los proyectiles y por fin le responde a su hijo que se trata de los bombardeos.

¿Cómo puede una persona en semejante estado de penuria fijar toda su atención en el suave rumor de un manantial? ¿Cómo es posible que en el oído de Zhivago el susurro del agua haya ahogado el atronador sonido de las bombas? Este gesto testimonia de un mundo interior y de una actitud vital absolutamente excepcionales y propias, cómo no, de personas con alma poética (que no necesariamente de poetas propiamente dichos). Mientras la mayoría se muestra incapaz de ver más allá de la inmediata apariencia de las cosas, Zhivago halla caminos insospechados hasta la belleza.

Pero Robert Bolt no sólo emplea los gestos y pequeñas acciones de los personajes. El guionista también utiliza la estructura global de la historia como una herramienta que moldea con gran profundidad y precisión la obra poética en su conjunto.

El viaje de la balalaika

Doctor Zhivago comienza casi de inmediato introduciendo un elemento icónico del relato en cuestión y del espacio cultural y geográfico en el cual tendrá lugar: la balailaika. La guitarra rusa que Zhivago hereda de su madre la noche de su entierro. Su único legado.

Para comprender el valor poético del instrumento es necesario recordar el planteamiento inicial de la película. El general soviético Yevgraf Zhivago se encuentra buscando a la hija del famoso poeta Yuri Zhivago, su difunto hermanastro. En la primera escena vemos que ha hecho llamar a una obrera de la importante presa que dirije para preguntarle acerca de su pasado. Existen numerosas coincidencias entre la infancia de Tonya y las circunstancias en que Zhivago se separó de su amante Lara y de la hija que tuvieron juntos. La joven ignora la identidad de sus padres y sus recuerdos son demasiado vagos, con lo cual Yevgraf decide contarle la historia de Zhivago para intentar refrescarle la memoria y demostrarle las probabilidades que hay de que sean padre e hija. A partir de aquí la película se desarrolla en un largo flashback que rastrea la vida de Zhivago desde su infancia hasta su muerte.

Después, en la última escena de la película, volvemos al final de la conversación entre Yevgraf y Tonya. Tras el relato del general, la joven queda impresionada y reconoce las similitudes entre sus raíces y los últimos días del poeta Zhivago. Sin embargo, no hay modo de probar con certeza absoluta el vínculo filial entre Tonya y el hermanastro de Yevgraf. Pero cuando el novio de la joven -otro obrero de la presa- se acerca a recogerla para el descanso del almuerzo y ambos se marchan dando la espalda a Yevgraf, éste se fija en algo que cuelga al hombro de la chica: una balalaika. En ese momento, cuando ya se están marchando, vuelve a llamar a Tonya y le pregunta de lejos: “¿Sabes tocar la balalaika?”. “¿Que si sabe tocar la balalaika?”, se apresura a contestar el novio, “pero ¡si es una artista!”. “¿Una artista? ¿Y quién te enseñó a tocar?”. “Nadie le enseñó”. “Ah. Entonces es un don”, concluye Yevgraf. Y la pareja se aleja definitivamente. Fin.

Bolt emplea una estructura circular para encuadrar los avatares y las desgracias de la odisea zhivagiana entre las dos apariciones de la balalaika. Sobre este esquema se asienta una fascinante reflexión en torno al poder redentor de la belleza a través de la mirada poética de la existencia simbolizada en la balalaika.

A pesar de las guerras, de las infidelidades, de las injusticias y de los sinsabores de la vida, al final permanece la capacidad para volver a lo bello como motivo definitivo para la esperanza. Aquí también podemos señalar el carácter hereditario y filial de esta actitud trascendental.

Como bien dice Yevgraf, el talento para tocar la balalaika constituye un don, o sea un regalo de los antepasados que, en cierto modo, reconcilia a Tonya consigo misma aunque ni siquiera sea consciente de ello. Yevgraf sabe, al fin, que ella es la hija de Yuri. El plano final del agua cayendo por la presa remite a la escena que antes comentábamos de Zhivago oyendo el rumor de una cascada desde el vagón del tren.

A veces el guionista se empeña en hallar líneas de diálogo e imágenes excesivamente brillantes cuando, en realidad, no hay nada más expresivo que una inteligente estructura dramática. Aquí, de nuevo, Bolt contribuye de forma decisiva a construir el leitmotiv esperanzador sobre el cual gravita Doctor Zhivago.

David Lean amplía la poética de Bolt al terreno visual y opta por colocar al espectador en el punto de vista del propio Zhivago como camino más directo a la experiencia de la mirada poética.

El director David Lean durante el rodaje de Doctor Zhivago (1965)

David Lean, en el ojo del poeta

Podemos encontrar numerosos ejemplos de la focalización de Lean en Zhivago a lo largo de todo el metraje. La solución artística que consiste en partir de los ojos y del rostro de Zhivago a la realidad que observa (campo-contracampo) podría parecer demasiado simple a primera vista. Sencillo, pero sobrecogedor.

La escena del entierro de la madre del pequeño Yuri inaugura esta estrategia de dirección. La cámara en seguida se sitúa a la altura del niño y no muestra al resto de personajes más que en planos medios o generales. La opción visual de Lean se desvela del todo al cerrar el ataud y efectuar un travelling in hacia el rostro de Yuri. Éste cierra los ojos y tras esto pasamos a un plano de la madre sola y a oscuras yaciendo en el interior del ataúd cerrado: el niño imagina lo abandonada que se sentirá su madre.

De este modo tenemos una gramática audiovisual eminentemente introspectiva que desde el principio nos introduce en el mundo interior de Zhivago a través de sus visiones y ensoñaciones. La focalización va en aumento cuando Yuri vuelve a abrir los ojos y la cámara efectúa el camino inverso al recorrido anterior, es decir un travelling out que nos muestra el paisaje otoñal y revuelto que asombra al niño.

Un plano de las hojas desprendiéndose de las ramas de los árboles con el azote de los vientos y la música in crescendo de fondo subrayan la fascinación del futuro poeta por el mundo que le rodea. Su madre acaba de morir pero él intuye una relación misteriosa y trascendental con su entorno. Esta escena del entierro probablemente constituya uno de los fragmentos más subyugadores de toda la filmografía de Lean.

Otra escena en la que queda patente la focalización en Zhivago y que ya hemos comentado más arriba es la del laboratorio de medicina con el profesor. El primer plano muestra un primerísimo detalle de unas células a través del microscopio que maneja Zhivago. “¿Hermoso?”, pregunta el profesor. “Hermoso”, confirma Zhivago. La voz en off ya nos ha revelado que nuestro protagonista ha alcanzado prestigio como poeta. Este nuevo dato confiere a la escena un interés muy particular: asistimos a la relación de un poeta con la ciencia. Y como esteta que es, el término “hermoso” le parece el más adecuado para calificar un tejido de células.

La mirada de Zhivago domina toda la película hasta tal punto que en algunas escenas, Lean pasa más tiempo dejando que las emociones pasen a través de los ojos negros y llorosos de Omar Shariff que mostrando la propia acción en sí misma. Una muestra de esto la encontramos en la masacre a los manifestantes proletarios por parte de la guardia imperial que Zhivago contempla desde su casa. En un momento dado, cuando ya queda claro el fatídico y violento desarrollo que tendrá este episodio sobre las calles de Moscú, Lean corta a un primer plano del rostro de Zhivago. La intensidad de su mirada, junto con los golpes y los gritos en fuera de campo, hace el resto.

La pronunciada focalización del relato en el personaje de Zhivago a través de la realización no es el único elemento que demuestra la importancia central de la mirada poética en este filme. La evolución del personaje de Pasha, el idealista novio de Lara que acaba convirtiéndose en un sanguinario general soviético, se opera a través de un objeto muy concreto: las gafas. Éstas caen al suelo y se rompen en medio de un bombardeo y no volvemos a ver a Pasha; el espectador deduce que ha muerto. Sin embargo, cuando reaparece, nos encontramos a un hombre nuevo totalmente alejado de cualquier ideal pacifista popular: el temido general Strelnikov.

El paso de una identidad a otra queda marcado por la destrucción de sus gafas bajo el bombardeo (aunque luego tiene unas nuevas…). Este detalle, como decíamos, refuerza el tema de la mirada poética como silogismo fundamental de Doctor Zhivago.

“Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta”, dijo Orson Welles. Podríamos decir que la focalización de David Lean en Zhivago es una decisión artística que ilustra a la perfección la máxima de Welles.

Emoción y sensorialidad

La búsqueda de la esperanza a través de la Belleza que caracteriza a Doctor Zhivago, iniciada en la construcción de personajes y en la estructura por Bolt, alcanza su plenitud con la dirección de Lean. El director extiende la focalización de Zhivago, y por tanto su mirada poética, al resto de elementos de la pantalla de tal modo que el encuadre se llena de los sentimientos y la melancolía del personaje. Podríamos decir que la propia pantalla, por intercesión audiovisual de Lean, se ve invadida por la sensibilidad arrolladora del poeta. Así, la imagen acaba convirtiéndose en un espejo del alma del personaje. Un reflejo que podríamos calificar de emotivo y extremadamente sensorial.

La escena en que Lara abandona el hospital de heridos donde ella y Zhivago se han conocido conforma un ejemplo perfecto del lenguaje audiovisual empleado por Lean. El poeta había sido destinado al frente como médico militar y recordaba a Lara de una fiesta de Nochevieja en Moscú (el escándalo de intento de asesinato a su amante, el burgués Komarovsky etc.).

En la dacha que el ejército emplea como hospital de la zona, Zhivago y Lara, que trabaja de enfermera, han intimado hasta el punto de que él ha caído prendado de ella. Al día siguiente de confesarle su amor, Lara es trasladada junto al resto de enfermeros a la ciudad. Zhivago se va despidiendo de todos uno a uno hasta que llega el turno de Lara, la última. Después se sube al carro y Zhivago la observa alejarse. Se ha quedado completamente solo en ese luminoso día.

El sol entra a raudales por las ventanas. Zhivago cruza el amplio umbral lentamente, como cavilando, y es entonces cuando Lean utiliza el recurso que antes mencionábamos: refleja el estado de ánimo del poeta en los objetos del entorno. En este caso, un girasol empieza a llorar: algunos pétalos se le caen tímidamente, casi como un goteo. Una sutil y poderosa metáfora del pesar de Zhivago: es como si el mundo le acompañara en su duelo por la ausencia de Lara.

La escena termina con un elemento que nos ofrece un ejemplo más de la nostalga torrencial que Lean nos permite palpar gracias a imágenes como la del girasol. Zhivago sube al granero de la dacha y observa el convoy de Lara en la lejanía a través de la ventana. Este objeto se erige prácticamente en un leitmotiv a lo largo de toda la película. No es de extrañar puesto que, si uno lo piensa bien, se trata de un elemento eminentemente poético cuyo propósito principal consiste en servir a la mirada. Las ventanas ofrecen una visión del mundo. De esta forma, podemos encontrar el objeto de la ventana jugando un rol poético principal en numerosas escenas aparte de esta de la partida de Lara.

Cuando la madre de Lara intenta suicidarse y Komarovsky sale de la casa a pedir ayuda, Lean filma toda la escena en plano secuencia desde el exterior mostrando la acción a través de los ventanales de la casa; cuando Zhivago oye el rumor de la cascada y abre un ventanuco en la pared del vagón del tren (una ventana a la esperanza); cuando Zhivago y Lara viven juntos en la dacha, años más tarde, el hielo invernal sobre las ventanas empieza a descongelarse bajo el efecto del calor primaveral, como un anuncio de tiempos más esperanzadores. Este último ejemplo remite a otro de los recursos de dirección de Lean: el trabajo con las texturas de frío y de calor que nos devuelve a la sensorialidad exacerbada que antes comentábamos.

En definitiva, el lenguaje audiovisual de David Lean lleva a su máxima expresión la mirada poética de Zhivago y demuestra que los grandes directores son aquellos que mejor miran.

Como apuntábamos al principio, Doctor Zhivago constituye un islote de esperanza en el océano fílmico de Lean marcado por una visión trágica de la existencia humana. Sin embargo, el valor redentor de la Belleza en esta película no es absoluto,pues no se presenta más que como un premio de consolación al final del periplo zhivagiano, cuando la tragedia ya ha sido consumada. La pregunta, en cualquier caso, es imposible de esquivar: ¿hasta qué punto puede la Belleza salvar al mundo o, en este caso, justificar la vida de un hombre y darle sentido?

Este artículo fue publicado previamente en la web del Instituto Newman, con cuyo permiso es reproducido aquí.

Mujer muda busca monstruo del pantano para lo que surja

En Cine/Sexualidad por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Hubo una época donde los “bichos raros” se agolpaban en torno al televisor por la noche.

En esa franja delirante comprendida entre la 01:30 de la mañana y las 06:00 de la mañana, místicos en calzoncillos, beocios sin remedio, perezosas de toda clase y condición, insomnes empedernidos o padres primerizos con restos de baba neonatal en el pijama, se agolpaban frente a la caja de luz a ver una y otra vez las bondades de determinada lijadora, de una mopa que limpiaba hasta el pasado, un concierto de jazz de tres al cuarto, documentales del cine húngaro de los años 30 o, para los más decididos o más voluntariosamente despistados, una variedad extraordinaria de películas pornográficas;  especialmente burdas y especialmente frecuentes en las cadenas locales y regionales.

Lo que ahora revisa Zuckerberg en cada whatsapp calenturiento, antes se ocupaba un mandao de la programación  de la tele del barrio.

En este último caso, antes de que Tinder nos pusiera a discernir sobre el eros, uno se podía encontrar, entre embestidas y diálogos de lo absurdo, un tablón de anuncios para los ahogados en la soledad más picosa que, como decía Florentino Ariza en lo que Fermina Daza le abría las sábanas de su cama, es la de la carne.

Era en esa franja extraña de la noche donde antes de la aparición de las redes sociales todo se mezclaba. El olor a gato de la casa, la cerveza medio abierta, un calcetín en disposición confesional… Lo que ahora revisa -cuando tiene tiempo- el bueno de Zuckerberg en cada whatsapp calenturiento, antes se ocupaba un mandao, que no cabe hacer distinción de género en la parrilla de la tele del barrio.

Lo que más me despertaba la atención en ese momento, por lo jocoso y la curiosidad impertinente por encima del apetito básico, era que en la pequeña pantalla, ante el aderezo sexual que ocupaba la parte superior del recuadro azul, un hirviente chat primitivo se desarrollaba con vigor y frenesí.  Los mensajes eran escuetos, con su propia mecánica sintáctica y lingüística. La necesaria economización de las palabras a las que nos sometía la dictadura del SMS dotaba a las oraciones simples (o copulativas) -baluarte del flirteo televisivo- un aire sodomita de cantina del lejano oeste o un triste tablón de desaparecidos en la playa.

“Se busca pedazo de carne para ayuntamiento carnal”.

“Activo busca pasivo. Pasivo busca subjuntivo”.

“Hombre moreno, corpulento e interesante busca a delfín madurito. Esta noche en Palencia”.

“Mujer muda busca monstruo del pantano para lo que surja”.

Porque al final, esto es lo que ha quedado de “La forma del agua”, la última producción oscarizada de Guillermo del Toro.

La última travesura del director mexicano no es otra cosa que la clásica historia de amor, bien barnizada, eso sí, por el ingenio intangible y merecidamente reconocido del creador del Laberinto del Fauno o Mimic.

Hay una estética cuidada, una trama con sentido, un universo coherente, un desarrollo de personajes algo dubitativo pero sostenible y de pronto, casi al final, se corre una cortina de baño cincuentero para sobreentender que entre la chica muda y el monstruo del pantano va a haber tema.

Los hay, claro está, que han buscado hacer un atrevido y seguramente acertado razonamiento para la vida moderna sobre esa “conexión sexual” que no conoce de especies ni de géneros. Como una reivindicación de la imaginación fetichista que por fin desembarca en Hollywood tras cruzar el océano nipón, donde el Hentai llevaba fantaseando con plantas y cuerdas sinuosas destinadas para la dominación y el placer femenino desde hace décadas.

En este aspecto cabe resaltar la noticia que ha recogido la sección de “SModa” de El País, donde tras el estreno de “La forma del agua”, se han vendido como roscas recién horneadas consoladores que especulaban con la forma, longitud y aspecto del falo del anfibio antropomórfico.

 

Ahora toca al lector disculpar a los mediocres, simples y “noséquepatriarcales”, que sencillamente hemos visto en la película una historia interesante que tiene como premisa a una mujer muda terriblemente necesitada de amor, cariño y comprensión que se entrega en cuerpo y alma a un monstruo encerrado en una charca metálica. Ahí está el drama de la tensión dramática. Donde, todo sea dicho de paso, en realidad no cabe espetar la relación en cuanto a la posibilidad de encuentro, reconocimiento y afecto. Sin embargo consideramos gratuito o sintomático de una sociedad de juego de braguetas el marcar o evidenciar la relación de la chica muda y el bicho hasta el punto de dotarle de genitalidad. Todo ello cuando no queda muy claro si ese “recurso”  ayuda a contar la historia; dejando un olor pantanoso a fruto ideológico (propio de la Academia y con el que comulga Guillermo del Toro. Veánse los rostros franquistas del Laberinto del Fauno), que termina por despistar y sacar de la película a algunos de sus espectadores. Como los mensajes de alta carga erótica-festiva de mi cadena local.

Dicho lo cual, acudan raudos al cine. Se sorprenderán (si es lo que piden al comprar una entrada).

 

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El Séptimo Sello: el silencio de Dios y la existencia en Ingmar Bergman

En Cine/Democultura por
Tiempo de lectura: 10 minutos

A poca distancia de Estocolmo, en la misma región de Uppland, se encuentra una pequeña iglesia perteneciente a la comuna de Täby, edificada alrededor de mediados del siglo XIII. Esta iglesia es célebre porque en el techo se hallan las pinturas de Albertus Pictor (también conocido como Albert Målare o Albrekt Pärlstickare), realizadas durante la década de 1480, y entre las cuales se encuentra una muy particular, que muestra una partida de ajedrez entre un hombre y la muerte. Se dice que esta pintura, tan cargada de simbolismo, fue la inspiración de Ingmar Bergman para una de las cintas cinematográficas clave del siglo XX: El Séptimo Sello. Sigue leyendo

La pretensión del transhumanismo (o la refutación por Scarlett Johansson)

En Cine/Dialogical Creativity/Pensamiento por
transhumanismo (Lucy)
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El transhumanismo, abreviado como H+, es un movimiento intelectual y cultural que muchos consideran una ideología peligrosa. La tesis inicial es prometedora: se trata de orientar la ciencia y la tecnología al objetivo de mejorar la condición humana. «Pero eso -dirán algunos- ¿no es siempre el objetivo de la ciencia?» Pues sí, pero debemos reconocer que, cuando nos ponemos a concretar, la cosa no resulta tan clara, ni siquiera entre transhumanistas. Entre sus fundadores encontramos a J. B. S. Haldane, partidario de la eugenesia, es decir, de organizar comités para decidir quién tiene o no derecho a vivir. Sigue leyendo

Liga de la Justicia. “Si estos son dones, ¿por qué los estoy pagando tan caro?”

En Cine/Democracia y Superhéroes por
Liga de la Justicia Cyborg Wonder Woman Flash Aquaman
Tiempo de lectura: 8 minutos

El entrecomillado del título pertenece a Victor Stone/Cyborg. Pienso que resume bien la psique de muchos superhéroes y refleja la esencia de su tormento espiritual. Quede claro desde este momento que todo lo que sigue hace referencia constante a la trama entera de Liga de la Justicia (Zack Snyder, 2017).

(atención: spoilers) Sigue leyendo

“Loving Vincent”; genial tragedia al óleo de una vida malograda

En Cine por
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Este próximo viernes se estrena  “Loving Vincent”, la impresionante película que narra, a través de 65.000 fotogramas convertidos en cuadro, el misterio de la muerte de Van Gogh.

Con varias nominaciones importantes a sus espaldas -Globos de Oro y BAFTA- el espectador se va a encontrar con una experiencia estética sin precedentes que ensancha los horizontes del cine en un buen mestizaje artístico, patente a lo largo de todo el metraje.

1891.  Se cumple un año de la extraña muerte de Vincent. Armand, bajo la petición de su padre Roulin; el cartero al que el incomprendido pintor confiaba sus misivas, viaja a Paris para hacerle entrega a Theo Van Gogh, la última carta de su hermano con el que hacía tiempo que había roto la relación. Al llegar a la capital, Armand descubre que Theo ha fallecido de sífilis y no hay receptor para aquella carta.

Comienza entonces un viaje hacia los colores de una sombra; de pincelada gruesa y alocada, de confusión, arte, amor, desprecio y muerte.

Todo en la película rezuma un compromiso con el legado del pintor neerlandés. El trabajo de Dorota Kobiela y Hugh Welchman en la dirección es soberbio. La elaboración fotograma a fotograma de Loving Vincent, que durante 10 años ha congregado a más de 120 artistas de primer nivel,  permite estar en actitud contemplativa, sobrecogido por la grandeza creativa de aquellos que han revivido la obra y en cierta medida, también la figura, de Van Gogh.  La sensación que queda tras su visionado es haber estado atrapado durante 80 minutos en un cuadro interactivo, jugando el rol de narrador omnisciente, pautando cada paso de Armand para averiguar las verdaderas motivaciones del pintor para terminar con su vida. 

Existe cierta torpeza en la ejecución del guion y hacia el ecuador de la película se desinfla la tensión narrativa, haciendo que el espectador pase por alto la sucesión extraordinaria de cuadros que tenemos frente a nosotros. La trama, zurcida por los mismos Kobiela y Welchman, no es el fuerte del film ni mucho menos aunque no llega a chirriar en ningún momento. El trazo y el buen gusto es la constante que permitirá su disfrute y posterior recomendación.

Este artículo será publicado en la revista Pantalla 90

Spider-Man: Homecoming. El Buitre tiene razón

En Cine/Democracia y Superhéroes por
Spider-Man Homecoming accidente
Tiempo de lectura: 4 minutos

A partir del siguiente párrafo revelaré datos del argumento de Spider-Man: Homecoming (Jon Watts, 2017). Si no quiere conocerlos le recomiendo que abandone esta lectura.

Los acentos de Spider-Man: Homecoming están puestos en dos aspectos. Uno de ellos es el falso dilema en el que vive gran parte del cine de superhéroes: ¿por qué una persona, por el hecho de tener superpoderes, pasa a ser responsable de los destinos de tantos? Al igual que Rousseau en El contrato social me pregunto, ¿por qué de la superfuerza se desprende una moralidad? O, mejor, ¿por qué el superpoderoso, por su condición de “súper”, está sujeto a una ley moral diferente a la del resto de personas? Qué a gusto transita este falso dilema en el cine de superhéroes. Sigue leyendo

Guardianes de la galaxia Vol. 2. La gente guapa no sabe de quién fiarse

En Cine/Democracia y Superhéroes por
Guardianes de la galaxia 2 Yondu y Rocket en la nave
Tiempo de lectura: 12 minutos

Si está leyendo esto es que ha visto Guardianes de la galaxia Vol. 2 (James Gunn, 2017). También es probable que continúe su lectura porque no le importe conocer detalles del argumento de la cinta a pesar de no conocerla. Sea como fuere, a partir de ahora el único responsable de seguir adelante es usted. Queda avisado.  Sigue leyendo

Thor: Ragnarok, hay un lobo gigante en el Bifröst

En Cine/Democracia y Superhéroes por
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En este artículo se da por hecho que el lector: o bien ha visto e, incluso, goza de un recuerdo fresco de Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017); o no tiene cuidado de conocer el argumento de la película mentada.

Pretendo enunciar una teoría que no concierne solamente a Thor: Ragnarok, sino que implica a la saga entera del Dios del Trueno y al presente y futuro del universo cinematográfico de Marvel (especialmente Vengadores y Guardianes de la galaxia). A continuación, propongo una ruta trazada por pequeños descubrimientos cinematográficos que desvelan un cambio de paradigma narrativo en este subgénero cinematográfico. Sigue leyendo

Disney y la reinvención de los clásicos: qué cabe esperar de Mulán

En Asuntos sociales/Cine por
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Hace poco hemos visto El libro de la selva (Jon Favreau 2016) la nueva versión del “clásico” de Disney (a su vez adaptación de la novela de Rudyard Kipling) esta vez en acción real mezclada con acción digitalmente real. Más recientemente se estrenó una nueva versión de otro “clásico” Disney, también en acción real, La bella y la bestia (Bill Condon 2017). La compañía está preparando cerca de una veintena de nuevas versiones en acción real de sus “clásicos” (ya saben que la condición para que una película Disney adquiera la dignidad de “clásico” Disney es que la propia compañía así lo declare).

Teniendo en cuenta los precedentes antropológicos y estéticos de las dos obras mentadas, la vorágine sociológica de nuestros días y la pérdida de rumbo ideológico del gigante del entretenimiento, veo conveniente y posible hacer una predicción industrial sobre las futuras adaptaciones de los “clásicos” Disney. Sigue leyendo

El vampiro más elegante

En Cine/Democultura por
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Hace 61 años moría el gran actor húngaro Blaskó Béla Ferenc Dezső (1882-1956), que ha pasado a la historia como Bela Lugosi. Había nacido en la Transilvania del Imperio de los Habsburgo –aún no se había perpetrado la destrucción que consumaría el Tratado de Trianón– en el territorio de lo que hoy es Rumanía. Provenía de una familia de la pequeña burguesía -su padre era empleado de banca- y luchó en la I Guerra Mundial como teniente de infantería en el Ejército Imperial y Real. Como tantos jóvenes de su tiempo —recuerden la descripción de aquellos años turbulentos que nos legó Koestler— se acercó a la izquierda. Sigue leyendo

One Tree Hill: un lugar al que pertenecer

En Cine/Series por
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Llevo mucho tiempo pensando en escribir sobre One Tree Hill, una de esas series que le marcan a uno la existencia. No es una serie digna de figurar en las listas de mejores series de las páginas de cine de referencia (lo que la hace de alguna forma especial), pero en mi caso llegó en el lugar y momento adecuado y le guardo el cariño suficiente como para que hoy me vea en la necesidad de escribir sobre ella.

Para los que no la conozcáis, la serie narra las historias de unos adolescentes en el pueblo ficticio de Tree Hill, Carolina del Norte. Aunque los protagonistas, lugares y acontecimientos obedezcan a los arquetipos y clichés clásicos de toda serie de High School americana (jugadores de basket, animadoras, taquillas, un montón de tragedias, el prom…), la realidad es que la serie logra profundizar en los estereotipos, logrando, además de un afecto hacia los personajes, su desarrollo. Sobre todo porque es una serie profundamente moral, donde el bien y el mal están delimitados.

No se llama One Tree Hill por casualidad. Todo gira en torno a la comunidad, en la que no podemos hablar de coexistencia, sino de convivencia. No existe ningún individuo aislado (salvo alguno que se lía a tiros en la tercera temporada), sino que la comunidad, organismo vivo frente a la sociedad mecánica, se va alimentando del propio devenir del pueblo y de las historias de cada personaje. No es un pueblo diluido conceptualmente en abstracciones supranacionales. No hay ni Unión Europea ni Globalización. Cuando uno de los personajes viaja a algún lugar fuera de Tree Hill ¡parece como si fuera a irse a algún mundo remoto!

Es moral también en lo relativo al comercio. En One Tree Hill no hay McDonald’s ni Starbucks ni Amazon. Están el café de Karen, el taller de Keith, los restaurantes junto al río…

Río que si seguimos su curso nos lleva hasta la cancha donde entrenan los amigos, unidos por su amor al baloncesto. Esa es otra. Los personajes salen mucho de sus casas, pero estos hogares, lejos de ser refugios, están abiertos al mundo. Los amigos y familiares van a verse entre ellos, van a buscarse… (hoy ya no es tan evidente, como antaño).

One Tree Hill se estrena en 2003, y los chavales tienen en torno a los dieciocho, lo que implica que habrían nacido en la última mitad de los años ochenta. Es la primera generación de los llamados millennials. En la serie no hay redes sociales, pero se dan formas primitivas de los dispositivos que manejamos hoy: el ordenador caja, el Nokia ladrillo, un chat tipo Messenger… No tienen gran relevancia, por suerte. Porque los personajes, rollos sentimentales aparte, buscan sin descanso una única cosa: encontrar su vocación. Esta es la gran tensión de la serie, el motivo por el que creo que es tan valiosa. One Tree Hill nos enseña que cada uno está llamado a ser uno mismo. Ya desde los créditos iniciales nos lo dicen en la canción: «I don’t want to be anything other than me».

En un magnífico artículo sobre la vocación, Higinio Marín decía que:

«buena parte de la vida nos va en acertar a preferir lo que realmente somos y a persistir en esa dirección, aunque también sea del todo preciso saber abandonar los espejismos de un yo preferido pero irreal. Distinguir entre lo uno y lo otro es más bien algo que nos pasa cuando ya se ha superado la dificultad, es decir, cuando la vida discurrida nos ha dado pruebas al respecto. Por eso la juventud es el periodo donde se concentran todas esas incertidumbres y desorientaciones.»

Y concluye así:

«Quien tiene la perfección como pasión de su oficio se cansa pero no se fatiga, pues ésta es la pena de los que recorren la vida sin descubrir qué ni quiénes les llaman.»

El título de la serie (tomado de la canción homónima de U2) se menciona en uno de los capítulos cuando la madre de uno de los protagonistas le dice a su hijo en una entrañable conversación: «There’s only one Tree Hill, and it’s your home.» Esta frase (que le repetirá nueve temporadas después una de las protagonistas al hijo que tendrá) es algo esperanzador para él. Frente a la radical inhumanidad de ser un engranaje de un sistema, una madre le promete a su hijo que hay un lugar donde es querido, que es lo mismo que decir hogar. Donde no hay vínculo, donde no hay raíces, donde no hay amor, no hay hogar. Su madre le está comunicando la esperanza de vivir en comunidad.

El profesor Evaristo Palomar recoge en una síntesis bellísima sobre la tradición lo siguiente:

«La tradición, como esperanza desde la presencia de lo pasado, es la memoria de una comunidad, que es inmediatamente perceptible, al presente, en la familia a través de su permanencia en el tiempo, desde la casa. La vida en cuanto que es, no es sino su derramarse dándose a los demás en fecundidad: ser, amor y donación. Por esto, el dolor en el compromiso de lo concreto y del “próximo”, desde la entrega, da paso a la alegría y al fervor que edifica la comunidad. (…) La tradición es la comunidad en tiempo y tierra. Lo que encierra implícitamente que la fuente de la tradición es el amor, pues toda comunidad se engendra por la amistad, y la amistad es el mismo amor en cuanto se manifiesta y funda por la intercomunicación, obrando según el propio bien la unidad en la común, en mutua reciprocidad.» (Sobre la Tradición, Tradere, 2011).

No sé si One Tree Hill pasará a la historia, pero sí sé que a mí me ha hecho mejor persona de lo que lo han hecho grandes series que hoy figuran entre las mejores. Series de indudable calidad cinematográfica, pero que tengo la impresión de que son en su mayoría nihilizantes. Quizás a nuestro tiempo le hagan falta grandes relatos de esperanza…

Frank Capra y ‘El secreto de vivir’

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Frank Capra aterrizó en el cine con la esperanza de ganar algunos dólares. Le cogió el truco y obtuvo muchos éxitos. Soñaba con ganar un Oscar. Obtuvo cuatro nominaciones por Dama por un día (1933) y, mientras ponía todo su empeño en promocionar esa película, rodó sin mucho interés Sucedió una noche (1934). La primera no obtuvo ningún Oscar; la segunda, pese a las regulares críticas iniciales, se convirtió en la favorita del público. Fue la primera película en ganar los cinco Oscar más importantes: director, película, guión, mejor actor y mejor actriz.

El vértigo del éxito le pudo. «Una vez alcanzada la cumbre del Everest, vayas donde vayas es siempre hacia abajo», escribió. Su orgullo y su miedo al fracaso le provocaron una enfermedad que estuvo a punto de acabar con su vida, hasta que un extraño hombrecillo fue a visitarlo a su casa y le dijo: Sigue leyendo

Amor y liberación en el cine de Hayao Miyazaki

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De los ocho millones de dioses que acuden a la casa de baños de la bruja Yubaba, no es probable que entre ellos encontremos a Eros. Pero la razón de esta ausencia es su falta de tiempo: el dios griego no se toma descanso en la filmografía de Miyazaki. El amor humano es uno de sus grandes temas, y el genio japonés, de una u otra manera, acaba por invocarlo en todas sus películas. Es verdad que aparece en compañía de otros  amores, como el amor filial y sobre todo la amistad. Pero siempre hay un lugar reservado para Eros. ¿Cómo no iba a tener este amor un lugar privilegiado en el imaginario de un artista que sustenta su universo en el poder transformador de la mirada? Sigue leyendo

El amor, según Kenji Mizoguchi

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No he visto ninguna película de Mizoguchi (Tokio, 1898- Kioto, 1956) que no sea para enmarcar. Todas ellas encierran un valor en sí mismas, porque expresan las sensibilidades más profundas del ser humano. Es más, me gusta pensar en esa época de los grandes cineastas japoneses: Ozu, Mizoguchi, Kurosawa y Kobayashi, como la época del cine humanista. Y, tiene sentido, si nos damos cuenta del periodo de tiempo que lleva el cine entre nosotros. Pero la labor de Mizoguchi no es comparable a la de ninguno de sus homólogos; básicamente, por el ritmo de trabajo que se imponía a sí mismo. Sigue leyendo

Literatura, poesía y cine. La verdad en un juego de mentiras

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Artículo escrito por Ane Armentia Touza y Laura Martín García.

La verdadera historia del cine es el nombre que recibe el documental realizado en 1995 por los cineastas Peter Jackson y Costa Botes. El director de El señor de los anillos demostró tener una imaginación desbordante antes de adentrarse en la Tierra Media y hacer de un libro casi una religión. La única verdad dentro de este documental se encuentra en el título.

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Christopher Nolan, pintor de batallas

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Con el reciente estreno de Dunkirk (2017), el director británico nos trae una de las experiencias cinematográficas más absorbentes de los últimos años.

De modo similar a lo que hiciera Richard Attenborough con la operación de Market Garden en A bridge too far (1977), Christopher Nolan se ha propuesto pintar un fresco monumental del desastre bélico de Dunkerque. Una obra colosal en el apartado técnico, con una estructura basada en la multiplicidad de puntos de vista y un reparto estelar.

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