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Lo que Netflix ofrece a los jóvenes

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¿Qué ofrece Netflix al público joven? ¿Tan solo mero entretenimiento comercial o algo más a lo que hincarle el diente? La pregunta tiene su importancia, si consideramos el crecimiento de la audiencia de esta plataforma. No sería extraño que, persiguiendo un éxito fácil, Netflix cediera a la tentación del sensacionalismo y los fuegos de artificio. ¿Es eso lo que está pasando o, por el contrario, pretende hacerse un hueco en la cultura joven con un mensaje propio? En caso de que así fuera, ¿cuál sería ese mensaje? En este artículo, analizaremos tres productos de Netflix que, por su impacto y su vocación de crear tendencia, nos darán una pista de qué aguas navegamos.

Élite

Hace ya algunos años, visité por primera y última vez la feria Arco. Me recordó bastante, y no estoy exagerando, al túnel de los horrores del parque de atracciones. En realidad, Arco era una excusa para ofrecer un espacio al experimento y a la transgresión eludiendo el juicio del sentido común. Élite es algo parecido. No me entiendan mal, está bien producida y bien dirigida, tiene un presupuesto más que aceptable y hasta ‘engancha’ por momentos jugando con la intriga y las emociones. Pero ahí se le acaba la pólvora… y la profundidad. El resto, que es prácticamente todo: el argumento, los personajes, el ambiente, los valores, las relaciones, las ideas…es un auténtico dislate.

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Porque un mensaje dirigido a jóvenes debería estar cargado de valores, mientras que Élite rebosa antivalores por los cuatro costados. Al igual que Arco, Élite parece solo querer probar a ver qué sale: ¿qué pasa si un alumno se lía con otro? ¿Cómo se sentiría una alumna si mantiene una relación paralela con dos hermanos a la vez? ¿Os imagináis un trío entre dos alumnos ricachones y el macarra de turno? Oye, ¿y si uno se enamora de la chica musulmana de padre radical? Etc. Todo ello bien sazonado de imágenes sexuales más que explícitas que no son, en absoluto, necesarias a la’trama’.

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No hay amistad, hay traición; no hay paternidad sino ausencia de la misma; no hay amor, pero hay sexo; no hay solidaridad o altruismo, solo búsqueda del propio interés. Todo ello en torno a personajes, demasiado estereotipados, demasiado planos, meras caricaturas, como el resto de la serie. Con estos bueyes, no puedo recomendar la serie a ningún joven que busque algo de valor en ella.

Por Trece Razones (13 Reasons Why)

Los americanos son moralistas por naturaleza y sus lecciones son siempre pragmáticos. Lo que no han sido siempre es innecesariamente explícitos, que es una de las razones que ha desatado un apasionado debate en las redes acerca de esta serie. Porque, el inconveniente de mostrar, es el de provocar un efecto contagio, siendo peor el remedio que la enfermedad, que, en este caso, es el suicidio.

En Por Trece Razones la calidad de la dirección y la producción es buena; los actores, solventes; hay mensaje y argumento. El primero es una llamada a la responsabilidad, a comprender que toda acción tiene sus consecuencias y que es necesario asumirlas íntegramente, ya saben, ownership,que suena más americano.

El argumento es un suicidio provocado por una situación de acoso escolar. El bullying es algo terrible y complejo, porque implica a personas en distintos grados de responsabilidad: desde los que lo practican conscientemente, hasta los que deberían saberlo e intervenir y no lo hacen por desidia, ignorancia o negligencia. De todas esas responsabilidades habla la serie y les pone nombre y apellidos, trece en concreto, en casettes primorosamente preparados. Hanna Baker, la chica suicida, se encarga de ello, atribuyendo culpa y responsabilidad a diestro y siniestro con una lucidez, lógica y capacidad de análisis que casa más con un narrador omnisciente que con el cuadro psicológico de un suicida. Da un poco la sensación de que Hanna está buscando hacer justicia por su cuenta, camuflada con una intención pedagógica.

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Lo que no a mi modo de ver no queda claro del todo es su responsabilidad en su propio suicidio que hasta el suicida debería asumir.

La serie tiene su valor, aunque el modo de tratar la cuestión es muy discutible. Por mi parte, preferiría abordar el asunto desde los valores cristianos, donde la solidaridad, la misericordia, la verdad, la justicia y la caridad son las herramientas adecuadas para prevenirlo.

Sierra Burgess es una perdedora (Sierra Burguess is a Loser)

¿Es Sierra realmente una perdedora? La película enfrenta dos mundos de valores en el ámbito de un instituto americano: la belleza aparente y superficial frente a la escondida en lo profundo de la persona. Sierra es una perdedora porque pertenece al segundo. No es popular ni en lo físico ni en lo estético, y, aunque su personalidad es hermosa y su inteligencia brillante, nadie le dará la oportunidad de destacar por ello más allá del grupo de freaks intelectuales que forman parte de su mismo mundo. Todo ello provoca que su autoestima nunca haya salido del subsuelo.

El mundo opuesto es habitado por Verónica, animadora del equipo de football y prototipo de chica guapa y tonta, que no quiere, ni por asomo, confraternizar con los perdedores. Pero ambas se encontrarán en una suerte de amistad útil con objetivos parecidos: conquistar a un chico. La relación que empezó siendo de mera utilidad, acaba convirtiéndose en una amistad verdadera, donde ambas superan sus propios límites. Sierra aprende a aceptarse como es y por lo que es y Verónica descubre en sí misma una profundidad que le parecía vetada.

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Lo mejor de la película, sin embargo, no es el manido mensaje de que la belleza está en el interior o de que la autoestima depende de uno mismo. Ni siquiera la historia romántica de final feliz. Lo mejor es que todo eso resulta imposible fuera de verdaderas amistades como las que rodean a Sierra. La frontera entre el mundo de los perdedores y los populares o entre lo profundo y lo superficial puede superarse en la amistad. Solo por esto, Sierra es una perdedora, puede valer la pena.

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Padre Jaime de Cendra es miembro del Instituto religioso Discípulos de los Corazones de Jesús y María. Se licenció en derecho en la universidad Carlos III de Madrid, en teología en la Facultad San Dámaso de la misma ciudad y cursó un máster en filosofía en la Universidad Gregoriana de Roma. Su labor se centra en el mundo de la educación donde ha trabajado como profesor en Madrid y en Denver (Colorado).

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