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La mísera vida de ciudad

En Democultura/Pensamiento por
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Lo decía el gran Dámaso Alonso, aquel poeta enhollinado de la era franquista: subía la demografía en la capital española y se situó por primera vez sobre el millón de habitantes. Los residentes de la gran villa aplaudían orgullosos de que su ciudad creciera, y esbozaban sonrisas de altanería y superioridad. Y mientras los titulares de los diarios afamaban el nombre de Madrid, él escribía en Hijos de la ira:

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas.

¡Ah! ¡Cadáveres…! Madrid era un sepulcro, y sus habitantes sacos de hueso y ceniza.

¿Qué habrá sido un cadáver para aquel poeta? Un cadáver es una cosa, un resto, un ser semejante no tanto a los vivos como a las piedras. Es algo vacío y ausente. Un cuerpo es un ente animado, con “salero”, que baila si suena un pasodoble o ríe si bebe un buen vino; que habla con vigor y poderío un tesoro refinado, que mira y abrasa la vivacidad de su pupila, que besa y libera lo que lleva, que recuerda y se revive gozoso. Un cadáver no tiene nada, ni hace nada; un cadáver casi ni existe.

Los muertos ya no bailan, ya no ríen, no beben vino ni cerveza; las sábanas de una cama arropan y mecen, las lápidas asfixian al caído. A veces, si acaso, una frase impresa lo transforma en recuerdo. La cama preserva la vida y en la vida el contenido más bello y dichoso: la tumba, ese agujero negro que todo lo sorbe, se agota en su propia vanidad.

La calle Alcalá (Madrid) en 1949

Otro poeta que convivió con el tiznado de arriba, Miguel de Unamuno, en Por tierras de España y Portugal, se confesaba en la misma línea:

¿Cómo podría vivir una vida que merezca vivirse, cómo podría sentir el ritmo vital de mi pensamiento, si no me escapara así que puedo de la ciudad a correr por campos y lugares, a comer lo que comen los pastores, a dormir en cama de pueblo o sobre la santa tierra si se tercia?

Una vida que merezca vivirse“, decía aquel misántropo, ese desprecio de hombre, ese andrajo viviente que aborrecía el progreso y la civilización. ¿Por qué no la ciudad? ¿Qué tiene la vida en la ciudad que no es digna de ser vivida? ¿Qué me estás llamando, mamarracho, a mí que vivo en la Gran Vía de Madrid, en la calle Alcalá? ¡A mí, que he jugado al pilla-pilla en la Plaza de España mientras tú cazabas mosquitos en un pantano yermo y desconocido! ¿Qué no tienen mis modernas calles asfaltadas que tengan esas pistas forestales de las villas de Castilla? ¿Es mi comida, el embutido de AhorraMás, acaso menos digna que la lorza de un cerdo muerto por tu propia mano, en macabro rito ancestral? ¿Qué tiene tu pútrida cama vasca que no tenga mi colchón Lo Monaco? ¿Por qué es mejor tu hierba calva y descuidada que la magnificencia uniforme del césped del Retiro?

Y en el mismo berrinche por la hiriente desmejora, de la propia queja emana el primer amago de respuesta: artificio. Ésa es la primera definición de ciudad: fabricación, producción (en sentido literal), manufactura; hechura de la sociedad. La ciudad es lo posterior; es lo que ha salido de un conjunto de seres que ha decidido crear un ecosistema nuevo, un hábitat superior. Es un cacho de metal recto y un vidrio sofisticadamente liso que sustituye la mampostería irregular y chapucera de aquella vivienda segoviana del tío Fausto. Es un árbol secuestrado de su mundo y encarcelado entre cenefas de hormigón en una acera transitada. Es un suntuoso rascacielos donde se enjaulan personas a sí mismas, en macabra mutilación, como abejas en una colmena u hormigas en sombríos túneles bajo tierra.

Uno pasea por la ciudad y hasta la artificialidad del aire le abofetea. Pedos de coche en inacabable hilera y tufo a basura; si te pilla en una noche de verano una calle estrecha, una de aquéllas cuyas altivas paredes se abalanzan sobre el transeúnte desgraciado, de su divino suelo un no se qué a veces ácido y otras tampoco sé cómo parasita la pituitaria y suscita una enérgica náusea.

En la ciudad todo es creatura humana. Todo. Lo que no lo ha hecho el hombre lo ha importado de fuera colocándole su lacito. Todo es posterior, todo es segundo. Da igual que sea nuevo o de segunda mano: la mejor de entre las cosas siempre es un algo producido y manipulado. Siempre es de mano, ahora dan igual los ordinales.

¿Y qué hay de malo?“, podrían preguntarse muchos ciudadanos ofendidos. ¡Ah de los cavernícolas de pueblo, de los subdesarrollados del mal habla y de las formas incívicas! ¿Qué espinita tenéis clavada con el progreso y la evolución de la tecnología? ¿Es malo el desarrollo? ¡Oh, pordioseros, desechos de la diosa Técnica! ¿Qué tenemos nosotros de malo en este sistema, superior a tu Titulcia, a tu Belmonte del Tajo?

Y quizá la pregunta sea precisamente la opuesta: ¿qué no tiene la ciudad? La ciudad es el culmen del proceso de civilización (incluso etimológicamente es una redundancia), es el camino necesario que ha tomado en todo tiempo y lugar el desarrollo del hombre, la perfección en la organización social. La ciudad ha usado todo de la mejor forma posible para lograr la fórmula más grandiosa y útil, y sobre ese resultado se ideó otro mejor, y sobre lo que hay ahora mañana algo nuevo surgirá y potenciará la virtud y las ventajas de la civitas. Todo en la ciudad es cambio, es progreso, es mudanza de lo bueno a lo mejor.

Y aquí la gran limitación: nada es auténtico. Cuanto más avanzado más falso y sintético. La realidad ha dejado de ser genuina y ahora todo es nuevo. Todo ha sido sujetado y maniatado por el hombre para su provecho propio, y a todo ha arrebatado su belleza primigenia, su atractivo natural, su verdad intrínseca en aras de la utilidad. Todo es un instrumento, un útil a la mano, en palabras del filósofo M. Heidegger. El mismo que, para volver de las ideas a las cosas, para contemplarlas y disfrutarlas en verdad, como ellas son, afirmaba que debíamos abandonarlas, dejarlas en libertad; que debemos abrir la mano que mantiene la vida atrapada y permitir que el mundo se derrame desde el hombre que se hubo apoderado de él. Hay que “dejar ser a las cosas tal cuales son“, según el alemán. Hay que sentarse y contemplar.

Quizá esa sea la única vida que merece la pena vivirse, la de aquel pastor que ensalzaba Unamuno: espiga en boca, recostarse sobre la hierba y disfrutar de la bella verdad de las cosas, volver a la autenticidad de la naturaleza, a lo primero que fue lo que hemos recreado, y así descubrirse también el hombre.

Quizá sea eso lo que le falta al cadáver madrileño que horrorizó a Dámaso Alonso; quizá ese cúmulo de materia ciudadana sea ausencia tétrica de vida, privación de lo genuino y verdadero en el hombre. Quizá por eso Miguel Hernández, natural de Orihuela que se traslada ilusionado por una nueva vida a Madrid, comparaba así los hombres de su pueblo y de su destino, en El silbo de afirmación en la aldea:

Alto soy de mirar a las palmeras,

rudo de convivir con las montañas…

Yo me vi bajo y blando en las aceras

de una ciudad espléndida de arañas.

A lo mejor era esa artificialidad del ser civilizado lo que le compelió a escribir con estupefaciente claridad:

No quiero más ciudad, que me reduce

su visión, y su mundo me da miedo.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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