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Economía

Defender la propiedad privada y no destruirla en el intento

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Pareciere que, al hablar de propiedad privada, tuviésemos un falso dilema entre dos extremos. En el uno, el liberalismo económico (Vallet de Goytisolo, 1974, p. 54), que defiende de forma absoluta la propiedad privada, como si esta fuese intrínsecamente buena; en el otro, otra forma de liberalismo, que tiende a suponer que “la propiedad es un robo” que atenta contra la libertad de los hombres.

El darle a la propiedad privada un valor intrínsecamente bueno es atentar contra ella, y los defensores del liberalismo económico son confundidos erróneamente con defensores de la propiedad privada. De hecho, Chesterton, en su libro Esbozo de la cordura dedica una palabras inusualmente duras a quienes vivimos en lo que él reconoce como capitalismo: Sigue leyendo

Sobre pesos muelles, motores y clavos (sobre el desarrollo económico mundial)

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Yo veo la economía mundial como tres grandes bloques muy pesados. El primer bloque representa al mundo desarrollado (bloque D). El segundo bloque pretende ser el de los países emergentes (Bloque E). Por último, el tercer bloque es el formado por los países anclados en la pobreza (Bloque P). Estos bloques no son rígidos, como si fuesen de hormigón, sino que son de una sustancia elástica y adherente. Es decir, en un determinado momento, un bloque se puede desgarrar en dos o, también, se pueden unir dos formando uno solo.

Los tres bloques se mueven en campo abierto, pudiendo evolucionar en cualquier dirección. Ahora bien, parece haber una dirección predominante y según esta dirección el D va delante, luego el E y, por último, el P. Diré que esa dirección es la de la prosperidad. Los tres bloques están unidos unos a otros por muelles. Cada bloque tiene, además, un pequeño motor que impulsa al bloque hacia esa dirección predominante con tanta mayor fuerza cuanto mejor funcione. Los clavos, de momento, no aparecen. Sigue leyendo

Se alquila ciudad (solo por Airbnb)

En Asuntos sociales/Economía/España por
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Hasta antes de que estallara la crisis económica en el año 2008, cuyo principal desencadenante en España fue la burbuja inmobiliaria, persistía la mentalidad de que alquilar era “tirar el dinero”. Tanto es así, que en nuestro país a día de hoy casi ocho de cada diez personas son propietarias de su domicilio habitual, concretamente un 78,8% de los españoles. Esta cifra, por encima de la media de la Unión Europea (70,1%), hace de España un país de propietarios.

De acuerdo con los datos del último Eurostat, junto a nuestro país se encuentran en la cima de la clasificación Rumanía (96,1%), Eslovaquia (90,3%), Lituania (89,9%), Croacia (89,7%) o Hungría (89,1%), países con tasas de población propietaria muy altas, pero que cuentan con una historia, en cuestiones de propiedad, bien diferente a la de España Sigue leyendo

Subsidiariedad y sociedades intermedias: reflexiones sobre economía

En Economía/Pensamiento por
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Empecemos por una definición. El principio de subsidiariedad se reconoce en la siguiente formulación:

como no se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos.” (Quadragesimo Anno, 1931, §79)

Esto significa, particularmente en el orden económico, que conviene que las comunidades más cercanas a un problema tengan la libertad de asumirlo y resolverlo.

Es importante mencionar que el principio no realiza un juicio valorativo acerca de las decisiones que pueden realizar las organizaciones más pequeñas, ni tampoco acerca del estilo de gobierno (por ejemplo, no implica una posición favorable respecto al federalismo), sino que reconoce la supremacía de la persona por sobre el Estado, el derecho a la propiedad como medio para la prosperidad, y que las personas somos seres sociales por naturaleza. Sigue leyendo

El ‘Efecto Boromir’ o por qué el Estado debe ser limitado

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Uno de los signos, en mi modesta opinión, más preocupantes de los últimos tiempos es el notable incremento, al menos en el ámbito europeo, del clamor por más intervención del Estado en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Resulta cuanto menos complicado tratar de aportar un criterio normativo general sobre la utilidad y oportunidad de la presencia del Estado en la economía y en la sociedad. Dicho criterio, en todo caso, debería tener en cuenta las peculiaridades de cada intervención o regulación estatal, así como la gravedad e urgencia de los problemas que, en su caso, pretenda corregir. Pero sí que existen potentes argumentos, aportados por autores de muy diverso perfil, para advertirnos sobre los peligros de un Estado engrandecido “más allá de lo razonable” y omnipresente en la vida de las personas. Sigue leyendo

Estado y mercado: ¿antagonistas?

En Economía/Pensamiento por
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Todavía sobrevive en el imaginario colectivo la noción de antagonismo entre el Estado y el mercado. Mientras una facción sostiene airadamente que las fuerzas del mercado deben ser liberadas de las ataduras que el Estado le impone y que, por tanto, este último debe reducirse a su mínima expresión; la otra reacciona con no menos violencia observando que la riqueza tiene una función social, pero otorgándole al Estado la exclusividad en la interpretación de las aspiraciones sociales. El Estado y el mercado son entonces dos archienemigos que se enfrentan constantemente en esos campos de batalla que constituyen los parlamentos, los despachos gubernamentales y los medios de comunicación.

La realidad, como de costumbre, se nos presenta más compleja e infinitamente más interesante. Sigue leyendo

La economía intermedia: cuando Schumacher descubrió que lo pequeño es hermoso

En Economía/Pensamiento por
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Vivir con menos, en una economía a escala verdaderamente humana, que muestre que lo pequeño, lo simple y lo sencillo puede ser bello, útil y suficiente. Producir y consumir conociendo lo que realmente necesita el ser humano, frente al uso y abuso insostenible del mundo agigantado que nos convierte en simples números. Utilizar una tecnología a la medida del hombre: accesible, útil y cercana. Organizar y distribuir los medios y recursos económicos desde un plan comunitario basado en valores morales y no solo en cálculos estadísticos. Alcanzar una alternativa sostenible y práctica entre aquellos que propugnan el ”retorno al hogar” y los que que preconizan la “huida hacia delante”.

El legendario economista E.F. Schumacher [1911-1977], Fritz para los amigos, durante décadas uno de los pensadores más seguidos del mundo, nos hablaba y nos habla de una “economía intermedia” al servicio de hombres que tienen alma y de una naturaleza que tiene límites.

En plena globalización hiperconsumista, frente a pequeñas iniciativas aisladas del mundo y ante la gran etiqueta ecológica creada el marketing y aislada del medioambiente, la “economía intermedia” recupera plena vigencia como medio de reflexión o como instrumento de actuación. Ante las consecuencias del cambio climático, desde la revisión tecnológica, ante la emergencia de la lucha por los recursos, ante supuestas soluciones que o bien parecen meros parches técnicos o bien se desvelan como simples estrategias publicitarias. Algo parecido a decrecer en nuestro consumo y no morir en el intento, como sostenía Latouche; a disfrutar de lo que tenemos antes que frustrarnos por lo que no vendrá, como reflexionó Tolstoi; a volver a vivir con tres acres y una vaca y no perder el tren del mundo, como nos legó Chesterton.

Schumacher fue un alumno ejemplar. Tras una meteórica carrera académica en su Alemania natal, fue becado como economista de futuro con la prestigiosa Beca Rhodes en el New College de Oxford, y con solo veintidós años dio clases en la estadounidense Universidad de Columbia. Emigró a Gran Bretaña tras el triunfo nacionalsocialista, y sospechoso por su origen en plena conflagración mundial, durante años tuvo que trabajar como peón en una granja.

De la mano del economista de moda J.M. Keynes (quién leyó y utilizó el primer gran artículo de Schumacher, Multilateral Clearing) colaboró con él en su trabajo International Clearing Union (1944), trascendental para la elaboración del “Informe Beveridge” (base del actual Welfare State) y del “Plan Marshall” (clave en la reconstrucción de posguerra). Su enorme capacidad de trabajo y de análisis le abrió las puertas, primero de la British Control Commission como Chief Statistician, y después del National Coal Board, trabajando como Chief Economic Advisor durante dos décadas y siendo defensor acérrimo del lobby del carbón (deudor de las principales corrientes neomarxistas del momento, especialmente en clave socialdemócrata). Se había convertido en asesor técnico y estadístico de primer nivel.

Pero su visita a la subdesarrollada Birmania supuso un punto de inflexión. El prestigioso economista y asesor comprobó, in situ, los límites del progreso materialista y las injusticias sociales que conllevaba. Y comenzó plantear esa “economía intermedia” (y moralizada) entre el pequeño productor aislado y el “gigantismo” industrial que aislaba, entre el propietario artesanal y los colosales sistemas que inundaban el mundo de faraónicas infraestructuras y sueños nucleares; era el camino adecuado para un progreso justo y viable.

Así, en este periodo, recuperando las enseñanzas de las comunidades tradicionales y sus valores morales, empezó a escribir sobre una especie de “economía budista” alejada de los supuestos materialistas occidentales tras adoptar esta fe, profundamente influida por las tesis de M. Gandhi y J. C. Kumarappa (la llamada esencia de “la permanencia”). Tras diversos viajes por diferentes países del Tercer mundo (de Zambia a la India, pasando por Tanzania) amplió su nuevo enfoque “metaeconómico”; buscaba aquellos presupuestos morales y filosóficos alternativos capaces de reorientar dicha ciencia y actividad, para volver a considerar a las personas más importantes que los bienes y a la actividad creativa más relevante que el mero consumo. Propuesta que sintetizaba lo racional y lo espiritual (culminación de las “sus etapas  de desarrollo”) para superar la insuficiencia del liberalismo y las restricciones del comunismo. Así, en 1966 fundó el Intermediate Technology Development Group, convirtiéndose además en administrador de la cooperativa Scott Bader Commonwealth.

La vida, incluida la vida económica, precisamente porque resulta impredecible, todavía vale vivirla” proclamaba Schumacher.

Por ello, durante su conversión al catolicismo (que dejó perplejos a sus antiguos amigos budistas y marxistas), publicó la obra que le dio fama universal, su gran best seller Small is beautiful (1973), o Lo pequeño es hermoso; texto influido decisivamente por el chestertoniano Christopher Derrick (así como por el humanismo de Dorothy L. Sayers, las encíclicas sociales y el neotomismo de Jacques Maritain), y definido por The Times Literary Supplement como uno de los cien libros más influyentes de los publicados desde la Segunda Guerra Mundial.

La obra (en puridad una recopilación de artículos), pese a ciertas limitaciones propias del contexto en que se escribió y ciertas predicciones que no se cumplieron, anunciaba el nuevo tiempo histórico que vivimos en el siglo XXI: la tendencia hacia el gigantismo, el imparable crecimiento de las mega ciudades, el desempleo masivo crónico, los patrones insostenibles de uso de la energía, la degradación ambiental o la violencia en la lucha por los recursos.

Fue una de las primeras grandes y fundamentadas denuncias frente a la sociedad consumista (industrial o agrícola), que sobrevivía artificial e insosteniblemente sobre un entorno de fuentes limitadas y sobre la sistemática explotación de los recursos naturales no renovables de los países más pobres de la tierra. Por ello se preguntaba:

“¿Vamos a seguir aferrándonos a un estilo de vida que crecientemente vacía al mundo y desbasta a la naturaleza por medio de su excesivo énfasis en las satisfacciones materiales, o vamos a emplear los poderes creativos de la ciencia y de la tecnología, bajo el control de la sabiduría, en la elaboración de formas de vida que se encuadren dentro de las leyes inalterables del universo y que sean capaces de alentar las más altas aspiraciones de la naturaleza humana?”.

La “batalla occidental contra la naturaleza” debía acabar y los logros del modo de producción debían adaptarse a los límites del “capital natural” finito. Frente a la realidad petrolífera y el sueño nuclear, que desgranaba empíricamente, Schumacher propugnaba esa economía “como si le importarán las personas” (subtítulo de la obra citada), capaz de conseguir la sostenibilidad desde una nueva tecnología intermedia (recuperada de los modos de producción tradicionales) que conllevaba una restricción ética: la trascendencia de los valores morales que preservasen la igualdad y dignidad de todas las personas; la integridad del trabajo humano como el factor económico esencial; el uso de los instrumentos propios del entorno y de la comunidad (más baratos, más realistas y menos contaminantes); el papel central de la Familia como unidad básica de convivencia y formación; y el valor de las comunidades locales como entidades soberanas, si es posible, en una toma de decisiones descentralizada y desde una autosuficiencia creciente respecto a los alimentos y al combustible

Y, en medio de los optimistas que defendían que “todo tenía solución” y los pesimistas que anunciaban “la inminente catástrofe”, para Schumacher:

“Lo que necesitamos son optimistas que estén totalmente convencidos de que la catástrofe es ciertamente inevitable salvo que nos acordemos de nosotros mismos, que recordemos quiénes somos: una gente peculiar destinada a disfruta de salud, belleza y permanencia; dotada de enormes dones creativos y capaz de desarrollar un sistema económico tal que la «gente» esté en el primer lugar y la provisión de «mercancías» en el segundo”.

Obra donde Schumacher pretendía completar los problemas que detectaba en las tesis de su admirado Distributismo de Chesterton, Belloc y Gill. Este modelo acertaba a proponer, entre el Mercado divinizado y el Estado todopoderoso, un modelo basado en la promoción de la propiedad independiente (el llamado “retorno al hogar”); pero el mismo resultaba limitado para Schumacher ya que, a su juicio, solo alcanzaba a representar una “economía pequeña” de escaso impacto. Era necesario, además, un “economía intermedia” que atendiese a “cientos de miles de personas que no pueden tener esperanzas de ser auto-suficientes en la propiedad o en la artesanía“, que llegase a los desposeídos de la tierra y a los explotados por el sistema. Pero una vía media que no podía basarse, como había hecho durante años, en remedios dictados en exclusiva por los expertos especializados; debía fundarse en la previa transformación interna, moral, del hombre y su comunidad:

La gente continúa clamando por soluciones, y se enoja cuando se le dice que la restauración de la sociedad debe venir desde dentro y no puede venir desde fuera”.

Frente al individualismo sistémico construido, a la vez, desde la lealtad al capital y desde la dependencia de lo público, Schumacher oponía una comunidad soberana ligada tanto al minúsculo productor como al gran mundo interconectado.

“La cuestión no es la elección entre «crecimiento moderno» y «estancamiento tradicional». La cuestión más bien radica en encontrar el camino correcto de desarrollo, el Camino Medio entre la negligencia materialista y la inmovilidad tradicionalista. En pocas palabras, encontrar «Los Medios Correctos de Subsistencia»”

El occidental y el occidentalizado debían, por tanto, cambiar en sus valores para poder cambiar el sistema en sus instrumentos. Tenía que reconstruirse el arquetipo del homo viator o “el hombre con un  propósito” con su colectivo y desde la escuela, con una misión interna (atemperando la codicia y la envidia) y con un deber externo (buscando la paz y la cooperación), más allá del compulsivo comprador o del mecánico productor.

Marx, Freud y Einstein eran, a su juicio, “el trío diabólico” del que la modernidad había sacado las lecciones para erigir el rechazo a la asunción de responsabilidades individuales respecto a la comunidad de pertenencia o de referencia: del primero la interpretación revolucionaria del “odio a los demás” como motor de la historia; del segundo la sacralización individualista de la subjetiva “autorrealización interna” alejada de las necesidades de los demás; y del tercero la aplicación moral de su insistencia en la “relatividad de todo”.

Devolver la belleza a lo pequeño suponía recuperar la conciencia de que el hombre depende del mundo natural, de que el consumo no puede ser el único fin y propósito de la actividad económica, y de que el modo actual de producción destruye la naturaleza y genera una sociedad que mutila al ser humano. Un objetivo que debía demostrar, para Schumacher, el error de la que denominaba como dominante religión materialista (la única supuestamente racional), fundada en el culto al consumismo y la idolatría del gigantismo, y generalizada mediante la cultura de la salvación personal (e individualista) basada en el imparable desarrollo de la producción y la sistemática adquisición de riqueza personal.

Y la demostración de la viabilidad de su alternativa intermedia partía de la convicción de que “una onza de práctica vale más que una tonelada de teoría“: había comprobado en países olvidados por el progreso que la producción desde los recursos comunitarios inmediatos para cubrir las necesidades locales era la forma más racional de vida económica: adaptando la tecnología existente (y a descubrir) a las posibilidades intermedias, aumentando la variedad utilitaria de los sistemas instrumentales, generalizando mercados de proximidad al origen productivo, impulsando la educación moral y la comunicación solidaria, fomentando decididamente la vida rural (soñaba con “dos millones de aldeas”), y por ello, difundiendo para todos, libre y gratuitamente, mecanismos técnicos de bajo costo necesarios para el crecimiento autónomo responsable.

Un nuevo modelo de producción y consumo que devolviera la belleza a lo pequeño desde la tecnología intermedia que completaba, posteriormente, con dos principios más. Era necesario un segundo pilar, un nuevo paradigma filosófico y moral en la economía y en la vida; una Guía para perplejos (A guide for the perplexed, 1977) donde subrayaba esos “valores supremos” que permitían conciliar el autoconocimiento individual y la comprensión social en la elección de los métodos económicos. Y sobre ellos había que construir y difundir un “cambio de conciencia” en los hombres y sus comunidades, en las sociedades y en sus políticos, “en el corazón y el alma de cada uno de nosotros”; demostrando a esos “perplejos” que lo consideran imposible o utópico,  que toda reforma política o económica que respetara el medio ambiente pasaba por resolver los problemas vitales de la sociedad industrial, ya que

“el hombre de hoy es demasiado listo para ser capaz de sobrevivir sin sabiduría… Sin sabiduría el hombre se ve obligado a construir una economía monstruosa que destruye el mundo, y a buscar afanosamente satisfacciones fantásticas, como la de poner un hombre en la Luna” (Schumacher, 1981).

Y también era imprescindible un  tercer pilar: el trabajo; pero no uno cualquiera sino un “buen trabajo“. Así se publicó después de su fallecimiento, en septiembre de 1977, A good work, conjunto de conferencias dictadas en Estados Unidos en las que alude nuevamente a la necesidad de modificar las bases materialistas de la economía moderna desde el cooperativismo moralmente responsable; especialmente, porque, cualitativa y cuantitativamente, señalaba que “la fiesta ha terminado” para el progreso entendido en exclusiva de manera material (the party’s over).Una nueva forma de entender la economía necesitaba un nuevo de vivir el trabajo. Siguiendo a Santo Tomás señalaba que “no puede haber alegría de vivir sin alegría de trabajar, la pereza es tristeza del alma” (Schumacher, 1980: 113-115).

Fue admirado por comunistas y cristianos, seguido por líderes africanos y americanos, invitado por la Casa blanca y por el Vaticano, considerado mero conservacionista o valiente eco-guerrero, adulado a la vez por postcapitalistas y postcomunistas, considerado oportunista o elevado a la categoría de profeta. Pero quizás Schumacher, Fritz para los amigos, solo quiso que volviéramos a ver al ser humano en su belleza, por dentro y por fuera.

“No tengo dudas de que es posible dar una nueva dirección al desarrollo tecnológico, una dirección que habrá de conducirlo de vuelta a las necesidades reales del hombre, lo que también significa volver al tamaño correcto del hombre. El hombre es pequeño y, por lo tanto, lo pequeño es hermoso”.

Common people: los ricos marxistas

En Asuntos sociales/Economía por
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Ahora que el pertinaz Varoufakis, el exministro griego que recomendó que su país saliera del euro, anda de turné presentando su libro Comportarse como adultos: Mi batalla contra el establishment europeo, le viene a uno a la cabeza, mira tú por donde, la extraña pero verosímil leyenda urbana sobre su mujer. Se dice (se comenta, se rumorea) que la muchacha griega cuyo padre estaba forrado que quería mudarse a Hackney para vivir entre los menos favorecidos y así parecer más cool, la que inspiró a Jarvis Cocker, líder de la banda Pulp, a componer una de las canciones más exitosa de los noventa, Common People, no es otra que la mujer del exministro griego. Sigue leyendo

El regreso de la economía a la senda de las ciencias morales

En Economía/Pensamiento por
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El economista David Anisi aprovechó la que sería una de sus últimas intervenciones públicas para denunciar la extendida -y errónea- tendencia de sus compañeros a creer que la Economía es ya una ciencia. Una posición tan apabullante que incluso se atreven ya a denominar a sus escuelas como facultades de Ciencias Económicas.

Como recoge Alvey (PDF, páginas 53-54), esta es una tendencia mayoritaria en la economía que ve la sociedad como si estuviera regida por leyes naturales(asimilables a las que rigen la química o la física), y que aspira a un desarrollo académico en ausencia de consideraciones éticas o juicios de valor. Sigue leyendo

Más allá de la lógica del consumo

En Asuntos sociales/Dialogical Creativity/Economía por
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Occidente ha sustentado su desarrollo del último siglo en la lógica del consumo. Para ello, la política, la economía y los medios de comunicación se pusieron de acuerdo: si la premisa es fomentar el consumo, debemos vincular consumo y felicidad mediante la rueda de las satisfacciones.

Nos vendieron que la felicidad consiste en satisfacer nuestros deseos y necesidades y, para eso, pusieron en nuestras manos el sistema de consumo. La rueda ha funcionado durante décadas y todavía hoy, en plena crisis sistémica, la única receta posible que nos venden los estudiosos es la de re-activar el consumo. Sigue leyendo

¿Es el Islam una opción más para nuestro ecosistema?

En Economía/Mundo por
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En los últimos 20 años la sociedad occidental ha tratado de enfrentar la problemática medioambiental a través de la política y la economía con escaso éxito hasta ahora. Este marco abre la puerta a nuevos interrogantes, con respuestas que a muchos de nosotros, a priori, pudiera sorprendernos.

¿Y si existiera una posibilidad de que la religión tuviera una respuesta  más eficaz? El Islam está en ello y considerando su ritmo de crecimiento demográfico, parece ofrecer una alternativa sólida. El 22% de la población mundial profesa el Islam y tiene una tasa de crecimiento del 2.9%, superior a la del resto de la población mundial. Si el cuidado del medio ambiente se continúa institucionalizando y universaliza en el Islam como requisito de la industria Halal, esta puede ser una vía más para fomentar medidas verdaderamente efectivas en el cuidado de nuestro planeta. Sigue leyendo

La banalidad de nuestro mal (II): Convivir con lo invisible

En Economía/Pensamiento por
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IMPORTADO POR

EL CORTE INGLÉS S.A.

Hermosilla, 112

28009 MADRID-ESPAÑA

Me explico: He hecho el trabajo de quitarme la camisa y rebuscar en ella en busca de algún tipo de información. Además de lo ya señalado, he podido averiguar que está hecha completamente de algodón y que si la lavo a más de 40 grados centígrados probablemente el resto de mi colada se vuelva color de rosa.

(viene de un artículo anterior: ‘La banalidad de nuestro mal‘)

En nuestras dinámicas de compra los productos simplemente están ahí, no hace falta que nos preguntemos ni por qué ni cómo. En una sola estantería de un país moderno podemos elegir entre una veintena de variedades distintas del mismo bien, muchas de las cuales se fabrican a centenares o miles de kilómetros de distancia. Los instrumentos de estudio de mercado permiten al productor danés darse cuenta de que si traslada parte de sus cajas de galletas de mantequilla a la otra esquina del continente obtendrá beneficios de forma más eficiente que si reduce su ámbito de negocio al mercado local.

Hasta ahí, parece que todo es correcto: el mercado es capaz de movilizar la actividad económica allí donde el mercado permite detectar una bolsa de necesidad (una demanda) susceptible de ser cubierta de forma que tanto productor como consumidor obtengan un beneficio.

Ahora bien, este tipo de análisis, que es el que habitualmente se realiza a la hora de valorar la conveniencia o no de una decisión comercial (tanto de compra como de venta, en términos de coste de oportunidad) no da razón de la realidad de la actividad económica. Es únicamente un análisis relacional, un marco cerrado que limita la perspectiva al intercambio entre dos o varias voluntades, dentro del cual no entran –ni deberían entrar, a juicio de algunos– todos aquellos factores que inevitablemente forman parte de la realidad del producto. A estos factores los he llamado “lo invisible”. Sigue leyendo

Cataluña: de la independencia al bono basura

En Cataluña/Economía/Elecciones 27S/España por
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No les desvelaré nada si les digo que España y la UE se encuentran inmersos en una recesión económica grave y profunda, cuyas causas van mucho más allá –al menos en los países denominados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España)– de las recesiones cíclicas que, según los economistas, experimentan las economías de vez en cuando, para después volver a la senda del crecimiento económico.

A diferencia del famoso Crack del 29 (la mayor depresión económica que ha conocido el mundo hasta hoy) o de otros periodos de recesión más o menos largos y profundos, la actual recesión económica mundial (debido a la explosión de una burbuja financiera) ha derivado en algunos países (los PIGS, entre ellos) en una crisis de deuda, producida a su vez por un déficit de competitividad que hace a estos países imposible remontar sus cuentas en el mercado global. Sigue leyendo

El gran defecto del sistema

En Economía/Pensamiento por
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Todo cambio ha surgido de un grito previo; del grito colérico y encabritado, de la indignación profunda, del sacrosanto: “se acabó“. Es furor desbocado, agresiva aversión al mal que ha poseído a todos los hombres de bien que por el bien han batallado, a sablazos sangrientos e incansables; es el motor de la santidad la ira santa, que ha de verse siempre completada por el amor del bien, por el deseo del fin.

No espere el lector encontrar en estas líneas crítica constructiva alguna. No espere el lector soluciones, fórmulas algorítmicas o la vacuna definitiva de nada: ni las tengo ni las huelo. Lo único que poseo en mi alma, negro e inflamable como el alquitrán, es un grito que se resiste a resignarse. Sigue leyendo

Grecia: bajo el techo de Europa

En Economía/Mundo por
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Podría pasarle a cualquier familia: En ocasiones el mayor de los retoños del hogar se desvía, y su corrupción acaba haciéndose tan grande que, para evitar el desequilibrio y la extensión de la podredumbre a los demás hijos, sus padres terminan por echarle de casa, por el bien de todos.

Hay dos prismas desde los que no se debe mirar la cuestión griega: la primera, como si la pertenencia al euro y la legitimidad del proyecto europeo dependiera obligatoriamente de un proceso “irreversible”, sin estar sujeto a condiciones.

Salta la vista que, de ser así, la propia UE perdería toda capacidad de progreso y de corresponsabilidad entre los Estados que forman parte de ella. No sería justo.

La segunda, como si la decisión de mantener o echar al hijo de casa fuera únicamente una cuestión de análisis del equilibrio coste-beneficio,  no solamente desde el punto de vista económico (que ya se da prácticamente por perdido) sino también geoestratégico y político.

La corrupción griega es algo difícil de obviar. No, no ha sido cosa de unos pocos. Es un Estado que ha alcanzado el estatus de “políticamente fallido“. Ya no solamente por falsear sus cuentas macroeconómicas para acceder a la eurozona, sino por sus niveles de evasión fiscal (estimada en un 30% del PIB)  y por la desquiciante dinámica de amiguismos y el jolgorio que han llevado a las situaciones más absurdas en un país en el que ni el gobierno sabe cuántos funcionarios hay (se estima que podrían ser hasta el 20% de la fuerza laboral del país). Por dar solamente algunos datos…

A los datos se oponen dos argumentos: (1) la culpa no es de todos los griegos (probablemente no, aunque es difícil estimarlo) ni del nuevo Gobierno, sino de los anteriores; y (2) serán los “inocentes” quienes más sufran tanto un eventual “enderezamiento” como una eventual salida del euro.

Ahora bien, más allá de estas dos opciones (salir o quedarse), no existe, como pretenden algunos, la de un nuevo rescate sin la garantía de reforma. La podredumbre ha de quedar fuera de casa, con Grecia o sin ella, y la demanda de “ponerse al día” en los usos del hogar que exige Europa no es, ni mucho menos, una demanda antidemocrática, sino todo lo contrario.

No es planteable que los “acreedores” (esa palabra que suena tan mal y que, sin embargo, significa todos nosotros) tengan que asumir obligatoriamente continuar pagando el desorden griego, solamente porque estos han elegido “democráticamente” que ya decidirán ellos cómo y cuándo se ponen a ordenar.

Es inocente pensar que en realidad lo que falta es “voluntad política” por parte de Europa, y que bastaba con inyectar una y otra vez miles de millones de euros de los impuestos de los trabajadores del resto de la UE hasta que, por arte de magia, Grecia deje de estar podrida.

Lo cierto es que las familias griegas dependen a día de hoy para su sustento de un sistema perverso, en tanto que profundamente corrupto y profundamente deficitario, y que ha terminado por hundirse. Más que rescatar el sistema, que sin el dinero de otros países volverá a estar en poco tiempo muerto y enterrado, lo que hay que hacer es arrancar las zarzas y dejar –como mucho– la cizaña junto con el trigo.

Parece que la única solución posible pasa por inyectar un “chute” de dinero en la economía Griega, aún sabiendo que las probabilidades de recuperarlo en los plazos establecidos son escasas, con el objetivo de otorgar a Grecia un margen de maniobra suficiente como para ponerse al día. Lo que no es planteable es meter ese dinero en un país que, especialmente tras la llegada de Tsipras al poder, se niega a reconocer la perversidad que ha llevado al país a la ruina.

Grecia ha solicitado ya un tercer rescate por valor de 50.000 millones de euros, posibilidad que la UE no ha negado en ningún momento pese a que a nadie se le escapa que, sin esa cantidad, la deuda es y será inasumible por mucho tiempo. ¿En qué se diferencia eso, a efectos prácticos, de una quita de la deuda? En que no supone eludir la responsabilidad de responder ante el resto de los europeos y cumplir el compromiso de hacer las cosas bien.

Está claro que habrá que ver qué condiciones está dispuesto a aceptar Grecia y, sobre todo, si tiene credibilidad después de tanto engaño. Solidaridad no es ser tonto, solidaridad es ayudar a quien quiere ser ayudado, en lugar de persistir en el error. Y, si no: puerta. Dios no lo quiera.

La banalidad de nuestro mal (I): Comercio Justo

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Jerusalén, Israel, 1961

Cuando Hannah Arendt fue enviada a cubrir para el New York Times el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, lo único que no descubrió en el líder nazi fue un despiadado asesino, un enfermo mental o un sádico, pese a haber sido uno de los responsables directos de los campos de concentración en los que fueron quemados, fusilados o forzados a trabajar hasta la extenuación millones de hombres, mujeres y niños.

Adolf Eichmann

“Ninguna relación tuve con la matanza de judíos. Jamás di muerte a un judío, ni a persona alguna, judía o no. Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía. Lo niego rotundamente –defendió el acusado durante el interrogatorio– Sencillamente, no tuve que hacerlo.” (‘Eichmann en Jerusalén‘, 1961. Hannah Arendt)

La descripción que la filósofa judía hizo de la personalidad de aquel hombre, y que le valió los ataques de quienes la acusaron de tratar de exculparle, fue, a falta de una imagen mejor, la de alguien incapaz de hablar sus propias palabras (“llegaba a constituir un caso moderado de afasia“) que solventaba su problema adoptando las expresiones y esquemas mentales propios del sistema en el que trataba de progresar, la Alemania nazi. Sigue leyendo

Pactar con el diablo

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Me preocupa sinceramente la imagen global de medio Occidente “comprado” o profundamente endeudado con la superpotencia china. Perdonen si me pongo apocalíptico.

La visita de Rajoy logró acuerdos de inversión por valor de más de 3.100 millones de euros para España. FOTO: EFE

Lo cierto es que la semana pasada, cuando nuestro presidente, Mariano Rajoy, visitó el país asiático para captar inversión extranjera, eché de menos al menos una pizca de reacción social semejante a la que se produjo cuando el pasado mes de noviembre (2013) España se disponía a jugar un partido amistoso de fútbol con Guinea Ecuatorial.

Recuerdo que , por aquellas fechas, las redes sociales se incendiaron y varios grupos parlamentarios mostraron su oposición a que la nuestra, la selección deportiva de un país democrático y garante de los Derechos Humanos, hiciera tal concesión a un territorio que, como bien saben, carga con el yugo de la familia Obiang desde hace décadas. Sigue leyendo

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