Kiko Matamoros: “Vivimos en una disparatada y pueblerina feria de la corrección”

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En una escena de La ley de la calle de Francis Ford Coppola, uno de los personajes dice, refiriéndose al ‘chico de la moto’ que ha vuelto a la ciudad tras un tiempo de retiro, que “parece un rey en el exilio”. Nos encontramos con Kiko Matamoros delante de un bar de Pozuelo. Se mantiene erguido y con la mirada como apuntando a un horizonte remoto que no existe, mientras da profundas caladas a un cigarro. Es como un rey en el exilio, alguien que ha encontrado la tranquilidad fuera de sus dominios.

Lo primero que llama la atención de Matamoros es que habla muy bajito, como si se hubiera quedado sin fuerzas de tanto vocear en la televisión. En el trato personal no es nada temible. Sus ojos verde claro (o algo parecido, nunca he sido bueno con los colores) apuntan directamente a los tuyos y la mayor parte del tiempo mantiene la sonrisa.

Nos adentramos en el garito y nos sentamos al lado de una hilera de libros. De repente, atisba uno que le resulta familiar: “¡Coño! ¡Coto Matamoros!”. El azar ha querido que, de entre todos los libros del mundo, uno que escribió su hermano gemelo, con quien no mantiene buena relación, se siente a nuestro lado. “Esto es un mal augurio”, susurra.

A continuación, nos fijamos en algo más llamativo si cabe. Un volumen que almacena sendas biografías de Iosif Stalin y Charles Chaplin. Dos personajes que, no cabe duda, interesan a un público similar. “¿Quién será el genio editorial al que se le ocurrió juntar a estos dos?”, dice entre risas.

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Kiko Matamoros asegura que los cuatro palos de la baraja le definen bien: oros, bastos, copas y espadas. Lo cierto es que cuando te acercas a él en persona descubres lo bien que se mueve entre la delgada línea de lo material y lo sentimental, lo corrosivo y lo fraternal. De la misma forma con que suelta un porrazo dialéctico a la industria donde ha trabajado (“tiene mérito que después de ocho años en tele siga sabiendo que haber se escribe con hache”), te habla con voz trémula y nostálgica de sus antiguas correrías por los barrios de Madrid, que tan bien conoce.

¿Cómo recuerdas tu infancia?

Como un territorio minado, lleno de luces y sombras. Con mucha necesidad de protección, de sentirme querido y reconocido. Como dijo Rilke, “la infancia es la verdadera patria del hombre”, y el mayor condicionante de nuestra existencia, añado yo. Mi familia era de clase media y nunca tuvimos mayores problemas económicos pero recuerdo muy bien mi fascinación por los coches de lujo y las bicicletas de carreras que no estaban a nuestro alcance. Debajo de mi casa estaba el “cine de los americanos”, una sala a la que solo tenían acceso los yanquis de la base de Torrejón. Era insultante su prepotencia, subían sus “Cadillac” a las aceras, aparcaban donde les salía de los huevos, tomaban el barrio como si estuvieran en el paralelo 38, aquellos coches eran como tres veces el seiscientos de mi padre. No teníamos otro remedio que rallárselos, pincharles las ruedas o ir a buscarles a los coches de choque para medir nuestra frustración. Nosotros íbamos al cine Roma a programas de sesión doble, la mayoría de las veces te comías dos veces el Nodo y repetías la película principal. Vamos, seis horas de cine en sesión continua. La infancia y la educación de la época me convirtieron, por rechazo a la autoridad, en un ser fronterizo al que siempre le gustó vivir en el límite del bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo prohibido y lo tolerado. Alguien con una enfermiza necesidad de afirmación y revancha.

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Me consta que eres un apasionado de la literatura ¿De dónde nace esta pasión?

De mis padres, los dos eran aficionados a la lectura. Por navidades siempre nos caían algunos libros, aparte de otros regalos. De la casa de mis padres solo tengo dos objetos: “Poemas” de Octavio Paz, se lo regaló mi hermano gemelo a mi madre, y “El pedestal de las estatuas” de Antonio Gala. Reconozco que no he leído este último pero tiene un valor sentimental enorme, fue el último libro que me regaló mi padre. En alguna ocasión he contado que mi madre nos leía mientras comíamos con la doble intención de amansar a las fieras y de regalarnos un poco de cultura. Era una lectora magnífica: su entonación, sus pausas…

©Uxía Barrientos

¿Hay algún personaje literario con el que te identifiques particularmente?

Tengo ese carácter obstinado y ridículo del Teniente Bravo de Juan Marsé. Soy capaz de perjudicarme hasta límites delirantes con tal de no dar mi brazo a torcer o de conseguir un objetivo por pura vanidad o cabezonería, soy muy de “esto se hace por mis cojones”, un rasgo poco favorable de mi personalidad. También me reconozco, en algunos aspectos, en Walter Arias el protagonista de “El novio del mundo” de Felipe Benítez Reyes. Mi vida no se ha regido ni por la normalidad, ni por la moralidad al uso. He desvariado mucho en algún terreno y siempre me ha parecido más atractivo cierto delirio existencial que la aburrida formalidad generalizada.

¿Qué personaje literario escogerías para definir a Mariano Rajoy? ¿Pedro Sánchez? ¿Pablo Iglesias? ¿Albert Rivera?

Rajoy es Don Vito Corleone, el protagonista de “El Padrino” de Mario Puzo. Alguien que dirige una organización con mil imputados no puede ser otro personaje. Hay una frase cojonuda que pronuncia Michael refiriéndose a su padre, Don Vito: “Mi padre no es diferente de ningún otro hombre poderoso… como un senador o un presidente”.

Pablo Iglesias es La Reina de Corazones de “Alicia en el País de las Maravillas” de Lewis Carroll, habida cuenta de su irrefrenable afición a cortar cabezas. Pedro Sánchez y Albert Rivera son Don Juan y Don Luis Mejía, los protagonistas del “Don Juan Tenorio” de Zorrilla. Los dos son apuestos, ambiciosos, seductores y luchan por conquistar el corazón de esa novicia crédula y un poco boba que es Doña Inés, en este caso España. Quien gobierne de aquí a dos años será Don Juan.

¿Qué novela te hubiera gustado firmar como autor y por qué?

No sé, muchísimas, todas las que me han conmovido. Pero bueno, si quieres un título “La Metamórfosis” de Kafka. Por tratar sobre la soledad y la incomunicación, algo que me obsesiona y está presente en tantas grandes obras literarias y cinematográficas. También por retratar la lacra del egoísmo de forma tan certera y por la influencia del autor en la literatura contemporánea.

¿Alguna novela que te parezca sobrevalorada?

Sobrevalorada no lo sé, no me atrevería a decirlo. No apta para mi nivel intelectual y formativo el “Ulises” de Joyce. Dicen que hay que leerla varias veces para llegar a entender y disfrutar de esta obra retórica de tintes metafísicos. Me consuela que a gente mucho más preparada que yo le haya resultado imposible terminar de leerla.

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©Uxía Barrientos

¿Dónde te sitúas políticamente?

Soy bastante constante en mis tendencias: madridista y ateo desde que tengo uso de razón; fumador empedernido y bebedor moderado desde los catorce años; simpatizante y votante socialista desde que se formó mi conciencia política a los diecisiete y desde que pude ejercer mi derecho electoral; republicano desde que descubrí que los reyes eran los padres.

¿Cuál crees que es el mayor defecto de España?

España es una mujer despreciada por sus propios hijos a la que supongo con complejo de madrastra. Su gran defecto es su secular condescendencia; no mandarlos a tomar por el culo y adoptar hijos que la quieran y la respeten: emigrantes y refugiados.

¿Cómo juzgas el auge del movimiento feminista del que estamos siendo testigos?

Para mi confort preferiría no contestar, honestamente, pero bueno… abro el paraguas y allá voy: entiendo el feminismo como un arma destinada al logro de un modelo social igualitario entre hombres y mujeres y creo que estamos en un momento idóneo históricamente para forzar la consecución de ese logro y es una obligación moral apoyarlo. No existe una persona medianamente cabal a la que no escandalice la brecha salarial ni otra serie de desigualdades igualmente sangrantes. Dicho lo anterior, diré que existe un feminismo radical, residual y reaccionario que imita el modelo de patriarcado que rechaza y corrompe la lucha de ese otro feminismo justo y serio. En cuanto al sexismo lingüístico, se podría construir una impagable antología del disparate a partir de ciertas manifestaciones públicas. El resultado final de esta práctica es francamente ridículo.

Hoy también está de moda hablar mal de la Transición española ¿Qué opinión te merecen los que hablan del “régimen” de la Transición?

Es muy fácil torear a toro pasado. La mayoría de los que cuestionan la Transición ni la vivieron ni saben de lo que hablan y alguno de los que estaba habla y no sabe o no quiere saber. Hay una frase de Edu Madina que resume muy bien este sentimiento crítico y el tamaño de la injusticia: “Que mi generación critique cuando haga algo grande. Basta de tantas críticas a lo que hicieron nuestros padres hasta que hagamos algo por lo menos criticable por nuestros hijos”.

La Transición fue el resultado del compromiso ejemplar con el estado de derecho de todas las fuerzas democráticas y de la mayoría abrumadora del pueblo español. La Transición fue necesaria para alcanzar las cotas de bienestar social más altas que ha conocido la historia de este país, para acometer su modernización y su integración en Europa. Cualquier otra opción hubiera sido una catástrofe. Algunos desconocen u olvidan de dónde veníamos y los equilibrios que se tuvieron que hacer para evitar la involución perseguida por los extremistas mediante la amenaza permanente del ejército golpista, la desestabilización de los grupos terroristas, las presiones de los grupos ultraconservadores, etc. Alguno se cree que esto era la lamentable ficción esa de “Cuéntame”, pues está muy equivocado. ¡Qué poca cultura política y qué mala memoria!

¿Vivimos en la dictadura de lo políticamente correcto?

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Atravesamos un estado general de bulímica actividad censuradora, vivimos en una disparatada y pueblerina feria de la corrección. Vuelvo a abrir el paraguas: estamos sumergidos en la dictadura de las buenas formas y lo peor es que amenaza con ir la cosa a peor y para largo. La mayor responsabilidad de este fenómeno se sitúa en la nueva izquierda. La derecha siempre tuvo un espíritu censor y en este terreno se mueve como pez en el agua, mientras que la izquierda siempre representó la defensa de la libertad individual y colectiva. La nueva moral la diseña sobre todo esa izquierda atolondrada, tan conservadora y doctrinaria como cualquier credo religioso.

Amparados en toda su colección de “ismos” y en su paternalismo casposo los torquemadas de viejo y nuevo cuño han decidido lo que tenemos que comer, los espectáculos a los que debemos ir, los transportes en los que debemos desplazarnos, como cortejar a una mujer, si las letras de Sabina son o no aceptables, si debemos quemar en la plaza pública a Woody Allen, si hacemos lo mismo con la obra de Balthus, si un chiste es ofensivo o no lo es, si hay que invisibilizar la imagen de una obra milenaria, etc.

Lo más cómico es la distinta vara de medir que utilizan los nuevos beatos de izquierda y derecha a la hora de rasgarse las vestiduras: si un rapero hace exaltación del terrorismo y ofende a las víctimas es una manifestación cultural perfectamente tolerable, pero si un periodista dice una idiotez sobre la presunta falta de higiene de una parlamentaria… eso no se puede permitir. Si la portavoz de un grupo político le da una coz al diccionario los chistes consiguientes son fascistas y machistas. Si una chirigota “decapita” a Puigdemont se está cometiendo un delito de lesa humanidad pero nos parece maravilloso que un actor se cague en la puta madre de todos los españoles y así todo…

¿Cómo alguien con tanta cultura e inquietudes intelectuales podía trabajar cada día en la televisión del corazón, a menudo con personas poco inquietas en este sentido?

Ni tanta cultura ni tantas inquietudes. El día que me despedí lo deje muy claro al afirmar que no me tenía por un hombre culto y que de serlo no hubiera trabajado allí. Lo triste es que una mínima carga formativa se utilice en ese escenario como arma arrojadiza por parte de algunos enemigos de la cultura que son un pésimo ejemplo social.

¿Hubieras preferido dedicarte a otra cosa?

Ha sido mi elección y nadie me puso una pistola en el pecho. Existen muchos factores, incluido el económico, a la hora de determinar el ejercicio de una profesión. Lo que no hubiera hecho nunca es dedicar parte de mi tiempo a obtener una titulación académica para acabar hablando de las novias de Kiko Rivera. Cuando no me ha interesado seguir he dicho adiós.

¿Qué pondrías en tu epitafio si pudieras?

“Pido silencio”, robado a Pablo Neruda y con la intención de que quien lo lea se lea el poema de paso.

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Actualmente escribo para el diario El Mundo sobre temas de cine y sociedad. Soy ejecutivo junior en una agencia de comunicación y también colaboro en Radio Internacional. Lector empedernido y lleno de inquietudes. Aprendiz de Humphrey Bogart y de Han Solo. Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Comercio Internacional y en Periodismo. He vivido en Nueva York, donde trabajé en el Consulado de España. Mi pasión por las palabras y la escritura tuvo como resultado la publicación de mi primera novela a los 22 años.