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Síndrome de la ciudad asediada

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Tiempo de lectura: 4 minutos

La inseguridad identitaria quizás sea uno de los rasgos más característicos de este tiempo. En lo personal, en lo social y en lo nacional. Se manifiesta como una voluntad de autoafirmación inmadura, por eso se engrandece y se obsesiona con ataques reales o imaginarios. La globalización pone al descubierto la debilidad de pertenencias que parecían sólidas. Y así surge el “síndrome de la ciudad asediada”: todo lo que sucede se interpreta como ataque de un enemigo que está a las puertas, que quiere destruir las esencias, la tradición, todo lo que bueno hay en el jardín cerrado. Todos los temores tienen su origen en que el huerto que se quiere proteger está deshabitado, vacío, solo quedan sombras de lo que fue.

El “síndrome de la ciudad asediada” bien sirve para comprender qué está ocurriendo con el Brexit y con el escenario creado por las elecciones de medio mandato en Estados Unidos.

El referéndum del Brexit consiguió, en junio de 2016, su pírrica victoria a favor de la salida del Reino Unido de la Unión porque en la mitad de los británicos dominaba la idea de que la Europa continental suponía una amenaza. Nada bueno venía de Bruselas, de los socios de tierra firme. Hay ocasiones en que la arrogancia y la falta de sentido de la realidad se apoderan de los pueblos (el fenómeno se extiende como un fantasma incluso entre los países más beneficiados por la UE). Nada entonces permite romper la decisión de no conocer las cosas tal y como son. Es inútil aportar todos los datos que certifican que si el Reino Unido abre una fosa en el Canal de la Mancha su prosperidad se verá comprometida. Todas las explicaciones sobre el comprometido futuro de la industria de los servicios o el suicidio que supone ir por libre en un mundo globalizado (la relación con las viejas colonias no puede solucionarlo todo) chocan con la decisión de no querer entender, de imponerle a la realidad los propios prejuicios.

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Por fortuna, en ocasiones esa obtusidad queda vencida por la realidad. Es el caso de Theresa May. Todavía en marzo de 2017, al firmar la carta solicitando la salida de la Unión Europea, se permitía una actitud altanera y la amenaza de no cooperar en materia de seguridad. Desde aquella fecha hasta la semana pasada, la primera ministra parece haber ido comprendiendo que las mejores cartas las tenía Bruselas. Intentó dividir a los socios, no lo consiguió. Intentó (Cumbre de Salzburgo) mantener algunos privilegios en la libre circulación de mercancías y en la regulación del mercado financiero. No lo consiguió.

May ha acabado defendiendo la única fórmula con la que han consentido los continentales, una especie de unión aduanera como la de Turquía y el famoso backstop con la frontera de Irlanda del Norte. Lo que supone en la práctica poder parar el reloj de la salida al final del período transitorio (diciembre de 2020) y prolongarlo. El acuerdo, que ha provocado la dimisión de cuatro de sus ministros, la rebelión entre los conservadores que piden su cabeza y la beligerancia de los laboristas, es la mejor fórmula para ganar tiempo y evitar el suicido de un Brexit sin pacto. Al final, o durante el período transitorio, todo podría volver a pensarse. Pero el “síndrome de la ciudad asediada” impide a muchos de los líderes británicos aceptar soluciones intermedias. Las identidades inseguras tienen miedo al compromiso.

El “síndrome de la ciudad asediada” elimina la complejidad, mira a través de estereotipos, todo tiende a considerarlo una ofensa

El fenómeno se parece a la incomprensión que polariza Estados Unidos. En este caso se trata de dos identidades inmaduras en el seno de la primera nación del mundo, dos naciones que se conciben como ciudades asediadas. Las elecciones de medio mandato no han supuesto una “ola azul” de grandes dimensiones. Es cierto que los demócratas han ganado la mayoría en la Cámara de Representantes, fenómeno tradicional tras dos años de presidencia. Pero los republicanos, dominados ahora por la agenda de Trump, conservan la mayoría en el Senado. En realidad, lo más importante es que, tras los comicios de comienzos de noviembre, los demócratas son más de izquierdas y los republicanos más de derechas. Se ha dado un paso más en la pérdida del centro. A las dos partes les ha ido bien la polarización, ¿por qué cambiar?

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Las costas siguen empeñadas en entender a la base social de Trump como esa parte de la nación que está resentida con la internacionalización, que no comparte la solidaridad, el civismo, los rasgos de las sociedades plurales. No se quiere ver a los “votantes tímidos de Trump”, como los llama Paul Theroux, a los que no coinciden con sus excentricidades pero quieren conservar los valores básicos de la vida rural.

Como tampoco los votantes republicanos quieren ver en las costas algo más que lo que ellos consideran intelectuales engreídos, gente poco natural como los Obama, corruptos como los Clinton o internacionalistas de dinero fácil como los de Hollywood o Silicon Valley.

El “síndrome de la ciudad asediada” elimina la complejidad, mira a través de estereotipos, todo tiende a considerarlo una ofensa. No solo es un paradigma que explique las cuestiones internacionales, es también un modo de entender la relación entre el mundo laico y el mundo católico. Una identidad madura, aun cuando es víctima de ataques, es realista, no se obsesiona por tener razón o por no perder terreno. No busca una confrontación infecunda que puede hacerle mucho daño. Una identidad segura conoce cuál es su verdadera fuerza.

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Este artículo fue publicado en primer lugar en Páginas Digital y es reproducido aquí con su autorización.

Fuente foto: RTVE

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