El negocio de los refugiados en Uganda

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Al llegar al campo un refugiado me dijo que “Rwamwanja no eran más que tres casas antes de que vinieran los refugiados”. Ahora se podría considerar un pueblo grande, que la gente de la zona denomina ‘town’ (ciudad en inglés), donde los más de 70.000 desplazados del Congo que viven en sus aledaños han convertido la localidad en un núcleo comercial del distrito de Kamwenge (situado al oeste de Uganda).

La ‘ciudad’ organiza un mercado semanal, dispone de un surtidor de gasolina y cuenta con una gran variedad de hospedajes y restaurantes pegados a la carretera principal. Rwamwanja escenifica la incidencia social y económica de asentar un campo de refugiados en una población pequeña. Una realidad extrapolable a gran escala, donde 70.000 refugiados se convierten en 1.400.000 y el pueblo de Rwamwanja en todo un país, Uganda.

Para llegar hasta el campo de Rwamwanja tomé un taxi juntó a otras cuatro mujeres, dos hombres y un bebé. La mujer con la que compartía asiento estaba casada con un trabajador del campo y fue la primera en avisarme de la vista de refugiados. No noté ninguna diferencia con cualquier otro habitante de la Uganda rural.

Uganda es el tercer país con mayor número de refugiados con más de 1,400.000, solo por debajo de Turquía y Pakistán.

“¿Ves las casas con tejado blanco? Esas son las de los refugiados”– dijo la mujer, con la misma seguridad con la que se podían reconocer desde la distancia.

Un mosaico desordenado de destellos que se expandían por las lomas de los montes. Los refugiados no pueden tener un techo sólido. Deben cubrir sus casas – esqueletos de madera, barro y paja – con la lona blanca que les da ACNUR a su llegada. Ellos no pueden tener un techo sólido; eso significaría asentarse y esa tierra, que les da cobijo, no es suya.

Próximamente, el reportaje sobre una de las mayores crisis migratorias y humanitarias de nuestra era

“Los congoleños que están en el campo son ricos”, añadió mi compañera de viaje. Pensé que lo decía por los gastos que deben afrontar en su trayecto desde el Congo o por la necesidad de  complementar los escasos recursos que proporciona la Administración. Entonces no supe entender todos los argumentos que asentaban su juicio.

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La tierra. El principal elemento de especulación en el campo

Al llegar al campo, los refugiados reciben un terreno y materiales para construir una vivienda. Sin embargo, el limitado área que les da la organización impide ampliar en exceso la base, porque supondría perder el espacio que sirve para hacer vida, moler el maíz, incluir una letrina, limpiar la ropa y los cacharros, coger agua de lluvia o incluso cultivar algún vegetal.

El terreno que se le concede a cada familia es de entre 15 y 20 metros cuadrados, aunque algunos refugiados recalcan que antes era mayor y que ahora, con la llegada masiva de nuevos exiliados, les obligan a compartir las parcelas.

Imagen del periodista Manuel González tomada en el campo de refugiados de Bidi Bidi

Sin embargo, existe un sistema que evita ver reducido el espacio a la mitad: pagar. Un acuerdo y una cantidad que no queda registrada en los archivos ni en la contabilidad de la Administración. Una práctica ilegal, al margen de los estatutos y normas del campo.

“Cuando llegan nuevas partidas de refugiados, la Administración decide en qué zona del campo los va a ubicar. Entonces informan al líder de la comunidad y este tantea el terreno”, explica un refugiado de Rwamwanja. El líder es el representante de una determinada comunidad del campo en las asambleas y frente a las organizaciones que operan en el mismo.

Una vez que se han localizado los solares más grandes, se tantea a sus inquilinos. Si este paga unos 50.000 chelines ugandeses – lo que equivale a unos 11€ y a casi el doble de lo que recibe un refugiado al mes (31.000 chelines) – podrá mantener su espacio, si no, estará obligado a compartirlo.

“El dinero se lo quedan los trabajadores”, denuncian los refugiados que se atreven a destapar la realidad de la situación.

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Pero el negocio del terreno no queda ahí. “Hay gente (refugiados) que tienen varias tierras, algunos superan la decena. Hacen negocio con ellas, especulando con otros refugiados”.

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La comida. Sin registro, no hay alimento

Otro de los elementos básicos que recibe el refugiado es el alimento. Al llegar al campo son trasladados a un centro de recepción, donde permanecen tres días. Allí les dan comida, alojamiento separado por sexos y las directrices de su nueva vida. Después deben registrarse en la Oficina de la Administración del campo. Esto cuesta 20.000 chelines. No todos tienen el
dinero, pero todos consiguen pagarlo. Lo mismo pasa con los recién nacidos. Si la familia no lo registra, aunque haya nacido en el campo, no recibirá el alimento correspondiente.

“Hay prestamistas”, – responde un confidente – “Les dejan el dinero para el registro a cambio de que esa persona trabaje un tiempo para él o le devuelva la cantidad con intereses”. Es un sistema al margen que todos conocen y hasta validan. Los propios voluntarios del campo informan a los refugiados sobre dónde encontrar a los prestamistas, que siempre rondan la oficina en los días de registro.

El Gobierno de Uganda reconoció casos de corrupción en la Administración encargada de la gestión de los refugiados por un valor superior a los 100 millones de dólares.

Malversación de los donativos

Puntualmente, el campo recibe donaciones excepcionales de ONGs u organismos internacionales. Inyecciones de dinero que se traducen en partidas de comida, materiales, animales o, simplemente, como un plus económico.

Estos bienes son entregados directamente por las ONGs que operan en el campo o por el organismo de la Administración General del campo, dependiente del Gobierno de Uganda. Los trabajadores y voluntarios – refugiados que cooperan con las instituciones a cambio de una remuneración que oscila entre los 100.000 y 300.000 chelines ugandeses – se reúnen con los líderes de cada comunidad para informales de la partida. Les tienden un acuerdo donde se estipula la concesión de un determinado número de bienes (cabras, dinero, comida y otros recursos) para beneficio de toda la comunidad. El líder firma, pero en la práctica recibe un porcentaje inferior a lo recogido en el documento. Una cantidad insuficiente para toda la comunidad pero atractiva para una sola casa.

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Espera para la recepción y registro en el campo de Rwamwanja. Por Manuel González

¿Qué pasa si el líder se niega?

“Que nombran a otro”,
responde un refugiado que conoce de primera mano el mundo del voluntariado en el campo. Aunque el líder se erige dentro de cada comunidad, la Administración puede considerar representante de un determinado grupo a quien le plazca.

“Cuando alguna personalidad o alto cargo de las ONGs visita el campo, le llevan a la casa del más rico; el que mejor casa y más cabras tiene. Así piensan que su dinero sirve para algo”, recalca otro voluntario del campo.

A principios de febrero, el Gobierno de Uganda reconoció casos de corrupción en la Administración encargada de la gestión de los refugiados por un valor superior a los 100 millones de dólares. La actitud del gobierno de Yoweri Musenveni ha sido aplaudida por comunidad internacional y ACNUR, agente implicado directamente en la realidad denunciada.

En el campo también se ha notado la noticia. Se han aumentado las partidas de comida y dinero: de 6 kilogramos de comida que percibían los refugiados al mes, se ha ascendido a los 12 kg; también ha incrementado el dinero, de 28.000 chelines a 31.000 UGX al mes.

También los refugiados que en su día denunciaron estas malas prácticas, a medios de comunicación y otros agentes externos al campo, han pasado a una lista de malos candidatos para obtener trabajo en el campo o acceder a una beca de estudios. Por lo visto, una cosa es reconocer el mal, y otra, acabar con él.

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Periodista, politólogo y aventurero a tiempo completo. Afincado en Boadilla del Monte. Amante de la literatura y del cine de verano.