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Irlanda: prisión, amor, héroe y carta a una madre

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La palabra marketing no tiene traducción directa al castellano, y no me extraña. Si bien es cierto que los estadounidenses tienen la merecida fama de hacer la mejor comunicación y el mejor marketing actual, los ingleses hacen un marketing histórico que ningún otro país puede emular. Mucho menos España, país cainita que reniega hasta de sus propias hazañas.

En Irlanda se le tiene poco cariño al inglés. ‘Fucking English’, se oye decir. Y no es para menos después de las que pasaron los irlandeses bajo el yugo de la Corona británica. Este verano tuve la suerte de pasar un tiempo en esta isla monopolizada por un color, el verde, y bautizada por una pinta de cerveza. Recorrí en bus cientos de kilómetros de espesura verdosa para acudir a Galway, Howth, la calzada de los gigantes, los acantilados de Moher, etc. Sin embargo, de entre todos los parajes irlandeses, el que más me alegro de haber visitado es la Cárcel de Kilmainham.

Esta prisión, que lleva décadas cerrada, contiene la historia, las guerras y hasta el alma de Irlanda


Cárcel de Kilmainham – Irlanda

La cárcel fue construida por los ingleses en el siglo XIX, y en los primeros momentos de su existencia, sus celdas albergaban hombres, mujeres y niños. Por supuesto, se producían toda clase de vejaciones, violaciones y actos vomitivos entre sus rejas. Aún se conservan celdas de aquella época. Son reductos de oscuridad claustrofóbica, piedra fría y suciedad.

Una tumba para vivos.

Posteriormente, el sistema de internamiento cambió y se pasó a las celdas individuales; aunque el frío y la podredumbre seguían siendo absolutos. A mediados del siglo XIX, una plaga asoló la cosecha de patatas y provocó la mayor hambruna conocida en Irlanda. Eso sí, a los ingleses no les faltó de nada. Mientras la población irlandesa moría de inanición, los colonos llenaban los barcos de su majestad de carne y víveres para llevarlos a su tierra. Se calcula que la Gran Hambruna irlandesa redujo su población a la mitad.

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Aquellos años fueron tan duros, que los irlandeses cometían cualquier tipo de crimen menor que les permitiera pasar una temporada entre rejas, aunque fuera en los temibles muros de Kilmainham, para así poder comer una vez al día. La prisión no podía albergar a tantos presos y hubo que ampliarla.

En 1916, se produjo en Irlanda el conocido como Alzamiento de Pascua en el que un grupo de republicanos irlandeses tomó partes de la ciudad de Dublín y proclamó la Declaración de la República. Se trata de un documento muy avanzado a su tiempo en el que los firmantes se dirigen tanto a los hombres como a las mujeres, algo insólito para la época. En ella, reclaman libertad y la independencia de su país.

La rebelión fue sofocada por el Imperio británico, que condujo a los instigadores a la prisión de Kilmainham. A los pocos días fueron ejecutados delante de la población, como espectáculo público. Fueron ahorcados, aunque no de cualquier manera. Se contrató a especialistas que calculasen la fuerza con la que debía apretar la cuerda su gaznate para que la muerte fuese lenta y dolorosa.

La historia de la independencia de Irlanda demuestra que hasta en las peores circunstancias hay sitio para el amor. Si no que se lo pregunten a dos de sus revolucionarios más ilustres, Joseph Plunkett y Grace Gifford, que se casaron en la capilla de la prisión justo antes de ser ejecutados públicamente.

Kilmainhaim Gaol (como se la conoce en Irlanda), se convirtió en un símbolo de la opresión inglesa. Pocos años después, en 1919 estallaría la Guerra de Independencia Irlandesa y la cárcel volvió a llenarse de golpistas. Entre ellos se encontraba un tal Éamon de Valera.

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Su celda estaba en un patio cerrado con forma ovalada, fácil de vigilar por los guardias. Tres pisos conectados por un amasijo de hierros y escaleras. Esta parte de la cárcel aparece en la película ‘El nombre del padre’ (1993). De Valera era hijo de irlandesa y español (de ahí su apellido) que ingresó en prisión como revolucionario y fue condenado a muerte.

Hubiera sido fusilado de no ser por sus orígenes españoles. Los ingleses iban ejecutando a los presos por orden alfabético y antes de que pudiesen llegar a la V habían perdido el control de Dublín. De Valera sobrevivió de milagro y la cárcel fue cerrada en 1924. Permaneció como un lugar de terribles recuerdos hasta que en los 70 el presidente de Irlanda decidió reabrirla.

Aquel presidente era el propio Éamon de Valera, que tuvo la inteligencia de utilizar aquel montón de hierro y piedras en el que tanto había sufrido como símbolo de la lucha de su pueblo por construir aquel país que casi le cuesta la vida: Irlanda. Con el héroe De Valera, la historia de la independencia de Irlanda demuestra que no importa en qué lastimosa situación te encuentres, siempre hay espacio para la esperanza.

Visitar Kilmainham ayuda a comprender que la independencia de Irlanda, además de otro ejemplo más de la maestría de los ingleses para maquillar su pasado y pasarlo por alto, también es juzgada con autocrítica por parte de los propios irlandeses. La Guerra de Independencia fue seguida de una Guerra Civil donde, al igual que en la española, se mataron entre sí familiares, amigos, compañeros de colegio o del trabajo. En la propia prisión, se fusiló a republicanos no partidarios del Tratado Anglo-irlandés que hizo estallar el conflicto.

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En el museo se conserva la carta que James Fisher, fusilado a los 18 años, escribió a su madre horas antes de su muerte. Es el ejemplo de que incluso en las guerras más crueles y con menos sentido, se producen actos de grandeza como el de un adolescente tratando de consolar a su madre: “Mamá, mañana recibiré el castigo supremo. Pero estoy feliz porque he visto al cura y voy a morir como un buen católico y un soldado de la República de Irlanda… Lo que daría por ver tu cara una vez más. Aunque nos veremos en el cielo… No te inquietes madre porque soy feliz… Adiós, adiós, adiós”.

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Actualmente escribo para el diario El Mundo sobre temas de cine y sociedad. Soy ejecutivo junior en una agencia de comunicación y también colaboro en Radio Internacional. Lector empedernido y lleno de inquietudes. Aprendiz de Humphrey Bogart y de Han Solo. Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Comercio Internacional y en Periodismo. He vivido en Nueva York, donde trabajé en el Consulado de España. Mi pasión por las palabras y la escritura tuvo como resultado la publicación de mi primera novela a los 22 años.

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