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El neologista prometeico o cómo hemos entrado en un delirio cultural

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El uso indiscriminado de neologismos que fuerzan el lenguaje y provocan un efecto de artificialidad se ha vuelto frecuente en nuestra sociedad en cuanto instrumento para la defensa de distintas causas sociales, como la crítica del “heteropatriarcado” o del “especismo”. Detrás de este uso orientado ideológicamente, se percibe el aliento prometeico de un servicio benemérito a la sociedad, una honda preocupación por contribuir a su bienestar y a la destrucción de todas aquellas actitudes, hábitos y mentalidades que bloquean su perfeccionamiento.

El neologista prometeico sería un filántropo opuesto a la indiferencia, la indolencia y el conformismo que asigna a su creatividad lingüística un carácter performativo y, por consiguiente, hace de ella la bandera de una nueva sociedad. En el arte del neologismo que hoy nos abruma por doquier, cabe detectar el propósito ideológico de reformular nuestra experiencia de lo social, empezando por la manera en que nombramos dicha experiencia. La cruzada prometeica y benemérita del neologista sería, en el fondo, una cruzada cultural que asumiría que los cambios sociales profundos empiezan, siempre, por una cambio de la mentalidad dominante y hegemónica. De ahí su obsesión con las palabras pues sabe que, en las palabras, radica el núcleo fundamental de la batalla ideológica contra el machismo, el especismo, el etnocentrismo o el racismo. Acostumbremos a la gente a hablar de un modo distinto al habitual, parece querer decirnos, y habremos logrado que la gente empiece a ver el mundo con una nueva mirada, es decir, a no tolerar comportamientos que, hasta entonces, le habían pasado desapercibidos en su significado discriminador por hallarse ocultos bajo un velo con sabor a opio.

El arte del neologismo sería la virtud social de poner a cero el contador de la historia.

El neologista prometeico sería, por encima de todo, un pedagogo social ideológicamente motivado cuya filantropía consistiría en liberarnos de nuestra falsa conciencia y facilitarnos el acceso a un oasis de justicia, igualdad y libertad donde podamos ser humanamente diferentes en condiciones de absoluta transparencia. Es decir, en una sociedad no viciada por ningún obstáculo cuyo purgado diccionario de referencia daría testimonio de la inexistencia de dominación, falsa conciencia y, sobre todo, culpa. Pues, al fin, nuestro neologista es tan activo, se mueve tanto, piensa tan poco y resulta tan verbalmente incontinente porque vive, y nos quiere hacer vivir, abrumado por su sentimiento de culpa ante los males del mundo.

No quiero convertir este artículo en un panfletillo reaccionario opuesto a tantas y buenas causas, campañas y reivindicaciones como salpican actualmente nuestras sensibles y susceptibles sociedades. Solo pretendo poner el foco en cómo dichas sociedades han convertido el arte del neologismo en una especie de símbolo genérico de su poder de inventiva a la hora de imaginar un mundo mejor. Ese arte lo identifico no solo con la puesta en circulación de nuevas palabras, sino de nuevas posibilidades de vida en sociedad cortadas por el patrón de la igualdad. Creo que, en este sentido, nuestra imaginación pública está llegando a unas cotas sorprendentes de histeria niveladora.

El arte del neologismo implica experimentar posibilidades inéditas y emancipadoras hasta que la lógica del imperativo de igualdad no haya dejado muro por derribar, ni torre por conquistar. El delirio cultural desatado por aquel imperativo es la causa de que descubramos aberraciones al doblar cualquier esquina y de que nos planteemos como algo natural ocurrentes neologismos para extirpar dichas aberraciones, como, por ejemplo, promover la retirada de un cuadro por representar a una niña ingenuamente insinuante o condenar en las redes sociales a supuestos acosadores y violadores sin ninguna garantía judicial. Esos neologismos darían cuenta de dos características del tipo de mundo en que vivimos: la capacidad creativa e inventiva como valor público de referencia, que ha condenado al ostracismo el reconocimiento de una cierta prudencia y restricción a la hora de perseguir nuestros sueños de mejora, y el rigorismo lógico y puritano en la aplicación indiscriminada del imperativo de igualdad, para el cual los procedimientos legales y judiciales son poco menos que molestos guijarros en el zapato que dificultan la ejecución sumaria de aquel imperativo.

Las nuevas tolerancias se parecen mucho a las viejas intolerancias.

La creatividad imprudente y el rigorismo extrajudicial que conforman una parte fundamental de nuestra imaginación pública, de la manera en que nos entendemos a nosotros mismos y razonamos y debatimos sobre los asuntos que nos interesan, se opondrían drásticamente a la aceptación acrítica de las actitudes, hábitos y mentalidades heredados del pasado y fomentarían una deconstrucción sistemática de aquellos en cuanto fuente de dominación y explotación. El arte del neologismo sería, por consiguiente, la virtud social de poner a cero el contador de la historia, acabar definitivamente con el mundo en que vivieron nuestros abuelos e, incluso, nuestros padres y erigir una realidad purgada de todos aquellos aspectos inconciliables con la obsesión igualitarista que prevalece hoy en día. De esta manera, lo que se estaría predicando es que la sociedad vendría a ser un producto de laboratorio, el resultado intencional y planificado de una serie de acciones guiadas por la voluntad de poder de unos grupos sobre otros. Y, como tal producto de laboratorio, enmendable y corregible si estamos persuadidos de la legitimidad y necesidad de abortar semejante ensayo histórico y sustituirlo por las buenas intenciones de quienes buscan una sociedad concebida sin pecado original. Sociedad en la que ya no tengamos que vivir abochornados y culpabilizados por determinados abusos.

Acostumbremos a la gente a hablar de un modo distinto al habitual, parece querer decirnos, y habremos logrado que la gente empiece a ver el mundo con una nueva mirada.

Resulta llamativo el modo en que el arte del neologismo, y aquellos que lo han convertido en la bandera de su creatividad pública, borra de un plumazo la idea ilustrada según la cual la sociedad es resultado de la acción humana, pero no de la intención humana. El neologista prometeico oficiaría el culto de un racionalismo constructivista para el cual la sociedad, en vez de una malla inextricable de intenciones y consecuencias imprevistas hecha y rehecha una y otra vez a lo largo de la historia sin hallar nunca su forma mejor y definitiva, constituiría una tabla rasa a disposición de la voluntad humana. Sea la voluntad dominante y explotadora que el neologista identifica con las herencias del pasado, sea la voluntad emancipadora e igualitaria que ve materializada en sus cruzadas regeneradoras. Tanto en un caso como en otro, la sociedad es siempre lo que queremos que sea. Con lo que el asunto crucial consiste en lograr que deje de ser lo que quieren los malos y pase a ser lo que quieren los buenos. Ahí residiría el núcleo emocional y la justificación intelectual y moral que define a buena parte del activismo contemporáneo, cuya santidad está a prueba de bombas.

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Debido al oscurecimiento del pensamiento ilustrado, tan reacio a formular juicios históricos basados en la distinción entre buenos y malos, santos y réprobos, desatendemos ineptamente la prudencia mínima exigible a la hora de llevar a término las reformas que estimamos necesarias, incluso cuando estas pasan por encima de la presunción de inocencia y despliegan su tempestad justiciera impulsadas por la certeza de estar en posesión de la verdad. Si la sociedad, lejos de ser un objeto indescifrable por su propio carácter abigarrado y complejo sobre el que debemos intervenir con precaución para no remediar un mal creando otro, se transforma en un hecho cuyo sentido resulta transparente y completamente accesible a nuestro conocimiento, nada impide que nos dejemos llevar por el entusiasmo cuando procedamos a extirpar este o aquel otro tumor según el dictado de nuestras buenas intenciones. Siendo estas el salvoconducto mediante el cual despejamos el horizonte de obstáculos para, así, realizar nuestro plan sin ningún límite, ni restricción. Y ay de quienes traten de entorpecerlo porque las buenas intenciones que animan dicho plan los desacreditarán ipso facto como defensores pecaminosos del ayer histórico y su insidiosa desigualdad.

El neologista prometeico está poseído por la manía de clasificarlo todo.

Con todo esto, no estoy diciendo que no haya reformas indispensables para acabar con ciertas lacras del pasado, ni que buena parte de las campañas que promueven una mayor igualdad carezcan de sentido. Lo que estoy diciendo es que hay personas, grupos y colectivos que, literalmente, han enfermado con el imperativo de igualdad y lo han convertido en el motor de una cruzada cuyos absurdos lingüísticos (miembros y miembras, portavoces y portavozas) constituirían la metáfora de una vida purgada de defectos, perfecta y modélica y, por ello, profundamente absurda, extravagante y anormal. Vida en la que, por decreto del neologista prometeico, los animales tendrían derechos como las personas, la distinción entre hombre y mujer sería un residuo biológico sin apenas trascendencia en nuestro comportamiento, los premios de los certámenes literarios o cinematográficos se dividirían y subdividirían en las categorías necesarias para que nadie se sintiese discriminado (Oscar al mejor actor blanco, negro, amarillo, rojo…), los museos, como el régimen estalinista hacía con las fotografías, eliminarían de los cuadros de Velázquez, Rubens o Rembrandt las imágenes ofensivas para la sensibilidad actual o la Universidad, debido a la presión de los grupos minoritarios y de sus autoerigidos portavoces, expulsaría a aquellos profesores recalcitrantes que no se resignasen a explicar las obras inmortales de una tribu africana en vez de las grandes obras de Platón, Kant y otros blancos del mismo jaez.

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Llama la atención que estos creativos e imaginativos ensayos de una vida mejor se encuentren cortados por el patrón cultural de la identidad. Como si fuese nuestra pertenencia a un determinado grupo la credencial básica de lo que somos. Este colectivismo que atenta de modo tan flagrante contra el principio de libertad individual halla su razón de ser en el hecho de que el neologista prometeico está poseído por la manía de clasificarlo todo. Solo clasificándonos y reclasificándonos una y otra vez según la lógica de la identidad, el imperativo de igualdad podrá satisfacer su pulsión última, que no es otra sino la de sacarse de la chistera una sociedad perfectamente ordenada y transparente en la que cada cual ocupe el espacio cultural que le corresponde. Y ello dentro de una gran y diáfana línea horizontal que impondría una temible nivelación auspiciada por la buena intención de clausurar cualquier mínima posibilidad de dominación y explotación. Una y otra manifestaciones de ese diabólico poder engendrado como una costra histórica durante siglos y siglos de racismo, patriarcado, etnocentrismo y especismo y responsable de la discriminación racial, sexual, cultural y animal contra la que se dirige la inventiva del neologista prometeico. Cuando este se pone a cortar y pegar con el deseo de hacernos un traje a la medida, antes o después terminará, de manera lógica, previsible e ineluctable, exigiendo que, por ejemplo, cada Oscar se subdivida por criterio de género, raza, edad, color del pelo, preferencia sexual, gustos gastronómicos, condición civil, nivel formativo y así hasta el infinito a fin de que ninguna posibilidad de agrupar a las personas alrededor de una identidad específica quede marginada del reconocimiento que se merece y pueda sentirse discriminada y ofendida. Esta monomanía clasificatoria, que tanto se relaciona con el diseño de una sociedad racional y liberticida, sería una de aquellas consecuencias de la pasión por la igualdad que ni siquiera el genio visionario de un Tocqueville llegó a anticipar. Posiblemente, porque era un hombre intelectualmente sano cuya imaginación para el desastre daba para mucho, pero no para tanta ridiculez ordenancista como la actual.

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Tras las referidas monomanía y pasión, se perciben los contornos de una utopía de la desesperación social que nos envuelve con sus notas de puritanismo, histerismo y sobreactuación. Y digo utopía en el sentido de que la desesperación social se nos puede ir de las manos y sembrar en nuestra cabeza la certidumbre irreal y fantástica, base última de la paranoia del neologista, de un mundo poblado por fantasmas ideológicos que, para eludir su alargada sombra, nos obligan a promover campañas por las que transpira el ánimo inquisitorial de un rigorismo exacerbado. Ya sabemos que los estados anímicos pueden ser el peor de los tiranos y hacernos ver con ojos grises una realidad que, en sí misma, más allá de nuestra melancolía, no tiene por qué ser gris. Imaginemos que es lo que sucede cuando esa misma y subjetiva mirada, suspicaz y desconfiada, se transforma en la punta de lanza de la crítica social, de nuestro deformado conocimiento de la realidad y de la acción política que fundamos en dicho conocimiento. Evidentemente, nada bueno saldrá de este activismo emocional tan alejado del uso racional del pensamiento como instrumento de mejora de lo existente. Pues esta mejora difícilmente se logrará a través de campañas histéricas motivadas no tanto por su sed de justicia como por su espíritu justiciero, que condena en las redes sociales a sus señaladas víctimas mediante un sonoro corte de mangas a los procedimientos establecidos en un Estado de derecho. Cuando uno está en posesión de la verdad y vive embargado por la complaciente sensación de su superioridad moral, sobran las leyes, los jueces y todo lo que limite la acción expeditiva de la justicia antisupremacista. De tal modo que, por una penosa paradoja, el “socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres” que predicaba Rosa Luxemburgo como el emblema de su utopía social nos deposita en un viejo y conocido lugar llamado Edad de las Tinieblas.

Si, al final, después de dar tantas vueltas, hemos regresado al mismo sitio del que partimos y comprobamos, como diría Jim Goad, el genial autor de Manifiesto Redneck, que las nuevas tolerancias se parecen mucho a las viejas intolerancias, convendría dejar de buscar el elixir de la vida social como profetas obstinados en la pureza y sustituir nuestra sobreactuada desesperación por un talante, cómo expresarlo, menos narcisista y más estoico. Pues, detrás del neologista prometeico, dominado como está por una imaginación pública que sufre el mal de la tabla rasa, la manía clasificatoria y la desesperación social, uno percibe el aroma inconfundible del aquí estoy yo para arreglar las cosas. Algo que, sin el menor asomo de ironía, solo creo que legítimamente pueden pregonarlo Ronaldo o Messi, cuyo narcisismo justiciero con el balón entre las piernas y su memorable capacidad para inventar neologismos sobre el campo que terminen en un gol imposible son los únicos que resultan inapelables. ¿O no?

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Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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