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Defender la propiedad privada y no destruirla en el intento

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Pareciere que, al hablar de propiedad privada, tuviésemos un falso dilema entre dos extremos. En el uno, el liberalismo económico (Vallet de Goytisolo, 1974, p. 54), que defiende de forma absoluta la propiedad privada, como si esta fuese intrínsecamente buena; en el otro, otra forma de liberalismo, que tiende a suponer que “la propiedad es un robo” que atenta contra la libertad de los hombres.

El darle a la propiedad privada un valor intrínsecamente bueno es atentar contra ella, y los defensores del liberalismo económico son confundidos erróneamente con defensores de la propiedad privada. De hecho, Chesterton, en su libro Esbozo de la cordura dedica una palabras inusualmente duras a quienes vivimos en lo que él reconoce como capitalismo:

Si para lograr justicia quisieran arriesgar la mitad de lo que ya han arriesgado para alcanzar la corrupción, si para hacer algo bello se afanaran la mitad de lo que se han afanado para que todo sea feo, si hubieran servido a su Dios como han servido a su rey cerdo y a su rey petróleo, el triunfo de toda nuestra democracia distributiva miraría al mundo como uno de sus llamativos anuncios y rascaría el cielo como una de sus extravagantes torres.

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Por otro lado, al no reconocer ningún bien en la propiedad privada, el ataque es más frontal: la propuesta comunista pretende su eliminación, pero, en su intento, termina concentrándola y se convierte en un capitalismo monopolista de Estado (Vallet de Goytisolo, 1974, p. 58), con resultados semejantes a los del liberalismo económico:

Todo lo que el pueblo inglés puede esperar es el mejoramiento de su condición mediante regulaciones e intervenciones venidas de lo alto, pero no mediante la propiedad, no mediante la libertad (Belloc, El Estado servil)

La propiedad privada es un derecho natural

Es preciso adherirnos al criterio de Santo Tomás de Aquino, que defiende la propiedad privada y le atribuye el estatutos de “derecho natural” (una puntualización al respecto aquí y aquí), tanto porque le compete al hombre por su razón como por conveniencia: cada uno es más solícito en gestionar lo que le es propio y los bienes se administran más ordenadamente.

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Sin embargo:

no debe tener el hombre las cosas exteriores como propias, sino como comunes, de modo que fácilmente dé participación de éstas en las necesidades de los demás (ST, II-IIae, c. 66, art. 2)

Es preciso insistir, una vez más, en que el Doctor Angélico defiende a la propiedad privada, y califica al hurto como pecado, pero no en toda circunstancia; una de ellas es cuando la persona se encuentra en estado de necesidad:

[…] si la necesidad es tan evidente y tan urgente que resulte manifiesta la premura de socorrer la inminente necesidad con aquello que se tenga, como cuando amenaza peligro a la persona y no puede ser socorrida de otro modo, entonces puede cualquiera lícitamente satisfacer su necesidad con las cosas ajenas, sustrayéndolas, ya manifiesta, ya ocultamente. Y esto no tiene propiamente razón de hurto ni de rapiña (ST, II-IIae, c. 66, art. 7)

A lo que antecede:

Mas, puesto que son muchos los que padecen necesidad y no se puede socorrer a todos con la misma cosa, se deja al arbitrio de cada uno la distribución de las cosas propias para socorrer a los que padecen necesidad. (ST, II-IIae, c. 66, art. 7)

De allí que, para la Iglesia, la propiedad privada no sea un derecho absoluto, sino un derecho en función del bien común y, por tanto, no anule el destino universal de los bienes (Catecismo de la Iglesia Católica, § 2403), pues estos por naturaleza están sujetos a la potestad divina, que ha dispuesto que sirvan para el sostenimiento corporal del hombre y todos los hombres (ST, II-IIae, c. 66, art. 1). De forma absolutamente excepcional, se acepta la expropiación (Populorum Progressio, 1967, § 24), en lo cual sigue también el pensamiento del Santo Tomás, quien defendía que los bienes tomados por orden de la autoridad no constituyen hurto:

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Tomar la cosa ajena, oculta o manifiestamente, por autoridad del juez que así lo decreta, no es hurto, puesto que ya dicha cosa es debida a uno porque le fue adjudicada por sentencia. Por consiguiente, mucho menos fue hurto el que los hijos de Israel despojaran a los egipcios por mandato del Señor, que lo decretaba en reparación de las penas con que antes les habían afligido sin causa; y por esto se dice expresamente en Sab 10,19: Los justos tomaron los despojos de los impíos. (ST, II-IIae, c. 66, art. 5)

La herencia cultural

El 11 de abril de 1987, San Juan Pablo II se reunió con los empresarios argentinos en Buenos Aires. Allí les mencionó su importancia. Pero también se preocupó en hacerles saber que han recibido la herencia de un doble patrimonio: los recursos naturales y los frutos del trabajo de todos los antecesores. Dijo esto para después puntualizar que, independientemente de sus titulares actuales, el patrimonio pertenece a todos los compatriotas, y por tanto no puede ser ni dilapidado ni desaprovechado.

Esta herencia respecto al trabajo de los antecesores se extiende también al conjunto de todas las relaciones que se han generado con este trabajo, a todo el conocimiento acumulado, a toda la experiencia de generaciones. Es, en gran medida, aceptar que todos estamos sentados sobre hombros de gigantes.

Imagina a un hombre a cargo de la máquina que imprime circuitos: ¿es el valor del circuito impreso su tiempo de trabajo? El valor del circuito impreso es su valor de diseño: el diseño del circuito, el diseño de la máquina. Los hombres producen resistencias, condensadores y transistores: estos serían curiosidades absolutamente inútiles si no existieran los diseños para televisiones, computadores y amplificadores. Un Boeing 747 tiene una capacidad de carga que duplica la del 707, pero la tripulación no aumenta su carga de trabajo. Lo que ha multiplicado el valor de su trabajo es el diseño, que fue hecho una vez para siempre. Douglas [Clifford Hugh, proponente del “Crédito Social”] llamaba a esto herencia cultural. Esta incluye muchos aspectos que nos son totalmente ajenos: los resultados obtenidos por matemáticos que fallecieron hace mucho tiempo, las formulaciones de metalúrgicos anónimos, inclusive podríamos arriesgarnos a decir, el concepto de forma de Brancusi, que en un tiempo de cometas motorizados anticipó los cilindros de aluminio en los que volamos hoy.  (Kenner, 1972, The Pound Era, p. 312, traducción propia)

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La propiedad privada en manos de un justo entre las naciones

En la escena final de La Lista de Schindler, el protagonista, un exitoso empresario, al ver los pocos bienes que había conservado, se increpa contra sí mismo por las vidas que pudo haber salvado desprendiéndose de esos bienes.

Nos cabe preguntarnos acerca de las consideraciones que llevaron a Schindler, por lo menos en su versión cinematográfica, a este comportamiento. Definitivamente no es el cálculo economicista de los beneficios esperados ni el cumplimiento de una regulación.

Quizás tenga que ver más con las lágrimas de otro empresario, Enrique Shaw: en sus últimos días, aquejado por un cáncer, necesitó una transfusión de una cantidad considerable de sangre; de alguna forma, sus empleados se enteraron y acudieron masivamente a realizar donaciones. Shaw, con una recuperación precaria, agradeció a todos con las siguientes palabras: “Puedo decirles que ahora casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera”.

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Economista ecuatoriano, con interés en Doctrina Social Católica, Distributismo, Nueva Arquitectura Financiera, Comercio Internacional, Desarrollo Económico, Inclusión Financiera, Teoría Monetaria Moderna. Colaborador habitual del Observatorio de la dolarización. No se sorprendan si empiezo a hablar de fútbol, política o historia, en fin, cualquier cosa que pueda convertir la conversación en interminable.

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