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El principio del fin en la Universidad

En Filosofía/Pensamiento por
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Si hay algo que nos ha enseñado a hacer la escuela moderna es a cuestionar los motivos y a desconfiar. Alguno habrá que considere su fe ciega en las noticias y su desconfianza igualmente ciega en las enseñanzas de sus profesores de ética como la cumbre de la reflexión filosófica plurisecular. Se aceptan las explicaciones que los locutores de los noticieros hacen de los últimos supuestos hallazgos de la ciencia como se duda a priori del valor de la clase de lógica del profesor de filosofía.

El progresivo alejamiento de la filosofía no se debe a que lo que resultaba culturalmente relevante y pedagógicamente necesario hace unas décadas haya dejado de serlo. A más de un filósofo le podría resultar paradójico que la filosofía –o una de sus ramas– se haya enseñado como materia obligatoria en los bachilleratos o en algunas carreras universitarias. Algún filósofo de lengua afilada y ánimo cínico podría argumentar, no sin buenas razones, que la filosofía ha sufrido un genuino proceso de autodestrucción y que, llegado el siglo XX, los buscadores de la verdad llevaban décadas sin creer que existiera la verdad.

Quizá no. Pero a la gente la verdad le interesa. O eso cree. Cuando menos, eso exigen. Los noticieros, internet, las redes sociales; les proporcionan esas dosis de verdad que su mente les exige de forma convenientemente dosificada. Y siempre con imágenes y mensajes que, si no siempre silogísticamente correctos, nunca carecen de una chispa de humor.

Todo esto supone un problema no sólo para la filosofía, sino también para la institución universitaria. Resulta bastante claro que, independientemente del valor o del gusto personal que se pueda tener por las letras puras en general y por la filosofía en particular, es cada vez más difícil para sus alumnos encontrar un trabajo acorde y digno al terminar sus estudios. Los filósofos o se dedican a la enseñanza o a la investigación.

Y cada vez más se tiene la sensación, triste y melancólica, de que la época de los filósofos y de los grandes pensadores ha pasado. Ha sido superada.

En su lugar se han erigido otros defensores de la verdad. Hay interpretaciones históricas que leen el siglo XX en clave de un “traspaso de funciones” de la filosofía a la física-matemática, al derecho, a la política, a la tecnología y a sus adláteres. Pero siempre como razones independientes, cada una según su propia estructura y según sus fines. Lo cierto es que ninguna de las mentadas se interesa por la verdad real como tal, sino por trozos independientes de verdad funcional. Y en esto consiste el principal peligro de la desintegración de la Universidad.

Hay un famoso pasaje de la célebre novela de Lewis Carrol, “Alicia en el País de las Maravillas” en el que el Gato de Cheshire le hace ver a la protagonista la necedad de escoger un camino si no tienes un fin al que llegar:

“Alice asked the Cheshire Cat, who was sitting in a tree, “What road do I take?”

The cat asked, “Where do you want to go?”

“I don’t know,” Alice answered.

“Then,” said the cat, “it really doesn’t matter, does it?” 

La filosofía tradicional, esa ardua colección de pensadores que surgió con los presocráticos y llega hasta las puertas del Renacimiento, consideraba esencial que hubiera una relación entre una naturaleza –un objeto real– y su fin. De ahí el principio de que todo agente actúa por un fin. Otra verdad defendida por casi todos después de la gran Ética a Nicómaco de Aristóteles, era que dicho fin consistía en la perfección de su naturaleza. De ello resulta la indestructibilidad del vínculo entre el estudio de la realidad, en particular el estudio de la realidad humana –la antropología, el humanismo de verdad– y las ciencias que estudian o que surgen del fin por los que el hombre alcanza su perfección: sus actos buenos, racionales, que se dan en sociedad y que son, por tanto, políticos.

De esta comunión de las ciencias, que surge del tronco común de la filosofía, surge la communitas studiorum, la Universidad. Dada su naturaleza de búsqueda de la verdad por la verdad al servicio del ser humano y de Dios, resulta casi obvio que surgiera en el seno de la Iglesia Católica, de sus monasterios y escuelas catedralicias.

El Renacimiento fue un tiempo de falso optimismo que escondía una profunda desconfianza en el hombre y, por ende, un profundo escepticismo.

Bacon, un pensador difícilmente categorizable, impuso al desarrollo de las ciencias una serie de exigencias que no sólo la apartaban de la filosofía sino que, aparentemente, la situaba en una órbita contraria: al progreso de la ciencia no le resultaba ni relevantes ni provechosas la lógica aristotélica o el estudio de los fines. A la ciencia moderna le interesa sólo dar una explicación de los fenómenos observables.

Esta fue la rampa de lanzamiento que comenzó a resquebrajar el pensamiento moderno. Hume negó simple y llanamente la relevancia de los fines y Kant construyó una filosofía funcional a la ciencia positiva. Pronto la consideración de los fines o de la finalidad dejó de ser importante para la filosofía secular y la consecuencia lógica fue la progresiva devaluación de la filosofía como tal y la sistemática desintegración de sus ramas: la metafísica –ya casi olvidada–, la filosofía del lenguaje, de la cultura, la psicología, la epistemología, la filosofía moral, la sociología, las ciencias políticas…

Parece que hemos caído en el absurdo de abrir y abrir más caminos, de construirlos hasta por debajo de las piedras –bajo la mirada burlona del Gato de Cheshire–, y de haber desterrado para siempre la reflexión sistemática de hacia dónde queremos ir, a dónde queremos llegar.

No como políticos, como arquitectos o como pedagogos: eso nos queda muy claro a todos. Si no como comunidad de seres humanos.

El escenario que nos encontramos hoy en día es un tanto desolador: a los alumnos y a los profesores de derecho no les podría importar menos la verdad moral. Los reyes de las ciencias políticas son los padres del socialismo, personajes a las que explícitamente no les interesa otra verdad ajena a su ideología. La verdad de los economistas es la ley de la oferta y la demanda. La psicología está tan confundida en ámbito universitario, que dudo mucho que sepan ponerse de acuerdo si quiera sobre qué es la psicología. Las ciencias de la comunicación no buscan comunicar verdades sino, tras la estela de los sofistas (nada nuevo bajo el sol), ser capaces de comunicar mentiras como si fueran verdades.

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La física-matemática, fiel a los dictados de Bacon, no se interesa por los fines por buscar una verdad que nos haga más humanos, y ha dado un vuelco con notas casi religiosas para sondear los misterios del origen del universo. A observar lo inobservable con un dogmatismo y una intolerancia con la que ni soñaron los mayores moralistas e inquisidores de la Curia Romana.

La técnica ha suplantado la prudencia aristotélica. Es la única que se interesa por los fines, pero sólo por los fines de producción, por los resultados materiales. Su consistir en el desarrollo de los medios más adecuados para alcanzar la mejor producción, se asemeja en esquema a la definición que Aristóteles hace de la virtud de la prudencia. Pero, mientras que el fin de la prudencia es el acto humano bueno, el de la técnica es la mejor producción, que muchas veces ni siquiera coincide con la producción más saludable para el hombre.

Sin la búsqueda de fondo de la verdad del hombre que aúne el interés de las carreras, las instituciones universitarias se mantienen “uni” sólo en nombre. Y los nombres no son lo suficientemente fuertes como para contradecir a la realidad por mucho tiempo. Prueba de ello es la misma filosofía o la democracia. Si el desarrollo del pensamiento y de las estructuras de las facultades y escuelas terminan por dejarse derrotar ante el avance aparentemente imparable de la dictadura de la funcionalidad, es muy probable que la Universidad tal y como la conocemos termine por desaparecer y surjan en su lugar, como realidades independientes, diversas instituciones de especialización concreta. Las consecuencias antropológicas resultantes serían catastróficas, por supuesto. Al menos para quienes creemos en el humanismo integral y en el valor de la comunidad humana. Pero eso es tema para otro artículo.

Llegados a este punto, y viendo tal y como está el panorama, parece que hay tres opciones:

1º Terminar por relegar la filosofía tradicional a las catacumbas del pensamiento y seguir por donde vamos: algo posiblemente muy parecido al futuro de “1984” de Orwell o a las ciudades distópicas que están tan de moda en las novelas juveniles.

2º Hacer un esfuerzo titánico de rescate de la filosofía y de repensamiento unificador de la universidad y sus carreras.

3º O el clásico “borrón y cuenta nueva”: que surja un grupo de héroes de características épico-trágicas que sepan y puedan reconstruir de cero el admirable proyecto que entusiasmó el corazón de los monjes medievales de Chartres, de Oxford, de Nápoles y de Palencia.

He dejado las artes plásticas para el final de este artículo porque confirman la imposibilidad de una cuarta opción que parecería interesante: un avanzar basado en el diálogo con el espíritu de la postmodernidad. El problema es que el hombre animado por el espíritu de la modernidad parece un optimista pero es un profundo pesimista: cree en el desarrollo, pero niega el fin. Mientras que el hombre animado por el espíritu de la filosofía tradicional (casi diría “por el genuino espíritu cristiano”) parece un pesimista, pero es un profundo optimista; escribimos artículos de análisis muy negros como éste, pero tenemos una confianza ciega en el hombre y en Aquél que nos hizo como somos.

Doctor en Filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Me considero, ante todo, un gran lector. Inclinado por naturaleza hacia las humanidades clásicas y la literatura inglesa, y por vocación a la metafísica y a la lógica. Católico tras las huellas de Newman, Chesterton y Benedicto XVI. Filósofo tras las huellas de Santo Tomás de Aquino y de Aristóteles. Y gran aficionado al mundo de Tolkien.

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