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La verdad en movimiento: frente a la banalidad del mal

En Filosofía/Pensamiento por
Tiempo de lectura: 7 minutos

Kaltenbrunner le dijo: «¿Por qué no entras en las SS?», y él respondió: «Sí, ¿por qué no?». Así anduvieron las cosas.

El mal cotidiano del que quisiéramos liberarnos tiene esta forma banal, ridícula, incluso cómica aún cuando horrible. Eichmann no era un sádico, no era un malvado sanguinario, sino un hombre absolutamente normal, uno como tantos, el hombre típico, el hombre medio o el hombre masa. De hecho, Eichmann podría ser yo.

Creer estar exento de los abismos del crimen, incluso los más despiadados, quiere decir no haber comprendido el significado efectivo del mal ni la identidad de aquellos que -entonces, como hoy y siempre- se han dejado seducir por él: ni ellos son personas distintas de mí ni aquel cejará de tentarme.

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El aspecto normal del absurdo se expresa en la facilidad con la que el mal se apodera de mi vida y, sonriendo, me pregunta: «¿Por qué no?». El retorcimiento del sentido, la desvalorización de los valores, la mayor parte de las veces no ocurre como un plan determinado sino como un imprevisto que toca las fibras más profundas de nuestro yo, que vibran ante los placeres efímeros, la fascinación del saber absoluto y la gloria del poder (concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum et ambitio saeculi).

¿Quién no se ha sentido, al menos una vez en la vida, como De Sade, como Fausto o como Herodes? Vivir es vivir en tentación. Ceder significa morir, si no físicamente, al menos humanamente, que quizás es peor.

La única posibilidad que conozco para resistir a la tentación consiste en asumir problemáticamente mi existencia, el tan famoso y trivializado “espíritu crítico”, que significa recomprender siempre de nuevo nuestras certezas en cuanto tales. No dar nunca nada por descontado no es una operación previa a la comprensión, sino que es la esencia misma de la comprensión: comprender es criticar, esto es, preguntar, poner en cuestión cuanto ya sé, no para desvelar su absurdidad sino para reafirmar su sentido a la luz de las nuevas circunstancias, es decir, recomprenderlo.

Personalmente, creo que la característica fundamental de la verdad, más que la estabilidad (en su acepción hebrea), más que la luminosidad (en la acepción griega), es el movimiento. Una verdad estática en la que agazaparse, en la que dormir tranquilos, es una verdad destinada a perderse: antes o después se dará por descontado y entonces no podrá resistir frente a la intrigante tentación del «¿por qué no?».

Para no caer en tentación es preciso que la verdad esté viva, que responda a una pregunta presente. Solo de este modo la verdad brilla y puede desvelar la falsedad del mal. Se suele decir que la existencia de la pregunta implica la existencia de la respuesta, pero podría añadirse que esta última necesita de la pregunta para poder significar algo: allí donde la pregunta está ausente, la respuesta, incluso si existe, queda anulada.

Si está vivo, el sentido de la verdad cambia, se mueve al paso con las distintas circunstancias y es constantemente reafirmado, declinándolo en el hoy que nos ha tocado vivir. En esto consiste una existencia problemática: tomar la verdad y convertirla en un problema, es decir, arrojársela delante (probállein) para ir a buscarla y lanzarla nuevamente hacia adelante, en un movimiento constante. La tentación de la seguridad, del aferrarla de una vez por todas, es el primer paso para perderla. La existencia problemática resiste a la tentación de la tranquilidad, sobre todo respecto de sí misma.

El acérrimo enemigo del poder es la puesta en discusión: el poder ofrece respuestas fáciles a problemas complejos, para que puedan ser entendidas por el mayor número de personas posible y que las repitan como un mantra para sofocar la duda en su interior. Esta es la clave del populismo, de la propaganda y, en el fondo, del dogmatismo, sea político, religioso o de cualquier otro tipo. Eso garantiza un sentido a quien no lo tiene o se ha cansado de buscarlo. En la burocracia del poder cada quien tiene un rol determinado, fijado una sola vez por todas: sabe qué debe de hacer, qué debe de pensar, qué debe de decir. El lenguaje de los eslóganes -del “traidor quien abandone”, del “no pasarán”, del “menos impuestos para todos” o del “hasta la victoria”- así como la política a golpe de 140 caracteres, seduce por la facilidad del mensaje y por la tranquilidad con la que parece resolver la partida. Su fuerza es su banalidad, entendiendo por banalidad carencia de profundidad:

«Ahora creo verdaderamente que el mal no es nunca ‘radical’, solo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical.» (Hannah Arendt, Carta de H. Arendt a G. Scholem).

Eichmann fue seducido por la jerga burocrática, por los clichés y las frases hechas, porque le permitían tener siempre una respuesta a cualquier pregunta. El poder, entonces como hoy, pone en circulación frases breves y contundentes que resuelven la angustia de aferrar el sentido profundo de lo real, anestesiando el pensamiento y amputando la pregunta, la cual, como dice Heidegger, es «la piedad del pensamiento».

El poder impío sustituye las ideas por las palabras (las frases hechas) y con las ideas se escapa cualquier contacto, siempre por rehacer, entre el hombre y la realidad: 

«Ese alejamiento de la realidad y esa falta de ideas pueden ser mucho más peligrosas que todos los instintos malvados que, quizá, son innatos en el hombre» (Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén).

Eliminada la pregunta, la verdad se aleja, dejando paso a la mentira: el lenguaje se transforma en habladuría y la profundidad ambigua del mundo se vuelve cada vez más homogénea, unívoca, fácil e inmediata, asequible para todos cuanto que superficial.

El siguiente paso consiste en eximirse de la responsabilidad del comprender, lo que a la larga significa prescindir de la responsabilidad de nuestras acciones: la ignorancia del significado es la antesala de la inmoralidad, porque cuando dejo a los demás la determinación del sentido de mi hacer, no sirve ya para nada ponerse a escuchar la ley moral inscrita en nuestro corazón.

Miramos distraídamente el cielo estrellado sobre nosotros mientras conducimos un tren hacia Auschwitz. Si nos preguntasen después el porqué de nuestras acciones, la respuesta sería sencilla: nos lo dijo el jefe. Es al Führer, al partido, al sacerdote o al mullah a quien hay que preguntar por el significado de nuestras acciones, nosotros nos limitamos a obedecer. Esta es la paráfrasis que hace Arendt de la última intervención de Eichmann en la corte de Jerusalén:

«No había odiado nunca a los judíos, nunca había querido el exterminio de nadie. Su culpa provenía de la obediencia, que siempre había sido exaltada como una virtud. De esta virtud los nazis habían abusado, pero él no había tomado parte nunca en las decisiones de los gobernantes, él era una víctima y solo los jefes merecían ser castigados.» (Eichmann en Jerusalén)

Hacer el mal, incluso el mal más terrible, es fácil: basta permanecer tranquilo y evitar cuestionarse. La ausencia de la pregunta no solamente anula la respuesta sino que silencia también aquello que tradicionalmente se ha denominado “voz de la conciencia” y que caracteriza la naturaleza humana. Hablar de naturaleza humana es en realidad engañoso, porque lleva a interpretar al hombre como un ser vivo cualquiera: a diferencia de los animales y de las plantas, la humanidad no emerge del hombre “naturalmente”, por “inercia” si se prefiere, sino solo a través de la educación. Y la llave de la educación, más que la respuesta, es de nuevo la pregunta.

Casi podría decirse que el hombre sin preguntas se pierde a sí mismo, su propia humanidad, y con ella su propia historia, su propia cultura. Y un hombre sin cultura es un bárbaro, no sabe pensar ni hablar, parlotea (de ahí la etimología de bárbaro: bar-bar), no sabe aquello que hace y actúa inhumanamente, despiadadamente, porque ha perdido la piedad originaria del preguntar que es el amanecer del pensamiento.

El hombre despiadado no siente ya ninguna pena frente al mal o quizás ni siquiera ha llegado a sentirla nunca. La bestialidad es ahora su naturaleza y lo humano, entonces, podrá presentarse -casi milagrosamente- como una tentación, como una locura en un sistema en que el mal es la costumbre.

 

Artículo publicado originalmente en italiano en la página web de su autor y traducido aquí con su permiso por Ignacio Pou para su publicación en Democresía.

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