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¿Qué hay que celebrar el día de la Hispanidad?

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Todo comenzó con una forma de ver el mundo. Alfonso Reyes lo describía así en “Visión de Anáhuac”: “En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y amenas narraciones geográficas. La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce clásico, y entonces el hecho político cede el puesto a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones”.

Antes de que Colón y sus hombres zarparan a bordo de La Pinta, La Niña y la Santa María, las ideas habían ido allanando el camino. La Hispanidad es hija directa del humanismo renacentista y de los renacimientos medievales.

En los hombres y las mujeres que se animan al viaje ultramarino palpita la vieja aspiración de “valer más” y hacer fortuna que impulsó a Lope de Aguirre. Caído el reino nazarí de Granada, los reinos peninsulares despliegan una energía histórica formidable. Europa, África y los océanos se convierten en el escenario de los viajes y las navegaciones de estos capitanes de tierra y mar. Hay vocación de aventura, riquezas y poder junto al anhelo del paraíso y el deseo de evangelizar. Es posible salir de la pobreza y alcanzar un nombre imborrable.

Ya lo advertía el villancico de Juan del Encina (1468-1529): “Todos los bienes del mundo/ pasan presto y su memoria, / salvo la fama y la gloria”.

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El Otoño de la Edad Media abría paso a una cosmovisión que aspiraba a comprender la naturaleza no sólo para admirar la grandeza de la obra de Dios, sino también para dominarla mediante la ciencia y la tecnología. La brújula, el sextante y el compás liberan al marino de la necesidad de mantener la costa a la vista. La cartografía registra las rutas. La navegación de altura permite travesías oceánicas. La Hispanidad es hija del Romancero y sus héroes, pero también de las universidades, los navegantes y los jesuitas.

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El mundo que se abrió ante aquellos españoles que llegaban mugrientos y famélicos debió de ser sobrecogedor.

La excavación del Gran Tzompantli en México-Tenochtitlán -se conocían otros como el de Chichen Itzá- ha corroborado que el relato de Bernal Díaz del Castillo sobre los sacrificios humanos no debía de ir muy desencaminado. Todo el continente que se abría ante Pizarro, Cortés, Alvarado, Narváez y tantos otros debía de resultar tan prometedor como peligroso. Las selvas, las cumbres de los Andes, los desiertos, las salinas y las pampas estaban pobladas de criaturas a las que había que dar un nombre en español.

Nuestra lengua se enriqueció con los préstamos del náhuatl, del quechua, del tupí y del maya. Fray Bernardino de Sahagún, uno de los precursores de la antropología, y otros como él salvaron de la destrucción códices y libros. No todo fue destruido. El humanismo fue arraigando de la mano de misioneros, sacerdotes y estudiosos que trataron de comprender ese mundo colorido y misterioso que se presentaba ante sus ojos.

Pedro Henríquez Ureña, uno de los hombres más brillantes de la Hispanidad contemporánea, describió ese florecimiento de la literatura, el arte y las universidades en su “Historia de la cultura en la América Hispánica”: los colegios e institutos a los que acudían españoles e indios, la enseñanza del latín, el crecimiento de las ciudades y las fundaciones de reducciones y pueblos.

Ahí están los jesuitas en el Brasil, el Paraguay el norte de la Argentina revolucionando la agricultura, la artesanía y la organización social en sus misiones guaraníticas hasta el punto de tomar partido por los indios contra los bandeirantes portugueses. En las grandes capitales virreinales era frecuente la afición a la lectura, el teatro y las corridas de toros. El Inca Garcilaso de la Vega es un ejemplo de esa cultura española americana.

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Proliferan las imprentas. Ya en 1525 hay una en México y en 1583 se establece otra en Lima. Con el siglo XVII surge el periodismo heredero de las hojas sueltas que contaban noticias. La primera Gaceta de México se publica en 1667.

Este prodigio no ha desaparecido, sino que ha crecido con los años como un árbol plantado junto a un arroyo. Hoy el español goza de excelente salud gracias a los millones de americanos que lo hablan desde los Estados Unidos de América hasta la Tierra del Fuego. Antiguas formas poéticas de la cultura española como el romance han cobrado nueva vitalidad desde el siglo XVIII en los corridos. Si antes cantaban las guerras de Granada, ahora recuerdan a los generales Villa y Zapata. El heroísmo medieval respira en los versos del corrido de Pancho Villa: “Que pensarían, ¡ay!, los americanos/ que nuestro suelo pretenden conquistar/ si ellos tienen muchísimos cañones, / los mexicanos tienen lo principal”.

Para comprender España, hay que viajar a Hispanoamérica. Ya decía el maestro Antonio Burgos en la voz de Carlos Cano que “La Habana es Cádiz con más negritos/ Cádiz, La Habana con más salero”. Hay una cultura hispánica y universal que bebe del mestizaje nacido allí hace más de cinco siglos.

Hoy celebramos su día.

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La imagen destacada es una pintura de Ferrer-Dalmau.

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