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La locura cristiana de Emmanuel Carrère

En Literatura/Pensamiento por
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Emmanuele Carrère es probablemente uno de los escritores franceses actualmente más en boga. Su productividad editorial es, por lo menos, tan grande como la franqueza con la que se desnuda en sus páginas. Los protagonistas de sus libros –como el asesino psicópata Jean-Claude Romand, el pintoresco activista fascista-bolchevique Édouard Limonov o San Pablo– hacen las veces de trampolín para zambullirse en reflexiones acerca de su propia vida y tormentos. El ego de Carrère termina así por ocupar la escena de todas sus novelas.

Le Royaume (publicado en España por Anagrama bajo el título El Reino) son más de 600 páginas de reflexiones sobre la vida de los primeros cristianos, sobre todo de San Pablo y del evangelista Lucas, fruto de un trabajo de casi 15 años en los que Carrère ha leído todo cuanto ha podido sobre ese fenómeno aburdo y revolucionario que fue el advenimiento de Cristo.

Es también  para Carrère un modo de intentar ajustar las cuentas con su pasado de católico fervoroso: en 1990 se convirtió súbitamente para después caer de manera igualmente fulminante en al agnosticismo tres años después. Un paréntesis, casi un sueño, en el que las palabras del Nuevo Testamento iluminaron sus días. Después de eso, nuevamente la oscuridad.

Carrère fue fulminado por Jn 21,18: «En verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, levantarás las manos, y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras”.

Por tres años, efectivamente, se dejó llevar por donde no quería y llenó decenas de cuadernos con meditaciones sobre las Sagradas Escrituras. Después, en 1993, se levantó una mañana y había desaparecido todo como la niebla al salir el sol. Metió los cuadernos en una caja de cartón y reemprendió su camino. El resultado de este viaje de ida y vuelta a la fe cristiana es Le Royaume.

Después de tres años como católico fervoroso, se levantó una mañana y todo había desaparecido.

Sin embargo, aquello que me ha impactado del libro es la extraordinaria capacidad de Carrère para ensimismarse en los sucesos que narra San Lucas, en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles. Hay algunos pasajes en los que las descripciones son tan vívidas que me hicieron sospechar que Carrère tiene escondida una máquina del tiempo en el sótano de su casa, y que la utiliza para escuchar en persona los discursos de San Pablo en Macedonia o Atenas.

Ciertamente, su habilidad como escritor ayuda, pero no es solamente cuestión de habilidad: es capaz de penetrar en esos instantes que han quedado fijados para siempre en las páginas evangélicas y de darles nuevamente vida, hacerlas de nuevo presentes. Se trata quizás de una operación que, para quien tiene fe, puede resultar normal y corriente, pero llevada a cabo por un agnóstico no deja de ser sorprendente.

Mientras, también resulta notable la franqueza con la que comparte con los lectores sus tormentos religiosos: aún cuando es claro al afirmar su incredulidad, Cristo y sus apóstoles no le dejan tranquilo. La fascinación que emanan para él las palabras y gestos de aquellos judíos sui generis cautivan a cualquier humanidad mínimamente despierta. Y la humanidad de Carrère no parece ser menos. Hay dos tipos de hombres: aquellos que pueden dejar transcurrir su vida entera absortos en su hogar-familia-trabajo y aquellos que:

“no pueden vivir sin preguntarse por qué viven, cuál es el sentido –si es que hay uno– de todo esto. Para aquellos, la existencia es un signo de interrogación y, aunque no descartan que sea una pregunta sin respuesta, no dejan de buscarla. Es más fuerte que ellos. 

Carrère es de estos últimos: un inquieto. Uno que, no obstante, no puede dejar de hacer cuentas consigo mismo y con el significado de su vida. Como dice su amigo budista Hervé:

“Si admites que vivir es estar en problemas, entonces saber que hay una salida a los problemas es una cuestión suficientemente importante como para merecer ser estudiada”.

Y es precisamente una búsqueda lo que emerge de las páginas de este libro, en el que se sopesa la verdad histórica de los evangelios, la credibilidad de cuanto narran, separando aquello que es verdad de lo que es dudoso y de todo aquello que es directamente falso o inventado. El criterio de juicio es, para Carrère, tanto el análisis de las fuentes históricas como –sobre todo– su propio sentido de escritor, que le lleva, por ejemplo, a ver un simple recurso literario en la visita de María a su prima Isabel.

Ahora bien, aunque la exégesis de Carrère pueda resultar interesante y en ocasiones verdaderamente sorprendente –como cuando considera que el grupo de la ‘Sinagoga de Satanás’ del Apocalipsis de San Juan serán las comunidades cristianas fundadas por Pablo, o cuando nos recuerda que el Evangelio de Marcos terminaba originalmente en el pasaje de las mujeres atemorizadas ante el sepulcro vacío, sin ninguna referencia a la resurrección de Cristo– pese a que todo esto, decía, puede estimular nuestra morbosidad, me parece evidente que desde el punto de vista exegético el texto hace aguas por todos lados.

No es que yo sea un experto en la materia, es que no hace falta ser un genio para comprender que Ernest Renan (1823-1892), el Virgilio de Carrère, es una guía exegética un poco anticuada. La tesis cardinal de Renan es que debe analizarse a Jesús como a un personaje cualquiera del pasado, y a los Evangelios como a un documento histórico sin ninguna especificidad particular. Una exégesis según el método histórico-crítico puro y duro. El problema es que después de Renan ha habido, además de un enorme desarrollo de la investigación histórica de las fuentes, un reconocimiento de la parcialidad del método histórico para el estudio de los textos sagrados. No hace falta leerse la introducción de Jesús de Nazaret de Ratzinger para saber que en los últimos 100 años se han dado pasos enormes en la exegética.

Carrère lee el Nuevo Testamento con instrumentos obsoletos: aunque resulta sugestivo, aquí resulta un poco patético. ¿No es un poco como quien intenta resolver el problema del origen del universo sin tener en cuenta la teoría de la relatividad o la física cuántica?

Otro aspecto que me ha dejado perplejo es el modo en que Carrère afronta sus dudas de fe. Tras el éxtasis inicial, el enamoramiento en que todo es color de rosa y lleno de flores, el gusano de la duda comienza a asomar la cabeza: ¿Y si al final no es verdad? Si cuando no creía me parecía imposible volverme creyente y ahora me parece imposible lo contrario, ¿quién me garantiza que la tortilla no vuelva a darse la vuelta?

Son preguntas legítimas y dramáticas que Carrère transcribe de un modo admirable. Pero, nuevamente, es ilegítima y un poco patética la senda que emprende para tratar de responderlas: se parapeta en un solipsismo absoluto, deja de leer los periódicos por miedo a perder la fe, se encierra durante días en un monasterio de clausura, en el que vive una vida de oración y contemplación que hasta a los padres del desierto les habría parecido una locura.

¿Todo esto por qué? Porque la fe era ir “donde tu no quieras”, renunciar a la razón, zambullirse en el absurdo, en lo contrario de lo que uno quiere o –como dice Mark Twain– creer aquello que uno sabe que no es así:

Aquellos que creen aquello que ven pierden, aquellos que ven aquello que creen vencen. Si desprecian el testimonio de sus propios sentidos, si se liberan de las exigencias de la razón, si están prestos a pasar por locos, entonces han superado la prueba. Ellos son los verdaderos creyentes, los elegidos: y de ellos es el Reino de los Cielos.

El problema, querido Carrère, es que si la fe es esta, el cristianismo no habría durado ni dos semanas. Este es el cristianismo según Nietzsche –uno de sus guías–, una fe de visionarios para furiosos enajenados.

Por otra parte, si tengo dudas de fe –no solamente al enfrentarme a Dios sino también al ponerme delante de mi mujer– y me encierro en casa a meditar, no sé vosotros, pero yo termino completamente ateo (o divorciado). Esconderse en casa va bien para las Meditaciones metafísicas de Descartes, pero no funciona igual de bien para las relaciones humanas. Y este es justamente el punto: ¿Cristo es un fenómeno metafísico o un acontecimiento humano?

 

  •  Artículo publicado originalmente en italiano en el blog personal de su autor, Margini.org, y traducido por Ignacio Pou para ser publicado aquí.

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