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Jordan Peterson: el psicólogo que se lava las manos con jabón de hotel

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Agotado, impoluto. Tal vez con migraña. En Jordan B. Peterson hay algo – si no mucho – de estoico.


En el primer capítulo de “12 reglas para vivir”, título que tiene a este látigo de la corrección política y la agenda de género girando desde hace semanas por todo el mundo, considera que el primer paso que tiene que tomar el “hombre responsable de su historia” es el de “enderezarse, mantener los hombros hacia atrás”.

Cuando uno piensa en esta imagen como fundamento actitudinal para enfrentar la vida, no se le ocurre pensar en las langostas y sus jerarquías sociales -cosa que sí que hace Peterson- sino que a uno le viene a la cabeza una suerte de José Tomás arrabalero en chándal y bambas blancas, poniéndose, todo erguido él, de Gaoneras, a la espera del envite de alguna multa de la Agencia Tributaria.

En nuestros dos encuentros, primero en la Universidad Francisco de Vitoria y después en el salón Toledo del Intercontinental de Madrid, Peterson lleva dos trajes exquisitos, perfectamente ataviados con chaleco y corbata. En este último, el del desayuno con la prensa digital, apetece decirle en qué sastrería se ha hecho con ese Príncipe de Gales y, sobre todo, si no para quieto más de dos días por ciudad, ¿dónde guarda  estos modelitos? ¿tendrá algún baúl -vestuario de todas las vanidades- que le vaya acompañando en su peregrinaje por platós y corrillos de conservadores ávidos de un profeta intelectual? Quién sabe.

Viene una pregunta.

Se aprieta el puente de la nariz, como hacen los cirujanos después de muchas horas de quirófano o como hacen los sabios después de releer cinco veces la misma frase.  

Está cansado.

Imagen tomada por Ricardo Morales en el desayuno con la prensa del hotel Intercontinental


Responde pausadamente, tratando de ayudar a la traductora -que toma notas a mano- para que llegue a transmitir las ideas fundamentales -no en estricta y deseable literalidad-.

Se establece un tempo por debajo de una conversación natural, lo que le da a la escena un aire severo para los pocos que somos en una habitación pequeña.

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A todo esto, se nota en cada pausa cómo va sopesando cada palabra. Sabe que está en una mesa de periodistas, esa raza de caza titulares capaz de colgarle de cualquier hashtag.

¿Cuál es su vínculo con la derecha estadounidense?

“Diría que esa asociación es una tontería. No hay ninguna evidencia de ello. Cualquier análisis que se haga de mi discurso evidenciará que no soy amigo de ellos. Es una acusación que se ha hecho desde la izquierda radical. Creo que este ataque lo hacen porque son incapaces de responder a los argumentos que doy. Prefieren de esta manera empujarme a una esquina extremista.

Tengo decenas de conferencias en internet en las que critico abiertamente al fascismo. Llevo 30 años en la universidad hablando de estos temas.  Por tanto, no entiendo el porqué de esta asociación”.

Según parece, usted se ha referido a lo idóneo de la monogamia forzada. ¿Cómo la implementaría?  

Es un término que ha utilizado una periodista de New York Times tergiversando a sabiendas lo que yo le dije en la entrevista. Nadie en la historia de la humanidad ha defendido una monogamia forzada. Yo hablaba de un aspecto antropológico; de un conjunto de hábitos sociales que existen de forma implícita. Decía que el matrimonio, si estudiamos a la especie humana, es algo casi universal a pesar de que existen tendencias en según qué etnias de relaciones polígamas. Es lo que quise decir en esa entrevista y la periodista me entendió perfectamente.

¿Qué síntomas arrojan las nuevas tecnologías?

Kierkegaard dijo una vez que llegaría un momento en que todo sería tan fácil que las personas estarían buscando dificultades. Lo que yo estoy haciendo es animar a las personas a adoptar una responsabilidad existencial, entendida como un sentido que guíe en cualquier momento, sea bueno o malo,  de las cosas que yo estoy haciendo, y creo que es algo único,  es la adopción de la responsabilidad existencial como el sentido de las personas en todos los momentos, sean estos buenos o malos.

Me centro no en la felicidad sino en el sentido de la vida. En la virtud, en la nobleza. No en el individualismo. Sí en la responsabilidad y no en los derechos. La gente está hambrienta por este tipo de pensamientos.

¿Qué opina del nuevo dogmatismo en el que parecen haber caído las ciencias sociales en el ámbito universitario?

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Parece que la psicología y la filosofía se han mantenido intactas de la corrupción de las ciencias sociales.

Parece que son otras las disciplinas que se han ido permeando a la corrección política. Las más afectados han sido aquellas que han mostrado sus deficiencias conceptuales y metodológicas. Como las humanidades y, crecientemente, otras, como la medicina, la educación y hasta las matemáticas.

¿Hay alguna forma de enfrentarlas?

El humor es una buena estrategia para tratar este fenómeno siempre y cuando se haga con cierto gusto y elegancia.


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Sigue la ruleta rusa de intervenciones con más o menos tino sobre el propósito del desayuno hasta que llega el turno de Juan Pablo Serra.

En sus clases usted habla de la fuerza ordenadora de la religión – Peterson levanta la vista y asiente diciendo “vas bien”- para la vida y para encontrar sentido. Ahora bien, lo cierto es que en la experiencia histórica tenemos el caso de grandes figuras religiosas -Abraham, Jesús- que son profundamente disruptivas o que de hecho producen desorden respecto a la tradición precedente. ¿Cómo explica esto?

Asiente un par de veces más a medida que le traducen el resto de la pregunta.

Es una buena pregunta

Podríamos mencionar dos elementos si tenemos en cuenta que estas dos figuras religiosas pueden expresar un patrón arquetípico. Aquí entenderíamos la razón de la naturaleza divina y cómo la figura paterna es clave para entender la virtud divina.

Por otro lado, cabe señalar que la mitología redime al héroe. Un héroe lucha con su corazón, se opone a la tiranía del Estado y crea orden a partir del caos. Es el caso de Abraham, de Moisés y los profetas y del propio Cristo, que luchó contras las tentaciones del mal interior.

Ya no queda tiempo para más.

Nos despiden con cierto apremio. Llega otra cámara, otro periodista.

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Peterson se va al baño un segundo. Cuando vuelve, consulta, como pidiendo permiso, su teléfono y se sienta de manera delicada donde le indican.

Cruza las piernas y mientras espera a que lo dejen todo preparado, fija la vista por la ventana cerrada donde se cuela el hormigueo madrileño.

Parece, o esa es la última sensación con la que me quedo, que extraña algo.

No podemos saber lo que es porque no tenemos tiempo de preguntárselo, pero seguro que no está en el Paseo de la Castellana ni en las perchas del Intercontinental.

Parece, así lo ha confirmado su agenda -pues sigue manteniendo su cita el 21 de noviembre en Hawái-, que no ha habido nada de Madrid que pudiera atrapar a Peterson ni un minuto más de lo estrictamente necesario.

Las únicas certezas con la que nos quedamos los allí presentes son:

Primero: que Peterson vende (y venderá) muchos ejemplares en nuestro país.

Segundo: que esta noche, como la siguiente, y la siguiente, y la siguiente, se lavará las manos, antes y después de atender a los medios, con un triste, neutro y escurridizo jabón de hotel.

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